Con las manos en la masa 22
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El restaurante estaba a apenas diez minutos andando del piso de Adrián y, para desgracia de Daniela, aquel breve paseo había sido suficiente para sentirse incómoda unas cincuenta veces.

Cada vez que levantaba la vista, él la estaba mirando.

No de una forma extraña o intensa, ni siquiera provocadora; simplemente con aquella sonrisa suave que parecía reservar únicamente para ella.

Ahora estaban sentados frente a frente en una mesa junto a una ventana.

La comida acababa de llegar y Daniela fingía estar muy interesada en su ensalada.

—¿Qué pasa? —susurró ella.

Adrián sonrió.

—Nada.

—Me estabas mirando.

—Puede.

Daniela resopló y él sonrió.

—Sigues nerviosa. —Ella se mordió el labio, sin negarlo—. Daniela…

—¿Qué?

—Esta mañana me has preguntado si habíamos hecho algo.

Ella estuvo a punto de atragantarse.

—No sigas por ahí, por favor.

—Lo preguntaste tú.

—No sigas —repitió.

Él se quedó mirándola unos segundos y luego asintió.

—Vale.

Aquello hizo que él volviera a sonreír.

Maldito hombre.

—Háblame de tu trabajo —dijo ella, intentando cambiar de conversación.

Adrián arqueó una ceja.

—¿Mi trabajo?

—Sí.

—Pensaba que lo odiabas.

—Odio algunas partes.

—Eso es justo lo que dice mi consejo de administración.

—Me caen bien —lo señaló.

—No te caerían bien si los conocieras como yo.

Ella sonrió y él dio un sorbo a su vaso de agua.

—Tenemos una promoción residencial en Valencia, un complejo de oficinas en Madrid y estamos terminando una rehabilitación en Bilbao.

—¿Y todo eso lo llevas tú?

—Con ayuda —dijo con sinceridad—. También estamos desarrollando una zona comercial en Zaragoza.

—¿Y allí también te odian? ¿Tienes gente problemática como yo que cuelga pancartas en contra de tu empresa?

Adrián soltó una carcajada.

—Tú no me odias —pronunció, ladeando la cabeza.

—A veces sí.

—Mentira —rio él.

—Un poco —bromeó ella.

—Vuelves a mentir.

—Vale —acabó confesando ella.

Adrián apoyó los brazos sobre la mesa.

—Y no.

—¿No qué?

—No te considero un problema.

Daniela levantó la vista.

—¿No? ¿Y qué me consideras?

Durante un instante él se quedó observándola y la sonrisa desapareció, sustituida por algo mucho más suave y más sincero.

—Hasta ahora te considero una de las mejores partes de mi día. —Daniela dejó de respirar—. Lo digo en serio.

—Adrián…

—La primera persona que quiero ver por la mañana. La última persona en la que pienso cuando me acuesto y la primera en la que pienso cuando me despierto… ¡Ah! Y me encantan tus cafés y tus cruasanes.

Ella tragó saliva y apartó la mirada. Aquello era demasiado.

Entonces sintió algo: la mano de Adrián que cruzaba la mesa lentamente y se posaba sobre la suya con suavidad, como si le estuviera pidiendo permiso.

Daniela miró sus dedos y no apartó la mano.

Adrián sonrió.

—El otro día… —Ella levantó la vista hacia él—, cuando saliste de la reunión… —su voz bajó un poco—, y te besé…

Daniela sintió cómo le ardían las mejillas.

—Adrián…

—Era exactamente lo que sentía… y sigue siéndolo.

—Ella estaba completamente roja y él terminó riéndose—.

Mira qué gracioso, tienes valor para gritarme delante de un consejo de administración, para enviarme el correo más agresivo que he recibido en mi vida y no para escuchar que estoy enamorado de ti.

Daniela se tapó media cara.

—Lo siento por el correo.

—¿Por cuál?

—Por el correo.

—¿El que me llamaba “sanguijuela corporativa”?

—Sí.

—O “depredador inmobiliario”.

—Sí.

—O “enemigo de los cruasanes y que pisase una pieza de lego cada día”.

—Sí.

Adrián soltó una carcajada.

—Lo tengo enmarcado.

Ella chasqueó la lengua.

—No lo tienes enmarcado.

—Todavía no, pero estoy valorándolo.

Ella terminó riéndose y aquello hizo que él la observara con ternura.

—Hablo en serio, Daniela. —La sonrisa desapareció poco a poco—. Si la cafetería es tan importante para ti, buscaremos una solución juntos. No quiero perjudicar a nadie... y muchísimo menos a ti.

Ella tragó saliva y acabó asintiendo con la cabeza.

—Lo sé.

Lo creía de verdad.

Retiró la mano, más por timidez que por otra cosa, y Adrián la observó.

—¿Por qué la apartas?

—Porque sí.

—Esa no es una respuesta.

Él se quedó pensativo unos segundos y empezó a levantarse.

Daniela frunció el ceño.

—¿Qué haces?

—Acercarme.

—¿Para qué?

—Quiero besarte otra vez.

Daniela puso los ojos como platos.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

—Hay gente —dijo, mirando hacia los lados.

Adrián miró alrededor. Sí, ella tenía razón: el restaurante seguía lleno.

—Sí —pronunció y se encogió de hombros, como si aquello no fuera un problema.

Rodeó la mesa y se detuvo junto a ella.

Daniela podía sentir el corazón golpeándole en las costillas.

—Estás loco.

—Probablemente.

Se inclinó despacio hasta quedar muy cerca.

Y entonces preguntó frente a sus labios:

—¿Y qué problema hay con eso? —preguntó contra sus labios.

Daniela abrió la boca, pero no llegó a responder porque él la besó suavemente, sin prisa ni urgencia.

