Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

Pueblo Soreno siempre fue un lugar tan tradicional y pintoresco como perdido y olvidado en el tiempo, pero eso sí, con una belleza natural inigualable y las mejores tierras para cosechar.

Sin embargo, en el pasado, pocos tuvieron la valentía de lanzarse a la travesía, a sabiendas de que exponían sus vidas luchando con garras y dientes para vencer a la competencia y asentarse en la parte alta de la sierra.

Por otro lado, quienes se arriesgaban debían contar con las riquezas suficientes para contratar personal, comprar maquinaria y abastecerse de las mejores semillas.

Si querían sobresalir en este mundo, tenían que ofrecer productos de calidad y no podían esperar producir lo mejor si no estaban dispuestos a invertir.

Mejor ni hablar si las intenciones iban dirigidas a la crianza de animales o el ganado; como bien lo dice aquel refrán: «Lo barato sale caro».

Fueron muy pocos los que aceptaron el reto. Prudencio Galíndez, el padre de Máximo, fue de los primeros valientes. Arriesgándolo todo, logró imponerse y hacer su vida en ese paradisíaco, pero también accidentado lugar.

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Caramelo nació en Pueblo Soreno, pero antes de verse obligada a regresar y vivir con su tía, recordaba muy poco de ese lugar.

De hecho, era la primera vez que visitaba la Sierra Alta porque su madre, buscando una mejor calidad de vida, la sacó de allí siendo muy pequeña.

Años después descubrió que no le dijeron toda la verdad: Carmen no se fue en busca de oportunidades, sino huyendo de su esposo, un zángano que solo recordaba el camino a casa cuando se quedaba sin dinero o necesitaba que lo ayudaran.

Nunca habitaron entre lujos, apenas lo necesario para sobrevivir.

Su madre sacrificó tanto para criarla que le estaría agradecida eternamente.

Carmen lo era todo para ella: madre, amiga, cómplice y protectora fiel.

Vivieron tranquilas hasta aquella fatídica caída que la dejó postrada en una cama, consumiendo su alegría y sus ganas de vivir de forma cruel y agónica.

En apenas un cambio de luna, los papeles se invirtieron.

Con catorce años, sus sueños y sus ansias de conquistar el universo quedaron en pausa.

Caramelo comenzó a trabajar en cuanta actividad se cruzó en su camino.

Con toda la valentía que pudo reunir a esa tierna edad, plantó los pies bien firmes sobre la tierra y salió a patear la calle.

Tuvo que aprender en tiempo récord el funcionamiento del mundo real para hacerse cargo de su madre y de todas las necesidades que su difícil condición de salud le exigía.

En el diario trajinar, la vida le fue enseñando varias lecciones.

Algunas las aprobó a la primera y con honores; otras pusieron a prueba su temple y le hicieron saber de qué estaba hecha.

En última instancia, solo le quedó revalidar con lágrimas aquellas que reprobó, aun cuando dio lo mejor de sí misma en cada evaluación.

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Mientras la camioneta de Máximo subía la empinada carretera hasta llegar a una llanura desde la que se veían toda clase de sembradíos, los ojos miel de Caramelo brillaban más que nunca.

Observaba hechizada todo a su alrededor.

De vez en cuando se encontraban con algún portal o entrada a las haciendas vecinas, confirmando que los rumores eran verdad: estas tierras eran perfectas para diversos tipos de cosechas.

Aunque, ahora que lo pensaba mejor, ella no tenía idea de lo que se cultivaba en La Dorada, solo que era la hacienda a la que todos peleaban por ir porque era la que mejor pagaba.

Sonrió con disimulo al detallar la vestimenta de unas jóvenes que iban a caballo.

Se imaginó con botas y sombrero de vaquera; no sabía cabalgar, pero siempre hay una primera vez para todo.

Se removió en su lugar, entumecida y dolorida, riñéndose consigo misma por no haberle hecho caso al patrón cuando le ofreció los puestos traseros de la cabina.

Al menos allí sí habría tenido un cojín que amortiguara los tumbos en cada bache de la rústica carretera.

«Quizá sí debí dejá que me tratara como muñequita de porcelana».

Rezongó y negó al mismo tiempo. Luego, en un acto visceral, se quedó contemplando por varios segundos a Máximo, quien, sintiéndose observado, le devolvió la mirada por el retrovisor. Rápidamente, Caramelo buscó un nuevo paisaje con el cual entretenerse.

Minutos después, enmarcando un portal de ensueño, el nombre de Hacienda La Dorada se materializó frente a ella.

La camioneta aminoró la marcha hasta detenerse mientras le permitían el paso.

Su corazón comenzó a latir con más fuerza.

Respiró hondo, sintiendo que la refrescante brisa del campo le purificaba hasta el alma, y por ese sublime instante la paz que impregnaba el ambiente solo fue profanada por el canto de las aves que revoloteaban entre los árboles.

Mientras se adentraban en la propiedad, la espesa vegetación fue abriéndose como un telón, y entre tanta naturaleza se asomaron las primeras construcciones: cabañas de madera oscura y piedra gris, con ese aire rústico que solo dan los años y el clima.

Hombres de brazos fuertes y rostros quemados por el sol transitaban a pie, mientras otros, con botas y sombreros de ala ancha, erguidos sobre caballos que parecían montañas, miraban el movimiento como quien cuida de su propia casa.

«¿Acaso no hay ninguna mujé en este lugá?».

Caramelo recordó lo que le dijo cuando se conocieron:

«Máximo Galíndez, dueño de La Dorada. No insistas. No necesito más mujeres en mi hacienda».

Él había enfatizado en el  «más mujeres» , y eso solo podía significar que sí había otras. Y en el fondo, esperaba que así fuera.

Algunas construcciones con tejas y bloques sin revestir que no supo identificar, y un corral abarrotado de ganado que se movía como un río pardo, pronto robaron su atención.

Pero fue la grandiosa y moderna casa de dos plantas lo que la dejó pasmada: era blanca, tan blanca que parecía recién encalada, y las tejas del techo relucían como si el sol se hubiera posado sobre ellas.

Los ventanales, enormes y limpios, atrapaban la luz y la devolvían en destellos que le hacían parpadear.

Caramelo solo había visto casas así en la televisión.

Luego, como si la casa no fuera ya bastante para dejarla muda y el jardín silvestre que cubría toda la propiedad fuera insuficiente, su mirada tropezó con una escultural fuente de piedra que adornaba el frente, mientras perfectos rosales de todos los colores flanqueaban la hermosa residencia.

«A ese toro bravío, mínimo, lo hacía durmiendo dentro de una cueva». Ironizó con una sonrisa ladina.

La camioneta paró y los hombres bajaron, estirando las piernas como si hubieran viajado días enteros.

Ella los siguió en silencio, sin prisas, midiendo cada paso que daba.

Conocía la tierra movediza bajo sus pies y bien sabía que ese suelo traicionero no perdonaba.

No estaba dispuesta a darle a nadie la excusa perfecta para devolverla al pueblo.

Y finalmente, allí estaba.

Más segura que nunca de que ese era su lugar.

Caramelo Román llegó a La Dorada.