Con Mucho Amor (y mantequilla)
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1. Lo que queda del incendio
Lo que queda del incendio
Mi abuela me dejó tres cosas al morirse: setenta y dos metros cuadrados en Lavapiés, una cocina donde no cabían dos brazos a la vez y una deuda de cuarenta y un mil euros que, técnicamente, no era suya.
Era mía. Pero como ella ya no tenía dónde caerse muerta y yo tampoco, la deuda y yo nos mudamos juntas al piso de la abuela Amparo a las dos y diez de la madrugada de un martes de octubre, arrastrando dos maletas por la corrala como quien arrastra un cadáver al que todavía le tiene cariño.
La corrala estaba a oscuras. Tres pisos de galerías de madera alrededor de un patio cuadrado, la ropa tendida convertida en fantasmas, un solo fluorescente parpadeando abajo del todo. Y, junto a ese fluorescente, una persiana metálica a medio echar de la que salía algo. Luz. Vapor. Un olor.
No quise mirar todavía. Tenía las dos manos ocupadas con las maletas y el corazón ocupado en no pensar, que es la única función que de verdad le pedía aquel mes.
Subí.
La rueda de una de las maletas chirriaba en cada peldaño, un chirrido fino y persistente, como un grillo con artritis.
La corrala respondía con los suyos: la madera vieja de la galería quejándose bajo mis pies, el goteo de un grifo en algún patio interior, el murmullo enlatado de una tele encendida a deshora detrás de una persiana.
Lavapiés a las dos de la madrugada no dormía; solo bajaba la voz.
En la planta de Amparo (segunda, puerta del fondo, la que da al patio) me paré a recuperar el aliento y a buscar las llaves.
El llavero seguía siendo el suyo: un trozo de corcho desgastado con forma de pez, hecho por mí en alguna manualidad de primaria, que ella había llevado en el bolso treinta años porque las abuelas guardan cualquier cosa con tal de que la hayas tocado tú.
Metí la llave. Costó. La cerradura de Amparo siempre costaba; había que levantar un poco la puerta con la rodilla y empujar a la vez, un gesto que mi cuerpo recordaba aunque hiciera dos años que no lo hacía.
Levanté con la rodilla. Empujé. Y la casa me recibió con su olor de siempre, que era lo último que me quedaba de ella y lo primero que me iba a deshacer.
Ajo frito incrustado en las paredes desde la posguerra.
Colonia de violetas. Y por debajo, muy abajo, ese fondo dulce y tostado de azúcar que se ha quedado un punto más de la cuenta en la sartén, que era el olor de mi infancia entera y que no pensaba reconocer en voz alta porque entonces tendría que reconocer también lo demás.
Encendí la luz. Dejé las maletas. Y me quedé de pie en el recibidor de mi abuela muerta, a las dos y cuarto de la madrugada, con cuarenta y un mil euros encima y treinta y tres años de currículum que ahora cabían en una frase: la repostera que se la pegó.
—Hola, abuela —dije, a la casa vacía.
La casa, con buen criterio, no contestó.
Todo seguía igual. El hule de cuadros en la mesa camilla.
El calendario de la farmacia clavado con una chincheta en marzo, el mes en que la habían ingresado.
Un imán de Benidorm sujetando, en la nevera, una receta escrita de su puño y letra en el dorso de un sobre de la luz: «Bizcocho de la Reme — 3 huevos, lo que pese en azúcar, lo que pese en harina, y mantequilla, MUCHA, no seas rácana».
Las mayúsculas eran suyas. Lo de no ser rácana también.
Aparté la vista del sobre como quien aparta la vista de un accidente. No estaba ahí para leer recetas. Estaba ahí porque era gratis.
Mi móvil vibró sobre el hule. A las dos y dieciocho de la madrugada solo te escribe el banco, que no duerme, o la gente que no debería.
Era de la gente que no debería. Un mensaje de voz de Víctor, el tercero de la semana, encabezando una lista de llamadas perdidas suyas que yo coleccionaba sin abrir como otros coleccionan sellos.
Le di a reproducir. Por masoquismo, supongo, o por costumbre, que para el caso es lo mismo.
—Cande, soy yo, no me cuelgues, sé que estás escuchando esto... —Víctor tenía esa voz de locutor de documental nocturno que tan bien le funcionaba con los proveedores, con los inversores y, durante seis años, conmigo—. Solo quería decirte que lo del local no fue como tú...
Lo borré antes de saber cómo no fue. Ya me lo sabía.
