CAPÍTULO I
Varios días después, una vez que Máximo y Benito terminaron las labores que los mantuvieron en el pueblo toda la mañana, decidieron hacer un alto para ir por café bien cargado y quesadillas, porque para ellos no había nada que endulzara más una tarde tan ajetreada.
En esta ocasión, el inflexible dueño de La Dorada no se transportaba en su fiel camioneta todoterreno, sino en otro de sus vehículos.
Razón por la cual Caramelo, quien se hallaba vendiendo besitos de coco o cocadas, como también se les conocía en el pueblo, no se dio cuenta de que estaba siendo observada cuando ambos hombres atravesaron caminando la plaza principal de Pueblo Soreno para ir al café de doña Betilda por su merienda.
—Pero dígame usté, ¿no es la cocada más deliciosa que ha probao en toda su vida?
—llamó la atención que la voz de la empalagosa no fuera tan ensordecedora y altanera como la última vez que se vieron; por el contrario, era suave y hasta podía llamarse simpática.
Máximo, siendo reservado, caminó despacio mientras Benito lo miraba con diversión, aunque rogando que la joven no se diera cuenta de su presencia.
—¿Pa’onde va? ¿Acaso no piensa llevá pa’ endulzá a su pareja? ¿Tan mal novio es usté? —preguntó, exagerando en sus reacciones, claramente manipulando al cliente.
—Llevo más de veinte años casado, señorita —confesó el cuarentón que apenas pasó cerca de Caramelo y ya no pudo librarse de ella.
—¡Pues con más razón! Na’ mejó que el esposo de una la consienta y le traiga regalitos de vez en cuando. ¡Quién quita y usté también reciba lo suyo esta noche, picaron! —sonrió ladina, asomándole un nuevo paquete de galletas, fingiendo revelar eso último como un secreto al cliente.
Máximo negó para sí mismo. Le era muy claro que la reserva no formaba parte de las cualidades de esa revoltosa, porque todos alrededor podían oír su voz, incluyéndolo.
Y cuando el cliente aceptó el paquete extra de cocadas para llevarlo a su esposa, Caramelo le preguntó:
—¿Tiene hijos? —el atribulado hombre no tuvo más remedio que tomar otro paquete que ella, gustosa, ya le estaba ofreciendo de los muchos que tenía en una cesta, mientras que su mano se asomaba lista para recibir el dinero del pago, asegurándole que su familia lo amaría el doble esa tarde.
Se despidió del cliente, persignándose y agradeciendo al Todopoderoso por la venta, al mismo tiempo que guardaba el dinero en su bolsillo, manteniendo en la mira al próximo incauto. Benito no pudo contener la risa y Máximo agilizó el paso mientras seguía negando, incrédulo.
❈
—Si algún día necesitas de una buena negociadora…
El capataz no paraba de reír y hacerle bromas mientras, sorbiendo del humeante café y mirándola a través del ventanal de la cafetería, Máximo continuaba siendo testigo de las triquiñuelas de Caramelo, quien, en menos de lo que canta un gallo, vendió casi todas las cocadas que mantenía en una gran cesta a su lado.
Ni siquiera le hacía falta escuchar lo que decía; sus gestos eran tan reveladores que no tenía dudas: ella se valía de todo para salirse siempre con la suya.
Y siendo el analista innato que era, pronto entendió que no solo ellos notaban la actuación de la joven, sino también el resto de vendedoras que se ganaban la vida ofreciendo diferentes tipos de mercancías dentro de los límites de la plaza.
En su afán por vender, Caramelo se apoderaba de los clientes de una forma que comenzaba a generar descontento entre las demás, por lo que no dudaba que más de una iba a alzar su voz antes de que el sol se ocultara.
—Espero que también sepa lidiar con la retahíla de problemas que se le vienen encima —aseguró.
❈
Después de pagar y agradecer a doña Betilda por la deliciosa merienda, Máximo y Benito se alistaron para volver a La Dorada.
