27. Pacita
Pacita
Pacita se murió esa misma noche. La de la fiesta.
Se fue a la cama contenta, con su comedor lleno todavía en la cabeza y la toquilla terminada a los pies, y en algún momento de la madrugada, sin ruido, sin molestar a nadie, como hizo siempre todo, se paró.
La encontró Carmina por la mañana, cuando subió a llevarle el café, porque a Pacita el café había que subírselo, que ella ya no bajaba.
La encontró en la cama, con las gafas en la mesilla y las manos quietas encima de la colcha, y por la cara, me dijo Carmina mucho después, no parecía que hubiera sufrido.
Parecía dormida. Parecía, dijo Carmina, y se le quebró la voz, que se hubiera echado una siesta de las suyas.
A mí me lo dijeron en la cocina del comedor, a media mañana, mientras yo pelaba patatas tan tranquila pensando en lo bien que había salido la fiesta del día anterior.
Bajó Encarna. Encarna, que nunca sube ni baja sin un motivo de cuentas, apareció en la puerta de la cocina con una cara que no le había visto, blanca, descompuesta, y no dijo nada.
Se quedó allí parada, con las manos colgando, ella que siempre tiene las manos ocupadas.
Y yo dejé el pelapatatas, porque entendí antes de que hablara que algo se había roto, y le pregunté qué pasaba, y Encarna abrió la boca y solo le salió una palabra:
—La Paquita.
Y no hizo falta más.
* * *
No me acuerdo bien de la hora siguiente.
Me acuerdo de cosas sueltas, como fotos movidas. Me acuerdo de subir las escaleras detrás de Encarna sin notar los peldaños. Me acuerdo de la puerta del piso de Pacita abierta, y del olor a colonia de violetas, más fuerte que nunca, llenándolo todo. Me acuerdo de Reme.
A Reme la encontré sentada en la silla de al lado de la cama de Pacita, muy recta, con las manos sobre el regazo, mirándola.
No lloraba. Reme no es de llorar delante de la gente.
Estaba simplemente allí sentada, haciéndole compañía, como llevaba haciéndole compañía ochenta años, velando a la única persona que quedaba en el mundo que la había conocido de joven.
Cuando me vio en la puerta, no se levantó.
Solo dijo, sin apartar los ojos de su amiga:
—Setenta y ocho años. Y se ha ido la primera. Con lo poca cosa que era.
Y luego, después de un silencio:
—La conocí con veinte años, vendiendo en el mercado. Ya entonces era una lianta. Ya entonces lo arreglaba todo.
No dijo más. No hacía falta. Esa era la manera de llorar de Reme: contar a la muerta.
Y yo me senté en el suelo, a su lado, contra la pata de la cama, y le puse una mano en la rodilla, y nos quedamos las dos así, sin hablar, velando a Pacita, mientras la mañana entraba por la ventana sin enterarse de nada.
* * *
El comedor no abrió ese día. Por primera vez en cuarenta años, según Reme, el comedor cerró un día que no era fiesta de guardar.
Colgamos un cartel escrito a mano («Hoy cerrado») y la gente del barrio, que se enteró enseguida porque en Lavapiés las cosas se saben sin teléfono, fue dejando cosas en la puerta.
Flores de las de la frutería. Una vela. Una nota de un niño con la letra grande.
La Manoli mandó con su sobrino una corona pequeña, modesta, que decía «A la Paquita, de sus vecinos», y debajo, en otra cinta, alguien había añadido a mano «la mejor casamentera del barrio».
Cada una lo llevó como pudo.
Carmina, que se pasa la vida hablando, se quedó muda.
Estuvo dos días sin contar un solo chisme, lo cual en Carmina es como si a otra persona se le parara el corazón.
Se dedicó a hacer cosas: limpiar, fregar, organizar el velatorio, llevar y traer, como si parando se fuera a venir abajo.
Hablaba solo lo justo, para preguntar si hacía falta algo.
Lola se puso su mejor vestido, el negro de los entierros, con el pintalabios rojo de siempre, porque dijo que a Pacita no le habría gustado verla hecha un trapo.
Y en el velatorio, en un momento, cuando ya no quedaba casi nadie, se arrancó muy bajito con una copla antigua, una de esas tristes, y la cantó entera para Pacita, con esa voz cascada, y fue lo más bonito y lo más roto que oí en aquellos días.
Don Aurelio le sujetaba la mano mientras cantaba.
Y pensé que aquello, esos dos viejos agarrados de la mano despidiendo a la mujer que los había juntado, era el último regalo que Pacita le hacía al mundo sin saberlo.
