24
El reloj marcaba las ocho de la tarde cuando Daniela apagó la cafetera exprés.
Durante unos segundos, el silencio inundó La Santa Massa, un silencio extraño y diferente.
Aquel lugar siempre había tenido vida. El tintineo de las cucharillas, el sonido del horno, las conversaciones de los vecinos, las risas de Inés y las bromas de Marcos, incluso los pedidos imposibles de Adrián. Sin embargo, aquella tarde solo se escuchaba el leve zumbido del frigorífico.
Daniela permaneció inmóvil detrás de la barra, la misma barra que había visto miles de amaneceres, la misma sobre la que había aprendido a hacer cafés cuando apenas tenía experiencia, la misma donde había llorado cuando pensó que lo perdería todo y la misma donde, sin saberlo, había conocido al hombre que acabaría cambiándole la vida.
Suspiró mirando a su alrededor.
—Bueno... —Su voz sonó mucho más baja de lo que esperaba—, creo que ya está.
Inés dejó el trapo sobre una mesa.
—No me gusta nada este momento.
Marcos asintió mientras apagaba las luces de la cocina.
—A mí tampoco.
Carla salió del almacén con la última caja en las manos.
—Ya no queda nada.
Los cuatro recorrieron el local con la mirada. Las paredes, las fotografías antiguas, el cartel escrito con tiza donde todavía podía leerse el último especial del día, las mesas vacías, las vitrinas… todo parecía despedirse de ellos.
Daniela caminó a lo largo de la barra, pasando su mano sobre ella.
Apoyó la mano sobre la madera y sonrió con nostalgia.
—Gracias.
Inés la miró.
—¿A quién?
—A todos vosotros —comentó, emocionada—, esto no hubiese funcionado igual sin vosotros aquí conmigo.
Marcos soltó una pequeña sonrisa.
—Nos has dado mucho.
—Muchísimo —confirmó Inés—. Nos has dado trabajo, amistad y unos clientes que han acabado siendo familia.
Daniela miró alrededor una última vez.
—A mí me ha dado mucho más de lo que jamás imaginé.
Inés sonrió de soslayo.
—Sí. Ya sabemos quién venía todas las mañanas a desayunar —bromeó.
Daniela le lanzó una mirada de advertencia.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué?
—Empezar ahora.
—Solo digo que…
—Inés —la señaló con la mano, aunque las dos terminaron riéndose, incluso Marcos.
Aquella risa consiguió romper la tensión durante unos segundos.
Después, entre los cuatro, terminaron de revisar que todo estuviera apagado.
Daniela cogió las llaves, se acercó a la puerta y respiró hondo.
—¿Preparados?
Nadie respondió, porque ninguno lo estaba.
Empujó la puerta y salieron a la calle. Muy despacio, comenzó a bajar la persiana.
El sonido metálico resonó por toda la calle más fuerte de lo habitual, como si también supiera que era la última vez.
Cuando la cerradura hizo clic, Daniela permaneció unos segundos con la mano apoyada sobre el candado, sin moverse ni decir nada, hasta que escuchó algo que al principio la sorprendió. A su espalda se escuchaban unos aplausos.
Levantó la cabeza y los vio.
La calle se estaba llenando de vecinos, clientes y personas que habían desayunado allí durante años. Toni, que normalmente pasaba las mañanas en el obrador, también se había acercado y aplaudía entusiasmado a su jefa.
Daniela se quedó unos segundos paralizada, intentando asimilar lo que ocurría.
La señora Carmen fue la primera en acercarse y la abrazó con fuerza.
—Gracias por todos estos años, hija. No sabes lo feliz que has hecho a este barrio.
Daniela sintió que los ojos comenzaban a humedecérsele.
—Gracias a vosotros por venir cada mañana.
Después apareció don Emilio con su bastón.
—¿Quién me va a preparar ahora el cortado a las siete?
Ella sonrió.
—Dentro de muy poco volveré a preparárselo, se lo prometo.
Una madre joven se acercó con su hijo de la mano.
—Mi pequeño dio aquí sus primeros pasos mientras yo desayunaba. —Le sonrió con ternura—. Siempre nos acordaremos de este sitio.
Otra vecina la abrazó.
—Gracias por convertir este local en un hogar.
Daniela ya no pudo contener las lágrimas, pero seguía sonriendo. Aquellas lágrimas no eran de tristeza, sino de gratitud.
Los miró a todos con infinita ternura y una sonrisa emocionada.
—Cuando abrí La Santa Massa solo soñaba con tener una cafetería.
Nunca imaginé que acabaría formando parte de la vida de tantas personas.
