Con las manos en la masa 22 #2
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Ella terminó riéndose y apoyó la frente contra su hombro durante un instante, simplemente disfrutando del momento, sin pensar en Vanguard o en contratos. Solo en ellos dos. Aquello se sintió bien.

Adrián volvió a inclinarse hacia ella y la besó otra vez, despacio al principio, como si quisiera memorizar aquel momento.

Daniela cerró los ojos, sintiendo cómo el corazón le golpeaba cada vez más fuerte dentro del pecho. Era injusto, completamente injusto. Aquel hombre conseguía ponerla nerviosa con una simple mirada.

Sus manos encontraron los hombros de Adrián y después su nuca, acariciando suavemente el cabello corto que tanto le gustaba.

Él sonrió contra sus labios, y aquello consiguió que Daniela también sonriera, entre beso y beso, entre respiraciones entrecortadas.

Cuando finalmente se separaron unos centímetros, Adrián acarició su mejilla con una ternura que contrastaba por completo con la intensidad con la que la había besado.

Durante unos segundos ninguno dijo nada, simplemente se observaron, como si el resto del mundo hubiera desaparecido.

—Daniela… —La voz de Adrián sonó más baja y seria.

Ella levantó la vista.

—¿Sí?

Él la observó durante unos instantes y después sonrió levemente.

—¿Quieres seguir?

Aquella pregunta hizo que el corazón de Daniela se acelerara todavía más, porque entendía perfectamente lo que estaba sugiriendo. Y, a pesar de todo lo ocurrido entre ellos —los enfados, las mentiras y las discusiones—, él seguía asegurándose de que fuera ella quien decidiera.

Daniela sostuvo su mirada y terminó asintiendo lentamente.

—Sí.

La sonrisa de Adrián fue pequeña, pero sincera. Aquello la desarmó por completo.

Él apoyó la frente contra la suya durante un instante, como si quisiera disfrutar de aquel momento, y la besó.

Daniela comprendió entonces que, por primera vez desde que había descubierto quién era realmente Adrián Valcárcel, ya no estaba pensando en Vanguard.

Solo en lo bien que se sentía allí, entre sus brazos, con él.

Adrián abandonó sus labios y comenzó a descender por su cuello mientras ella suspiraba. Sus labios estaban cálidos y resbalaban húmedos sobre su piel. Situó sus manos en sus caderas y la empujó unos pasos atrás, hasta apoyarla en la pared.

Daniela se apoyó contra la pared mientras rodeaba con sus brazos su cuello y ambos se fundían en un beso apasionado.

Adrián introdujo sus manos por debajo de su camisa, acariciando su suave piel mientras sentía cómo esta se erizaba.

Daniela gimió contra sus labios mientras él llevaba sus manos hacia su pecho, lentamente. Cogió el borde de su camiseta y la subió, pasándola por sus brazos y arrojándola al suelo.

Daniela llevó sus manos hasta el cuello de su camisa y comenzó a desabrochar los botones uno a uno, poco a poco, mientras sus respiraciones se aceleraban y el beso se tornaba más intenso, más profundo.

Daniela iba despacio, demasiado para el gusto de Adrián, que comenzó a desabrochar los botones más bajos de la camisa.

Sentía una necesidad imperiosa de sentir su piel contra la piel de ella.

Arrojó la camisa finalmente al suelo y la abrazo, uniéndola a su pecho.

Daniela gimió por el placer que sentía. Su cuerpo estaba caliente en comparación con el de Adrián.

Pasó una mano delicadamente sobre su abdomen, sintiendo cómo sus músculos se tensaban al contacto de sus dedos.

El deseo de Adrián se iba incrementando a cada segundo que pasaba, e intentaba controlarse, pero le era casi imposible hacerlo.

Llevó sus manos hasta la falda de ella y las introdujo por debajo de ella, acariciando sus piernas.

Daniela colaboraba en cada uno de sus movimientos, acariciándolo y respirando más fuerte, disfrutando de cada uno de sus contactos.

Adrián llevó sus manos hacia la parte de atrás de la falda, bajando la cremallera lentamente, y la dejó caer.

Él no esperó y directamente desabrochó su cinturón, desabrochó el botón y bajó la cremallera de sus pantalones, dejándolos caer.

Acto seguido, se agachó para cogerla por las piernas y levantarla, provocando que ella rodease de nuevo su cintura con sus piernas, sujetándose a su cuello mientras se devoraban el uno al otro, con una necesidad que habían contenido durante semanas.

Ahora nada de lo que había ocurrido entre ellos tenía importancia, solo aquellos besos y la necesidad de profesarse todo lo que habían guardado con caricias y besos.

La sujetó por el trasero sin apartar sus labios de los de ella y directamente giró para dirigirse por el pasillo rumbo a su habitación.

Daniela ni siquiera fue consciente de que se movían, pues estaba totalmente hipnotizada por los labios de Adrián, hasta que sintió que la dejaba lentamente sobre un mullido colchón.

Se separó de sus labios y echó un leve vistazo alrededor. Aquel lugar era distinto de la habitación en la que ella había dormido; era su espacio privado, no la estancia de invitados.

