CAPÍTULO XII
Durante lo que restó de la madrugada, ninguna pegó los ojos.
Prefirieron quedarse conversando a media voz y atentas por la reacción del patán cuando se despertara.
Bueno, en realidad, solo Caramelo se mantenía alerta, pues Guadalupe sabía que su esposo se marcharía antes del alba para esquivar a la guardia nocturna.
Más ahora que en toda La Dorada se rumoraba que la joven contaba con la protección del patrón y el violento de su esposo acababa de cavar su propia tumba por atreverse a golpearla.
Aunque ignoraba el trasfondo exacto de la relación entre Caramelo y Máximo, a Guadalupe le aterraba pensar en la represalia que el hacendado pudiera tomar contra su hogar. Sacudió la cabeza para apartar esos malos presagios al escuchar la voz de su improvisada protectora:
—¿Por qué soportá tanto si puede divorciase?
—¡Ay, Caramelo! —suspiró con el alma en un hilo—. Tu forma de hablar es más pueblerina que la de muchos en la hacienda, pero se nota a leguas que no tienes la menor idea de cómo se manejan las cosas por aquí.
De más estaba decirlo: Caramelo ya había notado que allí la gente ni cortaba ni unía las palabras.
«Hablan to' refinao, igual que'l Patroncito» , pensó con sorna, antes de sacudirse el desvío mental y volver a centrarse en el drama de su mentora.
—En un pueblo tan tradicional y machista como este, el que la mujer pida el divorcio en vez de luchar por salvar su matrimonio es… impensable. Imperdonable.
Mientras hablaba, su rostro se deshacía en lágrimas al pensar que, si echaban al desvergonzado de su esposo, era muy probable que también la echaran a ella; así era el temple de hierro del difunto Prudencio.
Máximo podía ser un poco más flexible, pero por sus venas corría la misma estirpe Galíndez.
Y, por otro lado, su propia familia jamás le abriría las puertas de regreso; una mujer divorciada y con una criatura a cuestas era vista como una mancha insalvable.
«¿A dónde iría con su bebé si la echaban a la calle?».
—¿Tonces qué? ¿Toca regenerá a ese caso perdío? ¿Viví soportando insultos y golpes? ¿Sé muy infelí pa' que los demá sean felice? ¿Qué clase de vida e' jesa?
Replicó Caramelo con el ceño fruncido de indignación. Guadalupe esbozó una sonrisa triste, rota por la amargura de saberse condenada por las opresivas costumbres de su pueblo.
—Al principio éramos felices… hasta que vino el embarazo —ante la mirada de incomprensión de Caramelo, que no lograba calibrar por qué un hijo en el matrimonio podía ser un problema, Guadalupe se apresuró a aclararlo—: La noche de bodas me advirtió que no quería familia, pero ambos estábamos demasiado entonados y la verdad no le presté mucha atención.
Con los meses, siguió insistiendo en lo mismo; creí que solo pedía tiempo para disfrutar en pareja. ¡Qué equivocada estaba!
— ¿Y el tonteo de novios qué?
—Nunca lo mencionó. De habérmelo advertido antes, jamás lo habría aceptado, porque yo sí soñaba con ser madre —confesó—. Una de esas tantas noches que llegó borracho a la casa, pues…
—Sacaste tu tajá y aprovechate del momento pa' armar jarana y divertite.
La interrupción repentina de Caramelo, con su gracia tan campestre, arrancó a Guadalupe una risa frágil a través de las lágrimas. Confirmando la suposición antes de continuar.
—Cuando le confesé que estaba embarazada, se volvió loco y trató por todos los medios de que lo perdiera .
—¿Ese desgraciao te golpeó estando d'encargo? —soltó la muchacha con rabia contenida, mientras Guadalupe asentía con la mirada clavada en el suelo, consumida por la vergüenza.
—Doña Dora se enteró de todo y movió cielo y tierra para trasladarme a la fábrica. El patrón me dio su respaldo, aunque tuve que mentirle y ocultarle el verdadero motivo que casi me cuesta la criatura. Gracias a eso, me mantuve a salvo de mi esposo hasta que el niño nació.
