Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO VIII
21%

CAPÍTULO VIII

Prudencio José Galíndez fue un hombre de palabra, pero carente de discernimiento y límites; su empeño era exactamente el mismo tanto para ayudar como para destruir a quien se cruzara en su camino.

En lo único que nunca tuvo ese mismo poder de decisión fue en el amor…

o lo que él creía sentir en ese momento por las dos mujeres que robaron su atención y desestabilizaron todo su mundo.

Convirtiéndolas en la excusa perfecta para justificar sus más egoístas caprichos.

La primera fue Magnolia, una mujer alta, elegante y de una melena rubia tan inusual que los pueblerinos casi la adoraban como a una divinidad, deslumbrados por el contraste de su belleza con los rasgos del lugar.

Descendiente de extranjeros cuya llegada a la sierra de aquel pueblo perdido nadie supo explicar jamás, se convirtió en la obsesión de Prudencio desde el instante en que la vio, y no descansó hasta llevarla al altar.

De ese matrimonio nacieron dos hijos. El primogénito fue Joseph, bautizado con el segundo nombre de su padre, pero modernizado con las raíces de su madre.

En un lugar donde los Pedros, Pablos y Juanes brotaban como la hierba, llamarse así garantizaba exclusividad; ser rubio le otorgaba la popularidad y, lo anterior, junto a la fortuna de su padre, el estatus.

La menor llevó el mismo nombre de su altiva madre: Magnolia.

Una hermosa niña rubia, delicada y de un corazón demasiado noble para su corta edad.

Era, por derecho propio, la consentida de mamá, pues si por Prudencio hubiera sido, solo habría engendrado machos reacios que lo ayudasen a cultivar y cuidar de su hacienda con el mismo afán .

Siendo el macho viril y prepotente que Prudencio se jactaba de ser, su hombría exigía acaparar más de una mujer.

Fue así como Maximiliana entró en su vida: una jovencita trigueña, de larga melena oscura, ojos cafés, sonrisa de ángel y facciones finas que de inmediato cautivaron al patriarca.

Aunque jamás lo amó —sus padres la obligaron a someterse a la voluntad del influyente caballero—, ella cumplió su rol con una dignidad inquebrantable: obediente, generosa, fiel, trabajadora y responsable.

Era devota de la educación y las buenas formas, a pesar de que su inocencia había sido arrastrada a la sombra de un hombre casado mediante la manipulación.

De esa unión clandestina nació Máximo, apenas dos años menor que Joseph. Era el segundo en todo, condenado en silencio a ser «el bastardo» , «el hijo de la amante» , «el hijo de la negra» , una verdad tan dolorosa que tardaría años en comprender del todo.

Desde siempre, las diferencias entre los hermanos fueron más que notables: el primero era rubio; el segundo, moreno, tostado por el sol —como solía decirle su amorosa madre—.

El primero vivía consentido en la casa grande; el segundo, acomodado en un modesto anexo a la vivienda principal.

Y si bien a Máximo nunca le faltaron comida, juguetes o buena ropa, tampoco era que recibiera el mismo trato.

Pese a todo, en su inocencia infantil, Joseph fue su compañero de travesuras, y la pequeña Magnolia, su debilidad absoluta después de Maximiliana, la mujer de su vida a quien más protegió.

Con los años, los ojos de Máximo se abrieron a la crueldad de su realidad, entendiendo por qué no podía sentarse a la misma mesa ni habitar bajo el mismo techo.

Pero el rencor nunca echó raíces en su alma; Maximiliana se encargó de sembrar en él un principio inquebrantable, enseñándole a querer y respetar a sus hermanos bajo una premisa tan sencilla como desgarradora: «Los hijos jamás son culpables de los errores de sus padres».

❈

Un verdadero hombre es aquel que forma su carácter al compás del trabajo, con la piel quemada bajo el sol inclemente y la ropa empapada en sudor. No había mejor enseñanza que la que la vida, la tierra y la cría de animales te daban.

Aunque Prudencio nunca estuvo de acuerdo con esas monerías de ir al colegio, algo que consideraba una pérdida de tiempo, por primera y única vez, ambas mujeres acordaron presionar lo que fuese necesario para darles a sus hijos ese derecho.

Y aunque Magnolia planificó enviar a los suyos a los mejores colegios privados, no le quedó de otra sino aceptar que los tres hermanos asistieran a la única escuela en el pueblo…

era eso o que, por culpa de las ideas retrógradas de su esposo, sus hijos fueran unos analfabetos.

Cuando Joseph y Máximo iniciaron la secundaria, las diferencias que hasta entonces habían sido ignoradas o desapercibidas por ese par fueron las mismas que, poco a poco, comenzaron a separarlos.

Luego, mientras el primero recibió un vehículo de lujo al cumplir los dieciocho y partió a la gran ciudad para estudiar en la mejor universidad, el segundo se encontró sumergido en un limbo existencial al perder a su madre por culpa de una extraña enfermedad, afanándose en trabajar con su padre hasta quedar exhausto, siendo lo único con lo que podía sobrellevar el gran dolor que ella dejó en su corazón.

