Con las manos en la masa 19
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Cuando la puerta se cerró tras el último cliente, Daniela soltó un largo suspiro.

Aquella había sido una semana eterna: demasiadas emociones, problemas y conversaciones pendientes.

Terminó de limpiar la barra y subió las últimas sillas. Apagó las luces del interior y finalmente salió a la calle.

La noche era fresca y el cielo seguía cubierto, aunque al menos no llovía.

Bajó la persiana y la cerró. Justo cuando guardaba las llaves en el bolso, escuchó una voz detrás de ella.

—Daniela.

Cerró los ojos. No, por favor, no.

Giró la cabeza y allí estaba Sergi otra vez.

—Solo quiero hablar.

Daniela resopló.

—No.

—Solo cinco minutos.

Estaba cansada, agotada y mentalmente exhausta.

—Sergi, déjame en paz.

—Solo escúchame —suplicó.

—No, por favor, déjame tranquila.

—Por favor.

—¡Que no!

Aquello parecía un mal día repitiéndose en bucle.

Sergi dio un paso hacia ella.

—Necesito hablar contigo.

—Pues yo no necesito hablar contigo, no quiero.

—Daniela…

—Se acabó, hazte a la idea de una vez.

Él negó con la cabeza, desesperado.

—No puede acabarse así.

—Pues ya acabó así.

—Te sigo queriendo —acabó con temblor en la voz.

Daniela cerró los ojos. Aquello ya no era triste, era agotador.

—Sergi…

—¿Qué?

—Márchate, no hay nada que hablar.

Pero él siguió acercándose más, hasta invadir completamente su espacio.

Daniela retrocedió un paso.

—Déjame —rugió ella.

—Solo escúchame.

—No quiero escucharte.

Sergi le cogió la mano con fuerza.

—Necesito tenerte a mi lado.

Daniela intentó soltarse inmediatamente.

—Suéltame ahora mismo.

—Escúchame, sé que tuvimos nuestros errores, pero no es algo que no se pueda arreglar. Te quiero.

—Suéltame.

—No puedo olvidarte… —Aquello empezó a asustarla—. Si ambos ponemos de nuestra parte, podemos solucionar nuestros problemas y ser felices como antes.

—He dicho que me sueltes.

—No hasta que…

—Suéltala.

La voz llegó desde detrás, fría y profunda.

Ambos se quedaron inmóviles.

Sergi giró la cabeza y vio a Adrián a pocos metros, observándolo con una expresión que Daniela jamás le había visto. Aquella calma elegante había desaparecido completamente.

—No te metas en esto.

Adrián avanzó despacio.

—Sí voy a meterme —respondió Adrián.

—No es asunto tuyo.

—Ahora mismo sí lo es.

Sergi apretó la mandíbula.

—Solo estamos hablando.

—Ella te ha pedido que la sueltes.

La voz sonó todavía más fría y algo en ella hizo que Sergi finalmente abriera la mano.

Daniela se apartó inmediatamente y, sin pensarlo demasiado, dio dos pasos directamente hacia Adrián.

Sergi se quedó inmóvil. La elección había sido evidente.

Daniela se colocó a su lado y Adrián le cogió la mano. No para retenerla ni obligarla, solo para que se sintiera protegida.

Sergi observó aquella imagen y su expresión se entristeció.

—Daniela, por favor, solo quiero hablar.

—Ya hemos hablado demasiado.

Sergi la miró y después miró a Adrián.

—Esto no tiene nada que ver contigo —lo señaló.

—Tiene que ver con que ella te ha dicho que no y si vuelves a aparecer por aquí molestándola… —La voz de Adrián se volvió todavía más dura—, llamaré a la policía.

Aquello sí consiguió afectar a Sergi, que levantó ambas manos y retrocedió un paso.

—Vale. —Miró una última vez a Daniela y sonrió con tristeza—. Se acabó.

Daniela asintió.

—Hace tiempo que se acabó.

Aquellas palabras terminaron de romper algo dentro de él y, finalmente, se marchó, alejándose calle abajo sin volver la vista atrás.

Solo cuando desapareció por la esquina, Daniela soltó lentamente el aire. Entonces fue consciente de algo: seguía cogida de la mano de Adrián.

Lo miró y se soltó inmediatamente, como si acabara de recordarlo.

—Gracias.

Adrián asintió.

—De nada.

Hubo un silencio incómodo mientras Daniela se colocaba el bolso al hombro.

Comenzó a caminar en dirección a la parada de autobús, sin decir nada más, pero unos segundos después escuchó pasos detrás.

No necesitó girarse. Sabía perfectamente quién era.

—No hace falta que me sigas.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de hacerlo.

—No.

Daniela resopló.

—Eres imposible.

—Lo sé.

—Muchísimo…

—También lo sé.

Siguieron caminando en silencio, uno al lado del otro y, aunque ninguno lo dijo, Daniela sabía exactamente por qué estaba allí. Controlaba las esquinas y miraba a ambos lados, comprobando que Sergi no apareciera otra vez. La estaba protegiendo.

