CAPÍTULO XI
Aquella noche, durante la cena, el silencio entre Guadalupe y su esposo cortaba el aire. La tensión en la cabaña era tal que Caramelo solo deseaba desaparecer.
Apenas terminó de fregar los trastes y se retiró a descansar, un golpe seco y violento en la puerta la sacó de la cama de un salto.
Descubrió entonces que el hombre se había marchado y que su amiga lloraba en silencio, ahogando los sollozos para no despertar a nadie.
Culpándose por cada lágrima, se abstuvo de acercarse, sabiendo que Guadalupe ni siquiera había notado su presencia.
Menos mal que el niño dormía profundamente y era muy pequeño para entender aquel drama, pensó al verlo arropado en la cuna cuando regresó a la habitación que compartían.
Pero el cuerpo le pedía huir; por más cansada que estuviera, en cuanto vio a su amiga encerrarse en su dormitorio, Caramelo se deslizó fuera de la cabaña con el insomnio devorándola por dentro.
Guiada por la inercia, caminó pensativa por el sendero de la noche anterior hasta dar, casi sin pensarlo, con el cobertizo y aquella bendita hamaca que la había salvado del frío.
Resopló, asegurando que tuvo suerte, aunque sabía que esta vez era muy probable que la expulsaran, con todo y la tristeza que le inundaba el pecho.
Aun así, se dejó caer en el sillón, respirando hondo, con los brazos cruzados sobre el torso y la mirada perdida en el cielo, intentando explicarse en qué rincón del día se le había desbaratado la sonrisa y aquella férrea determinación de ser feliz.
Frente a ella, la hamaca se mecía suavemente al compás de la brisa helada de la sierra.
La tentación de rendirse a su comodidad era inmensa, pero negó rotunda y volvió su atención a las estrellas.
Como una loba herida aullándole a la luna, se perdió tanto en sus propios pensamientos que el tiempo se le desdibujó por más de dos horas.
Frotándose el rostro para sacudirse el rastro de la melancolía, se puso de pie y enfiló de regreso a la cabaña.
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Mientras Caramelo se frotaba el rostro para ahuyentar sus memorias tristes y volvía a la cabaña, en el comedor de la casa grande...
—Bueno, ¿cuándo conoceré a esa niña de la que tanto hablan? —la voz de Magnolia rompió el hielo espeso que dominaba la mesa, buscando disipar la rabia sorda que Máximo arrastraba desde el altercado con Joseph.
—No exageremos; es joven, pero no una niña —terció Benito que, siendo el mejor amigo del hacendado, compartía con ellos en cada comida y ocupaba una de las habitaciones en la planta baja de la casa—. Tiene diecinueve años y se llama Caramelo Román.
—¿Caramelo? ¡Qué nombre tan peculiar! —replicó la rubia con diversión.
A su lado, Jimena apretó los dientes. Siendo amiga de Magnolia y habitual comensal, intentaba disimular la furia y los celos que la consumían, evitando a toda costa cruzar la mirada con el patrón tras el desaire de la noche anterior.
En su mente, sin embargo, ya había trazado un plan: enfrentar a esa intrusa que no se conformaba con ser el hazmerreír de los jornaleros, sino que ahora se adueñaba impertinentemente de cada reunión familiar.
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Apenas entró en la cabaña, el murmullo de varias voces captó toda su atención.
Más aún cuando venían de la habitación de Guadalupe.
Aunque tampoco era tan invasiva como para interrumpir un momento de pareja, así que rápido se encaminó al dormitorio que ocupaba.
Se detuvo en seco cuando escuchó un chillido que, ciertamente, no era de placer.
—¡No! ¡Basta! —la voz se oía entrecortada. Sin dudas, Guadalupe estaba llorando, y eso hizo que Caramelo frunciera el ceño y se acercara con cautela.
—¿Basta? ¿Por eso la trajiste aquí? ¿Cierto?
¿Para intentar detenerme? ¡Qué estúpida eres, mujer!
—otro golpe y un nuevo grito ahogado que la llenó de indignación.
Aunque dudaba inmiscuirse en una discusión de pareja, sin querer meterse en un nuevo problema que pusiera sus patitas fuera de la hacienda.
