23 #2
Daniela seguía completamente absorta.
—No me lo puedo creer…
Adrián la observaba en silencio, disfrutando de cada una de sus reacciones. Aquella era exactamente la expresión que había esperado ver.
El arquitecto volvió al plano.
—Aquí tendremos un almacén independiente, lo que evitará ocupar espacio en la cocina. También instalaremos cámaras frigoríficas de mayor capacidad y una zona específica para los pedidos online.
Daniela frunció el ceño.
—¿Pedidos online ? —preguntó, extrañada.
—Sí.
Adrián intervino.
—Cada vez funcionan mejor. Podrás ofrecer recogida y reparto sin interferir en el servicio de la cafetería.
Ella lo miró, sorprendida.
—También has pensado en eso.
Él sonrió.
—He pensado en todo lo que se me ha ocurrido… y en lo que no, también.
Daniela negó con la cabeza.
—Estás loco —sonrió ella.
—Un poco.
Ignacio soltó una pequeña risa.
—Eso mismo llevo diciéndole meses. —El arquitecto suspiró y volvió a mirarla—. Cuando terminamos el primer diseño, el CEO volvió al despacho dos días después diciendo que no estaba conforme —señaló a Adrián, el cual chasqueó la lengua.
Daniela miró a Adrián.
—¿Por qué?
El arquitecto respondió antes que él.
—Porque decía que parecía una franquicia y que no transmitía el alma de La Santa Massa, así que volvimos a empezar.
Daniela giró lentamente la cabeza hacia Adrián.
Él parecía bastante incómodo.
—No hacía falta contarlo —regañó al arquitecto.
—Claro que hacía falta. —Ignacio pasó otro plano y miró a Daniela con una sonrisa traviesa—.
Hemos rehecho el proyecto tres veces, la última porque insistió en conservar la barra original y modificar toda la distribución interior para integrarla.
Eso nos obligó a recalcular instalaciones, estructura y accesibilidad.
Daniela permaneció completamente callada.
No sabía qué decir. En ese momento empezaba a comprender la magnitud de todo aquello.
Adrián había movido a un equipo entero de arquitectos solo para que ella sintiera que seguía entrando en su cafetería.
Notó cómo él se acercaba discretamente.
—¿Qué te parece?
Ella tardó unos segundos en responder.
Volvió a mirar las imágenes, la maqueta, los planos… y consiguió imaginar a los clientes desayunando allí, a los niños corriendo por la plaza, a los vecinos entrando cada mañana.
Seguía siendo La Santa Massa. Simplemente había crecido.
Levantó lentamente la vista hacia Adrián, con los ojos comenzando a humedecerse.
—Creo… —sonrió, emocionada—, creo que has conseguido lo imposible.
Él arqueó una ceja.
—¿Sí?
Daniela asintió.
—Has hecho que deje de sentir que voy a perder mi cafetería. —Hizo una pequeña pausa y sonrió de una forma que iluminó toda la sala—. Ahora siento que simplemente va a hacerse mayor.
Ignacio continuó pasando planos sobre la mesa.
—Hay un par de detalles más que creo que le gustarán. —Daniela volvió a acercarse y el arquitecto señaló la fachada principal—. La piedra original de la entrada se desmontará cuidadosamente. No estaba prevista su conservación, pero el señor Valcárcel insistió en que intentáramos reutilizarla.
Ella miró a Adrián y él se limitó a encogerse de hombros.
—Me parecía bonita.
Ignacio sonrió.
—Lo cierto es que nos hizo cambiar bastante el proyecto.
—¿Mucho? —preguntó Daniela.
—Bastante. Hubo que rediseñar parte del acceso para integrarla sin incumplir la normativa de accesibilidad.
—Después señaló otra zona—. También hemos previsto una cristalera completamente abatible hacia la plaza.
En primavera y verano prácticamente desaparecerá la separación entre el interior y la terraza.
Daniela sonrió.
—Siempre soñé con una terraza así…
—Pues ahora la tendrá.
—Y aquí —continuó Adrián—, hemos reservado una pequeña zona para que, si en un futuro quieres ampliar la producción de bollería artesanal o incorporar cursos de repostería, tengas espacio suficiente.
Daniela levantó las cejas.
—¿Cursos?
—Es una posibilidad. Creemos que La Santa Massa tiene una marca muy consolidada en el barrio. Sería interesante potenciar esa identidad.
Ella se quedó pensativa. Nunca se había planteado algo así.
—No está mal la idea…
—Y tampoco descartaría vender producto propio —añadió Adrián—. Mermeladas, café, cajas de galletas… hay muchas posibilidades.
Daniela lo miró, perpleja.
—¿También has pensado en eso?
Él sonrió.
—Llevo bastante tiempo pensando en tu cafetería.
