CAPÍTULO XVII
Como si intentara borrar de golpe lo sucedido minutos antes en el anexo, Caramelo se mantuvo muy… pero muy callada, convenientemente. En un parpadeo, estuvo lista para recorrer la casa grande. Al igual que Máximo, ella tampoco dejaba de darle vueltas a aquel repentino y vergonzoso arrebato.
«Ni que fuera marío mío pa' andalo celando».
Resopló por lo bajo, mientras que su mirada se paseaba discreta por cada rincón de ese lugar tan espectacular o, mejor dicho, obligándose a mantener la vista bien lejos del patrón.
Aunque claro, voltear a mirarlo solo cuando era estrictamente necesario surtía el efecto contrario: tanta seriedad de su parte no hacía más que avivar la intriga en Máximo, quien desde un principio esperaba verla correteando por toda la casa como la chiquilla curiosa que era.
Verla esquivarlo solo lo empujaba a querer hurgar con más ahínco en el misterio de Caramelo Román.
Llegaron por fin al ventanal que daba directo a la plantación de rosas que ella vio el primer día, y su fingida indiferencia se desmoronó.
Se apresuró para acercarse hasta casi pegar su nariz en el reluciente cristal, pensando que, si La Dorada había sido fundada por el padre de Máximo, aquel Prudencio Galíndez debió de un hombre insoportablemente presumido y derrochador al que le encantaba rodarse de lujos exagerados.
Sintió un profundo alivio al comprobar que el hijo no había salido igual. ¿Cascarrabias? Nadie le ganaba. Pero vanidoso, jamás; se lo había demostrado desde el primer día al verlo unirse a la par de los jornaleros en la cosecha, sin importarle el sol, el sudor o ensuciarse las manos de tierra .
«Máximo Galíndez, dueño de La Dorada».
Sonrió ladina al recordar la vez que lo había confundido con un guardaespaldas. Y sin planearlo, sus ojos buscaron los suyos. No tuvo que esforzarse mucho: embelesada como iba, no se había percatado de que él estaba allí mismo, a su lado, observándola en completo silencio.
Durante unos segundos larguísimos, sus miradas se fundieron sin reservas, prendadas una de la otra y negándose a ceder, mientras el corazón de Caramelo amenazaba con romperle las costillas.
«¿Qué se traerá d’entre manos el guapo patroncito?».
Al pensarlo, una sonrisa burlona se le escapó de los labios, provocando que Máximo le devolviera el gesto con otra idéntica.
Ese simple intercambio le estremeció los cimientos, obligándola a desviar la vista hacia el jardín para apagar el fuego que comenzaba a propagársele por el cuerpo mientras que la implacable voz de la razón la sacaba de aquel trance:
«¡Ah, pues, Caramelo! ¿A ti quién te dijo que los jornaleros visitan la casa grande? ¿Acaso has sabío de alguno que duerma en la habitación del patrón? ¿O que use su misma bata de baño? ¡Tas pasá de tonta!».
Negó con discreción, tomando aire hondo mientras su corazón seguía galopando desbocado por culpa de una sola sonrisa. Y eso que prefirió no indagar en lo que significaba todo lo demás.
—Máximo, cariño. No sabía que ya estabas aquí —la voz almibarada de Magnolia irrumpió en el salón, haciendo que la ilusión de Caramelo se desplomara de un manotazo y rodara hasta el suelo, dejándola con ganas de enterrar la cabeza de la pura vergüenza.
«¡Ahí mismito tienes tu golpe de realidá! ¡Pa' que dejes de creé en tanto pajarito preñao!».
Se regañaba a sí misma mientras aquella elegante mujer se acercaba con una sonrisa de porcelana pintada en los labios, haciéndola sentir de lo más ridícula e impertinente.
Sobre todo, cuando vio a la rubia besar y abrazar al patrón en la mejilla, desatando una punzada de fastidio que la obligó a mirar hacia otro lado.
