23
Daniela permanecía sentada sobre la cama, con las piernas recogidas y la espalda apoyada en el cabecero tapizado.
Las persianas continuaban medio bajadas, dejando entrar únicamente una tenue luz dorada del atardecer que envolvía la habitación en una calma casi irreal.
Hacía apenas unos minutos que habían dejado de hablar y, sin embargo, el silencio no resultaba incómodo.
Adrián estaba sentado a su lado, observándola con la misma paciencia con la que llevaba semanas mirándola, sin presionarla, como si comprendiera que había decisiones que solo podía tomar ella.
Daniela jugueteó con sus dedos unos instantes y suspiró.
Finalmente, levantó la vista hacia él.
—He estado pensando. —Adrián no respondió, simplemente esperó. Sabía que aquella frase era importante—. Mucho.
Él sonrió ligeramente.
—Lo imaginaba.
—No te rías —lo señaló con el dedo.
—No me estoy riendo —contestó, elevando las manos hacia delante como si quisiese evitar un enfrentamiento.
Daniela respiró hondo.
—Cuando descubrí quién eras… pensé que todo había sido una estrategia.
Adrián bajó la mirada.
—Lo imagino, pero no lo es.
—Pensé que me habías enamorado para convencerme de dejar el local —susurró ella.
Aquellas palabras todavía dolían un poco.
Él tardó unos segundos en responder.
—Y entiendo perfectamente que lo pensaras.
Daniela lo observó. Le sorprendió que no había rastro de enfado en su voz, solo arrepentimiento y comprensión sincera.
—Pero ya no lo creo. —Aquella confesión hizo que Adrián levantara la cabeza de inmediato—.
No porque me lo hayas dicho, sino porque me lo has demostrado con el proyecto.
Te has dedicado a buscar soluciones, has hablado con arquitectos y abogados para intentar conservar la esencia de la cafetería…
—Adrián permanecía completamente callado, sin querer romper aquel momento—, y…
—Daniela volvió a suspirar—, creo que debo aceptar la oferta.
—Él no sonrió ni celebró nada, solo la escuchó—.
No porque seas tú —admitió—, sino porque es lo más inteligente.
Dentro de cuatro años y poco perderé igualmente el local.
Si digo que no, me quedaré sin cafetería, sin indemnización y sin la oportunidad de empezar otra vez con una ventaja enorme.
—Se quedó unos segundos mirando el suelo—. Y sería una estupidez.
Adrián asintió despacio.
—Estoy de acuerdo.
Ella soltó una pequeña risa.
—Es la primera vez que no discutimos —bromeó ella, pero enseguida volvió a ponerse seria—. Aunque tengo condiciones.
Aquello sí hizo sonreír a Adrián.
—Lo esperaba.
—La cafetería seguirá llamándose La Santa Massa —lo señaló con el dedo.
—Por supuesto.
—No quiero cambiar el nombre.
—Ni se me ocurriría proponértelo.
—Quiero conservar la barra tal y como me dijiste, el rótulo, los azulejos, las fotografías… todo lo que podamos salvar.
—Ya está previsto.
Ella asintió.
—Y quiero gestionar la cafetería como hasta ahora, sin que nadie venga a decirme cómo tengo que hacer un cruasán.
—Jamás me atrevería.
—Ni un café —añadió rápidamente.
—Muchísimo menos.
Daniela lo escudriñó.
—Y ahora viene la condición más importante. —Adrián entrelazó las manos sobre sus piernas, esperando—. Quiero que todo quede firmado exactamente igual que con cualquier otro comerciante. Nada de contratos especiales, nada de cláusulas por ser… bueno… —Hizo un gesto señalándolos a ambos—, nosotros.
Él asintió sin dudarlo.
—Así será.
—Y si algún día... —La frase quedó suspendida, le costaba pronunciarla—, si algún día lo nuestro no funciona…
—Adrián frunció ligeramente el ceño—, la cafetería seguirá siendo mía.
Quiero estar segura de que una cosa no dependerá de la otra.
Que nunca pueda pensar que estoy allí porque soy tu pareja, ni que tú puedas pensar que sigo contigo por el local.
Durante unos segundos reinó el silencio.
Adrián la observó con una mezcla de admiración y ternura.
—¿Sabes una cosa?
Daniela negó con la cabeza.
—Cada vez entiendo mejor por qué me he enamorado de ti. —Ella sonrió, pero bajó la mirada mientras él tomaba una de sus manos entre las suyas con suavidad—. Acepto todas las condiciones sin excepción.
Daniela levantó la cabeza.
—¿Sin negociar?
—Sin negociar.
—¿Seguro? —preguntó, ladeando su cuello.
—Daniela… —sonrió—, llevo semanas intentando convencerte. ¿De verdad crees que voy a discutir ahora?
Ella terminó riéndose.
—Tenía que intentarlo.
Permanecieron unos segundos en silencio, mirándose.
—Yo también tengo una condición —comentó Adrián.
Ella arqueó una ceja.
—Ah, ¿sí? ¿Cuál?
Él acercó un poco más su mano a la de ella.
—Que cuando inauguremos la nueva Santa Massa… me dejes ser el primer cliente.
Daniela soltó una carcajada.
—Eso está hecho.
—Y pediré el mismo desayuno.
—Déjame adivinar… un café y un cruasán.
Adrián negó lentamente con la cabeza.
—No.
Daniela lo miró, sorprendida.
—¿No?
Él sonrió de esa manera tan suya, la que conseguía desarmarla una y otra vez.
—Un café… y el primer cruasán que hagas ese día en la nueva cafetería.
