Con Sabor a Caramelo PRÓLOGO
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Con Sabor a Caramelo

Con Sabor a Caramelo

Por Marilyn Faneite

© inepub.com

PRÓLOGO

«Como cucaracha en baile de gallinas».

Así se sentía Caramelo Román al encontrarse rodeada de hombres corpulentos que la miraban, algunos con lujuria y otros con burlas disfrazadas de simpatía que ella bien sabía interpretar.

Recién amaneciendo, con el aire frío calando hasta los huesos y el humo del café peleándose con la neblina, estaban en la Esquina del Triunfo, el mejor lugar para conseguir un empleo bien pagado.

De pie, esperando impaciente, pero muy segura de que todos estaban locos y picoteando para el lado equivocado si pensaban que con miradas burlonas o sonrisas falsas la iban a intimidar.

Y es que su delgado pero curvilíneo cuerpo, su llamativa piel tostada y su larga cabellera oscura la convertían en carne fresca para la jauría de zorros hambrientos que la acechaban.

Caramelo podía no tener los músculos ni el tamaño de los caballos de tiro pesado que la rodeaban, pero tampoco era una yegua dócil; por el contrario, era una potra salvaje que no detenía su andar por el viento fuerte ni se asustaba por la oscuridad de la noche sin luna.

—¡Ay, Caramelito! Si fueras mía, no estarías aquí aguantando frío, sino haciendo cosas de mujeres y atendiendo nuestro ranchito, pues.

Dejando que tu macho se encargue del trabajo pesado —murmuró uno de los hombres, mirándola de soslayo, como quien no quiere la cosa, pero tampoco perderse de los detalles.

—¡Cosas de mujeres, mis calzones! Si quiere seguí con su cara intacta, será mejó que me deje en paz y vaya a molestá pa’ otro lao —replicó furiosa e indignada ante la humillante creencia pueblerina de que la mujer solo servía para atender al marido y dedicarse a los oficios de la casa.

Y así aguardaban todos, esperando por la llegada de los rancheros de la Sierra Alta de Pueblo Soreno quienes, en época de cosecha, bajaban en busca de los mejores: de los que no le sacan el cuerpo al trabajo ni preguntan cuánto falta para terminar.

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—Bueno, patrón. Ahí los tiene —el aludido miró a los campesinos, desde la señorita a la derecha, y luego observó a la izquierda, ignorándola por completo, antes de elegir.

—Chente, Joel y el hijo de Matías. Contrata a esos tres.

Mientras tanto, ansiosa entre tanto costal de músculos y testosterona, Caramelo se las ingenió para salir al frente cuando alguien bajó de la camioneta, pero sus ilusiones murieron al escuchar los nombres de los afortunados, quienes sin perder tiempo subieron a la parte trasera del vehículo.

Sin embargo, ella no era de las que se daban por vencidas a la primera.

—¡Patrón, contráteme! Le juro que no se arrepentirá, seré la mejó elección de su vida.

Mire, soy buena pa’ recogé la cosecha y también pa’ mantené bien organizá la caballeriza —pero quien ella creía que era el patrón solo asintió con educación, sosteniendo su sombrero al tiempo que se daba la vuelta para regresar, mientras los hombres a su alrededor comenzaban a burlarse.

Entonces, enojada por el abucheo, apretó los dientes y respiró profundo antes de correr hacia la camioneta —como la potra salvaje que era—, parándose al frente con mirada desafiante y cruzando ambos brazos sobre el pecho, sin intención alguna de moverse hasta ser atendida.

Los hombres dentro del vehículo se miraron entre sí .

—¿Qué esperabas? Es la segunda vez que la ignoras.

—Ya escogí lo que necesito —al escucharlo, Benito, el capataz, volvió a fijarse en la joven y bufó recordando que fue muy insistente la primera vez, pero ahora se veía más decidida que antes y, de seguro, no se iba a quitar del camino así tan fácil.