Todo le gritaba que esa sí era la señora legítima de aquel hogar, y no una simple galletera frustrada.
«Tampoco un bruto Caramelo soñador».
—Tú debes ser Caramelo Román, ¿cierto?
—Esa mismita soy, señora.
—Por favor, no me digas señora, que me haces sentir del doble de mi edad —bromeó Magnolia, calculando que entre ella y la invitada cuando mucho se llevarían tres años de diferencia—. Me llamo Magnolia y soy la hermana menor del patroncito.
Máximo alzó la vista hacia el techo, con absoluta resignación al escuchar cómo la rubia usaba el mote cariñoso para burlarse de él, aunque Caramelo ni se enteró.
Demasiado ocupada estaba intentando mantener la compostura, mientras sus ojos curiosos analizaban el enorme contraste entre los hermanos, al punto de imaginárselos casados en un rincón perdido de su mente.
—Hermanos solo por parte de padre —agregó Benito quien, callado desde una esquina, notó el desconcierto en el rostro de la invitada.
El recién llegado iba a agregar algo más cuando una nueva figura apareció en el salón: Jimena.
La dura mirada de Máximo fue directo a la joven, advirtiéndole en silencio sobre sus constantes indiscreciones.
El capataz arqueó una ceja, divertido, ante el mutismo de su amigo, quien simplemente dio media vuelta y caminó hacia el comedor, obligando a todos a marchar tras él.
—Ya tenía curiosidad por conocerte —soltó la rubia, logrando que Caramelo se tensara al instante. Jamás había sabido lidiar con el protocolo de «darse a conocer» con extraños; probablemente por eso su círculo de amistades era exactamente igual a cero.
—¿Por qué lo dice? —se esforzaba. De verdad que se esforzaba por ser simpática, tanto que ya sentía la cara acartonada de tanto sonreír, consciente de que la tensión se le acumulaba en los hombros solo con tener a la galletera intrusa rondando cerca, por mucho que se repitiera a sí misma que no tenía motivos para ello.
«Ese patroncito no es ná tuyo».
Respiró hondo, enfocándose en la conversación.
—Muy pocas mujeres se lanzan a la aventura de la cosecha, al menos no en esta hacienda —comentó Magnolia.
Caramelo no pudo evitar mirar de reojo a Máximo, pensando que muchas otras se habrían lanzado a la aventura de cabeza si tan solo les hubieran dado una oportunidad. Recordaba muy bien lo odioso que se había comportado el oso malhumorado en aquellos primeros días.
Aunque sabía que debía prestarle atención a la rubia, concluyó su razonamiento y se quedó un segundo más contemplándolo, cautivada por la amplitud de su espalda y la fuerza contenida de sus hombros...
«Qué interesante retaguardia la del patrón. ¿Verdá, Caramelo?» . Se sacudió el pensamiento de inmediato, dándose cuenta de que ya habían llegado al comedor. Los hombres aguardaban junto a la puerta para cederles el paso.
Por pura costumbre, Máximo se instaló en la cabecera de la mesa, detestando los protocolos, pero cediendo a la rutina de siempre: Magnolia a su derecha y Benito a su izquierda.
Antes, cuando Jimena se unía, solía acomodarse al lado de su hermana, y el hacendado jamás había puesto objeción.
Pero que justo ahora intentara ocupar el espacio de su amigo solo para fastidiar a la empalagosa era algo que simplemente no iba a permitirle.
El capataz, que también vio venir la mala jugada y —antes de que su amigo rugiera como un león hambriento—, se apresuró a ser atento con Caramelo, cediéndole su puesto para luego, complacido de la vida, acomodarse al lado de la mujer de sus sueños.
—Tienes un nombre muy curioso. ¿Alguna historia interesante detrás? —preguntó Magnolia con tono afable, intentando aligerar la tensión del momento gracias al ceño fruncido de Máximo y los brazos cruzados de Jimena en el lugar que Benito le obligó a ocupar.
