Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO XVI
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CAPÍTULO XVI

A pesar de haber dormido apenas un suspiro, a la mañana siguiente Caramelo fue de las primeras en asomarse por la cosecha, aunque tuvo que maldecir en silencio el suplicio de abandonar aquellas sábanas tan suaves que la habían cobijado de forma tan deliciosa.

Al verla llegar, Benito sonrió por lo bajo, convencido de que Máximo iba a pegar el grito al cielo en cuanto apareciera.

Pero contra todo pronóstico, cuando el hacendado hizo acto de presencia, se limitó a resoplar —hastiado de aquella terquedad con faldas— y la dejó estar.

Ya bastante tenía con haber pasado la noche en vela intentando desenredar la maraña de sensaciones que lo había empujado a sacarla de la cabaña y llevarla a dormir a su propio refugio de paz.

Desde la muerte de su madre, nadie más había pisado ese lugar hasta la noche anterior, cuando Caramelo profanó la santidad de sus recuerdos.

Y lo peor de todo era que no le molestaba en absoluto.

Que esa belicosa se hubiera adueñado de su cama, que su melena azabache se esparciera por su almohada y que su perfume se impregnara en sus sábanas…

nada de eso le desagradaba ni un ápice, ni siquiera haber tenido que exiliarse a la otra habitación en la planta alta de la casa grande.

Le costaba admitirlo, pero la empalagosa se le estaba metiendo bajo la piel de una forma tan excepcional que lo desconcertaba por completo.

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Ese mismo día, apenas terminada la faena de la tarde, Caramelo voló hacia el anexo para asearse y ponerse ropa decente.

Máximo la había invitado a cenar y a conocer por fin la casa grande, un lujo que moría por contemplar desde que llegó a La Dorada; sería una completa imbécil si dejaba pasar la oportunidad, pues solo Dios sabía si se le volvería a presentar.

Aún estaba en el baño cuando escuchó la voz de una mujer llamando insistentemente al patrón.

La punzada de fastidio que le recorrió el pecho fue mucho mayor de lo que jamás admitiría en público, así que, sin pensarlo dos veces, se enfundó en la primera prenda que pilló: una bata del oso cascarrabias que le quedaba gigantesca.

Con pasos sigilosos se asomó a la sala y descubrió a una joven de espaldas, dejando una bandejita con café y galletas sobre la mesa.

—Doña Chepa acaba de preparar estas delicias y le aseguro, patroncito, que están para chuparse los dedos.

Escuchar el dichoso «patroncito» fue como ácido corroyéndole los tímpanos, mientras la intrusa continuaba parloteando hacia la nada, claramente confundiéndola con el hacendado.

Caramelo se cruzó de brazos, recostada al quicio de la puerta, observando cómo la muy descarada tardaba más de la cuenta acomodando dos simples platos, meneando el rabo como perra en celo en un mal disimulado y muy penoso coqueteo.

—Se le puede fracturá la cadera si sigue moviendo ese trasero con tanto afán.

La muchacha dio un salto tan violento al enderezarse que la empalagosa no dudó ni un segundo de que sus huesos seguían intactos… por ahora.

—¿Quién demonios eres tú? ¿Y cómo diablos entraste aquí?

Caramelo la miró con fijeza, soportando a medias el escrutinio de aquellos ojos que parecían querer clavarle estacas.

Y el hecho de llevar puesta la bata del dueño de casa, por supuesto, le añadía más leña al fuego.

En ese último pensamiento tenía mucha razón porque, desde que la vio, Jimena se había estado conteniendo las ganas de saltarle encima y arrancarle la prenda a arañazos .

—Na’ de eso e'de su incumbencia, pero puede interrogá al patrón si tanta falta le hace el chisme.

La nieta de don Jacinto tragó bilis al confirmar que aquella era la famosa Caramelo, maldiciendo por lo bajo que Máximo la hubiera metido precisamente en el santuario que se suponía era privado.

«¿Qué demonios le ve el patrón a esta jornalera malhablada?

» . Aunque ardiera en deseos de borrarla del mapa con un soplido, no podía ganarse otro regaño si aspiraba a conquistar su confianza y su amor.

Optó por enderezar la espalda y girarse con falsa dignidad, imitando la etiqueta que su amiga Magnolia tanto les instruía a las damas de bien: no iba a rebajarse con una labriega insolente.

Eso sí, juró mentalmente que volvería más tarde para prenderle fuego a esa bata asquerosa.

Al abrir la puerta para largarse —y tras fulminar a la invasora con una mirada capaz de matar—, Jimena terminó estrellándose contra el pecho macizo de Máximo, que venía llegando para iniciar el recorrido prometido.

La muy avispada aprovechó el tropiezo para aferrarse a él con exagerada afectación, encendiendo de inmediato la mecha de los celos en el pecho de Caramelo, por mucho que esta que se lo negara a sí misma.

—¿Patrón? —sin saber qué hacía Jimena en el anexo, Máximo le clavó una mirada de hielo, apartando sus manos de golpe al notar el rostro ensombrecido de la empalagosa, presagiando el desastre que se cocinaba en su ausencia.

Pero cualquier reprimenda voló por la ventana en el preciso instante en que sus ojos se toparon con la bata que llevaba puesta Caramelo.

Se quedó anclado en el umbral, devorándola con una calma descarada y recreándose en el recorrido lento de su mirada hasta detenerse en el nudo flojo del cinturón, consciente de que bastaba un simple tirón para deshacerlo y continuar con su interesante exploración .

La tensión vibró tan fuerte en el aire que, hasta la propia Jimena, sintiéndose un estorbo, gruñó por lo bajo antes de largarse.

Caramelo, en cambio, sintió que hasta el último músculo se le acalambraba por la intensidad de aquella inspección silenciosa, empujándola a levantar sus defensas de inmediato.

—¿Qué? —soltó de golpe para sacarlo de su trance—. ¡A mí ni me mire así, fue esa mujé la que casi tumba la puerta!

Por nada del mundo iba a confesar cómo había terminado con la ropa ajena puesta; lo más inteligente era hacerse la desentendida y poner pies en polvorosa.

Hundió los hombros intentando disimular el temblor, pero la frase que se le escapó de los labios con total naturalidad hizo que él levantara una ceja, profundamente divertido:

—Supongo que le era de suma importancia que su patroncito se comiera sus galletas.

Máximo desvió la mirada y apretó los labios con fuerza, mordiéndose una carcajada mientras la veía huir apresurada de regreso al baño.

Sin querer indagar en el motivo de su rabieta.

Al fin y al cabo, en ese preciso instante se le antojaba probar algo mucho más dulce que unas simples galletas… Un buen Caramelo, por ejemplo.