2. Comando abuelas
Comando abuelas
Abrí la puerta esperando una desgracia y me encontré con tres.
La primera me sacaba una cabeza y el doble de envergadura. Llevaba un delantal de flores manchado de azafrán y empuñaba una cuchara de palo del tamaño de un remo, que no soltó en toda la noche, como si fuera un cetro o un arma según hiciera falta.
—¿Tú eres la nieta de la Amparo? —No era una pregunta. Era un censo.
—Soy...
—Es —zanjó, y me apartó de mi propia puerta con el dorso de la cuchara—. Tiene la nariz de su abuela. Pasad.
—Esta es mi casa —dije.
—Pues por eso pasamos, hija. Sería raro pasar a la del vecino.
Y pasaron. Detrás de la mujer-remo entró una segunda, bajita, con el pelo teñido de un caoba que no existe en la naturaleza, los dedos cargados de anillos y una voz rota de cincuenta años de tabaco que llenó el recibidor de mi abuela sin esfuerzo.
—Madre mía, hija, qué flaca estás. ¿Esto es lo que comen en... dónde decías que vivías?
—No lo he dicho.
—Por eso lo pregunto. —Me guiñó un ojo y olía a Maderas de Oriente y a Ducados, a partes iguales—. Carmina. Y la grandullona es la Reme, que muerde menos de lo que parece. Un poco menos.
La tercera fue la última en entrar y la primera que me miró de verdad.
Era menudísima, casi transparente, con unas gafas que le comían media cara y una rebeca abrochada hasta arriba, y posó en mí una mirada dulce y lenta que me revisó de los pies a la cabeza como quien tasa una joya en un escaparate.
—Qué guapa —dijo, con una sonrisa de algodón—. Y qué ojeras. ¿Tienes novio?
—Pacita —cortó Reme—. Que acaba de llegar.
—Por eso, mujer. Por ir adelantando. —Pacita me dio unas palmaditas en el brazo con una mano que pesaba lo que un pájaro—. No es por nada, criatura. Es por tener el cuadro.
Tres mujeres de más de setenta años en el recibidor de mi abuela muerta a las dos y media de la madrugada, una con una cuchara como un remo, otra oliendo a tabaco fino y la tercera ya planificándome la vida sentimental.
Llevaba doce horas de mudanza, cuarenta y un mil euros encima y exactamente cero ganas de aquello.
—Mirad —dije—, sois muy amables, pero es tardísimo y estoy reventada, así que...
—Estás reventada porque no has comido —decretó Reme, y dio media vuelta hacia la escalera blandiendo la cuchara como un sargento—. Abajo. El puchero todavía está caliente.
—No voy a bajar a ningún sitio a las...
—Carmina, coge a la niña.
Carmina me cogió.
Bajé.
* * *
El bajo de la corrala no era lo que yo había decidido que era desde la barrera del desprecio.
Era largo y estrecho, encalado, con dos mesas corridas cubiertas de hule a cuadros y bancos a los lados, una cocina al fondo presidida por una olla del tamaño de un caldero de bruja y, en la pared, un corcho enorme erizado de papelitos: nombres, días, números de portal.
Una lista. Larga. Encima del corcho, una vieja caja metálica de galletas danesas, abollada, con una ranura recortada a navaja en la tapa.
El sitio olía a guiso de cien años y a lejía reciente, esa mezcla imposible de las cocinas que no paran nunca. Hacía calor. En una radio, muy bajita, un programa de madrugada hablaba solo para nadie.
Y, repartidas por las paredes, fotos. Decenas.
Bodas en blanco y negro, comuniones, mujeres jóvenes con delantal riéndose junto a esa misma olla en años que ya no existen.
En una de ellas, casi sin querer, reconocí a mi abuela.
Joven. Con harina en la mejilla y la boca abierta de risa, abrazada a otra mujer ancha que solo podía ser una Reme de hacía cuarenta años.
Aparté la vista. Otra vez. Empezaba a tener un tic.
—Siéntate, anda —me llegó una voz nueva, grave y aterciopelada, desde el banco del fondo.
La cuarta mujer era alta y se mantenía recta como un mástil.
Pintalabios rojo a las tres de la mañana, un pañuelo de seda al cuello, pendientes largos, una copita de vermut en la mano con la naturalidad de quien la ha tenido toda la vida.
