Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

Máximo se refugió en su oficina en busca de un minuto de tranquilidad.

Sus días no solían ser un remanso de paz, pero tenía que aceptar que esa última semana había sido suficiente para volverlo loco.

Se acomodó en el sillón y cerró los ojos, frotándose las sienes con lentitud.

Entonces, la imagen de Caramelo en la fábrica de chocolates le vino a la mente, y resopló, burlándose de sí mismo, recordando lo pasmado que se quedó al mirarla.

«Solo es una malcriada, altanera. ¡Eso es lo que es!».

Gruñó cuando unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.

Y, antes de que pudiera responder, Jimena entró con una bandeja: crema de verduras y varias rebanadas de pan tostado.

Bien sabía que el hacendado no cenaba en el comedor cuando Joseph estaba en La Dorada.

Era más fácil contener las ganas de golpearlo si no se lo encontraba en el pasillo.

—Le traje la cena, Patrón.

—Gracias, pero no pedí comida —dudaba que pudiera pasar bocado con el enojo circulándole por las venas.

—No puede acostarse así nada más. Menos después de trabajar tan duro todo el día, usted necesita…

Las palabras de la empleada se difuminaron en el aire, y la voz de la empalagosa ocupó su lugar:

«Puede que usté no necesite más mujeres, pero yo sí necesito el salario. Aquí, onde me ve, no le tengo miedo al trabajo; solo diga pa’onde hay que agarrá y a quién hay que matá, que yo ya tengo lugá pa’ escondé el cuerpo».

Una mano masajeándole el hombro lo trajo de vuelta. Su mirada cortante se enfiló hacia la joven. Se levantó veloz del asiento y se alejó de ella.

—¿Cuántas veces debo repetirte lo mismo? —no era la primera vez que aprovechaba sus momentos de soledad para insinuársele, pero, aunque Máximo apreciaba su belleza, no la veía de forma diferente al resto de sus empleadas.

—Patrón, ¿por qué no puede darme la oportunidad de demostrarle que…?

—¡Nada, Jimena! Será mejor que salgas. Lo último que necesito es que don Jacinto sepa lo que haces y malinterprete las cosas.

Su mirada se endureció un poco más, pero la nieta del mencionado, sin ninguna intención de irse, apostó por la carta que muchas veces le vio jugar a su amiga Magnolia: valerse de su condición de mujer sensible para ablandar el corazón del difícil hacendado.

No tomó en cuenta que esa táctica solo funcionaba si eras su hermana; de resto, él ni siquiera se inmutaba por sus lágrimas falsas.

—Es por la nueva, ¿verdad? ¿Está interesado en ella? ¿Por eso la trajo? Yo lo puedo querer y atender mucho mejor que esa desconocida.

—¡Déjate de tonterías! —golpeó el escritorio con la palma abierta, y el ruido resonó en la habitación—. ¡No hagas que me arrepienta de haberte aceptado en mi casa!

Jimena se estremeció. Por un instante, pareció que iba a replicar, que iba a lanzarle a la cara todo lo que callaba desde hacía meses. Pero algo en la mirada de Máximo —esa chispa peligrosa que ya conocía— la hizo retroceder, saliendo de la estancia con la cabeza gacha y el orgullo hecho trizas.

Él la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró. Y por primera vez en toda la noche, respiró tranquilo. Aunque sabía que esa tranquilidad no iba a durar.

«¡Al demonio con Joseph y Jimena!».

También con la condenada empalagosa que le revolvía la cabeza sin siquiera estar cerca.

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Afuera, frente a la cabaña de Guadalupe, Caramelo se quedó plantada ante el sendero de piedras, sin saber qué rumbo tomar.

Tras comprobar que la puerta seguía trancada y que sus llamadas no obtenían respuesta, descartó la idea de gritar para no levantar al vecindario.

Todo indicaba que le tocaría lidiar sola con la fría brisa nocturna que ya comenzaba a colársele hasta los huesos.

