CAPÍTULO VII
Caramelo… —el nombre quedó suspendido en el aire. Por un instante, Máximo se dedicó a detallar el rostro de la empalagosa, quien le parecía bonita. Empecinada como ella sola, pero muy bonita.
Sacudió la cabeza buscando despejar su mente de tanta tontería y quiso retomar la pregunta que había quedado en el aire, esa que ella no respondió por quedarse embelesada con los chocolates.
No era su intención que la voz le saliera tan sedosa, así que aclaró su garganta un par de veces antes de retomar la conversación.
Solo que su intención fue truncada una vez más.
—Patrón, lo solicitan en la casa grande —la inquietud en el rostro de su empleado le indicó que algo iba muy mal.
—¿Qué sucede? ¿Magnolia?
—Ella está bien, es que… Él… —y no hizo falta más palabras. Que don Jacinto, el encargado de las caballerizas y casi como un abuelo para todos en la hacienda, vacilara en hablar del problema solo podía significar una cosa.
—¿Volvió? —Caramelo miraba de un rostro al otro sin entender nada, aunque no tenía que ser adivina para saber que la noticia no le agradaba en absoluto al hacendado.
Al punto de encenderle la mirada y hacerle fruncir el ceño, cuando el recién llegado afirmó en respuesta—.
Por favor, llévela a casa de Guadalupe; aún no conoce la hacienda y no quiero que termine metida en donde no debe.
El reproche implícito en esas palabras se hizo sentir, antes de dirigirse de nuevo a ella.
—Te quedarás en esa cabaña lo que resta de la semana, sin quejas, sin peros, sin más problemas. ¿Entendido?
—Má claro, no canta un gallo, Patrón —antes de irse, Máximo tomó varios chocolates y los puso en sus manos. Los ojos de la empalagosa brillaron ante el inesperado regalo, queriendo sentirse de nuevo en la gloria con tal delicia; sin embargo, él no los soltó por completo.
—Este era el lugar al que pensaba asignarte, pero ya que te encanta tanto participar en la cosecha —hundió ambos hombros con indiferencia y, en otro momento, Caramelo hubiese saboreado la ironía en esas palabras, pero el ceño fruncido no se borró nunca de su rostro.
El enfado del hacendado ya era palpable desde mucho antes de entregarle los dulces y marcharse.
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«Igual no iba a sé un buen lugá pa' mí».
Caramelo refunfuñó. Las palabras de Máximo se repetían en su cabeza mientras seguía a don Jacinto hacia la cabaña de su mentora, y no pudo evitar negar.
«¿Yo? ¿En una fábrica e' chocolate? ¡Ja! Demasiá tentación».
Protestaba en silencio, arrepentida por su impulsividad. don Jacinto, que caminaba a su lado, la observaba de reojo y sonreía ante el berrinche de resignación que ella, sin saberlo, dejaba escapar en cada gesto.
—Veo que ya se siente mejor.
—A poco. ¿Usted también sabe de lo que me pasó?
—Las noticias corren como el viento en este lugar —la miró con una sonrisa indulgente.
Y es que Caramelo no se enteró, pero fue noticia desde que puso un pie en La Dorada.
Máximo Galíndez no mintió cuando le dijo que no necesitaba más empleadas; él no contrataba mujeres ajenas, bastaba con las esposas e hijas de los jornaleros que vivían dentro de la hacienda, pues casi todas participaban en las diferentes actividades que se hacían en esas tierras.
Ella asintió en respuesta, sintiéndose molesta por haber sido tonta y quedar como una inútil, buena para nada, delante de todos. Y aunque no quisiera admitirlo, el tema de la bendita fábrica la mantenía como un gato crispado a la menor provocación.
—Es un buen patrón. Por algo todos quieren trabajar en esta hacienda, habiendo tantas otras alrededor.
—Es la que paga má —refutó, al tiempo que recordaba al malhumorado jefe.
Pero el anciano la miró comprensivo y negó.
—Ninguna cantidad justifica querer trabajar donde te tratan mal.
Caramelo asintió, dándole la razón al recordar la forma en que Máximo la había cuidado durante el golpe de calor.
De pronto, abrió los ojos como dos soles y se frotó el rostro con ambas manos para ocultar el ardor de la vergüenza, reviviendo el instante exacto en que él la sostuvo entre sus brazos sin descuidarla ni un segundo hasta acomodarla en el sofá para que doña Dora la atendiera.
En el camino a la cabaña de Guadalupe estuvo atenta, memorizando la ruta. Convencida de que el oso cascarrabias tenía razón y de que podía perderse con facilidad en una hacienda que no conocía en absoluto, decidió que ya era hora de ir aprendiendo.
Don Jacinto la dejó al frente de la vivienda, tal como le ordenaron, y resolvió regresar a la casa grande, sintiendo que sería más útil por allá.
La faena diaria estaba por terminar, de modo que Caramelo se sentó en los bancos de madera a esperar.
No tardó en ver aparecer a su mentora, caminando junto a su hijo y su esposo.
El hombre ni se molestó en disimular el fastidio de tenerla otra vez pisando su casa.
