Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

Máximo llevaba tanto rato esperando por Benito que, cuando por fin lo vio aparecer, no pudo evitar pecar de impaciente y lanzarle la pregunta que le carcomía la cabeza.

—¿Y bien?

—Ni siquiera hizo falta preguntar; Guadalupe accedió a recibirla en su casa mientras acondicionamos alguna de las cabañas…

—¡Es una niña! No la dejaré durmiendo sola en una de las cabañas —replicó Máximo ante lo expuesto por Benito cuando, al culminar la faena, se encontraron con un problema en el que ni siquiera habían reparado antes: ¿dónde iba a dormir la empalagosa?

—Aunque te empeñes en verla así, no es una niña y bastante bien que sabe defenderse. Además, tampoco sería la primera vez que una trabajadora duerme sola en… —su amigo no lo dejó terminar al fulminarlo con la mirada.

—Te faltó pedir que la acomodemos en el galpón con los jornaleros —si bien era cierto que muchos vivían desde niños junto a sus familias en los predios de La Dorada, al resto se les acomodaba en galpones dispuestos para ellos.

A diferencia de Prudencio, Máximo odiaba desatender o maltratar a su gente.

—Está bien, está bien, entiendo —Benito levantó las manos en son de paz. A esa hora, el capataz ya solo quería darse una ducha, cenar e irse a descansar.

—¿Discutiendo de nuevo? —habló Magnolia Galíndez, hermana menor de Máximo, quien los escuchó mientras ambos ingresaban en la sala de la casa grande, término con el que todos los jornaleros describían al hogar del hacendado .

—No discutimos; más bien, decidimos respecto a una nueva trabajadora —soltó Benito con retintín. Sabía que era cuestión de segundos para que el amor de su vida replicara.

—¿Una trabajadora? —miró a su hermano con duda, pero al ver la sonrisa burlona del otro, ella también sonrió en complicidad—. ¿Y desde cuándo traes mujeres a la hacienda?

El interpelado no contestó; solo se acercó a la niña de sus ojos, le dio un beso en la frente y subió a su habitación, mientras ella interrogaba a su amigo con la mirada. Pocas veces lograba sacarle información, pues Benito guardaba demasiada lealtad a su jefe, pero nada perdía con intentar.

La verdad era que, si fuese por Benito, todo su mundo estaría reposando a sus pies, aunque Magnolia no lo supiera o no le importara saberlo. «¿Qué interés podría tener una niña rica en un simple capataz? Si con semejante hermosura, ella podía escoger al hombre que quisiera».

Porque, si bien era cierto que, en un pueblo donde la mayoría a duras penas cursaba la escuela primaria, Benito tenía un nivel educativo igual al de Máximo, ya que ambos aprobaron con excelentes calificaciones la secundaria.

Y estaba muy orgulloso de sus logros, pero eso no cambiaba su realidad en nada: seguía siendo un pobre obrero sin más para ofrecer que su solitario y esperanzado corazón.

Un corazón que, por desgracia, se empeñaba en latir por quien no debía.

Por otro lado, tampoco era como si pudiera cortejar a la hermana de su mejor amigo.

Siendo tan chapado a la antigua, Benito temía traicionar a Máximo al sentir tanto amor por Magnolia.

Vivía enamorado de ella desde el mismo instante en que la conoció, cuando Prudencio lo reclutó en la calle, siendo apenas un niño, y lo trajo a trabajar en la hacienda.

Puede que el extinto patrón no fuera la mejor persona y que, a pulso, se ganara el odio de muchos, pero él siempre le guardó un gran respeto y profundo agradecimiento por haberle ayudado a cambiar su cruel destino.

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Desde que llegó a la cabaña donde vivía Guadalupe con su esposo e hijo, Caramelo no dejó de repasar lo aprendido en su primer día de trabajo, queriendo grabar en su mente hasta el último detalle, sabiendo que no podía darse el lujo de olvidar nada.

