Con las manos en la masa 19 #2
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—No te emociones —dijo, tomando asiento.

—Lo intentaré.

Adrián permaneció unos segundos observándola, como si temiera que cambiara de opinión y se marchara. Cuando comprobó que seguía sentada frente a él, abrió inmediatamente el portátil. Abrió varios archivos y después giró ligeramente la pantalla hacia ella.

—Quiero enseñarte algo.

Daniela observó la imagen y se quedó callada. Era bonita, mucho. Se veía una plaza amplia peatonal, árboles, bancos, terrazas, jardines, pequeños comercios y varios edificios modernos de fachadas elegantes.

Nada que ver con los enormes bloques impersonales que ella había imaginado.

—¿Esto es…?

—La propuesta final. —Adrián pasó a otra imagen—. Toda esta zona se convertirá en un eje comercial y residencial. —Señaló diferentes espacios—. Aquí habrá viviendas. Aquí oficinas. Aquí comercios de proximidad. —Iba señalando—. Aquí restauración.

Daniela observó las imágenes. Muy a su pesar, le gustaban.

—Es bonito.

Adrián sonrió.

—Sí.

Luego abrió un plano técnico, mucho menos atractivo, lleno de líneas, números, medidas y colores.

—Ahora viene la parte menos bonita. —Señaló una zona concreta—. Tu edificio.

Daniela sintió inmediatamente un pequeño nudo en el estómago.

—Ajá.

—He intentado salvarlo.

Ella levantó la vista y aquella vez parecía sincero.

—¿Qué?

—Lo he intentado. —Señaló varias anotaciones—. He hablado con arquitectos, ingenieros estructurales, patrimonio, con urbanismo… con todo el mundo.

Daniela observó los documentos. Había decenas de notas, marcas, correcciones y comentarios. No parecía algo improvisado.

—¿Y?

Adrián suspiró.

—No es viable. —Aquello le dolió, aunque ya lo sabía—. La cimentación está muy deteriorada. El edificio no cumple varias normativas actuales y, además, necesitamos intervenir precisamente debajo de tu local para las nuevas instalaciones generales.

Daniela resopló.

—O sea que sí o sí.

—Sí o sí —dijo él con sinceridad—. Lo siento.

Ella no respondió porque, por primera vez, tenía la sensación de que él realmente lo había intentado todo, y eso complicaba mucho seguir enfadada.

Adrián cambió de plano.

—Pero aquí viene la parte importante.

Abrió otra imagen.

—¿Qué es eso?

—Tu cafetería.

—¿Mi cafetería?

—La nueva.

La fotografía generada mostraba un local precioso, luminoso y amplio, con grandes ventanales. Tenía muchas mesas de madera, plantas y una estética que recordaba muchísimo a La Santa Massa.

Daniela se acercó inconscientemente.

—Es…

—Más grande, casi el doble.

—¿El doble?

—Aproximadamente. —Pasó a otra imagen—. Y aquí —señaló varios elementos—, he hablado con el arquitecto para conservar la barra principal.

Daniela levantó la vista.

—¿La barra?

—La original.

—¿En serio?

—Sí, se restauraría y se instalaría aquí. —Pasó a la siguiente—. También podemos conservar el rótulo histórico, la vitrina principal, las mesas antiguas que quieras mantener, las fotografías del local e incluso parte de los azulejos de la entrada.

Daniela volvió a mirar las imágenes y se permitió imaginarlo.

—Has pensado mucho en esto.

Adrián sonrió ligeramente.

—Mucho.

—Ya veo. —Ella volvió a observar el diseño—. Es… bonito.

Él pasó al apartado económico.

—Ahora viene la parte importante.

—Miedo me das.

—Te ofrezco un local de mayor superficie.

—Ajá.

—Con una renta muy inferior a la de mercado.

—¿Cuánto inferior?

—Mucho.

—Eso no es una cifra.

—Porque todavía estoy dispuesto a negociar y…

Daniela lo observó y se cruzó de brazos.

—¿Y?

—Los primeros meses serían gratuitos.

Ella pestañeó.

—¿Gratuitos?

—Sí.

—¿Gratis?

—Sí.

—¿Gratis… gratis?

—Daniela.

—¿Qué?

—Sí, gratuitos. —Daniela enmudeció. Ahora empezaba a comprender la magnitud de todo aquello—.

Necesitarás tiempo para trasladarte, hacer clientela nueva, adaptarte.

No quiero que pierdas dinero. —Lo dijo con ternura en la voz—.

No quiero perjudicarte. —Daniela tragó saliva y volvió a mirar el proyecto—.

Además —Adrián señaló otra zona—, estarás dentro del principal flujo peatonal.

—¿Eso qué significa?

—Que tendrás más clientes potenciales.

—Ah.

—Muchos más.

—¿Cuántos más?

—Según nuestros estudios… —Sonrió—, entre un treinta y un cincuenta por ciento más de tráfico diario.

Daniela abrió los ojos.

—¿Tanto?

—Sí.

—¿Y tú te crees eso?

—He pagado bastante dinero por esos informes.

Ella chasqueó la lengua.

—Buena respuesta.

Aquello consiguió arrancar una pequeña sonrisa a ambos y, durante unos segundos, todo pareció casi normal, como antes, hasta que Adrián volvió a ponerse serio.

—No quiero esta situación entre nosotros. —Daniela bajó la mirada—. Ya sabes lo que siento por ti, y lo único que quiero es ayudarte. —Daniela notó una leve punzada en el corazón y una mezcla de sentimientos—. ¿Qué te parece?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Daniela observó una última vez los planos, las imágenes, las cifras… todo, y después respiró hondo.

—Me da miedo. —Adrián no respondió, simplemente escuchó—. Me costó años levantar esta cafetería.

—Lo entiendo.

—¿Y si luego no funciona?

Aquella pregunta encerraba todo su miedo: el miedo a perderlo todo.

Adrián la observó unos segundos y entonces le tomó suavemente la mano.

Daniela se quedó inmóvil.

—Funcionará.

—No puedes saberlo.

—Sí puedo —comentó, convencido. Ella levantó la vista y encontró aquellos ojos tan seguros e insoportablemente convincentes—. Yo mismo me encargaré de que funcione. —Su voz fue firme y rotunda—. Confía en mí.

Aquello fue demasiado íntimo.

Daniela retiró la mano suavemente y bajó la vista, notando cómo se le aceleraba el corazón.

—Tengo que pensarlo.

Adrián asintió, pues ya esperaba una respuesta como aquella.

—Claro, sin problema.

Ella se puso en pie, cogió la bandeja vacía que había llevado y dio un paso hacia atrás.

—Necesito tiempo.

—Tómate todo el que necesites.

Daniela asintió y comenzó a alejarse, pero, justo antes de llegar a la barra, volvió la vista atrás un solo instante.

Adrián seguía allí, observándola, sin moverse.

Y, por primera vez desde la reunión con Vanguard, ya no estaba completamente segura de estar enfadada.

Lo cual era un problema. Porque empezaba a entenderlo.

A entender su postura. Y eso era muchísimo más peligroso.