Algo que ella entendía, aunque le parecía exagerada tanta hostilidad.
Jurándose no buscarse más problemas con el patrón, se propuso hablar con el capataz en cuanto pudiera para averiguar por la cabaña que supuestamente estaban preparando para ella.
Al caer la tarde, rechazó la insistente invitación de Guadalupe para cenar.
Sabía perfectamente que ella era el estorbo; ninguna familia digiere con facilidad la llegada de una extraña que viene a ocupar su espacio vital.
Ya entrada la noche, dio mil vueltas en la pequeña cama individual intentando apagar su mente.
No era el tamaño del colchón lo que le quitaba el sueño —había dormido demasiadas veces en el suelo y soportado peores cosas como para que eso le importara—, sino el peso de sentirse una intrusa en un hogar ajeno.
Cansada de dar vueltas en vano, se deslizó a hurtadillas fuera de la cabaña y regresó a los bancos de madera, pensando que la brisa de la noche y el parpadeo de las estrellas le sería de mucha más utilidad.
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Mientras tanto, en la casa grande, alguien había echado demasiada leña al fuego.
Apenas la nerviosa actitud de don Jacinto le confirmó su sospecha, Máximo salió disparado hacia la casa grande, resollando cual toro embravecido. El visitante estaba loco si esperaba volver a salirse con la suya.
«¡Sobre mi cadáver! ¡Infeliz!».
Entró tirando de la puerta, sorprendiendo a Magnolia y a Jimena, parte del personal de servicio, quienes intentaban contener al recién llegado. Ahora también les tocaba hacer lo mismo con el furioso dueño de la hacienda.
—Patrón, entienda que… —la segunda se cruzó en el camino para intentar mediar con su jefe, aun sabiendo que eso era lo último que le interesaba al aludido.
—¡Entender un demonio! ¿Qué diablos haces aquí?
—Pero, ¡qué forma tan original tienes para recibirme, querido hermanito!
—¡Te hice una maldita pregunta! —Máximo odiaba a rabiar la sonrisa burlona que Joseph lucía todo el tiempo—. ¡Largo de mi hacienda!
—Patrón, usted tiene que calmarse —rogó Jimena y, de nuevo, el aludido la fulminó con la mirada, sin entender por qué intervenía en un asunto que no era de su incumbencia. La mujer en cuestión dio un paso en reversa y enmudeció.
—Es nuestro hermano, no podemos echarlo a la calle, así como si nada, mucho menos en ese estado —intervino Magnolia, y Joseph la miró reforzando su papel de víctima, sabiendo que ella era la debilidad del cretino que lo estaba despachando.
—Un hermano que solo se acuerda de nosotros cuando se queda sin dinero. ¿Por eso estás aquí? ¿Cierto? ¡Para seguir comportándote como la babosa sanguijuela que eres!
Joseph, indignado, intentó levantarse del sofá en el que reposaba, trastabillando y volviendo a caer sentado debido a lo borracho que estaba.
O lo que quería hacerle pensar a su hermana, porque tantas veces engañó al bastardo de Máximo que ya no le creía nada.
Bien sabía que no iba a conmoverlo ni estrellándose de cabeza contra el duro y lustroso suelo.
—Max, por favor —suplicó Magnolia, justo cuando Benito ingresaba a la sala con las llaves de la camioneta en sus manos.
No quería que se lo llevaran al pueblo a pasar la noche en una posada de mala muerte o peor, como un indigente tirado en el suelo de la plaza.
La tristeza que el capataz veía reflejada en los ojos de su amada le inquietaba el alma por lo mucho que sufría cada vez que sus hermanos se enfrentaban.
Sin embargo, aunque el proceder de su amigo rayaba en la indolencia, reconocía que sus razones estaban más que justificadas.
—¡Ni un centavo más, Magnolia! ¡Ni un centavo más para que ese infeliz lo despilfarre con bebidas y mujeres! No permitas que te envuelva en su mundo de porquerías .
—Te aseguro que mañana, a primera hora, estará fuera de la hacienda, pero solo déjalo pasar la noche aquí.
Máximo gruñó por dentro, pensando en que tenía que dejar de ser su marioneta.
Entendía que ella amara y cuidara de Joseph, pero ese infeliz solo la usaba como escudo para salirse con la suya.
Pensó que había llegado el momento de que su hermana tuviera alguien más en quien ocuparse…
un esposo, por ejemplo. Un hombre que la cuidara, respetara y la amara de verdad, lo suficiente como para alejarla de tanta mala influencia.
Miró a Benito y, muy a su pesar, le hizo señas para dejar las cosas así. No había más que hacer. Por esa noche, Joseph se quedaba.
—Si mañana, a primera hora, no te has largado, me encargaré de arrastrarte hasta el pueblo, ¡se oponga quien se oponga!
Los presentes en esa sala sabían que Máximo era un hombre de palabra, nunca amenazaba en vano. Una de las varias conductas que heredó de Prudencio; por algo era el hijo que más se le parecía, aunque él no se enorgulleciera de eso.