Sin embargo, al salir del café, el bullicio proveniente de la plaza los alertó, justo cuando una multitud caminaba presurosa en dirección a lo que fuera que estuviese sucediendo.
El capataz se rascó la cabeza y miró suplicante a su amigo, urgiéndolo a intervenir.
—No somos mediadores, que se entiendan entre ellas —soltó el hacendado, y siguió caminando en dirección a su vehículo, teniendo que atravesar de nuevo la plazoleta.
—¡Muy familia de doña Mercedes serás, pero no perteneces a este pueblo!
—¡No puede recién llegá y pretendé robarnos a los clientes!
—¡Está muy loca de esa cabeza si cree que la vamos a dejá llevarse todo!
Los reclamos del resto de las vendedoras no se hicieron esperar, mientras los curiosos se iban aglomerando alrededor.
Benito se alejó de Máximo y presenció el momento exacto en que Caramelo era halada de los cabellos por una de las mujeres, mientras otra la sujetaba y una tercera tomaba su cesta para lanzar lo poco que quedaba al suelo.
Al ver lo sucedido con las cocadas que tanto esfuerzo le había costado preparar a su tía Mercedes, Caramelo enfureció.
Dio un pisotón con todas sus fuerzas a la confiada mujer que le mantenía los brazos sujetos hacia atrás; esta aulló de dolor y la liberó al instante para quitarse la sandalia y masajearse los maltratados dedos .
Al recuperar la movilidad de los brazos, aprovechó la oportunidad para clavarle las uñas en uno de los pechos a la que tenía enfrente, obligándola a soltarle el cabello.
Sin embargo, al escuchar los gritos de la primera agresora, otra intentó golpear a Caramelo, quien comenzó a dar patadas a los lados para mantenerlas a raya.
Así ganó algo de tiempo mientras afinaba el agarre sobre la mujer que seguía prendida a su cabeza como una garrapata.
—Puede que me quede pelona, pero el cabello crece; en cambio… —la posición encorvada apenas le permitía hablar, por lo que, para aclarar su punto, apretó el agarre de sus uñas y se carcajeó con malicia—. Usté decide si seguimos bailando o no echamos de cabeza las dos.
La sufrida mujer no tuvo más opción que soltarla, con lo que la morena pudo enderezarse y comenzar a recoger sus cosas, jurando hasta por los dioses aún no creados que le iban a pagar incluso por los minutos en que no vendió nada.
Levantó la cesta y varios de los paquetes regados que nadie se atrevió a tocar.
Luego, en medio del desastre, recordó el saquito con el dinero de su tía que llevaba en el bolsillo del pantalón y se apresuró a buscarlo.
O eso intentó, porque no lo encontró por ningún lado.
Por el contrario, y sin esforzarse mucho, lo que sí atinó a contar fueron seis mujeres frente a ella, más que dispuestas a continuar con la trifulca.
Ante la amenaza, le dejó la cesta en las manos a uno de los caballeros que le había comprado, regalándole una mirada de advertencia, y se plantó de nuevo frente a sus agresoras sin bajar ni un dedo la guardia.
—¡O me devuelven mi dinero, o esta fiesta va pa’ rato! Porque de aquí nadie se mueve hasta que recupere lo que es mío —sentenció, más furiosa que antes, mientras empuñaba las manos y se acercaba a sus atacantes.
No había terminado de hablar cuando ya le estaba asestando un puñetazo a la primera mujer que la desafió. La agarró por el cuello y le advirtió muy cerca del oído :
—Es pecao metese con el santo, pero robase la limosna es il derechito pa’l infierno.
El resto de las mujeres se miraron entre sí y se apresuraron a atacar; si todas lo hacían al mismo tiempo, Caramelo jamás saldría bien librada de ese encuentro.
Y así lo hicieron.