Al principio, apenas rozó sus labios, como si quisiera darle tiempo para apartarse.

Pero Daniela no lo hizo, ni siquiera lo intentó.

Al contrario, fue ella quien terminó acercándose un poco más, quien cerró los ojos y respondió al beso.

Cuando sintió la mano de Adrián sobre su mejilla, algo dentro de ella se derritió por completo. Aquel beso era cálido, dulce y peligrosamente perfecto.

Sin darse cuenta, levantó una mano y terminó acariciándole la mejilla, sintiendo bajo las yemas de los dedos la barba de un par de días, la calidez de su piel y la curva de su mandíbula.

Cuando finalmente se separaron, los dos tardaron unos segundos en volver a respirar.

—Vaya. —La voz de Adrián sonó divertida—. Creo que me gusta más esta versión en la que no me gritas.

Ella parpadeó y acabó enarcando una ceja.

—Puedo volver a hacerlo.

Adrián sonrió y volvió a acariciarle la mejilla con ternura.

—Sé que puedes, eres peor que mi consejo —bromeó antes de regresar tranquilamente a su silla, como si no acabara de provocarle un colapso emocional.

Daniela se quedó observándolo sin saber qué hacer ni qué decir.

Cuando él se sentó y cogió la copa de agua con absoluta normalidad, ella llegó a una conclusión: estaba hiperventilando y el culpable estaba sentado justo enfrente.

Daniela seguía intentando recuperar una respiración más o menos normal, sin demasiado éxito, porque cada vez que levantaba la vista, Adrián seguía sonriendo.

—¿Qué planes tienes para esta tarde?

Daniela frunció el ceño.

—Ninguno —se encogió de hombros.

—Perfecto.

—¿Por qué? —preguntó, con curiosidad.

—Porque quiero secuestrarte.

—¿Perdón?

—Legalmente —la señaló—. Quiero pasar la tarde contigo.

Daniela parpadeó.

—¿Toda la tarde?

—Sí.

—¿Toda?

—Toda.

—¿No tienes trabajo?

Aquello pareció divertirle.

—Tengo muchísimo trabajo, una cantidad obscena de trabajo…

—Entonces…

Adrián se encogió de hombros, como si aquello fuera la cosa más normal del mundo.

—Soy el jefe, puedo delegar, para eso pago a la gente.

Daniela sonrió.

—Qué explotador ha sonado eso.

—No era mi intención —dijo, pinchando con un tenedor la ensalada. Se acomodó en la silla, relajado y tranquilo—. Por una tarde no pasa nada.

Daniela terminó sonriendo y él la observó durante unos segundos con aquella mirada, la mirada que cada vez le costaba más ignorar.

—Quiero estar contigo.

La frase sonó suave y natural.

Ella tragó saliva mientras sentía de nuevo cómo la piel de sus mejillas se enrojecía.

—No puedes decir esas cosas así —susurró.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Excelente argumento, me has convencido —ironizó. Ella resopló y él volvió a sonreír—. Solo quiero pasar la tarde contigo. Pasear, hablar, tomar algo… lo que quieras.

Daniela bajó la vista porque una parte de ella sabía que debería poner distancia, que debería seguir enfadada, que debería mantener la cabeza fría. Pero había otra parte, la problemática, la enamorada, que solo quería decir que sí.

Daniela terminó riendo y entonces él aprovechó. Por supuesto que aprovechó.

—¿Eso es un sí?

—No.

—¿No?

—Estoy pensándolo —reaccionó rápidamente.

—Ajá.

Y, durante unos segundos, se quedó observando a aquel hombre, aquel CEO multimillonario que cancelaba reuniones para perseguirla por cafeterías y que ahora estaba dispuesto a delegar una tarde entera de trabajo simplemente para pasar unas horas con ella.

Finalmente, suspiró.

—Vale.

Los ojos de Adrián brillaron inmediatamente.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Toda la tarde?

—No abuses de tu suerte.

—Demasiado tarde —rio él.

Daniela se llevó una mano a la frente mientras él sonreía como si acabara de ganar la negociación más importante de su vida y, probablemente, así era.

Cuando llegaron al edificio de Adrián, el sol ya comenzaba a esconderse entre los tejados de Barcelona. La tarde había pasado demasiado rápido, mucho más de lo que Daniela estaba dispuesta a admitir.

Habían paseado, hablado, discutido un poco, reído bastante y, contra todo pronóstico, Daniela se había sentido muy cómoda a su lado.

Subieron hasta el piso y, cuando atravesaron la puerta, Daniela dejó el bolso sobre una silla y suspiró.

—Bueno…

Adrián la observó.

—¿Bueno?

—Creo que ya va siendo hora de que me vaya. —Él no respondió de inmediato, simplemente se quedó mirándola con aquella expresión tranquila que cada vez le resultaba más peligrosa—. ¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

Daniela intentó no sonreír, pero fracasó y aquello pareció animarlo.

Dio unos pasos hacia ella, hasta detenerse muy cerca.

—Adrián…

—¿Sí?

—Esa cara me preocupa.

—¿Qué cara?

—La tuya.

Él sonrió y, antes de que Daniela pudiera añadir nada más, se inclinó ligeramente, besándola despacio.

Cuando sus labios volvieron a encontrarse, sintió cómo el corazón comenzaba a acelerársele otra vez.

Aquello era cada vez más injusto, porque besar a Adrián se estaba convirtiendo en una costumbre peligrosamente agradable.

Cuando se separaron unos centímetros, ambos tardaron unos segundos en recuperar la respiración. Ella lo observó. Él la miraba con un deseo que había escondido hasta ese momento.

—Sigues teniendo esa cara.

—Quizá porque acabo de besarte.