CAPÍTULO VI
Cuando Caramelo volvió en sí y se descubrió en brazos de Máximo, con la cabeza aún dándole vueltas por el calor, apenas alcanzó a preguntar:
—¿Qué tá haciendo? —Máximo siseó con autoridad para acallarla; era la única forma de agilizar el proceso, puesto que en esa zona no podía utilizar ningún auto y tardaría más en ir a la casa grande a buscar su moto o a las caballerizas por su fiel amigo Blondo.
Y, en un santiamén, reposaba sobre un sofá al cuidado de una agradable señora que le ofrecía una bebida fría mientras el hacendado estaba en la entrada, reclinado en la pared, con los brazos cruzados, sin dejar de observarla en silencio, por lo que ella comenzó a sentirse inquieta pensando en que nada bueno podía venir tras de ese ceño fruncido.
—¿Te sientes mejor? —escuchó a la señora y, siendo igual de amable, le respondió con una afirmación y una ligera sonrisa.
—Muchas gracias, doña Dora —escuchó a Máximo y recordó lo que le dijo apenas al llegar a la hacienda.
«Tú irás con doña Dora a…» . Recordó lo dicho el primer día y lamentó ser tan impulsiva y no haber escuchado lo que seguía, entendiendo que se refería a la misma persona que se retiró dejándolos solos e incómodos. Pero pronto el sofocante silencio fue roto por la áspera voz del hacendado.
—Este no es un trabajo para principiantes y menos para uno que cree que, con solo chasquear los dedos, dominará el oficio y estará al nivel de alguien que nació y creció entre cosechas —como siempre, quiso refutar, pero, levantando su voz, él no lo permitió—.
Puedes ser muy trabajadora, valiente y hasta buena negociadora; aun así, no eres de acero.
Y asumo mis culpas por asignarte al sembradío cuando antes decidí ubicarte en otro puesto, también por poner una meta sabiendo que no estabas lista para esto.
—No es primera vé que trabajo bajo el sol y nunca ante me había pasao. Sepa usté que no soy ninguna blandengue, ¡buena pa na’!
—¡No he dicho eso! —volvió a mirarla con dureza.
—Tampoco una princesita que nunca ha salío de su casa. No es justo que usté quiera botame cuando yo solo pido una oportunidá pa’ ganame mi propio sustento. ¡No busco que me regale na’!
—¿Te traje a mi hacienda? ¿O no? —la miró fijo esperando una respuesta que nunca llegó—.
Nada me obliga e igual te di una oportunidad, pero estás tan acostumbrada a hacer lo que te viene en gana que no mides las consecuencias.
Si supieras seguir instrucciones, estarías bajo el mando de doña Dora y nada de esto hubiese pasado.
Su sola mirada denotaba cuán furioso estaba y comenzaba a intimidarla.
—Guadalupe te dio instrucciones muy claras de nuestra forma de trabajo, estoy seguro de que no cumpliste con ninguna —aunque quiso agregar algo, Caramelo se tragó sus palabras sabiendo que él tenía razón en varias cosas—. Pues te informo que aquí, o cumples con mis reglas o te vas. ¿Quedó claro?
—Muy claro, Patroncito —contestó entre dientes y él tensó su mandíbula, condenadamente molesto por la actuación de esa inconsciente.
Máximo tenía tantas cosas dando vueltas en su cabeza que ya ni siquiera sabía qué era lo que más le irritaba de toda esta situación: «¿Qué ella fuera tan insistente? ¿Qué no le obedeciera? ¿Y por qué demonios le incomodaba tanto que esa niña lo llamara así?
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Después de darle el ultimátum, el hacendado abandonó la habitación, indicándole que ella se quedaría allí por el resto de la tarde.
La miró con recelo, esperando que contradijera su nueva orden, por lo que, inteligente, Caramelo se aseguró de mantenerse calladita por el tiempo que fuese necesario hasta que se le pasara el enojo a su jefe.
Era una de esas rarísimas veces en las que temió dar un paso al frente, sospechando que él estaría esperando para atraparla en el momento justo en que desobedeciera otra de sus insoportables reglas.
Pero, una hora más tarde —o eso creía ella—, ya se estaba cansando de sentirse encerrada, por lo que, con cautela, giró el pomo muy lento y apenas se asomó por la rendija de la puerta.