Lo del local fue exactamente como yo creía que había sido, con la única diferencia de que cuando una jueza lo cuente en una sentencia sonará a hechos y cuando lo cuento yo suena a rencor.
Habíamos abierto un obrador. «Migas», se llamaba, porque a Víctor le pareció monísimo y yo todavía estaba en la fase de encontrarle monísimo a Víctor.
Yo ponía las manos. Él ponía la cara, la cuenta corriente común y, según supe tarde, una segunda cuenta que solo ponía él.
Dieciocho meses después yo tenía un obrador precioso, una clientela fiel, dos premios provinciales de panadería artesana y la firma puesta como avalista en todo lo que él había decidido firmar a mi nombre mientras yo laminaba a las cinco de la mañana convencida de que aquello era amor y era también, de paso, un plan de pensiones.
No lo era. Era una manga pastelera con un agujero. Todo lo que metías por arriba salía por el lado equivocado.
Me senté en la silla de la camilla, que crujió igual que crujía con el peso de Amparo, y miré la cocina de mi abuela desde la puerta.
Era diminuta. Un fogón de tres, una encimera de granito de imitación, un horno tan viejo que abría la puerta como si te hiciera un favor.
En aquella cocina ridícula yo había aprendido a montar claras antes que a montar en bici.
Y desde aquella cocina ridícula, ahora, me llegaba el dato más absurdo de la noche: alguien, en algún piso de aquella corrala, estaba cocinando.
Lo olí antes de creérmelo. Cocido. Garbanzo, hueso, pringá, ese vaho denso que tarda horas y horas en hacerse y que no se le ocurre a nadie poner a las dos y media de la madrugada. Venía de abajo. Venía de la persiana metálica del patio, la del fluorescente, la que no había querido mirar.
Y con el olor venían las voces.
—...que te digo yo que el punto de sal lo tiene, Reme, no le eches más.
—Le falta.
—No le falta, que lo has probado tú con esa lengua que ya no distingue un caldo de una fregona...
—La que no distingue eres tú, que le pusiste laurel al arroz con leche en Nochebuena y nos lo comimos por educación.
—¡Una vez! ¡Una vez en cincuenta años!
Una cuarta voz, más fina, zanjó por encima de las otras tres con la autoridad serena de quien lleva ganadas todas las discusiones de la última década:
—Niñas. El cocido es de Reme. La sal la pone Reme. Y la que no esté de acuerdo, que abra su propio comedor.
Risas. El golpe de una tapadera contra el borde de la olla.
—Pues como alguna abra su propio comedor —dijo una quinta voz, más áspera, desde algún rincón—, que se lleve también al del butano y a Hacienda, que el lío de los papeles me lo como yo solita.
—No empieces con los papeles a estas horas, Encarna.
—A estas horas y a todas. Que muy bonito todo, pero la bombona no la paga el cariño.
—Anda, calla y prueba, que se te va a enfriar.
Una pausa. El roce de una cuchara contra el borde de un plato.
—...Está bueno.
—Pues claro que está bueno. Lo he hecho yo.
Más risas. El chirrido de unas sillas en un suelo de baldosa; el ruido doméstico y antiquísimo de varias mujeres recogiendo una cocina a las tantas de la madrugada como si fuera la cosa más normal del mundo. Que, para ellas, por lo visto, lo era.
Me quedé escuchando con la chaqueta todavía puesta, las maletas sin deshacer y una sensación en mitad del pecho que no era hambre, aunque se le parecía mucho.
Mi abuela me había hablado de ellas. De «las del bajo», de «las mujeres», de un comedor que no figuraba en ningún sitio y que daba de comer a medio barrio por lo que cada uno pudiera dejar en una hucha de galletas, todo a base de cariño, ilegalidad y garbanzo.
Yo, las pocas veces que vine a verla en los últimos años (pocas, y eso también lo apunto en la lista de cosas que me voy a tener que perdonar más despacio), había puesto los ojos en blanco.
Un comedor de abuelas. Cuánta penita. Qué bonito. Qué de bacterias.
Ahora estaba sola en su casa, a oscuras casi, oyéndolas discutir por una cucharada de sal, y lo bonito me había salido por el lado equivocado de la manga, igual que todo, y se había convertido en otra cosa.
En un nudo. En las ganas absurdas de bajar y sentarme a esa mesa y dejar que una mujer a la que no conocía me dijera que comía como un pajarito.
