20 #2
—Es verdad —dijo en su mundo—. Entonces la voy a castigar.
—¿Cómo? —rio Adrián.
—Sin cruasanes un mes.
Él apretó los labios, conteniendo la risa.
—Eso es un castigo muy cruel.
Daniela asintió.
—Se lo merece.
Adrián sonrió y, durante unos segundos, simplemente condujo, escuchándola. Sinceramente, aquella versión de Daniela era adorable.
—¿Te lo has pasado bien?
—Sí, muchísimo.
—¿Y de qué habéis hablado?
Daniela soltó una carcajada.
—De ti.
—Lo imaginaba.
—Por eso estoy así de borracha —se encogió ella de hombros.
—Tiene su lógica.
Luego lo miró con una sonrisa.
—Y de tus brazos.
Adrián casi se atragantó.
—¿Mis brazos?
—Sí.
Él la miró, extrañado.
—No quiero saberlo.
—Se te marcan cuando conduces.
—Daniela…
—¿Qué? —preguntó ella como si nada.
—Definitivamente has bebido demasiado.
Ella se volvió a encoger de hombros.
—Puede que bastante.
—Bastante demasiado —comentó él, más serio.
—Eso no es una medida oficial —canturreó ella.
Aquello volvió a hacerlo reír.
—Pon música.
—¿Ahora?
—Sí.
Daniela ya estaba peleándose con la pantalla del coche.
—No toques nada —dijo, apartándole la mano.
—Ya he tocado algo. —De pronto, comenzó a sonar una melodía en todo el vehículo y los ojos de Daniela se iluminaron—. ¡Esta! —dijo, alzando los brazos como si fuese a bailar.
—Madre mía.
—Me encanta esta canción.
—Ya lo veo —dijo él, mirándola de reojo.
Ella levantó una mano, como si estuviera en un concierto multitudinario, y empezó a cantar fatal.
—Te extraño porque viveees… en mi neveraaa…
Adrián giró la cabeza.
—¿En tu nevera?
—Shhh.
—La letra no dice eso.
—Déjame sentir —dijo, llevándose las manos al pecho.
Él se encogió de hombros.
—Adelante, continúa —dijo, dándole permiso con la mano.
—Y yo sufro porque tú eres un promotor inmobiliariooo…
—Eso tampoco lo dice.
—Ahora sí —cortó ella el canto.
—Es la versión extendida —lo señaló.
—Ah.
—Y me quitaste la cafeteríaaa.
—Daniela…
—Pero estabas muy guapooo con trajeee… la, la, la…
Adrián tuvo que apartar la vista para no reírse.
—Te estás inventando toda la canción.
—La estoy mejorando.
—Claro.
—Y aunque eres un mentiroso corporativooo…
—Bufff…
Adrián soltó una carcajada y Daniela lo señaló, indignada.
—¡No te rías!
—Lo intento.
—Estoy expresando mi arte y mi dolor.
—También lo veo.
—Porque me enamoré del CEO equivocadooo, dooo, lereile, leee…
Y entonces, sin previo aviso, Daniela dejó de cantar y lo miró con los ojos empezando a llenársele de lágrimas.
—¿Por qué me mentiste?
Adrián pasó de estar aguantándose la risa a quedarse completamente serio en menos de un segundo.
—Oh, no.
—Sí, oh, no.
—Ya hemos llegado a esa parte de la noche —susurró.
—La parte triste.
—La parte triste —confirmó él.
—Y encima la canción me entiende.
—La canción no habla de CEOs.
—Ahora sí.
—Claro —le dio él la razón.
—Yo he cambiado la letra.
Y señaló por la ventanilla como si estuviera actuando en un estadio.
Adrián tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse.
—Te estás riendo.
—Un poco.
—No te rías. Es una actuación seria —le recriminó ella.
—Sí, ya veo, muchísimo.
Ella siguió cantando y moviendo una mano y, durante unos segundos, Adrián olvidó completamente los últimos días. Era imposible no sonreír viéndola así.
Y entonces, sin ninguna transición lógica, Daniela dejó de cantar y empezó a llorar.
Adrián tardó varios segundos en procesarlo.
—¿Estás llorando? —preguntó, desviando la mirada hacia ella.
—Sí.
—¿Por la canción?
—Sííí.
—Pero si es una canción alegre.
—Precisamente por eso —sollozó.
Aquello lo dejó completamente aturdido.
—No entiendo nada.
—Yo tampoco —lloró Daniela más fuerte.
Las lágrimas seguían cayendo y aquello empezaba a ser surrealista.
