Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

Máximo y Benito se miraron con entendimiento antes de bajar del vehículo, donde conversaron sobre el mejor lugar para ubicar a la joven.

—Bienvenidos. Comenzamos con la primera cosecha de cacao de la temporada. Adelántense al punto de encuentro —anunció el hacendado, aunque sabía que era innecesario. Cada hombre allí conocía su oficio desde antaño, pero quiso ser más explícito para que la empalagosa entendiera de qué iba la cosa.

Tras escucharlo y viendo a todos alejarse, poco faltó para que Caramelo siguiera al resto, pero Máximo dejó claro que esa orden no aplicaba para ella. Apenas amagó cuando la fija mirada del malhumorado la detuvo en seco.

—Tú irás con doña Dora a…

—No quiero interrumpí, Patroncito. Pero…

«Patroncito» . El hacendado se tensó al oírla llamarlo de esa forma y bufó, un hábito que se le estaba volviendo costumbre.

A su lado, Benito apretó los labios para no reír y pecar de imprudente.

Siendo el capataz, debía comportarse con respeto y, sobre todo, con seriedad, aunque no la sintiera en ese justo momento.

Máximo ignoró a su amigo e hizo un ademán para que hablara, y ella se enderezó, muy dispuesta a obtener lo que buscaba.

—A ese lugá al que piensa enviame, voy a ganá igualito que ellos —preguntó, señalando el camino por el que los jornaleros ya se marchaban.

Logrando que el hacendado la analizara con una fijeza tal que, aunque él no lo supiera y ella tampoco se lo confesara, Caramelo se intimidaba horrores cada vez que esto sucedía.

Un fuego sordo que le encendía la sangre y le apretaba el pecho, aunque por fuera se plantara con más firmeza que un cardón en plena sequía.

«¿Po qué este condenao tiene que mirame así?».

Sus pensamientos se disiparon al escuchar la voz ronca de su jefe.

—Entonces, ¿quieres trabajar en la cosecha?

—Eso mismo digo, Patroncito —afirmó cruzándose de brazos, endureciendo la postura.

Conteniendo las ganas de prohibirle que lo llamara así, Máximo fijó la mirada en ella y Caramelo se removió incómoda bajo su escrutinio, pero no retrocedió.

—No tienes ni idea de cómo comenzar. ¿Cierto?

—Aprendo muy rápido, lo que me conviene aprendé — replicó convencida, y el silencio se alargó por segundos que le parecieron años mientras el hacendado sopesaba la idea.

—Te dejaré ir con los jornaleros… —cedió al fin.

Benito frunció el ceño al tiempo que Caramelo luchaba contra la sonrisa que quería invadirle el rostro. Sin embargo, ese gruñón aún no terminaba de hablar y ella bien sabía que en el mundo nada era gratis.

—Sería ilógico exigirte en la misma medida de alguien que lleva años en este oficio, pero debes entender que esto es una empresa, no una escuela —recalcó con severidad—.

Por hoy tendrás quien te enseñe lo básico.

Solo por hoy. Si en dos días no produces, mínimo, la mitad que los demás, esa misma tarde te devolveré al pueblo. ¿Quedó claro?

Caramelo apretó los dientes en silencio, tragándose la rabia. Ya sospechaba que él buscaría la forma de deshacerse pronto de ella, pero aun así caminó con paso firme hacia su jefe y le tendió la mano para sellar el acuerdo.

—Toy má que lista, Patrón.

Cansado de formalidades y con la impaciencia a flor de piel, Máximo apresuró el cierre del trato devolviéndole el apretón, ajeno por completo al paso en falso que acababa de dar.

Por su parte, la nada dócil humanidad de la pueblerina de nuevo se encontró siendo invadida por los casi dos metros de altura del oso malhumorado que tenía al frente.

Estiró el cuello para mirarlo a los ojos mientras su mano era arropada por aquella otra que, aunque grande y áspera, también le resultaba cálida.