Inclusive, después de cenar, se tomó un tiempo fuera de la vivienda para practicar con la indomable cesta, la cual llenó de cuanta piedra logró conseguir entre el pasto, aunque, siendo sincera, no tuvo ningún avance con ella.

A pesar de lo rudimentario de las construcciones donde vivían la mayoría de los trabajadores de la hacienda, no podía negar que todo se veía tan hermoso, limpio y bien organizado.

Quedó fascinada con cada detalle que descubría alrededor, siendo el punto de quiebre la maravillosa puesta de sol, que teñía el cielo de amarillos, rojos y naranjas.

Sierra Alta era una ubicación más que privilegiada, era bendecida.

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Decir que se levantó llena de energía y más que lista para ser la mejor cosechadora y poner en su lugar al oso malhumorado era quedarse corto en la intención.

Caramelo amaneció sintiéndose plena y radiante, respirando el aire puro del campo, escuchando a lo lejos el canto de los gallos, el relincho de los caballos y hasta jurando que distinguía el mugido de unas cuantas vacas, aunque no vio ninguna en el tramo que recorrió de la finca.

Desayunó pan con mantequilla y queso, acompañado de un café bien oscuro que le reconfortó hasta el alma y le recordó la forma en que solía consentirla su madre.

No habló mucho durante la comida, más que para agradecer y, de vez en cuando, hacerle algún cariño al pequeño hijo de Guadalupe.

Tal parecía que el esposo de su anfitriona no estaba muy contento con la presencia de una extraña en su hogar, ya que ni siquiera dio los buenos días antes de ocupar su lugar en la mesa.

Sin embargo, como el capataz le había hablado de habilitar una cabaña para ella, rogaba porque estuviera lista antes de la tarde; de ninguna forma quería ocasionarle molestias a quien tanto se esmeraba por ayudarle.

De regreso en el sembradío, se acercó al resto de los jornaleros para escuchar las recomendaciones antes de iniciar la faena.

Mientras tanto, comenzó a prepararse tomando su cesta, su tijera, una vara de madera que le había sido muy útil el día anterior e inclusive una navaja por si llegase a necesitarla, muy segura de que ni una sola mazorca de cacao se le iba a escapar durante todo el día.

De repente, su mirada coincidió con la de su peor tormento —en apenas una semana conociéndolo—: la del oso malhumorado, quien le mantuvo la atención por varios segundos antes de ignorarla, lo que ya era su costumbre, aunque se notaba que la mantenía muy supervisada.

«Lo siento, Patroncito, pero no se va a deshacé de mí así tan facilito» . Sonrió ligero, mirándolo de arriba a abajo, aprovechando que Máximo estaba de espaldas a ella, aunque se reprendió en el acto.

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Contaba con todas las herramientas necesarias, pero, en determinados momentos, le tocaba ingeniárselas para alcanzar los frutos más altos. Aun así, llevaba buen ritmo, aunque se tomaba su tiempo, cerciorándose de que la mazorca estuviera lo suficientemente madura antes de cortarla.

¿Y su lucha con la insufrible cesta?

Pues debía ser todo lo contrario, pero fue Caramelo quien terminó adaptándose a ella. Luego, a media mañana, tuvo que cambiarla por uno de los costales que usaban los hombres, haciéndole diferentes amarres para ajustarlo a su altura y no terminar arrastrando la carga.

Se encontró con Máximo en varias ocasiones durante los recorridos y le sorprendió que, a pesar de ser el patrón, él también se uniera a los jornaleros para cosechar. Le pareció que eso hablaba muy bien de su empatía con su gente y del amor por sus tierras.

«Algo bueno debía tené ese patroncito» .

Igual no permitiría que eso la cegara porque, bien claro, le dijo que, si ella no producía, se largaba.

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«Ni que fuera primera vé que me toca trabajá bajo el sol».

Al reiniciar la faena, después del descanso para el almuerzo, Caramelo comenzó a sentirse un poco agobiada por el calor.

Sin embargo, no le prestó atención hasta que se le hizo muy necesario ir a tomar agua, aprovechando para lavarse el rostro, sintiéndose fresca al instante y más que lista para continuar.