Abrazándose con fuerza, apretó los párpados un instante antes de clavar una mirada cargada de odio en la pared de madera, deseando que sus ojos pudieran traspasarla para fulminar al infeliz responsable de dejarla afuera. No cabía duda de que había sido él.

A poco estuvo de formar un nuevo berrinche, llena de impotencia por no poder entrar y cobrarle la cobardía a punta de patadas.

«¡Directico al pequeño guisante que e'seguro tiene entre las piernas! ¡Ese desgraciao poco hombre!» . Resopló furiosa, recordando que no debía meterse en más problemas, por lo que comenzó a respirar hondo y despacio para relajarse mientras pensaba una solución.

«Tú puede con esto, Caramelo».

Miró la puerta, el banco y el camino de piedras.

«No hay necesidá de má problema con el patrón».

Volvió a repasar el banquillo, la cerradura y la vereda.

«¡Desgraciao infelí!» . Y al demonio con la prudencia: con la paciencia agotada, decidió averiguar a dónde conducía aquel maldito sendero.

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Tras cada paso, agradecía que la luna estuviera más brillante que nunca porque tanta vegetación volvía el paisaje sumamente aterrador. Avanzó con cautela, consciente de que en un terreno como este debía cuidarse de dos clases de serpientes: las rastreras y las de dos patas.

Su corazón dio un vuelco de alivio al vislumbrar las siluetas de la casa grande, dedujo que estaba llegando por la parte trasera, ya que ni el jardín de rosas ni la fuente monumental aparecían por ningún lado.

Sintiendo escalofríos ante la posibilidad de encontrarse con algún perro rabioso, reprendiéndose por no haber pensado en eso antes.

Tampoco reparó en la vigilancia nocturna de la hacienda.

Aunque se creía invisible en medio de las sombras, lo cierto era que observaban cada uno de sus movimientos; sin embargo, tal como ocurrió en el pueblo, nadie se atrevió a detenerla.

Para todos, ella era la protegida de Máximo Galíndez, un estatus consolidado desde el día en que lo vieron cargarla en brazos tras el desmayo en plena cosecha.

El patrón tenía sus razones para protegerla, y eso no se discutía.

Caramelo parpadeó con incredulidad antes de acelerar el paso, casi corriendo al toparse con una construcción anexa a la residencia principal.

Pero lo que le robó el aliento no fue la casa en sí misma, sino que, en el pequeño cobertizo de la entrada, una amplia, solitaria y perfecta hamaca esperaba lista para cobijar su sueño.

Al menos, hasta muy temprano por la mañana, cuando pudiera regresar a la cabaña sin levantar sospechas.

Caminó en puntas de pies, con el corazón zumbándole en los oídos mientras escrutaba la negrura en busca de testigos. Pero lejos del canto de los grillos y de cuanto animal nocturno habitaba en esas tierras, ningún humano se hallaba a la vista.

Rendida de cansancio, miró el lecho colgante como si se tratara de una aparición divina, acercándose lista para acurrucarse en él y aplacar el temblor que le sacudía los huesos.

Despreciar aquel refugio equivalía a amanecer convertida en un cubito de hielo, pero la prudencia la frenó en seco, advirtiéndole de las graves consecuencias de invadir propiedad privada.

Odió a su conciencia y exhaló resignada, sentándose con desgana en un sillón de madera que, aunque confortable, no la cubría del frío.

Sus ojos vagaban, frustrados, de la luna radiante hasta la hamaca vacía que la llamaba en silencio, preguntándole por qué razón no estaba ya arropada en ella.

Varios minutos después, harta de que no pasara nada, mandó sus temores a la hoguera y se arrojó sin más en el regazo de aquella tela tejida que, juraba, Dios había puesto en el camino exclusivamente para ella.

Y mientras Caramelo, feliz de la vida, se acomodaba para dormir, la persiana de una ventana cercana comenzó a deslizarse muy lentamente.