CAPÍTULO XVIII
«¿Y si te pido que te quedes?».
Caramelo se mantuvo en silencio, tragando saliva y reajustando su mochila mientras se acercaba con lentitud a Máximo.
En el mundo existían preguntas difíciles de responder y, de seguro, esa estaba en lo más alto de su escala.
Pensó que, menos de una semana atrás, ese mismo hombre no la quería cerca, ni siquiera por error.
Entonces… ¿Qué rayos cambió?
—¿Puedo tocalo? —ignoró la pregunta e hizo otra, observando al imponente caballo de pelaje dorado.
El hacendado asintió, sonriendo ligero. Ambicionaba una respuesta, pero sin presionarla; bien sabía que ella se pondría a la defensiva apenas intentara imponerse.
Había sucedido en cada uno de los cinco días que llevaba trabajando en La Dorada y, siendo sincero, desde el mismo instante en que la conoció.
—Ven, acércate despacio. Blondo algunas veces es un poco reacio con los desconocidos.
—Bien dicen que las cosas se parecen a sus dueños —al escucharla, bufó divertido. Tomó la mano de Caramelo y lentamente la acercó hasta el lomo del caballo para que pudiera acariciarlo. Sin dejar de mirarla mientras ella lo ignoraba adrede.
Y no era que no tuviera una respuesta para él, porque sí la tenía.
Era solo que temía no estar haciendo lo correcto.
Sentía que su corazón latía enloquecido otra vez; de hecho, ahora mucho más que antes, y eso no le daba miedo, sino pánico.
Ya se equivocó y de la peor forma, no quería volver a vivir ese sufrimiento.
Y, aunque Máximo parecía opuesto a quien estuvo en su pasado, muy dentro de ella, Caramelo aún no podía sentirse libre para vivir y dejarse llevar por una nueva ilusión.
«¿Cómo volvé a confiá en un corazón echao a'perdé?».
El rugido de motores de varios vehículos se sumó a las voces de los jornaleros que se escuchaban desde rato atrás.
Sacaron a la empalagosa de su abstracción, pero también le robaron la atención al darse cuenta de que todos estaban listos para partir, menos ella.
Por eso el Galíndez supo que debía ser más claro en su petición.
—Quiero llevarte a recorrer y conocer la hacienda. Te prometo que, si te arrepientes de quedarte, me encargaré de conducir al pueblo hasta dejarte en casa de tu tía.
Máximo se tensó cuando Caramelo volvió a mirar hacia el lugar de donde provenía todo ese ruido, antes de darle una respuesta.
—Sería una tonta si no aceptara, mucho má', cuando se trata de conocé algo tan hermoso, pero…
—al final de esa frase, no pudo diferenciar entre sus ganas de ir a conocer La Dorada y las de conocer un poco más al patrón.
Una pequeña chispa de esperanza se encendió en el pecho de Máximo al comprobar que, si bien todavía no aceptaba, al menos estaba considerando su invitación—. Nunca he montao a un caballo y no…
—Siempre hay una primera vez para todo —prefirió intervenir antes que ella rematara su explicación con una negación.
Y, aunque él no se afanaba con eso, si algo le atraía era ser el primero en todo lo relacionado con Caramelo—.
Podemos ir juntos en Blondo, al menos hasta que te enseñe a hacerlo sola.
«¡Ay maíta Carmen! ¿M'estaré metiendo de nuevo en problemas?» . Se preguntó a sí misma mientras la brillante y ansiosa mirada del patrón no se apartaba de ella, erizándola al instante. Y lo peor de todo era que, a pesar de su dilema, su mente ya comenzaba a fantasear con ese paseo.
❈
En un segundo estuvo vacilando y, al siguiente, sus brazos ya envolvían aquel cálido y musculoso cuerpo, cuyo delicioso perfume le invitaba a frotar su rostro sobre la suave tela de su camisa, permitiendo que sus manos recorrieran todo cuanto se le antojara.
