Con las manos en la masa 20
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—Os digo que era preciosa.

Daniela levantó la copa, o lo intentó, porque la copa se inclinó peligrosamente.

—¡Cuidado! —gritó Carla.

—Lo estoy teniendo.

—Está cayendo.

—No está cayendo.

Una gota de vino cayó sobre la mesa y las tres se quedaron mirándola. Luego, comenzaron a reírse mucho, demasiado, probablemente porque llevaban ya varias copas encima.

El salón de Inés estaba lleno de vasos vacíos, patatas, aceitunas y restos de una pizza que habían pedido hacía un rato.

—Te juro que era preciosa. —Daniela volvió al tema porque aparentemente era incapaz de pensar en otra cosa—. La cafetería nueva.

—Ya lo hemos entendido —dijo Carla.

—No, no lo habéis entendido.

—Sí.

—Que no.

Inés levantó ambas manos.

—Vale, explica otra vez la cafetería —la señaló.

—Gracias. —Daniela señaló a nadie en particular—. Tendrá ventanas enormes.

—Ajá —dijo Carla.

—Y más mesas.

—Ajá.

—Y una terraza —dijo abriendo mucho los ojos.

—Guaaauuu —respondió Inés.

—Y la barra antigua, y los azulejos, y…  —Se quedó pensando—, más cosas.

—Excelente explicación —la felicitó Inés.

—Gracias.

Carla empezó a reírse otra vez.

—Lo que queremos decirte —intervino Inés—, es que tarde o temprano tendrás que irte igualmente.

Daniela suspiró.

—Ya lo sé.

—Entonces aprovecha y deja de sufrir.

—No puedo —sollozó.

—Sí puedes.

Daniela señaló a Inés.

—Eres muy pesada.

—Ya lo sé, me lo suelen decir.

—Muchísimo.

—Sí, sí, me ha quedado claro.

Las tres volvieron a reírse y, durante unos segundos, permanecieron en silencio, hasta que Daniela habló más bajito.

—Estoy enamorada de él.

Inés y Carla intercambiaron una mirada.

—Ya —respondieron las dos a la vez.

—No hagáis eso.

—¿Qué? —repitieron de nuevo, juntas.

—Eso.

—¿Qué cosa?

—Hablar juntas como si fuese tan obvio.

—Es que lo es —indicó Inés, encogiéndose de hombros.

Daniela dejó la copa sobre la mesa o algo parecido, porque tardó dos intentos.

—Pero me mintió.

Aquello sí consiguió que las otras dos se pusieran algo más serias.

—Sí.

—Sí.

—Y eso duele, mucho.

Daniela apoyó la cabeza sobre una mano.

—Lo sabemos.

—Y encima es guapísimo —dijo, señalándolas a las dos.

Aquello rompió toda la solemnidad.

—¡Ja! —gritó Carla.

—Es verdad —se defendió Daniela—. Es ridículamente guapo.

—También lo sabemos —contestó Inés.

—Y alto… muy alto… Eso me gustaaa —acabó sonriente.

—Daniela…

—¿Qué?

—Estás borracha —concluyó Inés.

—Un poco.

—Bastante.

—Un poco bastante —le dio la razón.

Carla casi se cayó del sofá de la risa.

—Yo no puedo más.

—Pues escucha esto. —Daniela levantó un dedo—. Cuando gira el volante se le marca el brazo.

—Madre mía…

—Y la mandíbula.

—Por favor…

—Y la voz tan grave… arrrggg…

—Por favor —dijo Inés, llevándose la mano al corazón.

—Y los ojos.

—¡Daniela!

Las tres terminaron riéndose otra vez hasta que ella se dejó caer contra el respaldo.

—No sé qué hacer. —Aquella frase sonó mucho más sincera y vulnerable—. No lo sé, de verdad.

Inés se acercó un poco.

—Pues habla con él.

—Ya hablo con él.

—Hablar de verdad —la señaló Inés.

Daniela se quedó callada porque sabía perfectamente a qué se refería y porque, muy en el fondo, su amiga tenía razón.

—Lo pensaré.

—Eso es lo que dices siempre —dijo Carla.

—Porque estoy pensando.

—Pues piensa más rápido —intervino Inés.

—Inés.

—¿Qué?

—Calla.

—Vale.

Hubo silencio durante cuatro segundos.

