Con las manos en la masa 21
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Lo primero que notó fue el colchón demasiado cómodo. Aquello ya era sospechoso.

Daniela abrió los ojos lentamente, parpadeó y se quedó inmóvil.

Aquella habitación no era la suya. Su dormitorio tenía una cómoda blanca, aquella no lo era. Ella tenía una lámpara barata de una tienda sueca, aquella parecía costar más que su coche inexistente y, sobre todo, su dormitorio no parecía una suite de hotel de cinco estrellas.

—¿Qué demonios…? —Se incorporó rápidamente y se arrepintió al instante—. Ayyy.

La cabeza le dio un pequeño latigazo. Nada grave, pero suficiente para recordarle que el vino había hecho mella en ella.

Miró a su alrededor.

La habitación era enorme, con las paredes claras, muebles modernos y una cama gigantesca, además de un gran ventanal por el que entraba la luz de la mañana.

Todo estaba perfectamente ordenado.

Miró el reloj de la mesita, que marcaba las diez menos cinco.

—Madre mía… —susurró.

Entonces escuchó algo, unos pasos al otro lado de la puerta.

Daniela se quedó inmóvil. De repente recordó algo importante: no tenía ni idea de dónde estaba.

—Vale —susurró, incorporándose—. Perfecto, fantástico, nada preocupante… solo me he despertado en una casa desconocida.

Se levantó y comprobó rápidamente que seguía vestida, lo cual fue un alivio considerable.

Caminó hacia la puerta y la abrió. Había un pasillo enorme, elegante y minimalista, con cuadros modernos y suelo de madera oscura. Al fondo había un salón gigantesco.

Daniela abrió mucho los ojos, aquello parecía sacado de una revista.

Grandes ventanales, un sofá enorme, una mesa de comedor para diez personas, una cocina abierta espectacular y, frente a uno de los ventanales, Adrián, sentado delante del portátil, trabajando, por supuesto.

Aparentemente aquel hombre trabajaba incluso mientras respiraba.

Levantó la vista y sonrió inmediatamente.

—Buenos días.

Daniela se quedó paralizada.

—¿Adrián?

—Sí, en persona.

Ella miró de un lado a otro, sin comprender nada aún.

—¿Qué hago aquí?

—Buenos días para ti también.

—¿Qué hago aquí? —repitió.

Adrián cerró el portátil, todavía sonriendo.

—Estás en mi piso.

—Eso ya lo he deducido —respondió, nerviosa.

—Bien.

—¿Por qué estoy en tu piso?

Él se levantó y caminó hacia la cocina.

—¿No recuerdas nada?

Daniela intentó pensar y encontró exactamente tres recuerdos: vino, Carla e Inés y una canción.

—No —gimió.

Él asintió lentamente.

—Eso explica muchas cosas.

—Adrián —lo cortó.

—¿Sí?

—¿Por qué estoy en tu piso?

Él cogió una cafetera y se sirvió café en una taza.

—Porque Inés me llamó.

Ella resopló.

—La voy a despedir.

—Eso ya lo dijiste anoche —bromeó.

—Lo decía en serio.

—También lo dijiste anoche —rio.

Daniela cerró los ojos.

—Madre mía —susurró.

—Te habías tomado unas cuantas copas.

—¿Cuántas?

—Las suficientes para cantar en mi coche —concluyó, divertido.

Ella cerró los ojos.

Por Dios, tierra trágame.

—No —susurró para sí misma.

—Sí —comentó él.

—Qué vergüenza.

—Fue bastante divertido.

—Dios mío…

Adrián también le sirvió un café.

—Fui a buscarte al piso de Inés y te quedaste dormida en el coche.

Daniela se cruzó de brazos.

—Perfecto.

—Completamente dormida. No reaccionabas, así que tuve que improvisar.

—¿Improvisar?

—Sí.

—¿Y tu improvisación fue secuestrarme?

—Técnicamente te rescaté —comentó él con una sonrisa.

—Ajá.