Cuando quiso salir para mediar con ella, Máximo lo detuvo saliendo él primero, lo que hizo rodar los ojos a su amigo de la infancia pensando en que el regreso a La Dorada —nombre de la hacienda— iba para largo y tendido.

Caramelo inspiró hondo al ver la puerta abriéndose y miró suplicante al patrón a través del parabrisas —o a quien creía que lo era—, más cuando aquel gigante malencarado se detuvo frente a ella.

Discretamente, dio un paso atrás para poder mirarlo a la cara, puesto que fácilmente la superaba en unas diez pulgadas de altura, por lo que dedujo que debía de ser el guardaespaldas.

—Necesito hablá con el patrón —pidió con voz firme y la espalda bien derecha, reconociendo que ese grandulón le resultaba demasiado intimidante.

—No es necesario, tampoco tus servicios.

—Toy segura que si hablo con el patrón…

—¡Dije que no! —zanjó molesto por estar allí retenido, cuando necesitaba adelantar miles de pendientes, y Caramelo lo fulminó con la mirada—. Regresa a tu casa y haz algo más provechoso que acabar con la paciencia de los demás.

Ordenó, regresando a la camioneta, pero la joven no solía bajarle la guardia a nadie y, por muy intimidante que fuera, él no iba a ser la excepción. Tragó saliva, preparándose para actuar, y su hablar campesino se dejó sentir, replicando con la misma entonación que usó aquel grandulón:

—¿Y quién rayos es usté pa’ hablame así?

El hombre se detuvo en el acto, sintiendo una punzada molesta en la sien ante la pregunta que claramente le estaba robando la paz. Giró, listo para fulminar con una sola mirada toda el aura desafiante que rodeaba a aquella mocosa que no sabía cuándo retirarse.

—Máximo Galíndez, dueño de La Dorada. No insistas. No necesito más mujeres en mi hacienda —recalcó con voz clara y amenazante, sin retirar ni por un instante la mirada.

Sería absurdo decir que ella no se impactó al oírlo. Por su mente pasaron varios escenarios, todos calamitosos, pero, como decían en su pueblo, llevando horas montada sobre el mismo burro, ya no podía hacer más que seguir arreándolo, así que hundió los hombros y respondió:

—Puede que usté no necesite más mujeres, pero yo sí necesito el salario. Aquí, onde me ve, no le tengo miedo al trabajo; solo diga pa’onde hay que agarrá y a quién hay que matá, que yo ya tengo lugá pa’ escondé el cuerpo.

Y si algo desesperaba a Máximo hasta sacarlo de sus casillas, era justo la terquedad.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, y en su voz había el peso de quien ya sabía que esa conversación no iba a terminar nada bien.

—Caramelo Román —batalló para responderle porque, aunque ganas no le faltaban, no podía insultar a su futuro jefe.

—¿Caramelo? —Máximo bufó—. Ahora entiendo por qué eres tan empalagosa.

Escucha, repetiré despacito para que nos entendamos: no necesito más mujeres en mi hacienda.

¿Quedó claro? —enfatizó cada palabra, y la mirada de la joven no podía mostrarse más afilada que justo ahora—.

Regresa a tu casa y haz algo más útil que volverte una criminal.

No sé, ¿qué te parece si aprendes a bordar?

Y de nuevo, la misma mañana, otro condenado hombre le mandaba a hacer «cosas de mujeres».

Caramelo cerró los ojos y contó hasta diez —o al menos lo intentó— al mismo tiempo que lo veía subir a la camioneta y echarla a andar en reversa, para alejarse lo necesario y pasar por su costado.

El resto de los hombres volvieron a burlarse, y se dio cuenta de que diez no iba a ser suficiente.

Ni siquiera contar hasta un millón le iba a calmar la tormenta que se comenzaba a formar en su interior.

«Máximo Galíndez, dueño de La Dorada».