—¡Era mucho pedir que cumplieras con una sola orden!
La voz que resonó en toda la estancia la hizo pegar un brinco, por lo que cerró la puerta de golpe. Sin embargo, ella no era de las que se quedaban reprimidas en un mismo lugar, menos por tanto tiempo, así que respiró hondo y volvió a salir.
—¿Es en serio? ¿Apenas veinte minutos?
—El tiempo que se pierde no regresa má nunca y aquí hay mucho pa’ hacé todavía —se plantó delante de Máximo, mirándolo a los ojos—. Necesito sabé si aún tengo un empleo, po’ ejemplo.
Él también respiró profundo, haciendo a un lado los papeles que estaba leyendo en lo que claramente era una oficina. Bien sabía que Caramelo no se quedaría quieta, así que prefirió quedarse para revisar algunos contratos antes que regresar al sembradío.
—Eso depende de tu comportamiento —dijo mientras la instaba a sentarse en la silla frente a su escritorio, iniciando una conversación que ya presentía sería larga y fastidiosa.
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Al finalizar la plática —que se convirtió en un eterno sermón—, y desde el instante en que ella puso un pie fuera de las cuatro paredes de esa oficina, Caramelo no pudo dejar de suspirar por lo que veía.
Se esforzó y luchó por mantenerse muy juiciosa, caminando en silencio al lado del patrón, pero sin dejar de mirar a su alrededor, relamiéndose los labios con discreción.
—Bien… ¿Entonces qué harás? —lo escuchó preguntar algo que ella no logró asimilar en el momento, así como tampoco detener las palabras que, llevada por la tentación, no pudo evitar pronunciar.
—Le daré un buen mordisco pa’ comprobá si sabe tan delicioso como se ve.
Semejante frase envuelta en medio de tanta apetencia hizo tragar saliva a Máximo, quien solo atinó a mirarla sorprendido, levantando una de sus cejas en espera de una aclaratoria.
Caramelo estaba tan embelesada por la exagerada cantidad de chocolates que tenía a su alrededor que ni cuenta se dio cuando pensó en voz alta.
En un simulado gesto meditabundo, él cruzó un brazo sobre su pecho y usó una mano para cubrir su boca mientras se humedecía los labios que, de pronto, se sintieron resecos.
Recuperó la calma al darse cuenta de lo que pasaba, negando al mismo tiempo ante lo tonto que se sentía por reaccionar como un adolescente en una situación tan ridícula.
«Aunque te empeñes en verla así, no es una niña y bastante bien que sabe defenderse» .
Recordó a Benito y volvió a negar, mientras la veía relamerse como una chiquilla admirando dulces a través de la vitrina.
Y es que el chocolate estuvo siempre presente en la vida de Máximo, pero, en contraste, para Caramelo fue un lujo que muy pocas veces pudo saborear y con el que nunca quedó ni satisfecha ni conforme.
Resopló, alejándose para buscar uno de sus favoritos, sonriendo malicioso mientras lo desenvolvía y se posicionaba al frente. Lo hundió en aquella lacerante, pero al mismo tiempo muy linda boquita que ella no atinaba a cerrar por encontrarse tan encandilada como un bebé en Navidad.
La primera impresión de Caramelo fue avergonzarse por comportarse de semejante forma frente a quien, apenas minutos atrás, prometió ser responsable, escuchar y acatar las normas.
Luego, al sentir aquella textura suave, cremosa y terriblemente deliciosa derritiéndose en su boca, no pudo sino disfrutarla despacito.
Frunció el ceño, entrecerró los ojos y hasta gruñó de placer, sin importarle si una o veinte personas estuviesen a su alrededor.
Y durante ese sublime instante, se podía desternillar el mundo completo; ya después le tocaría trabajar el doble para reconstruirlo.
Pero ese momento de gloria bien valía la pena deleitarse y vivirlo como si fuera el último, mientras que ahora era Máximo quien lucía perdido, con su mirada fija en la empalagosa.
Hay que estar loco para jugar con fuego, porque mientras más se alimenta la llama, más peligrosas son las chispas, y es solo cuestión de tiempo para que una termine quemándote