—¿Sabéis qué?

—¿Qué? —preguntó Carla.

—Creo que me voy.

Las otras dos la miraron y luego miraron el reloj.

—¿Irte?

—Sí.

—¿Ahora?

—Sí.

—Son solo las doce —dijo Inés mirando su reloj—. Es pronto.

—No para mí.

—Mañana no trabajamos —recordó Carla.

—Ya.

—Entonces quédate.

—No.

—Una copa más —suplicó Inés.

—No.

—Media copa —dijo Carla.

—No.

—Un sorbo —rio Inés.

—Que no.

Daniela intentó levantarse, aunque el resultado no fue el esperado y tuvo que volver a sentarse de inmediato.

—Vale.

—Ja, ja, ja, ja —estallaron en carcajadas sus dos amigas.

—No os riais.

—Parecías un flamenco recién nacido —se burló Carla.

—Carla.

—Lo siento —dijo llevándose la mano a la boca.

Inés se levantó.

—Voy a llamarte a un taxi —dijo, tendiéndole la mano para que Daniela le diese su móvil.

—Gracias.

—De nada.

—Eres buena amiga —la señaló.

—Lo sé.

Daniela le entregó el móvil y volvió a intentar ponerse en pie, con resultados igualmente lamentables. Mientras tanto, Inés se alejó hacia la cocina, miró el teléfono y buscó un nombre. Sonrió automáticamente.

Perfecto.

Marcó y la llamada apenas tardó unos segundos en ser respondida.

—¿Sí?

La voz de Adrián sonó preocupada.

—Hola, soy Inés —se rio.

—¿Inés? —preguntó Adrián al otro lado.

—Holiii.

—¿Ha pasado algo?

—¿Qué?

—¿Daniela está bien?

Aquello hizo sonreír a Inés. Ni siquiera había preguntado qué quería. Había preguntado directamente por Daniela.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí, bueno… está contenta… —bromeó.

—¿Qué ocurre entonces?

—Nada. —Inés bajó la voz—. Bueno, contenta no, borracha.

Al otro lado hubo unos segundos de silencio.

—¿Qué?

—Borrachísima —enfatizó.

—Inés.

—No sabes cuánto.

—Pero ¿está bien?

—Perfectamente.

Aquello pareció tranquilizarlo.

—Vale.

—Necesito que vengas.

—¿A dónde?

—A buscar a tu mujer.

Adrián suspiró al otro lado de la línea.

—No es mi mujer —respondió lentamente.

—Todavía —rio Inés.

Inés empezó a reírse sola.

—Inés.

—¿Qué?

—No tiene gracia.

—Sí tiene… muchísima.

Le dio la dirección y al escucharla Adrián ya estaba cogiendo las llaves.

—Estoy allí en veinte minutos.

—Perfecto.

—Que no salga sola.

—Capitán, sí, mi capitán.

—Inés —la reprendió.

—Vale, vale.

Y, directamente, colgó para regresar al salón.

Daniela seguía peleándose con la gravedad, sin demasiado éxito.

—Madre mía —dijo Inés, quedándose bajo el marco de la puerta, observando a su amiga.

—¿Qué? —Daniela la miró.

—Menuda borrachera llevas.

—No estoy borracha —se defendió.

—Claro que no.

—Estoy perfectamente. —En ese momento tropezó con la mesa—. Perfectamente.

—Exacto.

Inés le devolvió el móvil.

—Ya viene a buscarte.

—¿Tan rápido?

—Bueno… El taxi tardará veinte minutos.

—Pues sí que tarda —se quejó Daniela.

—Barcelona está fatal —respondió Inés con una sonrisa, encogiéndose de hombros.

—Fatal, fatal… —repitió Daniela, negando con la cabeza.

—Hay muchísimo tráfico.

—¿A las doce de la noche? —preguntó, confundida.

—Es horrible —exageró Inés las palabras. Carla se tapó la boca para no reírse mientras Inés asentía con absoluta seriedad—. Una barbaridad.

Y, por suerte para ambas, Daniela estaba demasiado mareada para sospechar nada.

Adrián llegó exactamente diecinueve minutos después. No porque hubiera conducido deprisa; por suerte, había cogido todos los semáforos en verde. Además, en cuanto escuchó las palabras «Daniela» y «borracha», había cogido las llaves y salido de casa.