—Además, estabas roncando.

Daniela lo miró, sorprendida.

—Yo no ronco.

—Un poco sí.

Ella apretó los labios, avergonzada. Adrián se rio y le tendió la taza de café.

—Toma.

Daniela aceptó el café sin dejar de mirar el piso, intentando procesarlo todo.

—Es muy bonito —dijo, mirando de un lado a otro.

—Gracias.

—Y muy grande.

—Sí.

—Demasiado grande. —Él la miró de reojo—. ¿Vives aquí tú solo?

—Sí.

—Madre mía.

Adrián volvió a sentarse frente al portátil y ella continuó observando el salón, todavía desubicada, todavía sospechando. Algo no encajaba. Entonces se dio cuenta: Adrián no dejaba de sonreír.

Daniela entornó los ojos.

—¿Qué pasa?

—¿Qué va a pasar?

—Esa sonrisa —lo señaló.

—¿Qué sonrisa?

—Esa.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes.

Adrián bajó la vista hacia el ordenador intentando disimular, lo cual lo hacía todavía más sospechoso.

—¿Hice algo anoche?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Dije algo?

—No especialmente.

—¿Especialmente?

—Nada grave.

Aquello no tranquilizó a Daniela ni un poco.

—¿Qué dije?

—Nada.

—Te conozco.

—Eso es discutible.

—¿Qué dije? —insistió. Él sonrió otra vez. Mal asunto—. ¿Qué pasa?

—Nada. —Finalmente, él suspiró y la observó con expresión seria o, al menos, intentó parecer serio—. ¿No recuerdas nada?

—No.

—¿Nada de nada? —insistió.

—Nada.

—Vaya —pestañeó diversas veces.

—¿Qué?

Él se acomodó en la silla.

—Fue maravilloso.

Daniela parpadeó.

—¿Qué?

—Una noche preciosa.

Ella abrió los ojos de par en par.

—¿Qué?

—Muy romántica.

—Ay, ay, ay… —dijo, llevándose la mano a la frente y cerrando los ojos.

—Mágica.

—No puede ser.

—Inolvidable.

Daniela casi dejó caer la taza.

—¿Qué hicimos? —le gritó.

—Muchas cosas.

—¿Qué cosas? —extendió los brazos hacia los lados.

—Daniela...

—¡Adrián!

Él ya estaba luchando por no reírse.

—Me dijiste cosas preciosas.

—¿Quééé?

—Que era muy guapo.

—Eso es mentira.

—No lo es. También hablaste de mis brazos.

Ella resopló.

—Madre de Dios…

—Y de mis trajes.

Daniela se tapó la cara.

—Quiero morir.

—Y luego me declaraste tu amor.

Ella se puso tiesa como un palo.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Qué?

—Nada.

—¡¿Qué?! —acabó gritando.

Y entonces Adrián ya no pudo más. Estalló en carcajadas y Daniela lo miró, completamente asombrada.

—Te estoy tomando el pelo. —Daniela se quedó inmóvil—. No pasó nada.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Seguro?

—Segurísimo.

Ella soltó todo el aire que tenía dentro.

—Te odio —le gruñó.

—Lo imagino. —Adrián terminó de reír y entonces señaló el pasillo—. Cuando llegamos estabas tan dormida que tuve que cargarte al hombro.

Daniela abrió los ojos.

—¿Cómo?

—Como un saco de patatas —explicó, encogiéndose de hombros—. Pesas muy poco.

—¡Adrián!

—Subí contigo hasta aquí y cuando te dejé en la cama… —Sonrió otra vez—, roncabas que daba gusto.

—¡Que no ronco!

—Siento contradecirte, pero sí, roncas —rio él—. Estabas muy tierna.

Daniela se quedó callada y, para su desgracia, notó cómo se le calentaban las mejillas, lo cual era bastante injusto porque seguía enfadada con él. Al menos, en teoría.

—¿Quieres comer algo?

Daniela levantó la vista de la taza que seguía sujetando con ambas manos, como si el café fuese una especie de escudo emocional.

