Con las manos en la masa 22 #3
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Intentaba ir despacio, saborear el momento, pero Daniela respondía a sus movimientos con intensidad y le era prácticamente imposible mantener un ritmo estable y lento.

Incrementó el ritmo mientras la rodeaba con sus brazos y ella se sujetaba con fuerza a él, con los ojos cerrados y la respiración acelerada.

Daniela mantenía los ojos cerrados mientras sus labios volvían a encontrarse con los de Adrián. El mundo parecía haberse reducido a aquel instante: a la calidez de sus brazos rodeándola, a la forma en que él la besaba y a cómo se movía sobre ella, como si no existiera nada más importante.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando él la abrazó con más fuerza y comprendió que llevaba demasiado tiempo deseando aquel momento.

¿En qué instante había dejado de importarle todo lo demás?

No lo sabía. Solo sabía que allí, entre sus brazos, el enfado, la desconfianza y el dolor que había sentido al descubrir quién era parecían desvanecerse poco a poco.

No porque lo hubiera olvidado, sino porque él estaba allí, mirándola con la misma sinceridad con la que le había confesado que la quería y demostrándole, con cada gesto, que estaba dispuesto a luchar por ella.

Y ella ya no podía seguir engañándose.

Estaba completamente enamorada de Adrián. Nunca había sentido nada parecido.

Había imaginado muchas veces cómo sería enamorarse, cómo serían los besos de alguien a quien quisiera de verdad, las caricias, la forma de abrazarse… Pero la realidad superaba cualquier fantasía que hubiera construido en su cabeza durante años.

Cada vez que él rozaba su piel con aquella delicadeza, cada vez que la miraba como si fuera la única persona del mundo, sentía que el corazón se le aceleraba de una forma imposible de controlar.

Sus besos tenían la capacidad de hacer desaparecer todo lo demás, de dejar su mente completamente en blanco, hasta el punto de que solo existían ellos dos.

Era mucho mejor de lo que había imaginado. Muchísimo mejor.

Comprendió entonces que no era solo la intensidad de aquellos besos, sino la persona que había detrás de ellos.

El hombre que la hacía reír cada mañana pidiendo cruasanes con nombres imposibles, el que había recorrido media ciudad para pedirle perdón, el que había estudiado durante días un proyecto para no destruir el trabajo de toda su vida y el que ahora la abrazaba con el mismo cuidado con el que uno sostiene aquello que más teme perder.

Aquello era lo que realmente la había enamorado y, mientras volvía a perderse en sus ojos grises, una certeza se abrió paso entre todos sus pensamientos: ya no quería seguir luchando contra lo que sentía, porque, por mucho que hubiera intentado resistirse, su corazón hacía tiempo que había tomado la decisión por ella.

Y esa decisión tenía nombre y apellido: Adrián Valcárcel.

Adrián incrementó más su ritmo mientras escondía su cabeza en el hombro de ella y besaba su cuello. Daniela siguió su ritmo, abrazándose fuerte a él y apretando con sus dedos el cabello de Adrián.

Su ritmo se hizo cada vez más intenso hasta que soltó un suave rugido y se dejó caer sobre ella. Aun así, procuró no cargarla con todo su peso, sosteniéndose sobre los brazos.

Daniela permanecía con los ojos cerrados y su pecho subía y bajaba acelerado, con una respiración rápida pero estable, igual a la suya.

La observó y, pese a que había penumbra, algunos cabellos rubios se habían enganchado a su rostro y podía apreciar sus mejillas sonrojadas.

Adrián descendió su cabeza hasta apoyar su frente en la de ella. Luego, besó su nariz. Aquel gesto provocó que ella abriese los ojos y lo mirase.

Durante unos segundos se quedaron observando. Adrián la miraba con ternura y luego le sonrió mientras acariciaba su cabello.

Ella le sonrió y acarició su mejilla.

Adrián la miró esta vez con un porte más serio.

—Estoy enamorado de ti… —Ella aguantó la respiración—, desde la primera vez que te vi.

Ella abrió los ojos y, entonces, fue consciente de todas las repercusiones que aquellas palabras tenían.

Las palabras de Adrián seguían resonando en su cabeza.

“Estoy enamorado de ti, desde la primera vez que te vi” .

Aquella confesión tenía un peso mucho mayor del que había imaginado cuando la escuchó. Ya no se trataba únicamente de ellos dos. Había mucho más.

Si aceptaba la propuesta de Adrián, como en realidad sabía que debía hacer, tendría un local mucho más grande, moderno y preparado para crecer.