La morena usó a la mujer que tenía atrapada como escudo, pero aun así el resto de sus enemigas logró acercarse lo suficiente para propinarle un par de golpes. Pudo ser mucho peor, ya que nadie parecía querer intervenir... hasta que el estruendo de un disparo se dejó escuchar.
❈
Todos se sorprendieron cuando el huraño y bastardo hijo de Prudencio Galíndez accionó su arma al aire. Inclusive, varios se apresuraron a abandonar la plaza al verlo acercarse al centro del conflicto.
Claramente, nadie quería ganarse un problema con el hacendado que generaba más empleos en ese humilde pueblo agricultor.
Máximo caminó decidido hasta detenerse frente a una de las mujeres que discutían, mirándola muy fijo mientras tendía su mano, sin ánimos de perder el tiempo en tonterías.
—Tienes algo que no te pertenece y que la empalagosa ganó limpiamente —Caramelo lo fulminó con la mirada ante la odiosa mención y a poco estuvo de iniciar una nueva pelea, esta vez con el antipático hacendado.
Aunque por dentro se sintió aliviada. Saber quién tenía el dinero de las cocadas le aclaraba el panorama al momento de apuntar.
—¡Esa recién llegá nos quita a los clientes! —Máximo siseó para acallarla. No le interesaba tener de vuelta toda la sarta de quejas que, de hecho, tuvo que aguantar por culpa de Benito y su misericordia .
—Si fueras más inteligente, mirarías a la competencia y mejorarías sus técnicas —reprochó sin dejar de exigirle el saquito con el dinero de la venta, del cual la mujer se apoderó cuando este se cayó al suelo en medio de la pelea.
La misma que, ante la presión, no pudo sino entregar lo que le pedían, más cuando la temporada de cosecha estaba en pleno apogeo y tenía frente a ella al jefe de su esposo y, por consiguiente, proveedor de la mayor cantidad de dinero para su familia.
Y una vez con el motivo de la discordia en sus manos, Máximo se acercó a Caramelo para devolverle las ganancias del día, pero, muy por el contrario de lo que esperó encontrar, ella estaba más ceñuda que nunca.
Mirándolo como si fuese a saltarle encima para golpearlo en cualquier momento.
Así que, sin decir nada, solo entregó el saquito y le dio la espalda, regresando a su vehículo.
«Si fueras más inteligente».
—¿Si fuera má inteligente? ¿Qué? ¿Acaso se es menos inteligente po’ sé mujé?
— él bufó al escucharla. En ningún momento se refirió a un género en específico, desconociendo que esa frase había tocado recuerdos y fibras sensibles dentro de ella, siendo esta la razón por la que no pudo quedarse callada, aun cuando reconocía que el antipático hacendado había recuperado el dinero de su tía.
—Diles que vuelvan a golpearla, quizás así aprenda a ser más agradecida —le gruñó a Benito, que estaba igual de confuso ante la reacción de la joven y, por el contrario, más que acostumbrado a la de su malhumorado amigo, quien iba directo a su vehículo para largarse de esa condenada plaza.
A Caramelo le comenzó a picar la conciencia, sintiendo que había sido demasiado dura con él.
Así que tomó sus cosas y fue a disculparse, porque sabía que aquel hombre no tenía la culpa de que su vida fuera un total desastre, pero apenas pudo abrir la boca para detener su partida cuando la bulliciosa sirena de una patrulla policial se dejó escuchar .
Y, en un pestañear, el comisario Joaquín Lizarango se encontró de frente con el hacendado.
La última persona en ese pueblo, quizás en el mundo, con quien querría tropezarse.
Alguien que solo generaba rechazo y desconfianza tras tantos años de abusos disfrazados de autoridad.
Máximo ni siquiera se molestó en saludar al pasar por su lado, pero no pudo evitar que el nombre de la empalagosa resonara en sus oídos.
—Caramelo Román, debe acompañarnos —la aludida aún no terminaba de resolver un problema cuando el siguiente ya se le venía encima.