Exasperada, se frotó el rostro con fuerza y empuñó las manos mientras sus pies no podían quedarse quietos ni un segundo.
Si antes sintió su corazón acelerado, juraba que ahora estaba muy cerca de un infarto.
La voz de Guadalupe pidiéndole al esposo que se detuviera fue más de lo que pudo soportar.
Dejó de pensar cuando empujó la puerta de la habitación matrimonial y encontró al hombre sentado encima de su amiga, mientras ella estaba tirada en el suelo, recibiendo una paliza.
—Justo por eso es que te castigo. ¡Por estúpida!
—¡Maldito, infeliz! —con todo el coraje que pudo reunir, la empalagosa se lanzó encima del miserable. Y, dado lo repentino del momento, él no tuvo tiempo ni de reaccionar para esquivarla.
Queriendo alejarlo de su mentora, terminó montada sobre la espalda del agresor, sin cesar de darle puñetazos e intentar sofocarlo para que dejara de golpear a Guadalupe.
Con tan mala suerte que él se levantó, llevándola consigo a rastras para luego atrapar su larga cabellera y halarla con fuerza, obligándola a liberarlo.
—¡No puede llamase hombre quien golpea a una mujé!
—Caramelo no paraba de insultarlo, tachándolo de cobarde y poco hombre, mientras él daba vueltas por la habitación con ella encima, como si estuviera adherida a su espalda.
Luego, rabioso y desesperado, comenzó a chocar de retroceso contra la pared, golpeándola lo necesario para debilitarla.
Pero la infernal invasora seguía pegada a él como una garrapata.
Furioso y sin darle tiempo ni oportunidad para evitarlo, la estrelló contra uno de los muebles. La escuchó lamentarse al recibir un fuerte golpe en su costado. Logrando su objetivo mientras ella caía al suelo bruscamente.
—¿Quién demonios te invitó a esta fiesta?
—a pesar de la ira que lo corroía por dentro, el hombre se esforzaba por hablarle entre dientes para no alertar a los vecinos.
Señal inequívoca de que no era la primera vez que esto sucedía.
Entendiendo la desesperación de Guadalupe y su intención al ofrecerle su casa para dormir.
«Pa’ mantenese a salvo del maldito e' infelí hombrecito que tiene po’ esposo».
El costado de Caramelo ardía como el infierno, pero ella se mantenía en guardia, con la mirada fija en su agresor, mientras este no dejaba de lanzarle manotazos y amenazarla.
Escupiéndole a la cara cada babosada que se le ocurría.
Entonces, la mujer mayor reaccionó. Se levantó del suelo con dificultad, debido a los golpes recibidos en su abdomen.
Estaba determinada a alejarlo de su inquilina, que ninguna culpa tenía de los problemas en su fracasado matrimonio.
Golpeó al hombre en la cabeza con una especie de bandeja de madera que Caramelo no supo de dónde sacó. Lo cierto era que el porrazo fue tan fuerte que él terminó tirado en el suelo, desmayado. La joven abrió los ojos como dos soles, pensando que su amiga lo había matado.
—Por favor, ayúdame a sacarlo antes que despierte —al escucharla, la empalagosa pestañeó varias veces, perpleja, sin entender su intención. Lo único seguro era que se había ganado un nuevo enemigo a muerte, porque ese cobarde nunca iba a olvidar lo que acababa de suceder.
«¿Ónde demonio quedó tu primera regla? ¡Na' de berrinche ni rabieta que te saque de la hacienda! ¡Carajo!» . Se reprendió mientras arrastraban al borracho y desmayado hombre para sacarlo de la cabaña .
«¡Ay maíta, Carmen! ¡Esto no pinta na' bien!
¿En ónde rayo me toy metiendo?» . A decir verdad, no lo sabía.
Aunque tampoco se arrepentía de defender a las de su género.
Igual tendría una seria conversación con Guadalupe.
No entendía que una mujer a su edad, y tan independiente como parecía, viviera bajo el yugo de un hombre tan abusador.
El alcohol no era ningún justificativo para ese tipo de comportamiento. Desafortunadamente, fue una lección que Caramelo tuvo que aprender en carne propia, mucho antes de llegar al pueblo.