—Daniela…
—¿Qué?
—¿Qué pasa?
Ella giró la cabeza y, de repente, toda la tristeza apareció en sus ojos.
—¿Por qué me mentiste?
Ah, ahora sí. Ahora llegaban al verdadero problema.
—Seguramente te reíste mucho.
—No.
—Claro que sí. “Vamos a enamorar a la mesera”.
Adrián resopló e intentó contener la risa.
—No fue exactamente así.
—¡No te rías!
—Lo siento —se excusó él.
—Es muy triste. Estoy ahogando mis penas en alcohol.
—¿Sueles hacerlo?
—Nunca.
—¿Nunca?
—Jamás.
—¿Seguro?
—Solo me he tomado unas copas de vino.
—Ajá.
—Salgo barata.
Aquello consiguió que Adrián sonriera.
—¿Barata?
—Sí.
—Explícate —le tendió la mano.
—Con poco alcohol ya me emborracho.
—Eso no es salir barata.
—Sí lo es.
Adrián terminó negando con la cabeza.
—No me gusta que te emborraches.
Daniela se giró inmediatamente, ofendida.
—¿Cómo?
—Lo que has oído.
—¿Y eso?
—Porque no.
—Pues es culpa tuya —lo señaló con el dedo.
—¿Mía?
—Sí.
—¿Mía? —repitió, asombrado.
—Sí.
—Explícamelo, porque me estoy perdiendo.
Daniela señaló directamente hacia el pecho de él y se lo tocó.
—Me sedujiste.
Aquello hizo que Adrián levantara ambas cejas.
—¿Te seduje?
—Sí, muchísimo.
—Vaya.
—Venías cada mañana.
—Sí, a desayunar.
—Con tus trajes.
—Ajá.
—Tan guapo —dijo, convirtiendo sus manos en puños.
—Daniela…
—¿Qué?
—Sigues borracha.
—Y pedías cruasanes… —continuó ella, ignorando su última frase.
—Eso sí es verdad.
—Y luego me llevabas a cenar.
—También.
—Y luego me diste aquel beso.
La sonrisa de Adrián desapareció. Aquello sí era serio.
—Tenía muchas ganas de darte ese beso.
Daniela se quedó quieta, mirándolo y, por un instante, pareció más sobria.
—¿Sí?
—Muchísimas —se sinceró. La ciudad seguía pasando al otro lado de las ventanillas y él mantuvo la vista al frente mientras hablaba—. Me gustas desde el primer día que te vi. —Daniela no respondió—. Una cosa es mi trabajo y otra muy diferente lo que siento por ti.
Aquello consiguió hacerla sonreír. Una sonrisa pequeña y bonita que, poco después, terminó convirtiéndose en una risa.
—¿Qué? —le preguntó Adrián.
—Es que es gracioso.
—¿Qué es gracioso?
—Que te gusto —canturreó ella.
Él la miró muy serio.
—Mucho.
La respuesta fue tan inmediata que Daniela volvió a quedarse callada y entonces la sonrisa desapareció.
—Pues tenemos un problema.
Adrián giró la cabeza.
—¿Qué problema?
Pero Daniela ya estaba bostezando, un bostezo enorme.
—Daniela.
—¿Qué?
—¿Qué problema?
Ella apoyó la cabeza contra el asiento y cerró un ojo, luego el otro.
—Que tú también me gustas.
El corazón de Adrián se detuvo durante un segundo.
—¿Qué?
Ella alzó una mano sin abrir los ojos.
—Pero solo lo admito porque estoy borracha.
—Daniela…
—Mañana no lo diré, ni pasado…
—Daniela…
—Ni…
Su voz empezó a apagarse y la cabeza comenzó a inclinársele a un lado.
—No te duermas. —Adrián le dio un toque en el hombro—. Eh, eh, Daniela.
Ella abrió un ojo, solo uno.
—Demasiado tarde.
—No.
—La tienda está cerrando.
—¿Qué tienda?
—La Daniela.
Adrián tuvo que contener una carcajada.
—No tiene ningún sentido.
—Buenas noches.
—Todavía no hemos llegado.
—Detalles sin importancia… —comentó ella con la voz pastosa.
Volvió a cerrar los ojos mientras Adrián seguía conduciendo con una sonrisa imposible de ocultar. Después de días persiguiéndola, de discusiones, mentiras, lágrimas y enfados, acababa de escuchar exactamente lo que llevaba semanas deseando oír.
Aunque, probablemente, ella lo negara en cuanto despertara al día siguiente.