Y que un rayo le cayera en la cabeza si no fuera así y solo se estaba volviendo loca, pero esa mano, recubriendo la suya, se sentía demasiado protectora.

Pensar en esto la desconcertó, porque jamás en la vida ningún extraño había infundido tal serenidad en ella, una paz que solo hallaba en su adorada Carmen.

Por eso, haló suavemente de su mano para liberarse del agarre mientras desviaba la atención hacia Benito, pidiéndole en silencio que la llevara con el resto a trabajar para deshacerse lo más pronto posible de semejante alucinación.

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Minutos después, Caramelo sostenía las asas del morral que mantenía en la espalda —con ropa y artículos personales que consideró necesarios— mientras caminaba al lado del capataz, quien le iba mostrando el lugar y contándole acerca de sus actividades.

En cierta forma, se sentía aliviada de que Máximo hubiera desaparecido del radar apenas soltaron las manos; al parecer, ella no era la única ansiosa por comenzar a trabajar.

«Ni siquiera pude preguntá cuánto me iba a pagá».

Refunfuñaba para sus adentros sin apartar la atención de la conversación, tragando saliva cuando llegaron a lo que parecía el inicio de una especie de laberinto de plantas: un infinito sembradío de cacao en el que podía ver a muchas más personas de las que llegaron en la camioneta, e inclusive, a más mujeres de las que imaginó.

«Po eso el cascarrabia no me quería aquí».

A grandes rasgos, Benito le conversaba del proceso de producción.

Del esmero con que se plantaba cada uno de esos árboles, las atenciones desde que son muy jóvenes hasta que crecen y comienzan a dar frutos.

Del minucioso proceso de cosecha, aconsejándole que debía ser muy cuidadosa si de verdad quería permanecer en la hacienda por mucho tiempo.

Sabiendo que Máximo no perdonaba ninguna falta grave en esta etapa…

en ninguna, siendo sinceros. Incluso le habló de la postcosecha, donde comenzó a entender la razón de tantos trabajadores porque, mientras la mayoría recolectaba los frutos, otro grupo rompía las cáscaras para extraer su contenido.

Y, en el último tramo, estaban aquellos que se encargaban de fermentarlo y secarlo.

Todo un arduo proceso hasta dejarlo listo, varios días después, para la venta a otras empresas, chocolaterías en su mayoría.

Luego de un rápido pero interesante recorrido, Benito la dejó en compañía de una mujer de al menos unos 35 años llamada Guadalupe, quien se encargaría de enseñarle todo lo necesario para comenzar a trabajar junto al resto.

Siendo este aprendizaje al que más atención debía prestar, porque de eso dependía su estadía en La Dorada.

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—Asegúrate de escoger el fruto maduro guiándote por el color de la cáscara, como los que acabo de mostrarte. El corte debes hacerlo lo más preciso posible, con delicadeza para no dañar las flores que darán pie a nuevos frutos, justo aquí. ¿Lo ves?

Caramelo asintió muy sonriente. Guadalupe era una mujer muy amable y con mucha paciencia para la enseñanza, aunque mientras más aprendía, más interrogantes se iban creando en su mente.

Sobre todo, cada vez que veía los cacaos que estaban en la parte más alta de la planta y, en especial, cuando las otras mujeres pasaban con sus cestas sobre la cabeza con tal maestría que parecían unidas a ellas con pegamento.

Sostuvo varios de esos frutos entre sus manos y pesaban bastante; no entendía cómo podían llevar tantos en sus cestas sobre la cabeza y caminar tan tranquilas. Se sabía ágil, pero… ¿tenía el suficiente equilibrio para no dejarlos caer al suelo ?

Las palabras de Máximo resonaron en su mente:

«Si en dos días no produces, mínimo, la mitad que los demás, esa misma tarde te devolveré al pueblo. ¿Quedó claro?».

