26. La calma
La calma
El reportaje salió un miércoles.
Lo había hecho una chica joven, periodista de un medio pequeño del barrio, una de esas que cuentan Lavapiés desde dentro y no desde el titular fácil.
Había venido un par de tardes, había comido el cocido de Reme, había hablado con las viejas, había hecho fotos del hule a cuadros y de la caja de galletas con la ranura. Y el miércoles publicó.
Se titulaba «El comedor que no existe». Y contaba la historia entera: cuarenta años dando de comer en un bajo sin licencia, una olla del tamaño de una lavadora, cinco abuelas que sostenían medio barrio sin cobrar un duro, una hucha de galletas danesas donde cada cual echaba lo que podía o lo que quería.
Hablaba de Amparo y de Reme fundándolo cuando aquí no había nada.
Hablaba de la Manoli, que no comería caliente sin ellas.
Y, al final, hablaba de «una repostera que un día llegó rota y se quedó a amasar», que era yo, aunque al leerme descrita así, desde fuera, me costó reconocerme.
Pero me gustó. Me gustó verme en letra impresa siendo otra cosa que la de los titulares de hacía un año, los de «cierra otra pastelería del barrio», los de la lista de morosos.
Aquí, por primera vez, yo no era la que había fracasado.
Era «la que se quedó a amasar». Y resulta que esa también era yo.
Se compartió. Se compartió mucho, para lo pequeño que era el medio.
La gente del barrio lo mandaba por los grupos, lo imprimían, una vecina lo recortó y lo pegó con celo en la puerta del comedor.
En dos días empezó a venir gente que no había venido nunca, no a comer gratis, sino a conocerlo, a traer un kilo de lentejas «para que sigáis», a darle las gracias a Reme por cuarenta años de algo que nadie les había pedido.
Reme se hacía la digna («bah, tanto jaleo por dar de comer, que es lo más normal del mundo»), pero yo la pillé tres veces releyendo el recorte de la puerta, con las gafas puestas, moviendo los labios, y la tercera tenía los ojos brillantes y disimuló diciendo que era el frío.
Carmina, que llevaba toda la vida siendo el periódico hablado del barrio, no cabía en sí de gozo de salir por fin en un periódico de verdad, con letra impresa y todo.
—Aquí, donde me ves, citada. Palabra por palabra. Como en los juzgados —le iba diciendo a todo el que entraba, dándose golpecitos en el recorte.
Encarna fingía que aquello eran pamplinas, que un reportaje no daba de comer a nadie, pero la sorprendí recortando un segundo ejemplar «por si el de la puerta se estropea con la humedad» y guardándolo entre las hojas de su libreta de cuentas, que es donde Encarna guarda lo que de verdad le importa.
* * *
Lo celebramos, claro. Cualquier excusa es buena en ese comedor para sacar la olla grande y el orujo del bueno.
Y aquella tarde, por primera vez en semanas, bajó Pacita.
La bajaron entre Carmina y un sobrino, despacio, peldaño a peldaño, envuelta en su toquilla nueva (la torcida, ya terminada), y cuando entró y vio el recorte en la puerta y el barrio entero allí metido, se le puso una cara que no le había visto nunca, una cara de orgullo viejo, de cosa cumplida.
La sentamos en la cabecera, como a una reina, con un cojín en la espalda, y desde allí presidió la fiesta sin moverse, repartiendo comentarios con un hilo de voz pero con la puntería intacta.
—Cuarenta años he tardado en salir en el periódico —dijo, cuando le acercaron el recorte para que se viera nombrada—. Y salgo de vieja. Mira que si llego a saberlo me pinto.
Se rió todo el mundo.
La fiesta tenía esa cosa de las fiestas del comedor, que no se organizan, pasan.
Lola, con el pintalabios de gala, cantó un cuplé subida a una silla que don Aurelio le sujetaba con cara de no haber sido tan feliz en su vida.
Los niños ecuatorianos se apropiaron de la bandeja de magdalenas.
El del kiosco trajo una botella de sidra «para brindar por la fama».
Y Reme, en medio de todo, repartía cocido como si repartiera años de vida, gritando que comiéramos, que la fama estaba muy bien pero que de la fama no se vive, que lo que llena es el puchero.
—¡Un brindis! —dijo el del kiosco, levantando la sidra—. ¡Por las cinco mujeres más importantes de Lavapiés!
—Seis —dijo Reme sin volverse, y me señaló con el cucharón—. La niña también amasa.
Y todos brindaron, y a mí se me subieron los colores, y Pacita, desde la cabecera, dio dos golpecitos en la mesa con los nudillos, que era su manera de aplaudir cuando ya no le quedaban fuerzas para aplaudir con las manos.
Yo le llevé a Pacita un plato de arroz con leche, y se comió tres cucharadas, las justas para no preocuparme, y me cogió de la manga y me dijo bajito, para que solo lo oyera yo:
—¿Ves como esto no se cae? Mira cuánta gente. Un sitio que sale en el periódico ya no lo tira nadie.
Y yo le dije que sí, que claro que no. Y por primera vez me lo creí.
Por primera vez pensé que a lo mejor era verdad, que a lo mejor aquel reportaje, toda aquella gente, todo aquel cariño, era una especie de escudo.
Que un sitio tan querido, y ahora tan visible, estaba a salvo.
Que las cosas buenas, cuando son lo bastante buenas, se protegen solas.
