25
Dieciocho meses después.
A Daniela todavía le costaba creer que hubiera pasado tanto tiempo desde el día en que bajó por última vez la persiana de La Santa Massa.
Habían sido dieciocho meses intensos, muy intensos.
Durante ese tiempo no había dejado de trabajar ni un solo día.
Mientras el antiguo edificio desaparecía poco a poco, Vanguard le había cedido un pequeño local provisional a apenas dos calles de allí para que pudiera seguir atendiendo a sus clientes.
No era tan acogedor ni tenía el encanto del original, pero los vecinos habían seguido entrando cada mañana como si nada hubiera cambiado.
—Lo importante no son las paredes, Daniela —le había dicho una clienta anciana el primer día—. Lo importante eres tú.
Y, sorprendentemente, tenía razón. La Santa Massa había sobrevivido porque su alma nunca estuvo en un edificio. Había estado siempre detrás de la barra.
Durante aquellos meses, Daniela había visitado las obras casi todas las semanas.
Al principio solo había tierra. Después aparecieron las excavadoras, las cimentaciones, las enormes columnas de hormigón y, poco a poco, comenzaron a levantarse los edificios que Adrián le había enseñado en aquellos primeros planos.
Él cumplió exactamente lo que había prometido.
No hubo una sola decisión importante sobre la cafetería en la que no le pidiera opinión.
Eligieron juntos el color de las paredes, la madera de las mesas, las lámparas… incluso discutieron durante casi dos horas porque Daniela quería unas plantas y Adrián decía que luego nadie las regaría.
Al final ganó Daniela.
También habían aprendido a convivir. Hacía casi un año que compartían piso.
Al principio, a Adrián casi le daba un infarto cada vez que Daniela dejaba una taza encima de la mesa del salón sin posavasos. Daniela, por su parte, había descubierto que aquel hombre era capaz de colocar perfectamente alineadas hasta las zapatillas de estar por casa.
—Estás enfermo.
—Se llama orden.
—Se llama obsesión —bromeaba ella, cruzándose de brazos—, o TOC.
Todavía seguían discutiendo por aquellas tonterías y seguían riéndose exactamente igual.
Inés decía que aquello era una relación completamente sana, aunque después siempre añadía: “ o completamente desequilibrada” .
Nadie tenía muy claro cuál de las dos opciones era la correcta.
Marcos, Toni y Carla también habían seguido trabajando con ella durante todo aquel tiempo.
Los cinco se habían convertido en una familia y aquella mañana, por fin, había llegado el gran día.
Daniela permanecía inmóvil frente a la nueva cafetería.
Los primeros rayos de sol iluminaban la plaza completamente renovada. Era preciosa, muchísimo más de lo que había imaginado.
Una amplia zona peatonal llena de árboles, bancos de madera y pequeñas fuentes atravesaba el centro del complejo.
Las terrazas comenzaban a llenarse poco a poco de vecinos curiosos mientras varias familias paseaban entre los nuevos comercios.
Y allí, en una de las mejores esquinas de toda la plaza, estaba La Santa Massa.
Daniela sintió un nudo en la garganta.
La fachada conservaba el mismo cartel restaurado del antiguo local: las letras, el color y hasta las pequeñas imperfecciones de la madera seguían allí.
Detrás de los enormes ventanales podía verse la barra original, perfectamente restaurada, ocupando el centro de la cafetería como si jamás hubiera salido del antiguo edificio.
Los antiguos azulejos hidráulicos decoraban ahora una de las paredes principales y las fotografías del viejo local colgaban orgullosas junto a otras nuevas que contaban toda la transformación.
Era exactamente la misma cafetería y, al mismo tiempo, era completamente distinta: más luminosa, más amplia y más bonita.
—¿Vas a llorar otra vez?
La voz de Inés la sacó de sus pensamientos.
Daniela se giró.
—No.
—Tienes los ojos brillantes —la acusó su amiga.
—Es alergia.
—En diciembre… claro —le dio la razón como a una loca.
Marcos salió en ese momento del obrador cargando una bandeja que le había entregado Toni.
—¿Dónde dejo los “Que le den a Vanguard”?
Daniela no pudo evitar reír.
—En la vitrina de la entrada.
—Perfecto.
Carla apareció detrás con otra bandeja.
—¿Y los “CEO enamorado”?
Inés levantó una mano.
—Esos delante, se van a vender solos.
Marcos comenzó a leer las pequeñas pizarras.
—Tenemos... “Que le den a Vanguard”, “CEO enamorado”, “No era un taxista”, “La indemnización” y “El beso bajo la lluvia”. —Miró a Daniela—. ¿No os parece que estamos contando vuestra vida a través de los cruasanes?
Inés respondió antes que nadie.
—Es marketing emocional.
Marcos negó con la cabeza.
—Es cotilleo repostero.
Daniela caminó lentamente detrás de la barra. Todo estaba exactamente donde ella quería.
La máquina de café, las vitrinas, los hornos, el nuevo obrador… era perfecto.
Miró hacia la plaza y se quedó completamente sorprendida.
Había decenas de personas esperando antes incluso de abrir. Los vecinos de siempre, la señora Carmen, don Emilio, las familias del barrio y muchos clientes nuevos que miraban con curiosidad. Todos querían conocer la nueva Santa Massa.
Inés se asomó por la puerta.
—Madre mía…
—¿Qué?
—Creo que media Barcelona quiere desayunar hoy.
Marcos tragó saliva.
—Estoy empezando a ponerme nervioso.
—Yo llevo nerviosa desde las cinco de la mañana —respondió Daniela.
