CAPÍTULO XIX
Pronto la mirada furiosa de Caramelo se encontró con la de Máximo, completamente desconcertado.
A esas alturas, él juraba que no le era tan indiferente a la empalagosa, y por eso se había atrevido a ir tan lejos.
Todo indicaba que se había equivocado, y mucho; por lo que el recuerdo de las malas acciones de su padre ocupó su mente, confirmándole que no eran tan diferentes como él lo vivía pregonando a los cuatro vientos.
No pudo más que sentirse fatal.
—Lo siento… Yo… —aunque antes ella había estado muy atenta a sus palabras, justo ahora no lo escuchaba.
Caramelo estaba en una especie de realidad alterna donde la furia contenida en su cabeza se contradecía con la euforia que le hinchaba el pecho; el ardor en su mano punzaba tan fuerte como los latidos desbocados de su corazón.
Voltear a mirar a Máximo solo le hizo acrecentar la zozobra, dando algunos pasos erráticos mientras no dejaba de contemplar su propia mano, repasando lo que acababa de suceder.
—¡Usté no me besa si yo no se lo permito!
Se concentró en el compás de su respiración, sin atreverse a mirar al hacendado por más de un segundo.
Comenzaba a sentirse culpable, sabiendo muy bien que le había seguido el juego porque, desde aquella noche en la hamaca, nada deseaba más que estar entre los brazos de ese hombre.
De otra forma, jamás habría aceptado una invitación para compartir toda la mañana a solas con él.
—Caramelo, yo …
—¡Ni se le ocurra decí que lo siente! ¡No me mienta d'esa forma tan descará! — se acercó hasta quedar frente a él con el dedo índice en alto, reclamándole su comportamiento, lo que logró que Máximo recuperara la cordura y saliera del aturdimiento, con el deseo rebosándole en la mirada.
—No, no lamento ese beso, pero sí que lo siento. ¡Y en todo mi maldito cuerpo, al igual que tú!
Ella lo fulminó con los ojos antes de darle la espalda, mientras él ya veía venir una nueva bofetada.
Respirando hondo y frunciendo el ceño, contuvo el aliento esperando el golpe, pero se quedó congelado al ver que ambas manos de la empalagosa, lejos de cachetearlo, se prendaban con fuerza de sus solapas.
En ese breve instante de puro asombro, él leyó la verdad en sus ojos: no era rabia lo que la devoraba, sino el pánico desesperado de saber que estaba perdiendo la partida contra su propia voluntad.
—¡Maldición! —fue el turno de Caramelo para poner a un lado todas sus limitaciones y apoderarse de los labios de su patrón como tanto lo había deseado.
Aceptaba que había algo en él que la empujaba a quererlo cerca, pero al mismo tiempo le asustaba sentirse débil.
Temía ser vulnerable y terminar encariñándose con quien no debía porque, siendo muy sincera: ¿quién no se enamoraría de alguien como Máximo Galíndez?
Un hombre de porte impresionante que la ponía ansiosa con solo mirarle.
Con una seriedad y un poder de decisión que la hacía sentirse segura a su alrededor.
Aquel que, con apenas un beso, la estremecía de pies a cabeza hasta impulsarla a derribar cada una de sus trincheras y lanzarse en busca de más placer; a calmar ese ardor que comenzó en sus puntos más sensibles, pero que pronto se dispersó por todo su cuerpo, quemándola con la misma intensidad con la que esas grandes manos la recorrían.
Sin perder más tiempo, Máximo acortó la distancia y volvió a encerrarla entre sus brazos.
Se acomodó mejor en la gran roca sobre la que reposaba y la arrastró consigo, pecando de posesivo, aunque bajando la velocidad al besarla.
Disfrutó de sus labios a conciencia, sintiendo los brazos de la empalagosa alrededor de su cuello y sus dedos ocultándose entre sus cabellos.
No pensaban; solo actuaban.
El rodeo pronto comenzó y ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar escapar al novillo.
Él liberó la deliciosa boca femenina para dedicarse a explorar más piel, bajando por su barbilla y su cuello, besando, saboreando y mordisqueando ligero en ese punto donde palpitaba su pulso.
Le arrancó a Caramelo más de un suspiro mientras ella se perdía en el ardiente abismo del placer, acariciándolo y acomodándose sobre sus piernas, disfrutando de una cercanía que le encendía el cuerpo y le nublaba la conciencia.
A pesar de los reproches internos por un comportamiento tan descabellado, no se sentía culpable; por el contrario, estaba plena y satisfecha.
Máximo Galíndez era como el platillo más costoso del menú, ese que, a la menor oportunidad, disfrutas bocado a bocado porque sabes que es un capricho por el que tal vez no puedas volver a pagar.
Él acarició y apretó sus muslos con deleite para luego subir por la curva de su espalda y aferrar ambas manos en aquel delicado cuello, fijando su mirada en esos ojos oscuros repletos de excitación, lo que funcionó como el combustible perfecto para avivar el fuego debajo de su cinturón.