Dejando castos besos desperdigados… Cayendo en la cruel realidad cuando Blondo relinchó y Caramelo despertó de su fugaz ensoñación.
Regresó al momento en que sostenía, tímidamente, a Máximo de los costados, mientras él le contaba de los otros tipos de cultivos en la hacienda.
Del ganado que algunas veces escuchó mugir desde la habitación que ocupó en la cabaña de Guadalupe.
De las regias caballerizas que eran su orgullo, donde el equino más pequeño que la empalagosa vio a su paso era más alto que ella.
Se mantuvo soñando por tanto tiempo que se sintió en la obligación de agregar algo a la plática, pero no supo qué.
Solo el maravilloso rosal llegó a su mente, así que se apresuró a preguntar.
—Ese rosal comenzó como un pasatiempo de mi hermana Magnolia, pero ahora es su proyecto de mercadeo, cuando no está dándole clases a los niños de la hacienda.
—Mi maíta siempre soñó con tené una casita rodeá de rosas, de todo colores —aunque no podía mirarla de frente, al ir ambos en un lento galope sobre su caballo, su voz fue lo suficientemente melancólica como para intuir que, al igual que él, Caramelo tampoco tenía a su madre consigo.
Pero prefirió no ahondar en un tema tan sensible y, en cambio, decidió cambiar de ruta para llevarla a uno de sus lugares favoritos desde que era un niño .
—Te recomiendo que me abraces con más fuerza —ella se tensó al oírlo, recordando su más reciente ensoñación. Blondo aceleró el paso y Máximo sonrió con picardía, sintiendo los brazos de la empalagosa ciñéndose sobre su abdomen.
❈
Era una de esas rarísimas veces en las que sentía que sus sueños se hacían realidad.
Caramelo se mantenía muy cerca del patrón, aspirando su perfume, rozando, tipo casual y con mucha discreción, su rostro contra la espalda del hacendado.
Quería quedarse a dormir allí, sin saber que, de ser por él, la habría acomodado al frente para poder abrazarla mientras el viento lo envolvía entre sus largos cabellos oscuros.
—Puedo ir más lento si te sientes incómoda —preguntó ante el tenso silencio que se apoderó del paseo, más para romper el hielo que por cualquier otra cosa, porque Máximo no se quejaría en absoluto si la empalagosa dormía o hacía lo que quisiera sobre él.
—No hace falta, me gusta así —ella aclaró su garganta al escucharse y agregó de inmediato—. No toy incómoda.
—Entonces agárrate más fuerte, porque ahora vamos de subida —estaba muy seguro de que, aunque se esforzaran, nada ni nadie podía borrarle la sonrisa bobalicona que se le talló en el rostro mientras guiaba a su caballo por la zona empinada.
No pasó mucho tiempo antes de que el paisaje a su alrededor comenzara a llamar su atención.
Y no es que antes no lo hubiese hecho; era solo que, justo a pocos centímetros de ella, la perspectiva era mucho más atractiva, sobre todo porque podía tocar y soñar con la maravillosa vista que le ofrecía su patrón.
Debían estar en la parte más alta de la sierra, porque varias cimas comenzaron a mostrarse y muy pronto el relajante sonido de una gran masa de agua fluyendo se dejó escuchar.
Deteniendo el avance de Blondo, Máximo volteó a mirarla, esbozando una sonrisa, lo que sin dudas puso a dar tumbos al sensible corazón de Caramelo.
Un acaudalado río de aguas cristalinas, rodeado de un denso follaje, flores coloridas y rocas gigantes, fue el marco perfecto para lo que ambos estaban sintiendo.
—Cascada La Unión —escuchó al hacendado y, de inmediato, sus ojos volvieron a recorrerlo todo, encontrando las mencionadas caídas de agua, a lo lejos, detrás de uno de los tantos salientes de rocas, maravillándose al instante con ellas.