Encarna se encargó de lo práctico, de los papeles, de la funeraria, de los números que nadie más quería mirar.
Pero la pillé una tarde, en un rincón, con la libreta de cuentas cerrada sobre las rodillas y la mirada perdida, y supe que Encarna, la que dice que el amor no paga el butano, estaba pagando el suyo a su manera: ocupándose de que su amiga tuviera un entierro digno hasta el último céntimo.
Una noche, en el velatorio, ya tarde, nos quedamos las cuatro viejas y yo solas, sentadas alrededor de la mesa de hule, sin nadie a quien dar de comer por primera vez en mucho tiempo.
Y empezaron a contar. Una cosa de Pacita llevaba a otra.
Que si la vez que casó a la del estanco con el viudo del cuarto haciéndoles creer a cada uno que el otro se moría de amor.
Que si las broncas que se echaba con Encarna por las cuentas y cómo siempre acababan las dos llorando de risa.
Que si lo cabezota, lo lianta, lo mucho que metía las narices donde no la llamaban.
—Era insoportable —dijo Reme, con una media sonrisa—. La mujer más insoportable que he conocido en mi vida. Y no sé qué voy a hacer yo ahora sin tenerla todo el día dando la lata.
Y por primera vez en todos los años que la conocía, Reme lloró delante de la gente.
Sin ruido, sin aspavientos, dos lágrimas nada más que se limpió enseguida con el dorso de la mano, como si le diera vergüenza.
Pero lloró. Y Carmina, la muda, alargó la mano por encima del hule y se la cogió, y no dijo nada, porque por una vez en su vida no tenía nada que contar.
* * *
Yo me dediqué a no pensar.
Es lo que hago cuando algo duele demasiado: me pongo a hacer.
Cociné. Cociné como una loca para el velatorio, bandejas y bandejas, croquetas, tortilla, magdalenas, todo lo que me salía de las manos sin que tuviera que pensarlo, porque mientras las manos trabajan la cabeza se calla.
Reme me dejó hacer. Creo que lo entendió.
Creo que ella, en la cocina de aquel comedor, llevaba cuarenta años haciendo exactamente lo mismo: tapando las penas con comida.
Lo que no podía hacer era mirar su silla.
En el comedor, Pacita tenía su sitio. Una silla concreta, la de cerca de la ventana, con un cojín que le había puesto Reme para la espalda.
Y aquella silla, vacía, con el cojín hundido todavía con la forma de ella, era lo único que no podía mirar sin que se me cerrara la garganta.
Una silla vacía. Una tontería. Pero ahí estaba toda la muerte, en una silla vacía con un cojín hundido.
Y su delantal seguía colgado en el perchero de la cocina, el de las margaritas, donde lo dejó la última vez. Nadie lo descolgó. Nadie se atrevió. Se quedó allí semanas, colgado, como esperándola.
Subí una vez a su piso, en aquellos días, a ayudar a Reme a recoger algunas cosas.
Y estaba todo igual. El ganchillo en la mesa camilla, la aguja clavada en un ovillo de una labor que ya no terminaría.
Las gafas dobladas al lado. La tele apagada, esa que ponía «para que la casa tenga ruido de gente».
Las fotos de los muertos en su altarcillo, a las que ahora se sumaba ella.
Me quedé en la puerta y no fui capaz de entrar.
Reme sí entró, y empezó a doblar mantas con una calma terrible, y yo me di la vuelta y bajé las escaleras, porque hay sitios que duelen más vacíos que llenos, y aquel piso lleno de Pacita sin Pacita era uno de ellos.
El día del entierro me enteré de que Pacita, fiel a sí misma hasta el final, había dejado instrucciones.
Encarna las leyó, muy seria, y resultó que Pacita había dejado dicho, por escrito, que no quería «caras largas ni llantinas», que en su entierro quería «que la gente coma bien, que para eso me he pasado la vida», y que, textualmente, «la que se ponga de luto riguroso más de un mes, que sepa que la voy a perseguir».
Nos reímos. En mitad del cementerio, los del comedor, nos reímos.
Y fue, creo, la manera más exacta de despedir a Pacita: riéndonos de una broma suya, obedeciéndola por última vez.
* * *
La nota la saqué esa noche.
La que me había dado en su piso, doblada en cuatro, la del «ábrela el día que dudes».
La saqué del bolso bueno, donde la había guardado, y la tuve un rato largo en la mano, sin abrirla, sentada en la cama, en aquel piso que había sido de Amparo y que ahora, de pronto, estaba lleno de otra ausencia más.
Y vaya si dudaba. Dudaba de todo. Porque aquello que estaba sintiendo, aquel boquete, era exactamente lo que llevaba años intentando que no me volviera a pasar.
