Con las manos en la masa 25 #2
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25 #2

—Yo siempre me sentaba ahí —dijo, sin apartar la mirada de la pareja que ocupaba su mesa.

—Eso era cuando solo venían cuatro clientes.

Adrián resopló y se giró hacia ella.

—Protesto oficialmente.

Daniela sonrió.

—La reclamación será atendida entre tres y cinco días laborables.

—Qué mal servicio el de este lugar.

—Puedes poner una hoja de reclamaciones —respondió, encogiéndose de hombros.

—¿A quién?

—A la jefa.

—¿Y quién es la jefa? —ladeó el cuello, sonriente.

Ella levantó una ceja.

—Yo.

Adrián suspiró teatralmente.

—Qué mala suerte tengo.

Marcos señaló una mesa cerca del ventanal.

—Jefe, si le sirve de consuelo, esa también tiene buenas vistas.

Adrián miró hacia allí.

—Bueno… no está mal, aunque desde la otra veía mejor a Daniela.

Ella estuvo a punto de atragantarse de la risa.

—¡Adrián!

—¿Qué?

—Hay clientes.

—Precisamente —comentó—. Que sepan por qué vengo cada mañana.

Inés levantó un dedo.

—¡Eso es romanticismo!

—Eso es peloteo —respondió Daniela.

—También.

Unos minutos después, Daniela apareció con el café y el cruasán y lo dejó sobre la mesa.

—Aquí tiene, señor.

Él levantó la vista.

—Gracias.

Ella hizo ademán de marcharse, pero él la sujetó suavemente de la mano.

—¿No te sientas un minuto?

—Tengo trabajo.

—Treinta segundos.

Daniela miró alrededor. La cafetería seguía llena, pero Marcos levantó discretamente el pulgar desde la barra. Él se hacía cargo.

Daniela resopló y terminó sentándose.

—Treinta segundos.

—Cronometrados.

Adrián dio un sorbo al café.

—Está perfecto —dijo, mostrándole la taza.

—Lo sé.

—Qué humilde. —Ella sonrió—. ¿Estás contenta?

Daniela recorrió con la mirada la cafetería mientras sus ojos se iluminaban y volvió a mirarlo.

—Mucho.

—Se nota.

Daniela suspiró.

—Gracias.

Adrián negó con la cabeza.

—No, gracias a ti.

En ese momento, pasó junto a la mesa la señora Carmen.

—¡Buenos días, jefe!

Adrián levantó la mano.

—Buenos días, señora Carmen.

—Menuda maravilla habéis hecho aquí —dijo, mirando la cafetería aún asombrada.

—El mérito es de Daniela.

La mujer miró a Daniela.

—Siempre lo he sabido —contestó ya sin mirarlo.

Adrián enarcó una ceja al ver cómo la mujer se alejaba, lo que hizo sonreír a Daniela.

Adrián terminó el último sorbo de café, miró el reloj y resopló.

—Me tengo que ir.

—¿Ya?

—Tengo una reunión dentro de veinte minutos.

Se levantó, cogió el maletín y rodeó la mesa.

Daniela lo observó acercarse.

—¿Qué haces?

—Despedirme, como todo el mundo.

Ella negó con la cabeza, como si la idea la asustara. Sabía perfectamente lo que Adrián pretendía.

—No —lo señaló con el dedo—, estoy en el trabajo y…

Antes de que pudiera reaccionar y levantarse, se inclinó hacia ella y la besó con suavidad, un beso corto, cariñoso y natural.

Durante un segundo hubo silencio y al siguiente…

—¡Oooh!

Toda la cafetería comenzó a aplaudir.

—¡Eso sí que es empezar bien el día! —pronunció don Emilio levantando la taza.

—¿Los besos se regalan con el café? —bromeó otro.

—¡Que venga mi marido a aprender! —dijo una mujer sentada en la terraza, a varios metros de ellos.

Las carcajadas llenaron todo el local.

Daniela se llevó una mano a la cara, completamente roja.

—¡Qué vergüenza!

Adrián sonreía, divertido.

—Creo que les ha gustado.

—No vuelvas a hacer eso.

—Lo dices muy poco convencida.

Ella resopló y se puso en pie.

—Vete a trabajar, anda.

—Sí, jefa —bromeó él y le guiñó un ojo.

Cogió el maletín, saludó con la mano al resto de los trabajadores y salió de la cafetería.

Daniela se quedó observándolo a través del enorme ventanal mientras cruzaba la plaza camino de las oficinas de Vanguard.

El sol iluminaba el paseo, los árboles comenzaban a moverse con la brisa y él, justo antes de entrar en el edificio, se giró como cada mañana.

La buscó entre toda la gente. Sus miradas volvieron a encontrarse y le sonrió, la misma sonrisa que aún seguía provocando que su corazón latiese con más fuerza.

La que un día había visto desde una mesa de la antigua Santa Massa, la que había conseguido enamorarla poco a poco.

Daniela sintió que el corazón volvía a acelerársele. Dieciocho meses después seguía ocurriéndole exactamente lo mismo.

—¿Vas a quedarte mirándolo todo el día?

La voz de Inés la hizo volver a la realidad.

—¿Qué?

—Que como sigas poniendo esa cara…

Daniela la miró.

—¿Qué cara?

—La de “qué bueno está mi novio”.

Marcos soltó una carcajada y Carla negó con la cabeza.

—Inés...

—¿Qué?

—No cambias.

—Ni pienso —dijo ella cargando la bandeja de vasos y platos.

En ese mismo instante, desde el obrador se escuchó la voz de Toni.

—Marchando un “No era un taxista”, dos “Que le den a Vanguard” y un “CEO enamorado” bien calentito.

Toda la cafetería volvió a llenarse de risas al escuchar los nombres de los cruasanes y Daniela, mientras colocaba una nueva taza bajo la cafetera exprés, comprendió que la felicidad no siempre llegaba haciendo ruido.

A veces olía simplemente a café recién hecho, a mantequilla, a cruasanes recién horneados...

y a un hombre de traje que, cada mañana, seguía entrando por aquella puerta solo para verla sonreír.

Levantó la vista de nuevo hacia el enorme ventanal, pero Adrián ya había desaparecido entre la gente camino de la oficina.

Ella, sin embargo, seguía sonriendo porque al fin había comprendido que el amor no siempre llegaba con grandes gestos ni con promesas imposibles.

A veces empezaba una mañana cualquiera, con un hombre de traje sentado en la misma mesa, pidiendo un café y un cruasán mientras encontraba cualquier excusa para verla sonreír.

Quizá la vida se parecía mucho a hacer un buen cruasán: necesitaba tiempo, paciencia, algún que otro error, volver a empezar cuando algo salía mal y poner el corazón en cada detalle.

Sonrió mientras colocaba la siguiente bandeja en el mostrador.

Al fin y al cabo, Adrián se había enamorado de ella entre el aroma de la mantequilla y el café recién hecho... y ella había descubierto que, entre todas las recetas que conocía, la mejor de todas era aquella que habían aprendido a cocinar juntos.

FIN