CAPÍTULO X
Cuando el cansancio le hizo cerrar los ojos, se desconectó del mundo.
Al volver a abrirlos, las pocas estrellas que quedaban en el cielo la hicieron pegar un brinco y salir de la hamaca de un salto.
Se frotó el rostro para despabilarse y aclarar la visión, justo a tiempo para ser testigo de los primeros rayos de sol, que se asomaban creando un mágico tornasol de colores, digno de la más devota admiración.
Aunque no podía darse el lujo de disfrutarlo a plenitud.
Miró inquieta a su alrededor, rogando que no descubrieran su descarada invasión.
Caminó lo más rápido que pudo de regreso a la cabaña, mentalizándose para iniciar una nueva jornada de cosecha.
Si el idiota del esposo de Guadalupe quería deshacerse de ella, iba a necesitar mucho más que una puerta cerrada para lograrlo.
Así que se aseguró de mantenerse enfocada en el sendero de piedras, evitando desviarse de la ruta correcta.
Igual que la noche anterior, agradeció no toparse con nadie.
No usaba reloj, pero debía ser muy temprano, porque los lugareños tenían fama de madrugadores y aún no veía a ninguno alrededor.
Al llegar, iba a sentarse en el banco de madera a esperar, pero, por mera curiosidad, giró la manija y empujó suave la puerta.
La halló sin seguro, algo que la desenfocó por completo, porque la noche anterior lo había intentado varias veces sin éxito.
Y ahora apenas la tocaba y cedía como una planta dormilona.
Entró con cautela y se acostó en la cama, pero sin cerrar los ojos ni un segundo.
Aunque no hizo falta, porque poco después sintió a Guadalupe preparando el desayuno, así que se apresuró a ir para ayudarle.
Si el idiota del esposo iba a jugar a que nada pasaba, ella también lo haría, pero siguiendo sus propias reglas.
Y la primera sería: «Na' de berrinche ni rabieta que me saque de la hacienda».
Afirmó y sonrió ladina.
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Mientras iban camino a la plantación, ni siquiera supo cómo soportó tener a ese hombrecito al frente sin poder reclamarle ni deshacer el nudo que sentía atascado en la garganta.
Pero lo logró, y sin perder la sonrisa en ningún momento.
En el trayecto coincidió con doña Dora y recordó algo que había visto en su corta estadía en la fábrica de chocolates, así que fue corriendo a preguntarle.
Declaró así su segunda regla:
«Debo buscá una forma p'acelerá mi trabajo. Si no puedo balanceá la carga dentro e' mi cabeza, mucho meno', la que pongo encima d'ella».
Dio saltitos de felicidad cuando la doña le regaló una de las cestas cilíndricas que pensaba transformar en morral. Solo necesitaba un costal viejo y una tijera para cortar un par de asas, rogando con el alma que fuese cómoda y resistente para que su plan funcionara.
Máximo la observó mientras revoloteaba entretenida por los alrededores de la zona de acopio, cuando debía estar cosechando igual que el resto de los jornaleros. Negó y de inmediato se acercó a Benito para preguntarle.
—¿Qué está haciendo?
—Me pidió unos minutos para ajustar la cesta —hundió los hombros ante la imposibilidad de darle más detalles, y el hacendado respiró profundo, mostrando disconformidad.
—Jamás será productiva si pierde el tiempo en tonterías —aunque el Galíndez solía ser una persona muy razonable, en esta ocasión Benito temía que tomara represalias contra Caramelo, sabiendo que la inesperada visita de Joseph había dejado secuelas en el humor de su amigo. Por eso agregó:
—Lleva tiempo aprender a equilibrar la carga como el resto de las jornaleras, y recuerdo que ayer también tuvo que hacerle algunos ajustes al costal. Así que espero que este tipo de cesta funcione para ella.
Sabiendo que el capataz tenía razón, Máximo no dijo nada más, pero se mantuvo al pendiente de la empalagosa toda la mañana.
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Durante el almuerzo, Caramelo notó a Guadalupe muy callada y pensativa. Se sintió culpable de estarle causando problemas con su esposo, pero al preguntarle, ella alegó que le dolía la cabeza y hasta allí llegó la conversación.
Para el final de la faena, la joven no podía disimular su alegría al saber que había superado, y con creces, su rendimiento del día anterior.
Su cesta morral era funcional, no tan cómoda, pero era cuestión de corregir las correas.
Bastante había hecho ya con un viejo costal y muy poco tiempo.
Esperaba hallar un material más resistente para mejorarla.
—Buenas tardes, Patroncito —saludó sonriente, apenas se encontró de frente con el hacendado.
Él solo le respondió con un gesto y continuó su camino, pero ella ya se estaba acostumbrando a su actitud insociable, así que su alegría se mantuvo intacta.
Lo que sí se le complicó fue contener las ganas de preguntarle y ocultar su interés en saber de la cabaña donde pensaban ubicarla.
Más que una de sus reglas, era una imperiosa necesidad.
«Debo encontrá un nuevo lugá pa' podé dormí».
Buscó al capataz con la mirada toda la tarde, pero no le fue posible preguntarle. Comenzaba a imaginarse durmiendo fuera de la casa. Otra vez.
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—¿Entonces, Patrón? ¿La niña se ganó su puesto o no? —Benito remarcó, evitando estallar en carcajadas mientras, junto a Máximo, analizaba la actuación de Caramelo de ese día.
—¡Si serás payaso! ¿Cuántas veces te he dicho que me llames por mi nombre?
—Esa no fue la pregunta, no te me hagas el tonto. ¿Se queda o no? —interrogó, mostrándole la hoja con las cuentas de las mazorcas cosechadas y una risita que, aunque lo intentara, jamás iba a poder ocultar.
—¿Te diviertes? —Máximo tampoco pudo contener la sonrisa mientras le arrebataba la hoja con la información—. ¡Condenada, empalagosa, siempre saliéndose con la suya!
—¿Qué? ¿Acaso lo dudabas? —el aludido bufó. Por muy extraño que pareciera, en el fondo supo que sería así. Caramelo era de las que se crecían ante cualquier compromiso; solo había que presionarla un poco, y de eso él ya se había encargado lo suficiente.
—Sigo sin recibir la autorización de «Mi Patroncito» —Benito siguió burlándose, y Máximo rodó los ojos.
—¡Diablos! ¡Que sí! La empalagosa se queda —replicó, rogando al mismo tiempo no arrepentirse de esa decisión.