Me lo creí de verdad. Con toda el alma.
* * *
Gabriel llegó cuando la fiesta ya estaba en lo alto.
Llevaba unos días raro. Más callado, más mío, más pegado, como si necesitara estar cerca.
Aquella tarde estaba especialmente así. Se sentó a mi lado en la mesa de hule, en medio de todo el jaleo, y se quedó un rato mirándome cocinar, mirando el comedor lleno, mirando a las viejas, con una atención rara, como quien se aprende un sitio de memoria.
Yo lo achacaba al cansancio. Le veía ojeras.
Le pregunté si dormía y me dijo que regular, que tenía cosas en la cabeza, y no quiso decir cuáles, y yo no insistí, porque él tampoco contaba nunca mucho de aquel mundo suyo de oficinas, y a mí, mientras viniera al comedor con harina debajo de las uñas, su otro mundo me daba igual.
Le hice sitio. Le puse delante un croissant (me había sobrado masa de la mañana) y, con la punta del cuchillo, le dibujé al lado el corazón de mantequilla. Nuestra contraseña. «Me alegro de que estés aquí.»
Él lo miró. Y, en vez de sonreír como siempre, se quedó un segundo serio, mirando aquel corazón tonto de mantequilla derritiéndose en el plato, y cuando levantó la vista tenía los ojos de una manera que no supe leer.
—Candela —dijo, y me cogió la mano por debajo de la mesa—. Quiero decirte una cosa.
—Dime.
Abrió la boca. Y la cerró. Miró alrededor, el comedor lleno, Pacita en la cabecera, Reme sirviendo, el barrio entero riéndose, y algo en su cara cambió, como quien decide que no es el momento de romper nada.
—Que pase lo que pase —dijo al fin, despacio, eligiendo las palabras—, quiero que sepas que esto, lo de este comedor, lo nuestro, es lo más de verdad que he tenido en la vida. Que yo, antes de esto, no sabía ni lo que era esto. Pase lo que pase, no lo olvides.
Me reí, porque me pareció una cosa enorme y solemne para una tarde de fiesta.
—¿Pase lo que pase? Qué dramático te has puesto. No me voy a ningún sitio.
—Ya. —Me apretó la mano—. Lo digo por mí.
No le entendí. Pensé que era una de esas cosas raras y bonitas que dicen los hombres a los que les cuesta decir te quiero, y que en el fondo me estaba diciendo te quiero por el camino largo. Le di un beso y le dije que comiera el croissant, que se le enfriaba.
Pero antes de que la frase se enterrara del todo bajo la risa y el orujo, mientras él se comía por fin el croissant con su corazón de mantequilla medio derretido, le miré la cara, esa cara seria que había aprendido a leer en los últimos meses, y pensé que nunca había querido a nadie así.
Sin red. Sin las dos manos puestas en el pecho por si acaso.
A Víctor lo había querido con miedo, con un ojo siempre puesto en la salida.
A Gabriel lo quería con todo, con la puerta abierta de par en par, y me daba igual lo que pudiera pasar, porque por una vez en la vida había decidido que merecía la pena el riesgo de que me hicieran daño.
* * *
Esa noche, cuando se vació el comedor, me quedé recogiendo sola, sin prisa, disfrutando del silencio después del ruido.
Estaba feliz. Tengo que decirlo así de simple, porque así de simple era.
Feliz de una manera que no recordaba, una felicidad sin asteriscos, sin la vocecita de siempre avisándome de que lo bueno se acaba.
Tenía un sitio que era mío y que ahora hasta salía en los periódicos.
Tenía cinco abuelas. Tenía un barrio. Tenía a un hombre que me decía cosas solemnes y bonitas en mitad de una fiesta.
Tenía las manos llenas otra vez, después de habérmelas vaciado yo misma de todo.
Ocho meses antes, cuando llegué a Madrid a vaciar el piso de una abuela con la que ni siquiera había hecho las paces, no tenía nada.
Ni casa, ni oficio, ni ganas. Había cruzado la puerta de aquel comedor para devolver unas llaves y salir corriendo, y en su lugar me había quedado, me habían adoptado cinco viejas, había vuelto a amasar y me había enamorado de un hombre imposible.
Y resulta que la vida, cuando crees que ya te lo ha quitado todo, a veces te lo devuelve por otra puerta.
Por la puerta de una cocina, casi siempre.
Apagué las luces del comedor una por una. Y antes de cerrar, mirando el recorte pegado en la puerta, pensé que Amparo habría estado orgullosa. Que tarde, como siempre, pero había vuelto a casa. Y que esta vez no pensaba irme de ningún sitio.
Encima del mostrador, donde Encarna dejaba el correo, había un sobre.
Uno serio, con membrete del ayuntamiento, que llevaba allí dos días sin abrir porque las viejas habían decidido que era papeleo y que ya lo miraría alguien.
Pasé por delante, lo vi, pensé «mañana», y subí a dormir con un croissant de más en la tripa y el corazón lleno.
El sobre se quedó allí, en el mostrador, cerrado, debajo de la luz apagada. Esperando.
Me dormí pensando en Pacita en la cabecera de la mesa, con su toquilla terminada, presidiendo el comedor lleno como una reina vieja y feliz. Pensé que había valido la pena bajarla, aunque le hubiera costado el doble de lo que dijo. Que se iba a la cama contenta.
Dormí mejor que en años.