Se detuvo frente al edificio, apagó el motor y llamó al timbre.

—¿Sí?

—Soy Adrián.

—Subimos.

Aquello ya le hizo sospechar. ¿Subimos? Sería bajamos, ¿no?

Inés sonaba peligrosamente divertida y, cuando la puerta se abrió unos minutos después, entendió por qué. Daniela apareció entre Carla e Inés y parecía estar intentando caminar en línea recta. Lo intentaba, eso sí. Conseguirlo era otra historia.

—Con cuidado —dijo Inés.

—Voy bien.

—Acabas de chocarte con la pared.

—La pared se ha movido —comentó Daniela, molesta.

—Claro.

—Lo he visto.

Adrián tuvo que contener la risa porque Daniela lo vio y se quedó mirándolo fijamente, como si estuviera intentando resolver un misterio complejo.

—Hola.

Ella siguió observándolo.

—Hola —respondió ella.

—¿Qué tal? —Ella no respondió—. ¿Daniela?

Daniela entornó los ojos.

—Tú me suenas.

Adrián se mordió el interior de la mejilla.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

—Qué casualidad.

—Mucho.

—¿De qué me conoces? —preguntó él, divertido.

Daniela siguió dándole vueltas con una concentración admirable.

—No lo sé.

—Vaya.

—Pero estoy segura de que te conozco.

—Puede ser.

De pronto, abrió mucho los ojos.

—¡Adrián!

—No.

—¿No?

—No.

—Entonces, ¿quién eres?

—Tu taxista.

Daniela lo observó y luego señaló el coche.

—¿Tienes taxi?

—Claro.

—Qué bonito —le sonrió ella.

—Gracias.

—Los taxis han mejorado mucho.

Aquello hizo que Carla comenzara a reírse y que Inés tuviera que apoyarse en la pared.

—Está fatal —comentó Adrián hacia Inés.

—No lo sabes tú bien.

Daniela volvió a mirar a Adrián.

—No —continuó Daniela, situando su dedo delante de su cara.

—¿No?

—Tú eres Adrián.

—Me has descubierto.

—Lo sabía.

—Soy muy fácil de reconocer.

—Porque eres guapo —pestañeó ella, sonriéndole como una bobalicona. El silencio fue inmediato y Daniela tardó tres segundos en procesar lo que acababa de decir—. He dicho eso en voz alta.

—Sí.

—Ah.

Adrián la miraba, divertido.

—Vamos a llevarte a casa.

—Buena idea —lo felicitó ella.

Inés le dio unas palmaditas a Adrián en el brazo y él la miró.

—Te la devuelvo mañana.

—No, no… mañana es fiesta —le recordó—. Gracias, está defectuosa.

—Ya lo veo —comentó, cogiéndola del brazo para que no perdiese el equilibrio.

—Wiii —dijo Daniela.

—Pero te quiere mucho —acabó diciendo su amiga.

—Inés —le llamó la atención Daniela.

—¿Qué?

—Calla… —Luego intentó acercarse—. No le digas eso al taxista.

Carla se acercó también.

—Que llegue entera.

—Lo intentaré.

—Y si se pone pesada…

—¿Sí?

—La distraes con cruasanes —bromeó Carla.

—Buen consejo.

Daniela los miró a todos.

—Os odio.

—Nosotros también te queremos —comentó Inés.

Finalmente, Adrián abrió la puerta del copiloto y Daniela consiguió sentarse después de dos intentos.

—Perfecto —la felicitó Adrián.

—Lo estoy haciendo genial, ¿eh? —se felicitó a sí misma.

—Mucho.

Se inclinó para ayudarla con el cinturón porque, claramente, aquello era una batalla perdida y, cuando terminó, ella volvió a observarlo muy seria.

—Tú no eres taxista —seguía ella.

—No, eres muy lista.

—Sí, lo soy —asintió ella.

Finalmente, cerró la puerta y rodeó el coche. Se sentó al volante y arrancó. Comenzaron a avanzar por las calles iluminadas de Barcelona. Durante unos segundos reinó el silencio, hasta que Daniela volvió a hablar.

—¿Qué haces aquí?

—Me llamó Inés —confesó Adrián.

—La voy a despedir —rugió ella.

—No puedes.

—Sí puedo.

—Ya no es tu empleada, es la mía.

Daniela se quedó pensando.