Tenía treinta y tres años, una carrera quemada y una deuda que no me dejaba dormir, y resulta que lo único que me apetecía en el mundo a esas horas era un plato de un cocido que no era mío, hecho por unas señoras a las que no había visto la cara.
El hambre, cuando llevas un mes sin tenerla, vuelve disfrazada de cualquier cosa.
No bajé. Por supuesto que no bajé. Bajar significaba explicar quién era, y explicar quién era significaba decir en voz alta el resumen, y el resumen me lo sabía de memoria y no tenía ninguna gana de estrenarlo a las dos y media con cinco desconocidas.
Yo había venido a Lavapiés con un plan de tres puntos, y el plan era bueno precisamente porque no incluía sentarse a ninguna mesa.
Punto uno: pagar la deuda. Trabajar de lo que fuera (de cajera, de teleoperadora, de probadora de colchones, de cualquier cosa que no oliera a levadura) hasta devolver hasta el último euro que Víctor había firmado con mi nombre.
Punto dos (lo dije en voz alta, a la cocina vacía, levantando dos dedos como una jueza de mi propio juicio, porque algunas promesas, si no las pronuncias, no cuentan): no volver a meter las manos en una masa por dinero.
Nunca más. Que la repostería se quedara donde la había dejado, debajo de los escombros de «Migas», con los dos premios provinciales y la versión de mí que todavía creía que hornear para alguien era una forma de quererlo y no una forma de que te dejaran a deber.
Punto tres, el más fácil de todos, el que ni siquiera hacía falta jurar porque venía de fábrica con los otros dos:
—Y no volver a querer a nadie que sepa lo que es una manga pastelera —dije.
Bajé los dedos. Me sentí ridícula y a la vez extrañamente aliviada, como quien firma el alta voluntaria de un hospital en el que estaba bastante a gusto.
Tres puntos. Limpios. Auditables. Una receta sin grumos, por una vez.
Fui deshaciendo la maleta grande en la habitación de Amparo, que olía a su armario y a naftalina y a las pastillas de jabón Lagarto que guardaba entre las sábanas, porque mi abuela combatía la humedad de Madrid con la misma fe con la que otra gente combate el pecado.
En el cajón de la mesilla había unas gafas de leer, un rosario, una caja de polvorones de hacía dos navidades sin abrir y, doblado en cuatro, un recorte de periódico con mi cara: la reseña de cuando «Migas» ganó el primero de los dos premios, recortado con tijeras de costura y guardado como se guarda un cromo de la suerte.
Las abuelas guardan polvorones para una ocasión especial que nunca llega porque, para ellas, la ocasión especial eres tú, y tú vienes poco.
Y guardan tus éxitos en un cajón con la misma terquedad con la que tú, ahora, guardas en el móvil las llamadas que no piensas devolver.
Cerré el cajón. Esa fue, de toda la noche, la única vez que estuve a punto.
Me tragué lo que fuera que se me subía (porque llorar tampoco estaba en los tres puntos) y volví a la cocina a buscar un vaso de agua, y entonces los oí subir.
Pasos. En la escalera de madera de la corrala.
Lentos, pesados, acompasados, varios pares de pies subiendo despacio a una hora a la que en aquella ciudad solo subía la policía, la desgracia o la gente que se equivoca de puerta.
Conté tres pares. Quizá cuatro. Subían hacia el segundo.
Subían, ahora ya no había duda, hacia el fondo. Hacia mí.
Me quedé muy quieta en mitad de la cocina de mi abuela muerta, con el vaso vacío en la mano, repasando mentalmente la lista de personas que en todo el planeta podían llamar a mi puerta a las dos y media de la madrugada de mi primer día en Lavapiés.
La lista estaba vacía. Esa era, más o menos, toda la idea de haber venido.
Los pasos se detuvieron al otro lado. Hubo un cuchicheo.
Un «calla, que la vas a asustar» y un «asustarla, dice, si es la nieta de la Amparo, esta no se asusta de nada».
Y luego, contra la madera vieja de la puerta, sonaron tres golpes secos, decididos, de nudillos que llevaban ochenta años llamando a puertas y no pensaban empezar a pedir permiso justo ahora.
Miré la puerta. Miré el vaso. Miré el sobre de la luz pegado en la nevera, con la letra de mi abuela y sus mayúsculas mandonas: «mantequilla, MUCHA, no seas rácana».
Y, por primera vez en cuarenta y un mil euros, casi me reí.
Fui a abrir.