CAPÍTULO XIV
Aunque su hermana Magnolia se empeñara en negar la realidad y prefiriera tildarlo de duro e indolente, y aunque nadie más comprendiera todo el peso con el que cargaba, si existiera una posibilidad para rescatar a su hermano, Máximo no lo dudaría ni un segundo.
Pero a las malas había aprendido que nadie se deja sanar a la fuerza, y Joseph siempre sería una piedra en el zapato para todos.
Harto de escuchar a su hermana pidiendo benevolencia para aquel farsante, no dudó en ir hasta su refugio de paz. Buscando liberarse de la pesadumbre diaria, aquella que lo mantenía en un bucle eterno entre apagar incendios y resolver los enredos que los demás dejaban a su paso.
«Su refugio de paz».
Así llamaba al anexo donde había vivido desde que tenía uso de razón junto a su adorada Maximiliana.
Porque, aunque ahora poseía la casona entera, con aquella habitación principal amplia y lujosa a su entera disposición, siempre terminaba regresando al único lugar de la hacienda que no sentía fría y vacía.
Aquel espacio no necesitaba lujos; estaba repleto de recuerdos y memorias vivas que le inyectaban fuerzas para seguir adelante.
Por eso mismo, se había encargado de unir ambas construcciones, a través de un acceso interno desde la quinta, permitiéndose disfrutar de su verdadero hogar cuantas veces lo necesitara.
Al entrar, caminó directo al minibar buscando un trago, pero se detuvo al escuchar un ruidito familiar que le arrancó una sonrisa inmediata, dándole una razón más para quedarse allí.
Llevaba dos días haciéndose el de la vista gorda, pero ya era hora de dar la cara.
Él tenía muchas preguntas; Caramelo, todas las respuestas.
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—Entonces, ¿no volveré a usar mi lugar de descanso mientras tú trabajes en mi hacienda?
Al escuchar aquella voz, la empalagosa salió de golpe de sus cavilaciones e intentó incorporarse de un salto.
Algo que antes habría conseguido sin mayor problema, pero que en ese momento fue una mala decisión: el cuerpo le pasó factura y el dolor la apuñaló de inmediato, impidiéndole moverse con la agilidad de siempre.
Lo intentó un par de veces, pero la tela de la hamaca parecía haberse confabulado con su piel para atraparla.
Con los ojos abiertos de par en par, levantó la vista y vio a Máximo tirando de las cuerdas de nailon, tramando una especie de trinchera con el tejido grueso.
Antes de que ella pudiera reaccionar, dio un tirón y anudó el extremo para impedirle la huida por ese flanco.
El otro lado, en cambio, era una trampa mortal, sellada por el cuerpo bronceado y macizo del hacendado, visible a medias por la camisa desabotonada.
Una silueta que sus ojos desobedientes e indiscretos recorrieron sin permiso, obligándola a reprenderse a sí misma en silencio mientras por fin entendía por qué la maldita hamaca era tan espaciosa.
—Puedo explicalo —se aclaró la garganta con fuerza, acorralada, pero decidida a intentar lo que mejor sabía hacer: negociar.
Abrió la boca para largar su discurso, pero la cerró de golpe, boquiabierta, al verlo sentarse a su lado.
Máximo se acomodó a sus anchas, cruzando los brazos sobre el pecho con un gesto de severa desaprobación mientras la clavaba con la mirada.
Con disimulo, Caramelo volvió a tirar de la tela para deshacer el nudo, ahogándose en su propia incomodidad por estar en semejante situación con el patrón; pero él, todo socarrón, aprovechó su frase anterior para acorralarla:
—Qué bueno, porque eso es justo lo que quiero: que me expliques —la miró de forma desafiante, desatando una estampida en sus pulsaciones, encendiendo todas sus alarmas.
«¿Po’ qué diablo me late el corazón tan rápido?», pensó, adoptando su coraza de combate mientras intentaba enderezarse para liberarse de aquel insólito cautiverio. Imposible; cada músculo protestaba al menor movimiento, y mostrar debilidad no era algo que estuviera dispuesta a hacer frente a él.
—Pues, no hay mucho que explicá, Patrón —le sostuvo la mirada, convencida de que ni él ni nadie tenía derecho a intimidarla—. Este e' un lugá agradable y bueno pa’ pasá la noche. Ademá… no sabía que era suya.