—Un hijo que sigue sin queré, ¿cierto? — el silencio de Guadalupe, ahogada en un llanto mudo, bastó como respuesta —. ¿Y qué cuando el patrón se entere de lo que pasó?
La pregunta, lanzada con total inocencia, desató el pánico absoluto en el semblante de la mujer.
—Él no debe enterarse. Odia la mentira por encima de todo, y fue precisamente lo primero que hice. Te lo suplico por lo más sagrado: el pan y el techo de mi hijo dependen de ti.
Al borde del colapso ante semejante carga, Caramelo soltó un bufido, sintiendo que acababa de recibir una bomba que en cualquier momento podía estallar.
«Na' de berrinche ni rabieta…».
Exhaló el aire despacio, completamente resignada.
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—Caramelo, ven por favor. Necesito hablar contigo —se tensó por ser llamada apenas al asomarse en el sembradío.
Solo había logrado dormir unos minutos. Su costado dolía como el infierno y, para completar, el golpeador de mujeres las estaba esperando, con una sonrisa de oreja a oreja que ni pintada le lucía.
Abrazaba y besaba a su esposa e hijo como si nada hubiese pasado, en un intento desesperado por cubrir las apariencias .
Inclusive, ante la mirada suplicante de Guadalupe, a ella también le tocó recibir lo suyo: un efusivo abrazo que casi le rompe una costilla, además de presionar directo sobre el moretón que decoraba su pobre costado.
Y lo peor: tuvo que contenerse las ganas de patearlo donde más le dolía, solo porque Benito estaba presente.
«¡Lo tenía todo bien planeao, el muy desgraciao!».
—Si hablas, Lupe y el mocoso me las pagarán. ¡Juro que me las pagarán! Así que más te vale quedarte calladita.
Le susurró amenazante y Caramelo lo miró sin ánimos de mostrarse vencida.
Por el contrario, sonrió con malicia, queriendo sembrarle la duda…
además de las uñas. Aunque en el fondo, ella jamás haría nada que pusiera a una inocente criatura en riesgo, porque en su mente solo había espacio para velar por el bienestar de ese pequeño.
—¿Caramelo? —Benito insistió en llamarla, sacándola de la abstracción en la que se había sumido al escuchar el chantaje del infeliz, quien iba camino a la cosecha mientras Guadalupe llevaba a su hijo a la guardería que funcionaba dentro de la hacienda.
—La mismita, dígame usté pa' que soy buena —hizo su mayor esfuerzo para comportarse normal delante del capataz, quien le pidió que lo siguiera mientras conversaban.
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—Entonces, ¿cuál es tu decisión?
En cualquier otro momento, ni siquiera habría tenido que pensarlo.
Benito acababa de proponerle trabajar junto a doña Dora, en el mismo puesto que antes le ofreció Máximo: el de la fábrica de chocolates.
Pero el rostro de Guadalupe y del niño no dejaban de dar vueltas en su cabeza.
Caramelo sentía que debía hacer algo para ayudar, aunque aún no sabía qué.
Antes de responder, miró hacia el sembradío y luego al capataz, reprendiéndose por la respuesta que iba a darle. Pero era lo que sentía correcto.
«¿Quién carajo dijo que yo era una cobarde?».
—Me quedo en la cosecha y en la casa e' Guadalupe hasta que me lo permitan —Benito frunció el ceño al oírla, porque juraba que iba a salir corriendo directo a la fábrica.
—¿Estás segura? —sintió la imperiosa necesidad de comprobar la respuesta, creyendo haberle entendido mal.
—Sí, toy muy segura. Mucha gracia —entristecida, giró sin calcular para regresar pronto a la zona de trabajo. Se arrepintió al instante, debido a un fuerte tirón en sus costillas que le hizo apretar los brazos contra su cuerpo para aguantar el dolor y contener la mirada interrogante del capataz.
Sonrió, echándole la culpa al desnivel del terreno, antes de reiniciar la marcha, disimulando el mal rato y el agobiante dolor que acababa de experimentar.