—Na' interesante pa' contá. Bueno… mi maíta Carmen no quiso que me llamara como mi apá, así que le tocó salise con la suya pa' que no me diera el triste destino de llamame Carmela, cambiándolo pa' Caramelo.
Mi apá no sabía mucho de leé ni escribí, y al sé parecidos los nombres, pue', no hubo mayó problema —se encogió de hombros, despreocupada.
Jimena rodó los ojos con desprecio, ganándose de inmediato una patada certera por debajo de la mesa de parte de Magnolia; no era nada inteligente colmar la paciencia de su hermano.
—¿Y tú? ¿Sabes leer y escribir? —intervino Máximo, decidido a conocer todo sobre ella.
—Mi letra no es perfecta, pero sí, sé leé y escribí.
—Lo que no sabe es pronunciar bien —escupió la insufrible nieta de Jacinto con sorna, aunque su sonrisa burlona se congeló de golpe al topar con la advertencia en los ojos del patrón.
—Estoy seguro de que Magnolia puede echarte una mano con eso —apuntó Benito con diplomacia para relajar la atmósfera. Pero Caramelo ni se inmutó; sabía perfectamente que las críticas eran ciertas y jamás se avergonzaría de su forma de hablar.
—Usté en verdá luce como un ángel caío del cielo, pero no creo que haga milagros con este caso perdío —replicó con una sonrisa franca, burlándose de sí misma con esa frescura tan suya. Pensando que ni volviendo a nacer iba a cambiar su campechana forma de hablar.
—Pues este «ángel caído del cielo» sí que es experto en obrar milagros —aseguró Benito, y la empalagosa enarcó una ceja ante la devoción con la que se expresó de la hermana de Máximo, mientras la charla en la mesa se reanudaba con total normalidad.
—Soy maestra y puedo ayudarte con tu pronunciación .
—Les ha dado clases a todos, créeme, es buena en lo que hace —asintió Benito. Ella sonrió divertida al ver cómo el capataz se deshacía en cumplidos para la rubia, aunque se ensimismó con una punzada de decepción al notar que el cariño no era correspondido, o al menos eso le parecía.
—No creo que haya sido casualidad ni error lo de tu nombre; el universo entero conspiró para que te llamaras así, Caramelo. Te queda como anillo al dedo. Eres una muchacha hermosa, capaz de endulzarle la vida hasta al más amargado.
Al escuchar aquello, Benito tosió con exagerada fuerza para disimular una carcajada: de que era capaz de endulzar a alguien, de seguro que lo era; llevaba rato endulzando al mismísimo Máximo, y el muy condenado, con cara de piedra y todo, ya babeaba por tragarse el frasco entero con tapa y cucharita.
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La mañana siguiente era sábado y todos los jornaleros se preparaban desde temprano para regresar a sus casas, con el sustento de sus familias bien asegurado en el bolsillo.
Apenas Caramelo se asomó a la puerta del anexo, acomodando el morral con sus cosas a la espalda, se encontró de frente con Máximo.
El hacendado no estaba solo; lo acompañaba un animal imponente, tan grande, macizo y musculoso como él: un hermoso caballo que, aunque ella no supiera absolutamente nada de equinos, dejaba ver a leguas que era de pura y altiva raza.
—Y pensar que insististe por casi un mes... ¿Tan mal te traté que ya te quieres ir? —soltó él con una media sonrisa.
Caramelo se quedó pasmada. Apartó la mirada del fascinante animal para posarla en los ojos brillantes del propietario, totalmente descolocada.
Su mente comenzó a patinar intentando buscar algo coherente que responder, limitándose a esbozar una mueca nerviosa mientras intentaba recuperar el aire.
Pero lo siguiente que escuchó la dejó con los ojos fijos y el alma a punto de escaparse por la boca.
—¿Y si te pido que te quedes?