Ella negó con la cabeza.
—Eso empieza a dar un poco de miedo.
Ignacio soltó una carcajada.
—Créame, señorita Costa, nosotros llevamos meses escuchándolo hablar de usted.
Adrián carraspeó.
—Ignacio…
—Ya termino —dijo el arquitecto rápidamente.
El arquitecto recogió los planos.
—Por mi parte está todo. Si en algún momento desea cambiar cualquier detalle del proyecto, estaremos encantados de estudiarlo. Al fin y al cabo, quien va a trabajar aquí todos los días será usted.
Daniela le estrechó la mano.
—Muchas gracias.
—Ha sido un placer.
Cuando salieron de la sala, Adrián la condujo hasta otra sala de reuniones, bastante más pequeña.
Al entrar, los esperaban dos abogados y una administrativa.
Sobre la mesa descansaban varios documentos perfectamente ordenados.
Uno de los abogados se puso en pie.
—Buenos días, señorita Costa. Hemos incorporado todas las condiciones que solicitó.
—Le acercó una copia—. Se mantiene el nombre comercial de La Santa Massa, la explotación seguirá siendo exclusivamente suya, el contrato de arrendamiento recoge las mismas condiciones que para cualquier otro operador comercial y se incluyen las bonificaciones acordadas durante el periodo inicial de actividad.
Daniela comenzó a leer despacio, pasando cada página con calma.
Esta vez entendía exactamente lo que estaba firmando.
No tenía miedo, solo responsabilidad.
Cuando terminó, levantó la vista hacia Adrián. Él permanecía sentado frente a ella sin decir nada, solo esperando, como si quisiera que aquella decisión siguiera siendo únicamente suya.
Daniela tomó la pluma, respiró hondo y firmó los tres documentos.
Después los abogados hicieron lo mismo.
La administrativa recogió los contratos y, finalmente, abrió una carpeta negra sacando un cheque bancario.
Lo deslizó lentamente sobre la mesa hasta ella.
—Tal y como figura en el acuerdo, esta es la indemnización por la resolución anticipada del contrato de arrendamiento.
Daniela bajó la vista.
Ciento veinte mil euros.
Aquella cifra seguía pareciéndole irreal.
Notó un nudo en la garganta. Aquello significaba que una etapa de su vida acababa oficialmente.
Sintió cómo los ojos comenzaban a humedecérsele y parpadeó rápidamente, intentando disimular.
Adrián se dio cuenta y, muy despacio, sin que nadie pareciera percibirlo, buscó su mano debajo de la mesa y entrelazó los dedos con los suyos durante unos segundos. Un gesto pequeño, discreto, pero suficiente.
Ella levantó la vista y él sonrió con una tranquilidad contagiosa.
—Confía en mí.
La voz fue casi un susurro.
Daniela respiró hondo y asintió.
—Lo hago.
Aquellas dos palabras hicieron sonreír a Adrián mucho más que cualquier firma y mucho más que cualquier contrato.
Los abogados comenzaron a recoger toda la documentación mientras les daban la enhorabuena.
Unos minutos después, abandonaban las oficinas de Vanguard.
Cuando las puertas del edificio se cerraron tras ellos, ambos permanecieron unos instantes en la acera.
El aire era agradable y el cielo estaba completamente despejado.
Daniela llevaba el sobre con la documentación y el cheque sujeto contra el pecho.
Todavía le costaba creer que todo hubiera terminado o, dicho de otro modo, que todo acabara de empezar.
Se giró hacia Adrián e inspiró hondo.
—¿Me llevas a casa? —Él la observó unos segundos y negó despacio. Ella frunció el ceño—. ¿No?
—No.
—¿Y eso?
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
—Prefiero llevarte a la mía.
Daniela sonrió y, antes de que pudiera añadir nada más, Adrián dio un paso hacia ella, le apartó con delicadeza un mechón rubio que el viento había llevado hasta su rostro y la besó.
Fue un beso tranquilo, lento y sin prisa, como si ya no hubiera nada que demostrar, solo disfrutar del momento.
Cuando se separó unos centímetros, apoyó la frente en la de ella.
—Te quiero.
Daniela sonrió.
Aquellas palabras ya no le daban miedo. Al contrario, le transmitían una paz que nunca antes había sentido.
Le acarició la mejilla con ternura.
—Yo también te quiero.
Él la rodeó con los brazos y ella se abrazó a su cintura.
Permanecieron así unos instantes, en mitad de la acera, mientras la gente caminaba a su alrededor sin prestarles demasiada atención.
Por primera vez desde que se conocieron, no había contratos pendientes, ni mentiras, ni discusiones… solo dos personas abrazadas y un futuro que, por fin, empezaba a parecerse mucho al que ambos habían imaginado.