Pero, después de secarse, se encontró de cerca con Máximo, quien la miraba interrogante.

—¿Algún problema?

—Ninguno, patrón —zanjó, y se apresuró a volver a su lugar, sintiendo esa inquietante mirada sobre ella mientras se alejaba.

Una hora después, Caramelo solo quería desnudarse y zambullirse en una bañera con hielo, o escaparse del trabajo e irse al río del que le hablaron, pues aseguraban que se encontraba muy cerca de allí.

Siendo sincera, no lo entendía; ni siquiera estaba tan cegador, las nubes se atravesaban con frecuencia —o quizás no le prestó la debida atención a la resolana—, pero sentía las mejillas arder y todo su cuerpo calcinándose debajo de la ropa.

De seguir así, hasta el nombre se le iba a derretir.

Colocó un pañuelo sobre su cabeza y se apresuró a llevar la carga al centro de acopio, tropezando en el camino con varios troncos y piedras que no logró ver en su momento, y agradeciendo no caer de morros en el suelo.

«Derretía y tó, pero tú puedes, Caramelo».

«Tú puedes reuní lo suficiente y te lanzas pa’ la gran ciudad; de seguro allá consigues un trabajo mejó. Sí señó, así será» .

Era lo que se repetía, aferrándose al costal para no dejarlo caer.

Apenas logró entregar el contenido y quiso devolverse a través del laberinto de árboles, se desorientó al punto de que todo comenzó a dar vueltas.

Uno de los jornaleros avisó a Benito y este se apresuró en ir hasta ella, llevándola bajo la sombra y dándole a tomar agua fría para compensar la deshidratación.

—Toy bien, solo fue un golpe de caló.

—¡No, no lo estás! —Esa fue la voz de Máximo, quien también corrió al lugar apenas al enterarse—. ¿Cómo diablos no te ibas a deshidratar si no tomas agua y te excedes en el peso que Guadalupe te recomendó transportar?

Sabía que él tenía culpa en eso último, pero al principio mantuvo la esperanza de que ella se rendiría; no creyó que su terquedad fuera infinita.

Ordenó que la escoltaran hasta la fábrica, pues esa era el área más cercana de la hacienda en la que Caramelo podía refrescarse y ser atendida por otras mujeres, pero, como siempre, ella quiso rebelarse.

—Toy bien, ya pasó, tengo que volvé a…

—¡A nada! —La voz y el ceño fruncido del hacendado no dejaban espacio a las dudas, urgiéndola a levantarse para trasladarla según sus órdenes.

—¡Usté solo quiere deshacese de mí! —Ella gruñó a pocos centímetros del rostro de Máximo y, aunque los demás eran testigos del careo, nadie se atrevió a decir nada.

—Si no me obedeces, estarás de vuelta en el pueblo en mucho menos de lo que piensas —como era lógico, él no se iba a quedar atrás—. ¿Qué esperas que no avanzas?

Dudó en enviarla con algunos jornaleros; sabiendo lo terca que era, prefirió llevarla él mismo.

Lo último que necesitaba era una trabajadora enferma por no acatar las normas y los consejos de seguridad que se le dieron.

Su conciencia de nuevo le recordó que él tenía mucha culpa en eso y volvió a gruñir con molestia, acción que ella tomó como otro regaño, fulminándolo con la mirada, sin dejarse ayudar mientras intentaba orientarse para caminar hacia donde fuera que la iban a llevar.

Estaba tan desorientada que ni siquiera escuchaba lo que decía el oso malhumorado; apenas y lo sentía gruñir y, antes que hacerse la víctima o la débil, eso solo la ponía aún más a la defensiva.

Llegó un momento en el que Máximo tuvo que sostenerla fuerte de los hombros para que dejara de llevarle la contraria y permitiera ser ayudada, pero la mente de Caramelo estaba tan atiborrada que no lograba enfocarse en nada.

Emitió un ligero chillido de impresión cuando sintió sus pies despegarse del suelo mientras el hacendado la levantaba en sus brazos como si fuese una niña.