Ella le sonrió y se acercó despacio hasta rodearle el cuello con los brazos.
—Creo que ya no tengo tanto miedo —admitió ella en un susurro.
Adrián cerró los ojos y sonrió.
—Nunca deberías haberlo tenido.
Ella asintió lentamente y sintió que, desde que había recibido aquel maldito burofax y, por primera vez, había pensado que perdería La Santa Massa, el futuro había dejado de darle miedo.
Ahora comprendía algo muy importante: no era el local lo que había convertido aquella cafetería en un hogar, era ella… y eso podría llevárselo a cualquier sitio.
Dos días después, Daniela volvió a entrar en las oficinas de Vanguard.
La sensación era completamente distinta.
La primera vez que había atravesado aquellas puertas, lo había hecho convencida de que iba a luchar por salvar su cafetería. Aquella mañana caminaba junto a Adrián, que llevaba una carpeta bajo el brazo mientras saludaba con naturalidad a todo el mundo.
—Buenos días, señor Valcárcel.
—Buenos días, Marta —respondió él.
—Quieren adelantar la reunión con Singapur.
—Perfecto, luego la reprogramamos.
Daniela levantó una ceja.
—¿Vas cambiando reuniones sobre la marcha?
Adrián sonrió.
—Alguna ventaja tenía que tener ser el jefe.
—Empiezo a entender por qué siempre tienes tiempo para perseguirme.
Él la miró, divertido.
—No te perseguía.
—Ah, ¿no?
—Necesitaba desayunar —se excusó él.
Ella negó con la cabeza mientras ambos entraban en el ascensor.
—Todavía no entiendo cómo consigues que todo el mundo haga exactamente lo que dices.
—Porque soy muy simpático.
Daniela soltó una carcajada.
Las puertas se abrieron en la planta diecisiete, la misma donde días atrás había descubierto toda la verdad. Aquella vez, sin embargo, la administrativa le dedicó una cálida sonrisa.
—Buenos días, señorita Costa.
—Buenos días.
—El arquitecto ya los está esperando.
Adrián le hizo un gesto para que lo siguiera.
Recorrieron el largo pasillo hasta una sala distinta a la de las negociaciones.
La sala era mucho más luminosa. En el centro había una enorme maqueta del nuevo complejo.
Daniela se quedó completamente inmóvil.
—Madre mía…
La maqueta era impresionante, con una réplica de las calles peatonales, jardines, terrazas, pequeñas plazas, árboles, fuentes, locales comerciales perfectamente integrados con las viviendas… parecía una pequeña ciudad.
Un hombre de unos cincuenta años, con gafas redondas y varios planos bajo el brazo, se acercó sonriendo.
—Buenos días. Soy Ignacio Ferrer, arquitecto responsable del proyecto —se presentó tendiéndole la mano para saludarla.
Ella le estrechó la mano.
—Encantada.
—Llevaba tiempo queriendo conocer a la famosa propietaria de La Santa Massa.
Daniela sonrió con timidez.
—Espero que no le hayan hablado demasiado mal de mí.
Ignacio miró a Adrián.
—Todo lo contrario. El CEO no ha hablado de otra cosa durante semanas.
Adrián carraspeó.
—Ignacio…
—¿Qué?
—Continúa con la reunión.
El arquitecto sonrió con disimulo.
—Como decía... —Desplegó un enorme plano sobre la mesa—, esta es la nueva distribución comercial. —Daniela se inclinó sobre él. Ignacio señaló una esquina muy visible de la plaza principal—. Este será vuestro local.
—¿Tan cerca de la entrada?
—Precisamente por eso.
Adrián intervino.
—Era importante que tuvieras mucha visibilidad.
Ignacio continuó.
—Aquí confluyen los dos accesos principales del complejo, además del paso hacia la zona residencial. Nuestros estudios estiman que será el punto con mayor tránsito peatonal de toda la promoción.
Daniela levantó la cabeza.
—¿De verdad?
—Aproximadamente entre tres y cuatro veces más personas de las que pasan actualmente frente a tu cafetería.
Ella abrió ligeramente los ojos.
Aquello era muchísimo.
El arquitecto le mostró entonces varias imágenes realizadas por ordenador.
Daniela reconoció inmediatamente el interior: la barra, las vitrinas, la distribución… pero todo era mucho más amplio y luminoso.
—¿Esto... es la cafetería?
—Exactamente.
Daniela observó la primera imagen.
—La barra…
Ignacio sonrió.
—La original. La desmontaremos pieza por pieza, la restauraremos y volverá a instalarse exactamente aquí —señaló el plano.
—No quería perderla —añadió Adrián.
Ella levantó la vista y él simplemente se encogió de hombros, como si no fuera nada importante, pero sí lo era.
Ignacio pasó a la siguiente imagen.
—Los azulejos hidráulicos de la entrada también podrán recuperarse parcialmente. Nuestra idea es convertirlos en un mural decorativo detrás de la barra, así los clientes seguirán reconociendo la esencia del local antiguo.
Daniela sonrió. Sinceramente, aquello le encantó.
—¿Y el cartel? —preguntó, intentando no aparentar emoción.
—También. Se restaurará y volverá a colocarse sobre la fachada principal. El mismo, con las mismas letras.
Ella fue pasando las imágenes una tras otra.
Había una zona infantil, una terraza mucho más grande, una cocina profesional casi tres veces mayor que la que tenían ahora y un pequeño obrador independiente.
—¿Todo esto es mío?
Ignacio sonrió.
—Si usted quiere.