—Todo aquí es mío —replicó con una seguridad tal que Caramelo arqueó una ceja, obligando a Máximo a redirigir el interrogatorio antes de que ella lograra desviar el tema—. ¿Por qué no estás en la cabaña de Guadalupe?
—Mucho caló —respondió demasiado rápido.
En Sierra Alta lo que sobraba eran brisas heladas por las noches, y aunque fuera cierto, esa era su tercera visita consecutiva colándose en sus dominios.
—¿Por qué rechazaste el puesto en la fábrica?
—¿Pa' qué lo quiero si ya me dijo que ahí ganaré poco? —mentira podrida. La expresión que Máximo vio en su rostro aquel día fue de arrepentimiento por no aceptar su propuesta. No creía ni una sola de sus respuestas, todas demasiado cortas para alguien que hablaba hasta por los codos.
—¿Cómo fue esa supuesta caída en el baño? —la miró con recelo, haciéndola tensar un poco más.
—No entiendo pa' qué tanta pregunta. Una caía tonta como son toda cuando se nos enredan las patas, pero ya toy curá. Así que no pasa ná.
—¿Ya estás curada, dices? —murmuró él, evaluándola con lentitud—.
Eso quiere decir que, si presiono tu torso, no te dolerá nada.
¿Cierto? Sin darle margen de defensa, la mano de Máximo se deslizó por encima de su blusa, directa al epicentro del dolor.
Aunque él no presionaba de ninguna forma, apenas si rozaba la tela, el sentir su calor le estaba alterando a Caramelo hasta la voz.
—¿Por qué no me cuentas los detalles de esa caída? —insistió con una advertencia sorda latiendo en el tono.
—Pa'… pa' qué necesita esa informació, ná d'eso e' de su incumbencia…
Él ejerció un mínimo de presión y ella tragó un quejido, más por el sobresalto de tenerlo cerca que por el dolor físico, sin terminar de procesar cómo demonios había desembocado en esa intimidad con el patrón.
—Llevas tres noches durmiendo aquí. ¿Tuviste algún problema con Guadalupe o con el alcohólico de su marido?
Ella desvió la mirada, aún sin pretenderlo.
—No. Y e' mejó que me deje ir porque ya e' tarde y ambo necesitamo descansá...
Se quedó esperando a que él se apartara, pero Máximo no movió ni un músculo, ni mucho menos retiró la mano de su costado.
Perdiendo la paciencia, ella intentó apartarlo por su cuenta, y ese fue su peor error: al alzar el brazo, la tela de la blusa también cedió, dejando al descubierto parte del moretón marcado en su piel.
Misma que se erizó entera cuando la mano grande y áspera de Máximo acribilló el vacío, posándose directa sobre la carne herida con una calidez abrasadora, aunque no tanto como el fuego en su mirada: un destello de furia contenida que parecía dispuesto a arrasar con todo a su paso si no obtenía las respuestas que exigía.
—¡De aquí no te mueves hasta que me cuentes la historia completa de ese moretón! ¡O me lo dices tú, o ahora mismo voy a buscar respuestas en la cabaña de Guadalupe!
No necesitó gritar; la autoridad en su voz no dejaba margen a la duda.
Su otra mano trepó hasta sujetarla con firmeza entre el mentón y el cuello, obligándola a sostenerle la mirada.
Y fue justo ahí cuando Caramelo supo que estaba perdida: si Máximo continuaba mirándola de esa manera, si seguía respirando su mismo aire, iba a terminar confesándole no solo el origen del golpe, sino de su vida entera y cualquier cosa que él le exigiera.
El magnetismo de esos ojos oscuros, la firmeza de su voz, la fuerza que emanaba de su pecho, el calor de sus manos y lo apetecible de aquellos labios gruesos...
Todo en él la estaba confundiendo al punto de tener que tragar saliva en varias ocasiones para recuperar un poco de control y apagar el incendio que comenzaba a incinerarla desde muy adentro.
—No e' necesario que usté haga ná porque yo le voy a contá… pero primero, m'tiene que prometé una cosa.
No le diría nada si Máximo antes no le juraba que no iba a tomar represalias contra Guadalupe; ni ella ni su criatura podían quedar desamparados ni ser echados de la hacienda por culpa de aquel infeliz.