—Y yo horneando cruasanes desde esa misma hora, más o menos —apuntó con tono jocoso Toni desde el obrador—. ¿Creéis que habrá suficientes?
Carla respiró hondo.
—Pues ya no hay vuelta atrás.
En ese momento la puerta se abrió y entró Adrián vestido con un impecable traje azul marino, aunque sin corbata, con esa tranquilidad que siempre parecía llevar encima.
Se acercó directamente a Daniela y le dio un beso breve en los labios.
—Buenos días.
—Buenos días —contestó ella.
—¿Cómo estás?
Ella sonrió.
—A punto de desmayarme.
—Perfecto —asintió Adrián.
—¿Perfecto?
—Es buena señal. Si no estuvieras nerviosa, me preocuparía.
Daniela suspiró.
—Hay muchísima gente.
Adrián miró hacia la plaza y sonrió.
—Porque llevan dieciocho meses esperando este momento, igual que tú. —Tomó sus manos—. Mírame.
Daniela obedeció.
—¿Recuerdas el día que cerraste la persiana?
Ella asintió.
—Me dijiste que tenías miedo.
—Sí.
—¿Y ahora?
Daniela recorrió con la mirada la cafetería, a sus compañeros, a los vecinos esperando, la barra…. y volvió a mirarlo.
—Ahora tengo ganas de abrir.
Adrián sonrió también e indicó con un movimiento de cabeza hacia la puerta.
—Pues abre.
Ella respiró profundamente y se giró hacia sus cuatro compañeros.
—¿Preparados?
Marcos levantó una bandeja.
—Preparado.
Carla encendió la cafetera exprés.
—Preparada.
Toni levantó las manos llenas de harina desde el obrador.
—Preparado y con las manos en la masa.
Inés levantó un cruasán.
—Pues… que empiece el caos.
Daniela fue hasta la puerta, puso la mano sobre el tirador y, antes de abrir, se giró una última vez hacia sus compañeros. Aquella cafetería volvía a estar llena de vida, exactamente como siempre había soñado.
Sonrió y abrió la puerta.
El primer cliente cruzó el umbral entre los aplausos de todo el barrio y la sonrisa emocionada de Daniela y sus trabajadores.
Solo habían pasado tres días desde la inauguración de la nueva Santa Massa y ya era imposible encontrar una mesa libre entre las nueve y las once de la mañana.
Daniela observaba la cafetería con una sonrisa que aparecía sola cada vez que levantaba la vista.
Las enormes cristaleras dejaban entrar la luz del sol, iluminando el interior con una calidez que hacía que todo pareciera todavía más acogedor.
La barra restaurada seguía siendo el centro de todas las miradas.
Muchos vecinos se acercaban solo para acariciar la madera y decir que seguía oliendo igual que la antigua cafetería y, en cierto modo, tenían razón.
El aroma a café recién molido, mantequilla y cruasanes recién horneados seguía siendo exactamente el mismo. Solo había cambiado el escenario.
—¡Daniela! —gritó Toni desde el obrador—. Seis “CEO enamorado”, dos “No era un taxista” y tres “Que le den a Vanguard”.
—¡Marchando!
Carla apareció por detrás cargando una bandeja.
—Mesa cuatro, dos chocolates calientes.
—¡Voy!
Inés pasaba entre las mesas con una agilidad sorprendente.
—¡Don Emilio! Si sigue pidiendo nata extra, va a haber que traerla en carretilla.
El anciano soltó una carcajada.
—¡No! ¡No! Por favor… un poquito más —imploró.
—Vamos allá…
Daniela no pudo evitar sonreír.
Aquello era exactamente lo que había echado de menos: el bullicio, las bromas… y la sensación de que aquel lugar tenía vida propia.
La campanilla de la puerta volvió a sonar.
Daniela levantó la vista automáticamente.
Su traje azul marino, la camisa blanca, el maletín negro, el cabello perfectamente peinado y aquellos ojos grises que seguían buscándola antes incluso de entrar del todo.
Ella sonrió sin darse cuenta.
Adrián caminó hasta la barra con la naturalidad de quien llevaba haciéndolo toda la vida.
—Buenos días —la saludó.
—Buenos días.
—¿Qué tal va todo?
Daniela miró alrededor.
—No me puedo quejar.
—Ya veo.
Adrián se apoyó sobre la barra.
—Quiero un café —le pidió.
—Como siempre.
—Y un cruasán —sonrió, mostrándole los dientes.
Ella cogió la libreta por pura costumbre.
—¿Cuál?
Adrián fingió pensárselo.
Muchísimo.
—El de “CEO enamorado”, ya lo sabes… me encanta.
Inés, que pasaba justo por allí, soltó una carcajada.
—¡Ese está teniendo mucho éxito!
—Normal.
—¿Por qué?
Adrián sonrió.
—Porque está inspirado en hechos reales.
Daniela negó con la cabeza.
—No pienso entrar en tu juego.
—Qué aburrida —ironizó Adrián.
Le entregó el tique.
—Ahora te lo llevo.
Él asintió y se giró hacia el fondo de la cafetería, buscando automáticamente su mesa de siempre. La misma desde la que había pasado semanas enteras observándola servir cafés.
Llegó hasta allí y se quedó parado. Había una pareja desayunando tranquilamente.
Adrián chasqueó la lengua.
—Vaya…
Daniela levantó la vista desde la cafetera exprés.
—¿Qué pasa?
—Me han quitado mi sitio.
Ella se cruzó de brazos.
—Es lo que tiene llegar tarde.