Sonrió de lado cuando, ni corta ni perezosa, como la potra salvaje e indomable que era, ella comenzó a besarlo mientras le soltaba los botones de la camisa, palpando todo a su paso e incinerándole hasta los pensamientos.
Máximo tomó el bordillo de la camiseta de Caramelo y fue subiéndola, eliminándola de su camino, apresurándose en desabrochar el ajustado pantalón que tantas veces le había hecho desviar la mirada.
Siempre diligente, ella bajó de sus piernas para facilitarle la labor —a los dos, en realidad— y, una vez desnudos, él no dudó en volver a sujetarla con ambos brazos, pegándola más a su cuerpo como si quisiera fundirlo con el suyo.
—Dulce, deliciosa, mi empalagosa...
Ella negó con la cabeza al escucharlo, gruñendo porque ese hombre del demonio seguía bautizándola de esa forma.
Aun así, no pensaba detenerse a razonar en ello; ya habría tiempo de reclamarle unas cuantas cosas.
De nuevo, se aferró a sus labios buscando confort sobre él, balanceando las caderas hasta que ambos alcanzaron una perfecta sincronía.
Caprichosa, febril, arqueando su cuerpo mientras las grandes manos de Máximo dibujaban cada una de sus curvas. Ella le devolvía el favor deslizando sus dedos por aquellos marcados músculos que codiciaba desde días atrás.
Y allí, entre suspiros y gemidos de placer, les dieron la oportunidad a sus cuerpos de conocerse y a sus almas de conectarse, dando origen a un mágico paraíso que tuvo por testigos a las empinadas colinas de la Sierra Alta, el más brillante y despejado cielo azul, la pureza de la suave brisa matutina y el agua cristalina del manantial.
No hizo falta nada más.
❈
Todo fue perfecto durante el tiempo que sus cuerpos permanecieron unidos.
Tras la plenitud que les dejó el placer, Máximo no escatimó en besos y caricias por doquier, mientras Caramelo mantuvo los ojos cerrados, sintiendo y aspirando su aroma —aquel que llevaría impregnado en la piel—, asegurándose de guardar un recuerdo que perduraría para siempre.
Pero, aunque uno no lo quiera, en la vida todo tiene un principio y un final.
Cuando la bruma del deseo se despejó y ambos fueron conscientes de sus actos, de su desnudez y de la ropa desperdigada por todas partes, volvieron a mirarse, aunque esta vez sin sonrisas, besos ni abrazos.
Ella salió muy lentamente de su regazo y comenzaron a vestirse en silencio.
Una vez listos, Máximo volvió a encerrarla entre sus brazos, acariciando sus mejillas y sonriéndole ligero para relajarla, entendiendo lo incómodo del momento .
Caramelo sabía perfectamente que en Pueblo Soreno desaprobarían su comportamiento.
Una señorita de su casa no se acostaba con un hombre que no fuera su esposo; podía sentirse sucia o indigna por mil razones convencionales, pero jamás por haberse dejado llevar por sus emociones.
Máximo le atraía poderosamente desde el primer instante en que lo vio, y cada momento posterior no había hecho más que incrementar su deseo.
No podía ser de otro modo. Cuando un hombre cuida y protege a una mujer de la forma en que él lo había hecho —comenzando por el incidente en la plaza donde la salvó del comisario, llevándola en brazos al desmayarse por el calor, o notando que algo andaba mal cuando el infeliz del esposo de Guadalupe la golpeó, e insistiendo en trasladarla a la fábrica de chocolates para protegerla de la dureza de la cosecha—, eso no lo hacía un hombre cualquiera. Eso solo lo hacía un hombre de verdad.
Pero Caramelo ya había tomado una decisión: largarse de ese pueblo arcaico y olvidarse de los poblados vecinos, todos repletos de conductas machistas donde la mujer era vista como un mero objeto decorativo.
Para conseguirlo necesitaba dinero; iría a la gran ciudad en busca de sus sueños, y justo por eso rehuía de las distracciones.
Y el patrón era, sin duda, la más peligrosa de todas.
¿Estás bien? —le preguntó, preocupado, con el ceño un poco fruncido al notar a la empalagosa tan ensimismada.
—Sí, toy bien —respondió levantando la barbilla con fingida firmeza, aunque sus ojos oscuros, todavía húmedos y temblorosos, la delataban por completo—. Pero lléveme de regreso y olvíese de esto, que aquí no a pasao ná —zanjó decidida.
Al oírla, Máximo sonrió con una mezcla de ternura e incredulidad, viendo a través de su coraza mientras aún podía sentir el delicioso sabor de ella en sus labios. Porque sí, había pasado; y ambos sabían que ya no habría fuerzas en el mundo capaces de borrarlo.