Con Sabor a Caramelo CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

Pueblo Soreno era un lugar pequeño en el que todos se conocían y las noticias corrían como caballo desbocado; por eso, nadie se extrañó de que los agentes llegaran tan rápido. Lo insólito fue que quisieran apresar a la víctima y no a los culpables; sin duda, ocurría otra de sus tantas injusticias.

—Y puedo saber, ¿de qué acusan a mi empleada?

—la potente voz se expandió por toda la plaza, y esta vez no hizo falta que Benito intercediera.

Hasta Caramelo se impresionó al escucharlo.

Tal era la repulsión que Máximo sentía por Joaquín Lizarango que bajo ninguna circunstancia iba a permitir que ese infeliz se saliera con la suya.

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Aunque quiso devolver el tiempo y borrar esa estúpida pregunta —la de haber admitido que era su empleada frente a todos—, mantuvo la mirada férrea sobre el comisario. Bien sabía que era la única forma de justificar su participación en semejante embrollo.

Lizarango enarcó una ceja y sonrió con incredulidad.

—¿Desde cuándo los trabajadores de La Dorada bajan a vender sus mercancías en la plaza? —preguntó malicioso, muy seguro de que el hacendado le estaba mintiendo, algo que no era habitual en Máximo Galíndez, aunque siempre había una primera vez para todo.

—Desde el instante en que el comisario presuntamente aplica la ley, pero se hace el ciego con los verdaderos criminales.

¿ Algún interés en particular, Lizarango?

—ese hombre tenía más historias de terror que el hospital del pueblo, tantas que nadie entendía cómo continuaba al frente de la comisaría.

—Galíndez, soy paciente, pero no abuse de su suerte. Todo tiene un límite —gruñó entre dientes, aunque con una sonrisa tensa adornándole el rostro.

—Demasiado paciente, diría yo. ¿Cuánto más necesita para apresar a los asesinos de Prudencio? ¿Será que tengo que llevar el caso a instancias superiores para que, al fin, hagan justicia? —le recordó el caso pendiente por resolver.

Lizarango lo acribilló con la mirada, puesto que no le convenía que metiera la nariz donde nadie le llamaba, algo que Máximo sabía de antemano.

La corrupción arropaba la muerte de aquel que, para bien o para mal, fuera su padre.

El mismo que, a su rústica manera, le inculcó el amor por Sierra Alta, la siembra y la cría de animales.

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Prudencio Galíndez: apuesto, fuerte e incansable, pero de igual forma tosco, autoritario e insolente.

Fue un hombre al que nunca le importó barrer con los obstáculos, ni con quienes los pusieran, para salirse con la suya.

Jamás hizo honor a su nombre; por el contrario, su afán por sobresalir rayaba en la brutalidad, lo que le valió una larga lista de enemigos.

Los mismos que se encargaron de enviarlo al más allá.

Nunca se descubrió quién fue el asesino; tampoco nadie investigó lo suficiente y muy pocos lloraron su muerte. Lejos de eso, su ausencia trajo alivio a muchos y sembró codicia en otros, que vieron la oportunidad perfecta para usurpar tierras, robar ganado y apropiarse del fruto de sus cosechas.

En la plaza, el comisario ordenó el repliegue de sus agentes y se marchó.

Los demás ya habían hecho lo mismo apenas el hacendado nombró a Prudencio, aterrorizados de quedar en medio de aquella espinosa conversación.

Hasta Caramelo se estremeció al ser el objetivo de la oscura y salvaje mirada del dueño de La Dorada.

—Un minuto —advirtió a su amigo. Máximo tenía nulo interés en permanecer en esa plaza por más tiempo.

Al escucharlo, Benito le hizo señas a la joven para que se apresurara a alcanzarlos.

Oportunidad que jamás en la vida desperdiciaría, por lo que ella agarró fuerte su cesta y corrió hasta estar al lado del capataz, quien mantenía la puerta trasera del vehículo abierta para que subiera, antes de hacer lo propio en el puesto del copiloto.

—¿Dónde vives? —volvió a escuchar al hacendado y tragó saliva antes de comenzar a responderle, sintiéndose insegura de lo que realmente estaba sucediendo.

—¿Me va a contratá o solo me dejará botá en casa de mi tía?

