Con Sabor a Caramelo EPÍLOGO #4
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EPÍLOGO #4

Eran sentimientos que habían permanecido dormidos hasta que el repentino miedo a la pérdida los obligó a salir a la superficie.

Porque, al final del día, los seres humanos caminamos ciegos hasta que un evento sacude nuestro mundo y nos abre los ojos de golpe, permitiéndonos reconocer aquello que siempre estuvo frente a nosotros, tal como le sucedió a la hermosa Magnolia.

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Un mes pasó desde que Máximo y Caramelo decidieron despojarse de corazas y seguir adelante con su historia, viviendo cada día con la intensidad de quienes han ganado una guerra difícil.

Y ya se cumplían tres semanas desde que Benito y Magnolia consintieron en entregarse a este nuevo comienzo, descubriéndose el uno al otro tan cercanos, cómplices y enamorados como jamás habrían podido imaginar.

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Tras el regreso de Caramelo a La Dorada, don Jacinto —ahora plenamente consciente de los sentimientos de su nieta— había decidido enviar a Jimena de vuelta con sus padres, intentando evitar que se convirtiera en un incordio para la relación con el hacendado.

Aun así, la jovencita se las ingeniaba para regresar a la hacienda cada vez que podía, buscando la manera de consentir al patrón y convencerlo de que aquella jornalera mal hablada no era suficiente mujer para él.

—¿Se puede sabé pa’ ónde es que va usté? —Jimena respingó al escuchar la voz de Caramelo, creyéndola todavía en la fábrica de chocolates, sin imaginar que había regresado antes al anexo.

—Preparándole la cena a mi patrón, como lo he hecho siempre —respondió con altivez, mirándola por encima del hombro.

La Román soltó un bufido de coraje ante tanta necedad e insistencia, aunque respiró hondo, evitando perder los estribos y caer en su juego.

— «Su patrón» tá muy bien cuidao y no necesita que nadie má lo atienda —los dientes de Jimena casi chirriaron ante el tono burlón de la jornalera, sabiendo de sobra que no tenía cómo rebatirle—. ¿Por qué mejó no deja de mendigá amor y se busca alguien que sí quiera comese su «cenita» ?

—No te emociones tanto, jornalera ignorante. ¡Tú serás como todas las demás: dos meses de diversión y luego de patitas a la calle!

Decir que Caramelo no sintió el sublime impulso de halarla de los pelos y arrastrarla hasta la salida de la hacienda, sería una vil mentira.

Pero hacerlo solo le habría dado la razón a todas las etiquetas ofensivas que Jimena usaba en su contra.

Así que apretó los dientes, ahogó sus instintos homicidas y le devolvió una sonrisa cargada de absoluta suficiencia.

—Entonce, me tá insinuando que, ¿media Sierra Alta ha pasao por este puesto? —preguntó con una ceja alzada—. Media Sierra Alta… menos usté. Y de ahí viene su gran malestá, ¿cierto?

Volvió a sonreír con sorna.

—Pues, no soy adivina pa’ sabé si en dos meses estaré de patitas en la calle.

Pero cumplo con informale que, justo ahora, Caramelo Román es la dueña y señora de Máximo Galíndez.

Y como tal, a mí se me respeta. ¡Y si yo digo que usté no entra má en el lugá que ocupo con mi marío, usté obedece o se atiene a la consecuencia!

¿Le quedó claro? ¿O lo necesita por escrito?

Jimena apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos e intentó abalanzarse sobre la empalagosa, pero se detuvo en seco a mitad del impulso. Un gesto repentino que extrañó a Caramelo, aunque le restó importancia.

—Regrese por ónde vino, con tó’ y «cenita» —le exigió dándose la vuelta, solo para descubrir a Máximo recostado en el umbral de la puerta, observándolas en silencio. Esa era la única razón por la que la nieta de Jacinto se había tragado su ataque.

Ninguna de las dos se había percatado de que el hacendado llevaba rato allí, siendo testigo de todo.

Sin embargo, Caramelo no era precisamente de las que se echaban para atrás a menos que fuera para tomar impulso.

Dio dos palmadas secas al aire, apresurando a la jovencita insolente, quien se había quedado congelada a mitad del camino, esperando que el patrón saliera en su defensa y negara las palabras de la jornalera. Pero ese rescate nunca llegó .

En completo silencio, Máximo se despegó del marco y caminó con paso firme hacia su empalagosa, saludándola con un beso en la mejilla como ya era su costumbre.

—¿Está esperando la propina? —le soltó Caramelo a Jimena sin ningún disimulo.

La muchacha la fulminó con una mirada cargada de odio, tragándose un rosario de insultos antes de salir huyendo del anexo como alma que lleva el diablo.

Máximo cruzó los brazos sobre el pecho y se quedó mirándola con una sonrisa torcida, esperando su reacción.

—¿Media Sierra Alta, entonces? —ella replicó con falso reproche, elevando el mentón para retarlo con los ojos.

—Bien sabes que eso es falso —contestó de inmediato, suavizando el gesto antes de agregar—: ¿Y lo de mi dueña y señora?

—Mil veces verdadero. ¿O acaso se atreve a dudalo, patrón? —le devolvió el golpe con una picardía inmensa, haciéndolo levantar las manos en son de paz mientras una sonrisa socarrona le iluminaba todo el rostro.

—En absoluto, mi dueña, mi señora… y la única patroncita de mi condenado corazón.

FIN