Sin dudas, había que recorrer más camino empinado para llegar hasta allá, pero entendió su punto al detenerse en ese inolvidable lugar; sería imperdonable no hacerlo.
Bajó de Blondo, ayudándola luego, mientras le contaba, a grandes rasgos, la importancia de ese afluente para todos los hacendados que habitaban en la sierra.
De la cantidad de conflictos que se generaron en el pasado, entre quienes intentaron controlar el vital líquido, construyendo represas para desviar su cauce natural hasta que, muchos años después, lograron llegar a un acuerdo que se mantenía en la actualidad.
De allí su nombre, y que, aunque el río atravesaba toda la sierra, era un privilegio contar con tan maravilloso regalo en parte de sus tierras, señalando a la mencionada cascada.
La brillante mirada de Caramelo se perdía en el rostro satisfecho y orgulloso de Máximo mientras le escuchaba, palabra por palabra.
Y, después de atar correctamente las riendas de su caballo, sostuvo a su invitada de la mano para llevarla a recorrer la zona, evitándole accidentes al dar un paso en falso.
❈
Luego de casi dos horas de un intenso y placentero recorrido…
—¿Hay alguien en tu vida, Caramelo? —aunque había decidido llevar las cosas con calma, él no era un hombre a quien le gustara andarse por las ramas. Por lo que, a todo riesgo, lanzó la pregunta que llevaba rato carcomiéndole el pensamiento.
—¿Alguien? —ella se rascó la sien al oírlo y hurgó apresurada en su mente, en un fallido intento por desviar el tema de conversación, pero no se le ocurrió nada decente.
—Mírame, por favor —él giró suavemente su barbilla para asegurarse de que le prestara atención—. Sabes a qué me refiero.
Al tener que mirarlo de frente, a Caramelo no le quedó más opción que poner sus tonterías a un lado y responder, aunque sus gestos dejaron entrever que el asunto no le agradaba en absoluto.
—No, no hay nadie en mi vida. No lo necesito.
Máximo respiró hondo, intuyendo que hablar de su pasado no era plato de buen gusto para la empalagosa a quien, por cierto, ya iba siendo hora de dejar de llamar por el apodo.
Quizás ella era demasiado joven para él y, de seguro él era un cascarrabias insoportable para ella.
Pero, cansado de chocar contra sus muros y dominado por una urgencia ciega que no sabía contener, se dejó llevar por el impulso.
Sin aviso previo, la sostuvo de la cintura para girar su cuerpo, la atrajo hacia sí envolviéndola entre sus fuertes brazos y se apropió de aquella boca rebelde; de los deliciosos y suaves labios que no paraban de tentarlo ni de colarse en sus sueños aun sin ser invitados.
Sintiendo la delicada y cálida piel en contacto con la suya, deseándola como llevaba rato anhelando, comprobó que no ansiaba a ninguna otra.
Caramelo no tuvo mucho tiempo ni espacio para reaccionar; su primer instinto fue llevar las palmas de las manos al poderoso pecho de él, sintiendo las latientes palpitaciones mientras era besada sin pausas ni piedad.
El beso encendió su cuerpo en llamas y su débil voluntad colapsó, doblegándose por completo ante los deseos de su patrón, que en el fondo no se diferenciaban de los suyos .
Pero la pasión duró lo que un suspiro frente a la realidad.
Es solo que la verdadera Caramelo Román —la que llegó a Pueblo Soreno tres meses atrás, solitaria, con los bolsillos vacíos y el corazón destrozado— no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente ante nadie; para ella, bajar la guardia era sinónimo de volver a romperse.
Por eso, sacudida por el pánico y el coraje de sentirse acorralada, reaccionó por instinto: Máximo quedó pasmado al verse empujado violentamente por la joven, casi al mismo tiempo en que su mejilla ardía bajo la potencia de una mano que, aunque pequeña y delicada, golpeaba con severidad.