CAPÍTULO XIII
Máximo arribó al sembradío a media mañana, de regreso de sus mandados en el pueblo.
Apenas puso un pie en el centro de acopio, su vista comenzó a escanear el terreno hasta dar con la dueña de aquella larga melena azabache que, sin permiso ni aviso, se le había metido en la cabeza desde hacía un buen rato ya.
Un poco más allá, ajena a su presencia, Caramelo intentaba lidiar con la puntada de dolor en el torso cada vez que se inclinaba para acomodar la cesta de cacao en su espalda.
Se mordía los labios de rabia, furiosa consigo misma al comprobar que la molestia la volvía mucho menos productiva.
Desde una distancia prudente, el hacendado no le quitaba los ojos de encima, intrigado por descubrir el origen de tanta incomodidad. Bastaron unos minutos para notar que cada dos por tres fruncía el ceño, se llevaban una mano a la espalda de forma discreta y gruñía muy por lo bajo.
—¿Qué le pasa a Caramelo? —preguntó, sin filtro.
—Buena pregunta, patrón —ironizó Benito—. Yo ando con la misma duda —Máximo endureció la mirada ante la contestación.
—¿A qué te refieres?
—Tal como acordamos, le ofrecí un puesto en la fábrica y me dio con la puerta en las narices —Benito se encogió de hombros, confirmando las sospechas del hacendado: algo raro sucedía—. O le encanta cosechar… o simplemente se niega para quedar bien contigo, obedeciendo tus reglas.
Máximo bufó con fastidio pensando en que nada atraía más a esa empalagosa que llevarle la contraria, por lo que se dejó de tonterías y fue directo hasta ella.
Caramelo estaba de espaldas, intentando alcanzar un fruto maduro con la pértiga de corte. Murmuraba entre dientes maldiciones ininteligibles hasta que, al girarse, se topó de bruces con él. El sobresalto la dejó petrificada.
—¿Qué te pasó en la espalda? —preguntó seco, directo al grano, sin ganas de perder tiempo en discusiones estériles.
—Nada —replicó ella de inmediato, desviando los ojos hacia los costados. Sintiendo las miradas de los jornaleros clavadas en la nuca, pero ninguna quemaba tanto como la de Máximo, quien a duras penas parpadeaba esperando por una explicación—. Me caí saliendo del baño.
Él habría dado el asunto por zanjado de no ser por un pequeño detalle: esta vez, en lugar de desafiarlo con la mirada, Caramelo había bajado los ojos al suelo.
Por un instante fugaz, tuvo la extraña sensación de tener en frente a una mujer completamente distinta a la criatura belicosa y respondona que lo traía de cabeza.
—¿Necesitas que te vea un médico?
—¡Qué va! Toy requetebién —contestó a la defensiva.
Y como ya se esperaba esa negativa, Máximo se limitó a asentir con fingida indiferencia y dar media vuelta.
❈
—¿Acaso te has vuelto loco, Máximo? —el grito de indignación de Magnolia retumbó por los pasillos de la casa grande. Acelerada y furiosa, se dirigía a las escaleras cuando, al doblar la esquina, se llevó por delante a Benito.
—¡Ey, bonita! ¿Por qué tan alterada? —al ver los ojos anegados en lágrimas, el capataz la tomó de las manos con delicadeza y la condujo hasta la sala para intentar calmarla.
—¡Perdió la cabeza! —fue lo único que atinó a decir entre sollozos—. Sigue rabioso por lo de Joseph y ahora está empecinado en que debo buscarme un esposo. ¡Un esposo! ¿Puedes creerlo ?
—Tranquila, respira con calma. Estoy seguro de que él jamás te obligaría a nada.
Ya sabes cómo anda de genio tras el altercado con tu hermano, sigue con los ánimos revueltos y bien sabemos que tiene razones de sobra para estarlo —murmuraba Benito mientras le enjugaba las lágrimas de las mejillas con una ternura que rozaba el tormento.
Tenía frente a sí el rostro que llevaba años adorando en silencio.
El cuerpo le pedía apretarla contra su pecho, pero su fortaleza flaqueó cuando Magnolia, quebrada, se abalanzó a abrazarlo.
Sintió el corazón latiéndole desbocado, amenazando con delatarlo, mientras sus manos hacían un esfuerzo titánico para no aferrarse a ella, cerrando sus puños con fuerza, obligándose a mantener la distancia.