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Aunque los hacendados de la Sierra Alta buscaban jornaleros en la Esquina del Triunfo con frecuencia, todos en el pueblo, incluyendo a Caramelo, sabían que el dueño de La Dorada solo se aparecía por allí al inicio de cada semana.

Desde la trifulca en la plaza, no volvió a cruzarse con él ni por casualidad.

Aquella tarde, cuando la llevaron hasta la casa de su tía, Máximo no dijo más de dos palabras durante todo el recorrido y, aunque ella quería interrogarlo desde la A hasta la Z, no tuvo opción sino quedarse quieta, jugándose la suerte con las únicas dos palabras que le interesaba que pronunciara: «Mi empleada».

Y allí estaba ella, más temprano que siempre y lista para lo que saliera.

En silencio, con los brazos cruzados sobre su pecho en un vano intento de aplacar el frío que le calaba hasta los huesos, mientras observaba que esta vez no había sido víctima de burlas o risas veladas.

Por el contrario, casi todos la ignoraban, y quizás era mejor así, pero en el fondo ella no lo comprendía.

Inclusive, se dio cuenta de que algunos la evitaban cruzando la calle al verla acercarse. Muy pocos le saludaban.

Caramelo no entendía que ahora, para los habitantes de Pueblo Soreno, ella era la protegida de Máximo Galíndez. Y nadie en su sano juicio quería problemas con ese hombre.

Por eso la evitaban como a la peste.

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Apenas divisó la camioneta acercándose, corrigió su postura y se mantuvo muy quieta, a la expectativa. Esta vez el intranquilo fue Máximo, quien seguía rabiando por haberse metido donde nadie lo llamaba. En un asunto que era de todos menos suyo.

—¡Por Dios! Dime que no es cierto lo que veo —siseó aun dentro del vehículo. Y Benito, que no perdía oportunidad para reírse, soltó una carcajada al reconocer a la testaruda muchacha, sabiéndola culpable de los escasos berrinches de su amigo y jefe.

—¡La misma que viste y calza!

—¡Y fastidia como ella sola! —replicó el hacendado. Enfocándose en los trabajadores que necesitaba. Negándose a permitir que esa empalagosa le siguiera alterando su rutina.

—Acepta que hoy ella tiene razones para estar aquí.

—¿Razones? —bufó—. ¡Como si las necesitara!

En esta ocasión, ambos hombres se presentaron frente al grupo mientras Máximo escogía al personal.

Al mismo tiempo, pensando en qué hacer con ella, dónde ubicarla.

Y negándose a que sus miradas coincidieran.

Notando de reojo que, increíblemente, Caramelo se mantuvo en silencio a un lado de los jornaleros hasta que la cuota estuvo completa.

Listos para subir y acomodarse en la caja de la camioneta.

—Sube a los puestos traseros —le ordenó, señalando la cabina de la imponente pick-up.

Pero la aludida solo aspiraba a que le dieran un empleo. Ella no pedía ni necesitaba de favoritismos y tampoco quería que la trataran cual si fuera una muñequita de porcelana.

—Como usté mande, Patrón.

A pesar de su menuda estatura y con una agilidad que Máximo no esperaba —aunque él ya comenzaba a entender que de ella podía esperar cualquier cosa—, Caramelo subió un pie sobre el parachoques para luego impulsarse con fuerza.

Y, más rápido que de inmediato, estuvo dentro del platón, acomodándose junto al resto de los contratados.

«Como usté mande, Patrón».

La respuesta caló hondo mientras él fruncía el ceño al verla hacer lo contrario de lo que le ordenó.

Nadie opinó al respecto. Ni siquiera se atrevieron a mirar al jefe, solo ocuparon sus lugares y el vehículo se puso en marcha.

Sin embargo, aunque batalló por lucir inalterable, Caramelo sentía el corazón latiéndole frenético y las piernas temblando como gelatina tras el gran salto.

Y no se refería solo a la acción de subir a la camioneta, sino al vuelco que presentía estaba dando su vida completa.

Sonrió ligero para sí misma y respiró profundo, con la incertidumbre pulsando fuerte, pero también con las ganas de salir adelante apagándole el miedo. Porque tal como le decía su adorada madre, Carmen:

«El buen segador es aquel que no le teme al sol».