Él se había preocupado por conservar la barra, el rótulo y parte de la esencia de La Santa Massa…

Incluso había negociado que, durante los primeros meses, no pagara alquiler para que pudiera recuperarse económicamente del traslado.

Además de la indemnización, ciento veinte mil euros. Una cantidad que le permitiría afrontar el cambio sin el miedo constante con el que había vivido desde que recibió aquel burofax.

Y, siendo sincera consigo misma, ¿qué alternativa tenía?

Dentro de poco más de cuatro años, el contrato terminaría. Vanguard no pensaba renovarlo; lo sabía desde el principio. Si rechazaba aquella oferta, perdería la indemnización, perdería el nuevo local y, probablemente, terminaría teniendo que empezar desde cero.

Mientras que, aceptándola, seguía teniendo una cafetería, una incluso mejor: más visible, más grande y con mucha más clientela potencial.

La reforma que Adrián estaba impulsando convertiría toda aquella zona en uno de los principales ejes comerciales del barrio.

Sería absurdo negar que aquello podía beneficiar muchísimo a La Santa Massa.

Entonces, ¿por qué seguía teniendo miedo?

Porque aceptar significaba otra cosa, algo mucho más complicado. Significaba aceptar que el hombre del que estaba enamorada sería, de una forma u otra, la persona que estaría por encima de ella en aquel proyecto.

Y aquello... aquello sí le daba vértigo.

Notó que Adrián llevaba un rato observándola.

—¿En qué piensas?

Daniela salió de golpe de sus pensamientos y lo miró.

—En nada.

Él arqueó una ceja.

—Te conozco. —Adrián sonrió sin dejar de observarla, incluso ladeó ligeramente la cabeza, como si estuviera intentando descifrar exactamente qué estaba pasando por aquella cabecita suya—. Sigues pensando.

Ella sonrió con timidez.

—Un poco.

—¿Quieres contármelo?

Daniela guardó silencio unos segundos y después respiró hondo.

—Tú también me gustas mucho.

Las palabras salieron muy despacio y la sonrisa de Adrián apareció inmediatamente, sincera, de esas que le iluminaban por completo la cara.

Sin embargo, Daniela no sonrió; al contrario, se mordió el labio, y eso hizo que él dejara de sonreír poco a poco.

—¿Eso es un problema?

Ella tragó saliva.

—Puede serlo.

Adrián permaneció unos segundos pensativo hasta que comprendió por dónde iban los tiros.

—¿Por la compra del local?

Daniela movió la cabeza despacio, sin saber muy bien cómo explicarlo.

—Sí... —resopló—, porque serás mi jefe.

Él soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.

—No voy a ser tu jefe.

—Claro que sí.

—No.

—Serás el propietario de todo, incluida mi cafetería.

—Sí, eso sí.

—Entonces serás mi jefe.

Adrián chasqueó la lengua.

—Daniela…

—¿Qué?

—Antes también tenías un propietario.

Ella abrió la boca y volvió a cerrarla.

—¿Qué diferencia hay?

Daniela tardó apenas un segundo en responder.

—Que no me acostaba con ella.

Durante un instante hubo un silencio absoluto y, al siguiente, Adrián estalló en una carcajada.

—Bueno... —Se llevó una mano al pecho intentando recuperar el aliento—, eso habría complicado muchísimo las reuniones de la comunidad.

Daniela terminó riéndose también.

—¿Ves?

—Sí.

—Era un problema —confirmó ella intentando aparentar seriedad, aunque acabó sonriendo.

—Reconozco que ese detalle cambia un poco el escenario —le dio la razón Adrián.

—¿Un poco?

—Bastante.

Ella negó con la cabeza, sonriendo.

—No quiero que la gente piense que tengo privilegios porque estoy contigo. No quiero que nadie crea que La Santa Massa funciona porque salgo con el dueño. Quiero que funcione porque hago bien mi trabajo.

La expresión de Adrián cambió por completo y se volvió mucho más seria.

—¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—Eso es exactamente lo que esperaba que me respondieras —confirmó él.

Daniela frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Porque esa es la mujer de la que estoy enamorado.

No de alguien que busca atajos, sino de alguien que quiere ganarse todo lo que consigue.

—Ambos se miraron en silencio—. Si finalmente aceptas el local, nunca seré tu jefe, Daniela.

Seré el propietario del edificio y tú serás la propietaria de tu cafetería.

Entre esas dos cosas hay una diferencia enorme.

Ella permaneció callada unos segundos, asimilando aquellas palabras. Y, por primera vez, empezó a pensar que quizá, solo quizá, aquello sí podía funcionar.