—Ese oso malhumorao y tramposo quiere botame de su hacienda, pero no se la voy a poné naíta fácil. Haré lo que tenga que hacé, pero aquí me quedo —masculló entre dientes.

No tenía más alternativa que practicar hasta aprender.

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Pasado el mediodía. Guadalupe se mantuvo junto a Caramelo, quien ya entendía bastante del proceso. Al menos, lo suficiente como para comenzar a realizar varias actividades por sí sola, aunque su entrenadora seguía muy de cerca su desempeño, todo el tiempo.

La joven sonreía celebrando con cada selección y corte bien hechos.

Además, ya no se perdía tanto en el laberinto de plantas para llegar hasta la zona donde otros desgranaban cada mazorca de cacao cosechada.

Guadalupe incluso le aconsejó cuántos frutos podía cargar según su contextura, para no tener problemas en el futuro con el peso excesivo de la carga.

Le aseguraba que con la práctica ganaría la rapidez necesaria para cumplir la meta del día. Y todo iba excelente, excepto por un pequeño problema.

«¡Maldita cesta, queate quieta!».

En silencio, Caramelo se mantenía en guerra declarada contra la odiosa, incómoda y resbaladiza canasta. Era tan obstinada que no pensaba rendirse. Iba a dominar esa condenada técnica, aunque fuera lo último que hiciera. Porque si todas podían, ella también.

Benito llamó a Guadalupe, por lo que la joven se quedó trabajando sola, después de recibir las últimas indicaciones.

Cosechó la cantidad de frutos que necesitaba, acomodó la carga sobre su cabeza y comenzó a caminar con lentitud al principio, incrementando la velocidad conforme creyó dominar el procedimiento.

Hasta que, en un descuido, la cesta comenzó a tambalearse y a poco estuvo de tirarlo todo.

Volvió a enfurecerse, pero, estando sola, no hubo muro de contención para semejante rabieta.

Bajó la cesta al suelo, aunque lo que quería era lanzarla lejos, con todo y cosecha.

Pero, al no poder hacerlo y para liberar un poco del estrés que mantenía acumulado en su cuerpo, casi sin darse cuenta, comenzó a hacer berrinches y pataletas como si fuese una niña pequeña.

Cuando por fin se calmó, respiró hondo y miró a todos lados, avergonzada.

Ella no era de las que se dejaban vencer así nomás.

Respiró varias veces, teniendo muy claro que, aunque era más cabeza dura que muchas en el sembradío, no congeniaba con esa cesta y no lo haría nunca.

«Si fueras más inteligente, mirarías a la competencia y mejorarías sus técnicas».

Lo dicho por el oso cascarrabias llegó a su mente.

—Tengo que sé má inteligente y buscá otra forma.

Murmuró y volvió a mirar la cesta en el suelo, pero las ganas de patearla no se le quitaban.

Pensó en el dinero que necesitaba reunir; no podía vivir arrimada en casa de su tía la vida entera.

Ese pensamiento surtió efecto, y levantó la cesta entre los brazos, aunque le advirtieron que era la peor forma para transportar los frutos.

Su espalda se lo cobraría tarde o temprano.

Igual, eso no le importó en ese momento.

Llegó al sitio de acopio e hizo la entrega.

Lo que Caramelo no sabía era que, durante todo su berrinche, estuvo siendo observada.

—Es muy obstinada, pero aprende rápido —aseguró Guadalupe, sonriendo divertida.

—Apuesto mi salario de este mes a que aguanta toda la semana —Benito cruzó los brazos y disimuló con su mano la carcajada que le producía ver el momento de desesperación y terquedad de la jovencita .

«Apuesto la ganancia de la cosecha completa a que la empalagosa, fastidiosa y belicosa se las arregla para durar todo el condenado mes» .

Ese fue el pensamiento de Máximo, que permanecía en absoluto silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en el dolor de cabeza que se había traído desde el pueblo.