Me miró por encima de las gafas con un interés teatral, casi de palco.
—Conque tú eres la repostera. —Le dio un sorbo al vermut—. Lola. Yo antes cantaba. Ahora hago los postres, que es lo mismo pero sin aplausos. —Suspiró con una elegancia que ensayaba desde 1970—. A mí los hombres con las manos demasiado limpias nunca me dieron nada bueno, pero esa es otra historia.
—Lola, no empieces con tus historias, que la asustas —dijo la quinta.
A esta la reconocí antes de verla. La voz áspera de la madrugada, la de los papeles y el butano.
Estaba de pie junto al corcho, con las gafas colgando de una cadenita sobre el pecho, los brazos cruzados sobre una libreta de tapas hule que sujetaba como si fuera una pistola, y me miraba con la cara del que ya ha decidido que vas a darle problemas.
—Encarna —dijo, sin tenderme la mano—. Llevo las cuentas. Y aviso desde ya: como vengas a comer, apuntas en la hucha lo que puedas, que aquí no se come de gorra. Tu abuela era la primera en ponerlo.
—No vengo a comer —dije.
—Eso decís todas la primera noche.
Reme me plantó delante un plato de cocido que pesaba como una losa: garbanzo, repollo, chorizo, una pringá oscura y brillante, todo humeando. Me senté. No porque quisiera. Me senté porque, entre cinco contra una y un plato así, la dignidad puede esperar a mañana.
Comí. Y fue una traición de mi propio cuerpo, porque estaba bueno.
Estaba bueno de una manera antigua, contundente, sin trucos, el garbanzo cremoso por dentro y el caldo con ese fondo redondo que solo da el tiempo.
Mi cabeza, que no había aprendido a callarse ni en la ruina, lo desmontó sin permiso: caldo de hueso de jamón, un toque de pimentón en la pringá, el repollo rehogado aparte para que no amargara. Oficio. Mucho oficio.
—¿Qué le has puesto? —pregunté, con la boca medio llena, antes de poder evitarlo.
—¿El secreto? —Reme se limpió las manos en el delantal, muy digna—. Con mucho amor... y mantequilla.
Solté la cuchara.
—En el cocido no se echa mantequilla.
—En todo se echa mantequilla, hija.
—Que no. Que el cocido lleva tocino, lleva hueso, lleva...
—Y el que diga que no se le echa mantequilla a la vida —me cortó Reme, señalándome con la cuchara de palo como quien dicta sentencia— es que no ha querido bien a nadie. Come.
Carmina se rio con su risa rota, Lola levantó la copita en un brindis silencioso y Pacita me dio otra palmadita, encantada, como si acabara de ver algo que llevaba esperando toda la noche. No tenía ni idea de qué. Yo seguí comiendo porque era la única manera de no contestar.
—Bueno, niña, cuéntanos. —Carmina se acodó en la mesa con los ojos brillándole de curiosidad—. ¿Qué hace la nieta de la Amparo apareciendo en mitad de la noche con dos maletas y cara de funeral? Algo ha pasado. ¿Un hombre?
—Carmina —dijo Reme.
—¿Qué? Si lo pienso, lo digo.
—Ya. Es que lo piensas todo.
—No ha pasado nada —dije—. Me he mudado. Punto.
—Ajá. —Carmina no se lo creyó ni medio segundo, pero tuvo la decencia de dejarlo pasar. De momento.
Lola se inclinó hacia mí con su copita.
—Da igual lo que haya pasado, hija. Aquí venimos todas escapando de algo. —Señaló con la barbilla el corcho de los nombres—. La mitad de ese tablón son personas que un día se quedaron solas y no tenían dónde sentarse a comer caliente. Así que comen aquí.
—¿Y pagan? —pregunté, porque la repostera arruinada que llevaba dentro no sabía hablar de otra cosa que no fueran números.
—Pagan lo que pueden en la caja —dijo Encarna, y dio una palmada seca sobre la lata de galletas—.
El que tiene, deja. El que no tiene, no deja, y se calla todo el mundo.
Y al que no puede ni bajar, le subimos el táper.
Ese de ahí es para la Manoli del tercero, que tiene la cadera fatal y no sale de casa desde Reyes.