La habitación de Adrián ocupaba prácticamente toda una esquina del ático. Era enorme, mucho más grande que el piso entero de Daniela.

Las paredes estaban pintadas en tonos claros y cálidos, combinados con paneles de madera oscura que aportaban elegancia sin caer en la ostentación.

Frente a la cama, una pared completamente acristalada ofrecía una vista privilegiada sobre los tejados de Barcelona, aunque en aquel momento las persianas motorizadas estaban a medio bajar.

La luz del atardecer se filtraba entre las lamas, suave, dorada y difusa, iluminando la estancia con una calidez tenue, sin llegar a resultar demasiado intensa.

La cama era gigantesca, una auténtica king size , con un cabecero tapizado en cuero gris oscuro que se extendía por toda la pared.

La ropa de cama, blanca e impecable, estaba acompañada de varias almohadas perfectamente dispuestas, como si aquella habitación perteneciera a la suite de un hotel de lujo.

A ambos lados de la cama había mesillas flotantes de líneas minimalistas, acompañadas de elegantes lámparas de diseño suspendidas del techo.

No había fotografías personales ni adornos innecesarios. Todo estaba perfectamente ordenado y cuidado, muy propio de Adrián.

En una de las esquinas había una zona de lectura con dos sillones de cuero color coñac y una estantería repleta de libros sobre arquitectura, economía e historia, junto a algunos clásicos de la literatura.

Frente a ellos, una pequeña mesa baja de mármol completaba el conjunto.

A la izquierda, una puerta corredera de cristal ahumado daba acceso a un vestidor enorme. Junto a ella, otra conducía a un baño privado que, probablemente, era más grande que la cocina de Daniela.

La estancia olía ligeramente a madera, café y al perfume de Adrián, un aroma limpio, elegante, masculino y sorprendentemente acogedor. Era exactamente la habitación que uno imaginaría para un hombre como él: lujosa, amplia y sofisticada, pero, al mismo tiempo, cómoda.

Un lugar diseñado para alguien acostumbrado a tomar decisiones importantes cada día, pero que también necesitaba un refugio donde desconectar del mundo. Aparentemente perfecto por fuera, aunque bastante más cálido de lo que parecía cuando uno se acercaba lo suficiente.

Adrián se arrodilló frente a ella, que permanecía tumbada sobre el colchón, y acabó de quitarle la ropa interior mientras Daniela colaboraba con sus movimientos.

En cuanto terminó, hizo lo mismo con él y arrojó su ropa interior al suelo, sin importarle dónde ni cómo cayera. Después se echó sobre ella. Daniela lo rodeó con los brazos y Adrián la besó de una forma apasionada.

La luz tenue que entraba entre las persianas dibujaba sombras suaves sobre la habitación, envolviéndolos en una tranquilidad que contrastaba con el caos que ambos habían vivido durante las últimas semanas.

Ella acarició su mejilla mientras respondía al beso, y aquello consiguió que algo se aflojara dentro de él.

Llevaba demasiado tiempo deseándolo, demasiado, desde aquella primera mañana en La Santa Massa, desde que la había visto detrás del mostrador, sonriendo a los clientes mientras sostenía una bandeja llena de cafés.

Había intentado convencerse de que era una mala idea, de que complicaría las cosas, que debía mantenerse al margen, pero había sido imposible.

Adrián apoyó la frente contra la suya durante unos segundos y cerró los ojos.

Aquello era exactamente lo que había temido perder. No el proyecto ni las negociaciones, sino a ella.

Solo de pensar que había estado a punto de arruinarlo todo por no decir la verdad a tiempo, sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué pasa? —preguntó ella en voz baja.

Adrián sonrió.

—Nada.

—Mientes.

Él sonrió antes de besarla de nuevo.

—Un poco.

Ella soltó una pequeña risa.

Adrián le apartó un mechón rubio de la cara y la observó durante unos segundos, simplemente memorizándola. Seguía pareciéndole increíblemente hermosa, pero ya no era solo eso. Era su forma de hablar, de discutir, su manera de preocuparse por los demás, la pasión que ponía en cada cosa que hacía.

Todo.

Absolutamente todo.

Por primera vez en mucho tiempo, se permitió reconocer algo que llevaba semanas intentando ocultarse a sí mismo: estaba completamente enamorado de ella.

No era algo temporal o un capricho. Estaba total y absolutamente enamorado de ella.

Se encajó correctamente entre sus piernas y comenzó a entrar en su interior poco a poco, despacio, tomándoselo con calma y disfrutando del momento.

Sintió cómo los brazos de ella se apretaban más a él y un gemido escapaba a través de los labios de ella.

Situó su rostro frente al de ella y se miraron unos segundos. Acarició su cara y comenzó a moverse lentamente, acompasando su respiración.

Ella se sujetó con fuerza a sus hombros mientras Adrián incrementaba el ritmo poco a poco. El placer también aumentaba y Daniela ya no podía controlar los gemidos que, poco a poco, inundaban la habitación.