—Miró uno por uno a los vecinos, hasta que vio a Toni entre la multitud y lo saludó efusivamente.
Él también era una parte muy importante de La Santa Massa, nada menos que el panadero—.
Aquí ha habido primeras citas, reencuentros, celebraciones, conversaciones importantes y también días malos en los que alguien siempre encontraba un café caliente y una sonrisa.
—Se llevó una mano al pecho—. Gracias por haber convertido este pequeño local en algo muchísimo más grande que cuatro paredes.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Hoy cerramos esta persiana, pero no cerramos una historia, solo cambiamos de dirección.
Dentro de muy poco volveremos con la misma barra, el mismo olor a café recién hecho y las mismas ganas de recibiros cada mañana.
—Sonrió, emocionada—. La Santa Massa no es este local. La Santa Massa sois todos vosotros.
Durante unos segundos nadie dijo nada y, entonces, volvieron los aplausos, mucho más fuertes.
Algunas personas tenían los ojos brillantes, incluso Marcos se secó discretamente una lágrima. Inés, en cambio, ya lloraba sin ningún disimulo.
—Qué llorona eres —bromeó Daniela, mirando a su amiga.
—Cállate…
Las dos terminaron abrazándose y después llegó el turno de Marcos y Toni.
—Nos vemos muy pronto, jefa —dijo Marcos, emocionado.
—Eso, a seguir amasando y haciendo cruasanes, pero en otro lado —bromeó Toni.
Daniela sonrió.
—Nos vemos en la nueva Santa Massa, chicos.
Los dos asintieron.
—Allí estaremos —sonrió Marcos, abrazándola.
Carla fue la última en abrazarla con fuerza.
—Esto va a salir muy bien.
—Lo sé.
—Y si no…
—Nos inventamos algo —comentó Daniela con una sonrisa.
Las dos rieron mientras, poco a poco, los vecinos comenzaron a marcharse. También Marcos, después Toni, Carla y, finalmente, Inés.
Antes de irse, Inés se giró.
—Y dile a tu novio millonario que a la inauguración invita él.
Daniela negó entre risas.
—Buenas noches, Inés.
—Buenas noches.
La calle fue quedándose en silencio.
Daniela permaneció unos segundos frente a la persiana cerrada, mirándola, recordando el primer día que levantó aquella misma persiana, los nervios, el miedo, la ilusión… y, finalmente, sonrió.
Comenzó a caminar lentamente hacia la parada del autobús.
El aire era agradable y la ciudad seguía con su rutina, como si nada hubiera cambiado.
Al doblar la esquina, distinguió una figura apoyada junto a la marquesina, con su traje azul marino y las manos en los bolsillos.
Adrián.
Al verla, sonrió y caminó hacia ella.
No dijo nada, simplemente la rodeó con los brazos y Daniela escondió el rostro en su pecho mientras respiraba hondo.
Él depositó un beso en su frente y luego otro en sus labios, suave, lento y lleno de calma.
—¿Cómo estás?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Triste… pero feliz.
Él asintió.
—Es normal.
Daniela levantó la cabeza.
—Ha sido más difícil de lo que imaginaba.
—Lo imagino.
Le acarició una mejilla con el pulgar.
—Pero quiero que recuerdes una cosa. —Ella lo miró—. No vas a pasar por esto sola. Estoy contigo en cada decisión, en cada problema y en cada ladrillo que coloquen. Y el día que abras la nueva Santa Massa, estaré a tu lado asegurándome de que todo salga exactamente como siempre soñaste.
Daniela sintió que el nudo que llevaba horas en el pecho desaparecía poco a poco.
—Gracias.
—No me las des.
La tomó de la mano y, antes de echar a andar, ambos se giraron una última vez.
Desde allí todavía podía verse la persiana cerrada de La Santa Massa.
Los dos permanecieron unos instantes contemplándola, recordando el primer café, las bromas de Inés, los vecinos, el famoso cartel de “¡Que le den a Vanguard!” , los desayunos interminables y aquel hombre de traje que un día cruzó la puerta fingiendo ser un cliente cualquiera.
Daniela entrelazó los dedos con los de Adrián y sonrió.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Creo que aquí empezó todo —comentó ella con una sonrisa.
Adrián la miró con ternura.
—No.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿No?
Él negó despacio.
—Aquí empezó nuestra historia, pero lo mejor... —Apretó suavemente su mano—, todavía está por escribirse.
Juntos se alejaron calle abajo, dejando atrás la persiana cerrada de La Santa Massa, no como quien abandona un hogar, sino como quien se despide de una etapa sabiendo que el siguiente capítulo será todavía más bonito.