—No, gracias.

—¿Seguro? —Ella asintió—. Hay cruasanes.

Daniela sonrió divertida y volvió a negar.

—Cruasanes no, gracias —bromeó.

Adrián sonrió y ella bajó la vista inmediatamente. Seguía sintiéndose extraña. Despertarse en casa de un hombre ya era raro, pero hacerlo en la del hombre del que estaba enamorada, después de una noche de borrachera, era todavía peor.

—¿Me puedes llevar a casa? —dijo casi sin pensar.

Adrián miró el reloj y después negó.

—Lo siento, ahora no puedo. —Él señaló el portátil—. Tengo una reunión dentro de diez minutos.

Daniela siguió la dirección de su dedo.

—Ah.

—Los lunes tú descansas, yo no —sonrió—. Y, si no me conecto, alguien intentará incendiar una oficina.

—¿Tanto?

—Probablemente.

—Vale —aceptó.

—Lo siento.

—No pasa nada.

Ella se encogió de hombros y dio otro sorbo al café. Durante unos segundos ninguno dijo nada, hasta que Adrián volvió a hablar.

—Aunque… —Daniela levantó la vista—, podríamos comer juntos después de la reunión.

—Ah.

—Te invito.

Ella miró inmediatamente la taza.

—No hace falta.

—Ya, pero quiero hacerlo.

Ella se removió incómoda. Aquella situación era bochornosa.

—Tengo que volver a casa —susurró, avergonzada.

—Después de comer —comentó él, como si fuese la única opción.

—Tengo que cambiarme.

—Después.

—Tengo que…

—Después.

Daniela negó con la cabeza.

—Eres desesperante.

Él sonrió y aquella vez ella no consiguió evitar devolverle la sonrisa.

—Una comida, solo una… prometo comportarme —bromeó.

Daniela suspiró y finalmente asintió.

—Vale.

La sonrisa de Adrián apareció inmediatamente.

—Perfecto —comentó mientras tecleaba en el ordenador.

Ella miró alrededor.

—¿Puedo… puedo darme una ducha?

—El baño está al fondo del pasillo —señaló ya sin mirarla—. Tienes toallas limpias en el armario.

—Gracias.

Daniela dejó la taza vacía y comenzó a caminar hacia el pasillo todavía un poco avergonzada y confundida, intentando recordar qué demonios había hecho la noche anterior.

Llegó a la puerta del baño y, justo cuando iba a entrar, escuchó la voz de Adrián detrás, profesional y seria, muy distinta de la que utilizaba con ella.

Se giró ligeramente y lo observó desde el pasillo, sentado frente al portátil.

—Buenos días a todos. —Daniela se quedó quieta unos segundos, escuchando—. Antes de empezar, quiero revisar los informes de ejecución del cuarto trimestre.

La voz era firme, segura y autoritaria. Nada que ver con el hombre que pedía cruasanes absurdos cada mañana.

—Por cierto, para quien se haya incorporado ahora, soy Adrián Valcárcel, director ejecutivo de Vanguard Urban Development.

Daniela cerró los ojos y suspiró largo y tendido. Luego negó con la cabeza.

—Madre mía.

Seguía sin entender cómo no se había dado cuenta. Era evidente, absolutamente evidente.

El coche, los trajes, los restaurantes, el piso, las reuniones, los teléfonos sonando constantemente, los abogados tratándolo como si fuera el rey de España y, aun así, no había atado las piezas hasta que lo había visto en aquella reunión.

Abrió la puerta del baño y entró. Mientras cerraba, escuchó a Adrián empezar a repartir órdenes al otro lado de la casa, acostumbrado a que todo el mundo lo escuchara.

Daniela apoyó la espalda contra la puerta y una sonrisa inevitable apareció en su cara. Por muy enfadada que hubiese estado, tenía que reconocer una cosa: el hombre del traje jamás había sido especialmente bueno ocultando quién era. La despistada había sido ella.