—Dime la verdad… ¿Por qué tanta prisa por sacarme de su vida? ¿Acaso le estorbo tanto?
Con la mejilla apoyada contra la tela de su camisa, la rubia continuaba desahogándose.
Benito, temblando de pies a cabeza, dejó escapar un susurro y permitió que su mano se deslizara con infinita suavidad para acariciar la cascada de cabellos dorados.
Irónicamente, intentaba calmarla cuando, en realidad, quien necesitaba calmarse primero era él.
—Tu hermano te adora —le recordó con voz quieta, conociendo de sobra que para Máximo su hermana era un territorio sagrado.
—Empiezo a dudarlo —ella esbozó una mueca amarga, negando con la cabeza—. Ruego que tengas razón, porque prefiero morirme antes de sacrificar mi libertad para casarme con cualquiera solo por un capricho de mi hermano.
«Prefiero morirme (…) casarme con cualquiera» .
Aquella frase cayó como un bloque de hielo sobre el pecho de Benito.
Tuvo que morderse los labios para mantener una sonrisa fingida, sintiendo que moría un poco por dentro al corroborar la cruda realidad: ni en un millón de años tendría una sola oportunidad.
Jamás podría confesarle lo que sentía ni demostrarle que, aunque ante los ojos del mundo fuera un don nadie, un peón cualquiera, poseía el amor más sincero y dispuesto a hacerla todo lo feliz que ella merecía.
—Magnolia, créeme... Máximo te ama con locura. Jamás te entregaría a un extraño ni te obligaría a dar ese paso a la fuerza —afirmó con una fortaleza fingida, tan firme en sus palabras como convencido de que su propio amor jamás vería la luz del día.
❈
Esa noche, después de asearse y cenar, Caramelo fue derechito a la cama.
No quería bajar la guardia con el esposo de su amiga rondando la vivienda, pero su cuerpo le rogaba por un poco de descanso, y cayó en un sueño profundo apenas su cabeza tocó la almohada.
Despertó tres horas más tarde sobresaltada por una voz, incorporándose de un salto con el corazón en la boca, imaginándose el peor de los escenarios.
Pero al llegar a la sala, la estampa la dejó petrificada de coraje: Guadalupe estaba allí, sentada en el sofá al lado del infeliz, dejándose enredar por sus promesas y permitiendo que le tomara las manos mientras fingían una cercanía que a ella le pesaba como plomo.
«El que la mujer pida el divorcio en vez de luchar por salvar su matrimonio es… impensable. Imperdonable».
«¿Acaso e' tan estúpida pa' perdónalo de nuevo?».
De golpe, escenas recientes le asaltaron en tropel: los moretones en su piel, el eco de la voz de Benito cuestionando su propia decisión, la amenaza sorda de su agresor, los ojos inquisitivos de Máximo examinándola, incrédulo, y la carita del niño durmiendo ajeno a todo en su cuna.
—¿También me extrañaste? —soltó el sujeto con una risa cínica.
Caramelo sintió que el mundo entero conspiraba para empujarla a cometer un crimen. Clavó los ojos en Guadalupe, mostrándole todo el desprecio que le provocaba su debilidad, pero la otra se achicó, incapaz de sostenerle la mirada.
Sin mediar palabra, dio media vuelta, entró en la habitación por su chaqueta y salió de la casa a zancadas. Buscando el refugio del pequeño cobertizo que ya empezaba a resultarle familiar; la quietud que reinaba allí era lo único capaz de aquietar el zumbido en su cabeza.
Cuando llegó, el nudo que traía atorado en la garganta desde que vio al canalla se le hizo insoportable.
Las lágrimas empujaron con furia para salir, pero se mordió los labios hasta sangrar para contenerlas.
En el fondo, Caramelo sabía que no se trataba solo de Guadalupe, sino del espejo de su propia y amarga historia: su dignidad también había sido arrastrada por el lodo de las mentiras de un hombre al que le entregó su confianza ciega.
Por eso había puesto tierra de por medio. A diferencia de la tonta de su mentora, ella no se había quedado agazapada esperando la siguiente paliza. Aquella clase de imbecilidad solo se sufre una vez en la vida, por confiada, por ilusa, por entregada... «¡Po’ estúpida!».
Se prometió que el dolor no duraría para siempre. Era solo una herida más, de esas que el tiempo, tarde o temprano, termina por cerrar.