Por eso me había hecho las dos promesas tontas el primer día: no cocinar y no querer a nadie.
Para no acabar así. Para que no me volviera a doler nadie.
Y había roto las dos. Me había dejado adoptar, me había dejado querer, me había encariñado de cinco viejas y de un barrio entero, y la primera factura acababa de llegar, puntual, y dolía exactamente lo que yo sabía que iba a doler.
«Para esto», pensé. «Para esto no quería yo a nadie.»
Con mi abuela había sido distinto, y de otra manera peor.
A Amparo la había perdido de lejos, enfadada, sin despedirme, y me había pasado meses comiéndome la culpa de no haber estado.
Con Pacita no. A Pacita la había querido de cerca, a la cara, sin reservas.
Había estado. La había cuidado. Le había hecho arroz con leche y le había aguantado las pullas y la había escuchado encargarme cosas.
Y aun así dolía igual, o más. Esa era la lección que nadie te cuenta: que hacerlo bien no te ahorra el golpe.
Que querer de cerca duele exactamente lo mismo que querer de lejos, solo que sin el consuelo cobarde de poder decirte que ojalá hubieras estado más.
Yo había estado. Y se había muerto igual.
No había manera de querer a alguien que no terminara, antes o después, en esto.
Estuve a punto de abrir la nota. Pensé que a lo mejor decía justo lo que necesitaba oír.
Pero entonces me acordé de su voz, de cómo me cerró los dedos alrededor del papel: «el día que dudes de ti, que pienses que no vales».
Y entendí que aquello no era ese día. Aquel día yo no dudaba de mí.
Aquel día simplemente echaba de menos. Y la nota era de Pacita, lo último que me quedaba de su letra y de su voz, y abrirla era gastarla, y no estaba dispuesta a gastar a Pacita una noche cualquiera de pena corriente.
La volví a doblar. La volví a guardar. Para cuando de verdad hiciera falta.
* * *
Gabriel vino esa noche, cuando supo.
No dijo casi nada, que es lo que hay que decir cuando no hay nada que decir.
No me soltó ninguna de esas frases horribles que suelta la gente, lo de que estaba muy mayor, lo de que ya no sufría, lo de que en el fondo era una liberación.
Solo entró, me encontró sentada en el suelo de la cocina con la espalda contra los armarios, se sentó a mi lado en el suelo, y me dejó que me apoyara en él.
Y se quedó. Horas. En silencio. Aguantándome el peso.
En algún momento le dije, contra su hombro, lo único que era capaz de decir:
—No quiero que se muera más gente que quiero.
Y él no me contestó que no se iba a morir nadie más, que es la mentira fácil. Me apretó más fuerte. Y se le tensó el cuerpo, como si aquella frase mía le hubiera dolido a él más de lo que tenía sentido que le doliera. Pensé que era empatía. Que sufría por mi pena.
* * *
Al tercer día, Reme volvió a abrir el comedor.
Lo decidió ella sola, sin preguntar. Bajó por la mañana, se ató el delantal, encendió los fogones, puso agua a hervir, y cuando bajamos las demás ya estaba el comedor oliendo a guiso, como cada día de los últimos cuarenta años.
—¿Hoy? —le dije—. ¿Tan pronto?
—Hoy —dijo, sin volverse, removiendo la olla—. La gente tiene que comer. La Manoli tiene que comer. Esto no se para porque se pare un corazón.
Y luego, más bajo, casi para ella misma, añadió:
—Y porque a la Paquita le daría algo si ve el comedor cerrado por su culpa. Bastante guerra dio en vida.
Pusimos las mesas. Llegó la gente, más callada que de costumbre, y comió. La silla de Pacita la dejamos en su sitio, vacía, con su cojín, porque ninguna se atrevió a quitarla, y nadie se sentó en ella, y se quedó así, presidiendo, como si Pacita siguiera vigilando que todo el mundo repitiera.
Y en la cabecera, mientras servía, vi que Reme había puesto, al lado del salero, sin decir nada, un papelito con una letra temblorosa que no era la suya.
Una de las listas de Pacita. Su última lista de pendientes, la que tenía en la mesilla.
Y en ella, tachadas casi todas, sus cosas: «Lola y Aurelio».
Tachado. «El comedor a Candela». Tachado.
Y una sola cosa sin tachar, la última, escrita con una letra que ya se caía:
«Que la niña no se quede sola.»
Reme la había puesto allí, a la vista, en la cabecera. Como quien recoge un encargo. Como quien dice, sin decirlo, que esa la terminábamos entre todas.