Prudencio se hundió en el alcohol a raíz de la muerte de Maximiliana, algo que el orgullo de Magnolia jamás pudo soportar, abandonando a su esposo, la hacienda, pero también a su hija adolescente, cuando esta se negó a acompañarla.

Con el paso de los años, muchas verdades comenzaron a salir a la luz, realidades que alejaron a Máximo de su progenitor, aunque físicamente siempre permaneció a su lado y al de su hermana, cuidando de La Dorada y cumpliendo con las promesas que hizo a su madre en su lecho de muerte.

Aunque algunas fueron imposibles para él…

«¿Cómo no odiar a su padre, después de saber lo que hizo en contra de su madre? ».

Joseph tampoco se la ponía nada fácil. Máximo dudaba que él siquiera hubiese aprovechado la oportunidad que se le brindó de estudiar en la universidad.

Y no estaba muy lejos de la verdad: el rubio apenas llegó al tercer semestre, a pesar de que, cada mes, importantes sumas fueron enviadas para sus gastos y los de su madre, ambos en la gran ciudad.

El dinero que uno de los hermanos producía con trabajo y esfuerzo, el otro lo despilfarraba en tragos y mujeres.

Que ni siquiera tuvieran la decencia de asistir al funeral de Prudencio, pero sí a la lectura de su testamento, fue la gota que rebasó el vaso y la poca paciencia que quedaba en el hijo de Maximiliana.

Mucho más cuando la guerra entre ellos fue desatada al ser Máximo el heredero universal de los bienes.

Aun así, y en honor a los consejos de su madre, el moreno decidió compartir lo obtenido con sus hermanos, pero Joseph nunca quiso ayudar en la hacienda; él solo aspiraba a recibir su parte del dinero para largarse muy lejos.

Y así sucedió. Sus hermanos menores se encargaron de todo, entregándole al rubio lo que exigía, siendo testigos de su desaparición por más de dos años, en los que ni siquiera se acordó de enviarles una carta o un simple saludo… hasta que se le acabó el dinero y entonces regresó por más.

Le dieron todo tipo de oportunidades para ser parte activa de La Dorada y ganarse su propio sustento, pero apenas le quitaban el ojo de encima, Máximo tenía que responder por todas las trampas y estafas que Joseph cometía.

El muy infeliz vendió, en varias ocasiones, desde los costales de cacao y demás frutos cosechados, destinados a otros compradores, hasta el poco ganado que se salvó de ser robado tras todo el desconcierto que rodeó la muerte de Prudencio.

E, inclusive, se atrevió a vender derechos sobre la hacienda que ni siquiera poseía.

Siendo Joseph el hijo legítimo del matrimonio, nadie en el pueblo se atrevía a dudar de su palabra.

Aprovechando cada oportunidad para desacreditar a Máximo, argumentando que era el hijo bastardo y no reconocido por su padre, lo que no era cierto, puesto que el moreno también era un Galíndez con todas las de la Ley.

Y llegó el momento en el que la paciencia del hijo de Maximiliana ya no pudo soportar ni una triquiñuela más, saliendo a relucir ese hombre tosco e insensible, la copia fidedigna de Prudencio que todos en Pueblo Soreno conocían y temían.

Solo quienes vivían en los predios de la hacienda, aquellos que lo vieron crecer y trabajar duro para recuperarla hasta convertirla en lo que era, solo esas personas, ancianas en su mayoría, eran quienes conocían al verdadero patrón.

Aquel que cuidaba de los suyos y que no le importaba ensuciarse las manos cuando de trabajar sin descanso se trataba.

❈

Pero los secretos de la familia Galíndez pertenecían a un mundo que Caramelo ni sospechaba.

Para ella, la noche no guardaba más misterios que el frío que se filtraba en los alrededores de la cabaña, donde seguía sentada en el banco de madera, comprendiendo que su inquietud no se calmaría respirando brisa ni contando unas estrellas que apenas se distinguían bajo el resplandor absoluto de la luna llena.

Fijó su atención en la puerta y suspiró resignada; tendría que soportar el desprecio del esposo de Guadalupe hasta que lograra hablar con el capataz. Negó con la cabeza y volvió a suspirar, preguntándose en silencio por qué las cosas siempre eran tan difíciles para ella.

Miró alrededor, notando el lugar desierto.

De no ser porque la luna lo iluminaba todo, parecería uno de esos paisajes de las películas de terror, pero era normal que los moradores se acostaran temprano, más después de un arduo día de trabajo.

Se puso de pie, estiró las piernas y caminó unos pasos hasta divisar el sendero de piedras que llevaba a la fábrica de chocolates, justo donde don Jacinto se había desviado hacia la casa grande... o eso suponía .

«Te quedarás en esa cabaña lo que resta de la semana, sin quejas, sin peros, sin más problemas. ¿Entendido?».

Como si la acechara, la voz autoritaria de Máximo retumbó en su mente como un eco inoportuno, borrando de un soplido cualquier plan que estuviera tramando.

Rodando los ojos con una media sonrisa ante sus propias tonterías, dio media vuelta dispuesta a encerrarse a descansar.

Solo que, al intentar girar el pomo, se topó con la cruda realidad: la puerta no cedió.

Alguien le había echado el seguro por dentro, dejándola a la intemperie en plena oscuridad.