Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO XV
37%

CAPÍTULO XV

Nunca la guardia nocturna había estado tan alerta.

No pintaba nada bueno que el patrón se dirigiera a la zona de cabañas, como alma que lleva el diablo y a esa hora de la noche.

Incluso hasta Benito salió de su habitación y de la depresión en la que se había sumido después de su encuentro con Magnolia, apenas lo llamaron, informándole.

Aunque Máximo quiso impedir que Caramelo volviera a la casa de Guadalupe, ni siquiera para recoger sus cosas, ella caminaba a su lado intentando seguirle el paso, aunque sin mucho éxito, porque sus piernas no eran tan largas como las de él.

Estaba preocupada por haberle confesado lo sucedido, pero al mismo tiempo aliviada de que, por fin, le dieran su merecido a ese patán golpeador de mujeres.

Al llegar, ella le hizo señas y se adelantó para abrir la puerta, no fuera que al poco hombre le diera por esconderse.

Aunque podía jurar que estaría cerrada como la noche pasada; ese infeliz no perdería ninguna oportunidad para dejarla afuera.

Y, en efecto, tuvo que golpear y llamar varias veces.

Pero Máximo no era un hombre muy paciente, y el veneno que circulaba por sus venas desde que vio las marcas en la piel de Caramelo lo mantenía más hostil que nunca.

Detuvo a la empalagosa, que se preparaba para volver a llamar, tomándola suave de los hombros y haciéndola a un lado, sin mediar palabra, mientras ella lo miraba con recelo. De repente, la puerta se abrió y el rostro del infeliz apareció mostrando una sonrisa falsa…

—Espero que hayas recapacitado, muñeca. O volveré a dejarte afuera por entrometida y…

—sus palabras quedaron en el aire mientras sus ojos casi se salían de las órbitas, al darse cuenta de que ella no estaba sola, tal como lo ha bía esperado.

Y, aunque hubiese querido agregar algo, al tener la gigantesca mano de Máximo apretándole el cuello, era poco probable que sintiera deseos de ponerse conversador.

—Pa… Patrón… —miró a Caramelo, y ella le devolvió una sonrisa ladina, enarcando una de sus cejas.

—¿Recapacitar sobre qué? —el aludido gruñó furioso mientras lo arrastraba para sacarlo de la vivienda.

Al mismo tiempo, Guadalupe se asomaba con su hijo en brazos y quedaba petrificada, viendo al hacendado golpear tan fuerte al cobarde de su esposo que este fue a rebotar de espaldas contra el suelo—.

¿Volverás a dejarla afuera? ¿Eso fue lo que dijiste?

El mero hecho de recordar la tristeza reflejada en los ojos de Caramelo la noche anterior, y creer que ese cobarde era el responsable, lo llenó de tanta ira que varios golpes resonaron, mientras algunos vigías nocturnos se acercaban cautelosos a la escena.

Sin ánimos de intervenir, a menos que fuese muy necesario.

Siendo sincera, Guadalupe no tenía remordimientos por el hombre que ante Dios le prometió amarla y respetarla, pero que solo se dedicó a volver su vida miserable.

En su interior bullía la vergüenza por no haber buscado ayuda antes, por haber permitido que las cosas llegaran tan lejos, queriendo tapar el sol con un dedo.

Por un segundo observó a Caramelo, pero no tuvo suficiente valentía para sostenerle la mirada.

Solo podía abrazar al pequeño envoltorio que acunaba entre sus brazos, temiendo por la siguiente acción del hacendado.

Benito llegó presuroso al lugar y, de inmediato, se interpuso entre su amigo y el objeto de su furia.

—¡Basta, Máximo! ¡Vas a matarlo! —una de esas raras veces que lo llamaba por su nombre frente a los trabajadores, pero tenía que asegurarse de captar su atención.

Más cuando hacía mucho tiempo que no lo veía tan furioso, porque ni siquiera Joseph lo sacaba tanto de sus casillas.

Sin embargo, siendo el hombre tan centrado que era siempre, muy buenas razones lo habrían llevado a comportarse de esa forma.

—¡¡Saquen a esa basura de mi hacienda!! ¡¡Y que no regrese nunca!! —los vigías se prestaron a cumplir la orden, pero el castigado hombre no pensaba irse dejando lo que consideraba suyo.

—¡Mi mujer y mi hijo vienen conmigo! —miró hacia las dos mujeres, y Guadalupe se acurrucó con más afán, mucho más cuando Máximo hizo lo mismo. Caramelo negó; ni siquiera después de semejante paliza, el muy desgraciado dejaba de incordiar en la vida de los demás.

—¿Esto es lo que quieres para tu futuro y el de tu hijo? —ella negó con los ojos llenos de lágrimas—. Entonces, ¡¿por qué callas y permites que este cobarde te destruya la vida?!

—No tengo a dónde más ir, Patrón —sollozó.

—¿Por qué demonios crees que echaré a una mujer y a su hijo a la calle?

—la pregunta del millón, que ni siquiera necesitaba una respuesta.

Él bien la conocía y la odiaba con el alma, porque más allá de ser, físicamente, como dos gotas de agua, todos le temían, al igual que alguna vez temieron a Prudencio.

«¿Cuándo entenderían que él jamás se comportaría como el infame de su padre?».

—¿Tengo que repetir la orden? ¡¡Saquen a ese cobarde de mi propiedad!

! —el hombre intentó volver a la pelea al no poder desquitarse con su esposa, pero fue Benito quien le salió al paso y lo tiró de nuevo al suelo, mientras el resto se encargaba de cumplir la orden del patrón—.

Recoge lo que necesites, te irás con doña Dora.

Ninguna palabra podía explicar el alivio que Guadalupe sintió al escucharlo hablar, luego de que no había ni señales de su esposo en los alrededores.

Benito se acercó a Máximo para llevárselo, pero este apenas dio dos pasos cuando volvió la mirada atrás.

—¿Qué esperas para ir a recoger tus cosas ?

Al escucharlo, Caramelo frunció el ceño tanto como él. Entendía que estuviera molesto por lo que acababa de pasar, pero nada de eso era su culpa, porque ella no tenía idea de todo el desastre que se escondía tras el ofrecimiento de Guadalupe.

—¿También iré con doña Dora? —aunque la estaba mirando, Máximo pareció no prestarle atención hasta varios segundos después, cuando al fin le respondió.

—No. Tú, no —y la aludida frunció el ceño, otra vez.