En una esquina de la encimera había, en efecto, un táper preparado con un nombre escrito en esparadrapo. A las tres de la mañana. Para una vecina que no podía bajar.
—Y todo esto sin licencia, claro —solté.
—Esto, oficialmente, no existe —dijo Reme, tan tranquila—. Y como no existe, no molesta a nadie. Mientras nadie de fuera venga a tocar las narices, aquí no ha pasado nada en cuarenta años.
Algo en cómo lo dijo, ese «mientras nadie de fuera venga», me sonó a casa con la puerta sin el cerrojo echado. Pero estaba demasiado cansada y demasiado llena para hacerle caso.
—Tu abuela y yo montamos esto hace cuarenta años —dijo Reme entonces, más bajo, sentándose por fin frente a mí con un crujido de banco—. Dos cocinas, una caja de galletas y mucha cara. Empezamos dando de comer a cuatro viudas y a un par de borrachos buenos del barrio. Mira ahora el corcho.
Miré el corcho sin querer mirarlo. Cuarenta nombres. Cincuenta.
—Esto era la mitad suya —añadió Reme—. Lo que pasa es que la mitad de la Amparo ahora no tiene quien la lleve.
Y me miró. Las cinco me miraron a la vez. Y entendí, de golpe y con el estómago lleno, hacia dónde iba aquella encerrona de cocido y madrugada.
—Ah, no. No, no, no. —Dejé la cuchara, esta vez a propósito—.
Que yo sé por dónde vais. Yo no he venido a Lavapiés a heredar el comedor de nadie.
He venido a pagar una deuda y a que me dejen en paz.
Y lo de cocinar... —La frase se me atascó un segundo, porque decirla en voz alta delante de cinco testigos la volvía más verdad—.
Lo de cocinar lo he dejado. No cocino. Ni para vosotras, ni para nadie, ni gratis ni cobrando. Se acabó.
—¿Una repostera que no cocina? —Carmina lo dijo como si le hubiera contado que el sol sale por el oeste—. Eso es como un cura que no reza, hija.
—Pues ya ves. Colgué el delantal.
—El delantal se cuelga —dijo Reme, mirándome fija—. Las manos no se cuelgan.
—Las mías sí.
Silencio. El primero de la noche.
Lo rompió Pacita, con su vocecita de algodón, mirándome por encima de aquellas gafas enormes con una ternura tan tranquila que daba un poco de miedo.
—Claro, criatura. Faltaría más. —Y le dio un sorbito a un café que no sé de dónde había sacado—. Nadie te ha pedido nada.
Me relajé un milímetro. Ese fue mi error.
Para cuando quise darme cuenta, Reme ya estaba llenando un táper de cristal con medio kilo de cocido, Lola me había metido en una bolsa dos magdalenas «por si te entra hambre de madrugada, que pasa» y Carmina me había apuntado el número de la corrala en la palma de la mano con un boli, «por si te pierdes, hija, que el barrio es un lío».
—El táper es de los buenos —dijo Pacita, poniéndomelo en las manos. Estaba caliente. Pesaba—. Mañana lo bajas, te tomas el café con nosotras y nos lo devuelves. ¿A que sí?
—Yo... vale. Mañana lo bajo. —Lo dije por una sola razón, que era que eran las tres de la mañana y quería que se fueran a su casa para poder llorar tranquila en la mía—. Os lo bajo y ya está.
—Ya está —repitió Pacita, dulcísima.
Y entonces cruzó con Reme una mirada rapidísima. Medio segundo. Una mirada de cazadora satisfecha.
Las acompañé a la escalera. Subieron despacio, peldaño a peldaño, riñéndose ya por otra cosa, y me dejaron en la puerta de mi abuela con un táper caliente entre las manos, dos magdalenas, un número de teléfono en la palma y la sensación nítida de haber firmado algo sin leer la letra pequeña.
Cerré. Miré el táper. De cristal, de los buenos, de los que hay que devolver.
Me habían pescado. Sin red, sin prisa y sin que me enterara hasta tener el anzuelo dentro. Como a un pez.
Y lo peor, lo que de verdad me fastidió mientras dejaba el táper en la encimera de Amparo, no fue darme cuenta de que al día siguiente iba a tener que bajar.
Fue darme cuenta de que quería.