Llegaron finalmente a la parada y allí se detuvieron.

—Lo siento. —Daniela no respondió—. De verdad.

Ella tragó saliva y finalmente suspiró.

—No pasa nada.

—Sí pasa… y lo sé. —Ella observó la avenida iluminada, apretando los labios—. No sé qué más hacer.

Aquello hizo que finalmente lo mirara y, por primera vez desde que lo conocía, vio algo que no esperaba: vulnerabilidad real y sincera.

—Solo quería que me dijeras la verdad.

Adrián asintió.

—Lo sé.

—Eso era todo. Y no lo hiciste.

El dolor apareció nuevamente en sus ojos mientras asentía.

El autobús apareció al final de la avenida.

Daniela lo vio acercarse y sintió un extraño alivio. No sabía qué más decir ni qué sentir, ni siquiera qué hacer con él ni consigo misma.

Cuando el autobús se detuvo, ella se acercó a la puerta y subió.

Adrián no dijo nada más, ni siquiera insistió en llevarla a su piso. Parecía respetar sus palabras más que Sergi.

Daniela fue hacia su asiento mientras el autobús arrancaba y lo vio perderse en la oscuridad.

Estaba enamorada de él y, al mismo tiempo, se sentía humillada. No sabía ni cómo actuar cuando estaba frente a él. Y eso le suponía un problema.

La mañana siguiente comenzó como todas: con café.

La Santa Massa estaba llena desde primera hora y Daniela llevaba casi una hora sirviendo desayunos sin parar. Entre pedido y pedido, terminaba de contarle a Carla e Inés lo ocurrido la noche anterior.

—¿Y entonces apareció Adrián?

—Sí.

—¿Y Sergi salió corriendo? —preguntó Inés.

—No salió corriendo. Bueno, casi —Daniela hizo un gesto de no estar muy segura—. Un poco sí —respondió mientras preparaba dos cortados—. Solo se marchó.

—Porque tu millonario lo asustó —comentó Carla.

—No es mi millonario.

—Sí que lo es —le dio la razón Inés—. Es bastante romántico.

—¿Qué parte? —ironizó Daniela.

—La de correr detrás de ti.

—No corrió detrás de mí.

—Bajó diecisiete plantas por las escaleras —le recordó Carla.

—Carla.

—Eso es compromiso —apuntó Inés, situándose a su lado con una bandeja—. Yo sigo diciendo que ese hombre está enamorado de ti hasta las trancas.

Daniela resopló.

—Lo digo en serio —remarcó Inés.

—Y yo también —apuntó Carla.

—Además —continuó Inés—, estoy segura de que haría cualquier cosa por ti.

—No exageres.

—Daniela…

—¿Qué?

—Canceló reuniones, se pasó un día entero sentado aquí, te persiguió por media Barcelona… y ayer casi le arranca la cabeza a Sergi.

—No le arrancó la cabeza.

—Porque había testigos —dijo, levantando un dedo. Después se puso más seria—. Deberías hablar con él.

—No.

—Sí.

—Que no.

—Daniela…

—¿Qué?

Inés apoyó ambas manos sobre la barra.

—Negocia un nuevo local. Piénsalo bien.

—Lo estoy pensando.

—Pues habla con él —insistió.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Daniela abrió la boca y entonces vio algo por encima del hombro de Inés.

La puerta acababa de abrirse y allí estaba Adrián, como cada mañana.

Sus miradas se encontraron un instante y después Daniela giró la cabeza inmediatamente.

—No.

—¿No qué? —preguntó Carla.

—Creo que voy a hacerlo sufrir un poco más.

Inés cerró los ojos como si hubiera perdido toda esperanza.

—Madre mía…

—¿Qué?

—Pobre hombre.

—Se lo merece —susurró ella.

—Un poco sí —intervino Carla.

—Gracias.

—Pero solo un poco —apuntó Carla de nuevo.

Daniela sonrió satisfecha y, justo entonces, Adrián llegó hasta la barra.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Buenos días —repitió Carla con una sonrisa sospechosa.

—Buenos días —añadió Inés, observándolo como si estuviera viendo una telenovela turca.

Adrián conocía perfectamente aquella mirada y sospechaba que no le gustaría nada saber de qué habían estado hablando.

Sus ojos se clavaron en Daniela.

—¿Qué tal?

—Bien.

Mentira.

—Me alegro.

Mentira también, ninguno de los dos estaba bien y ambos lo sabían.

—¿Qué te pongo?

Adrián miró la vitrina.

—Hoy quiero probar… —Se inclinó un poco—, un “Consejo de Administración”.

Daniela anotó el pedido.

—Muy apropiado.

—Gracias.

—¿Algo más?

—Un café.

—Ahora te lo llevo.

Lo dijo con un tono profesional y perfectamente distante.

Adrián suspiró y se dirigió hacia su mesa habitual.

En cuanto se alejó, Inés apareció otra vez como un espíritu maligno.

—Esta noche…

—¿Qué pasa esta noche?

—En mi casa.

—¿Por qué?

—Tomaremos unas copas, hablaremos y analizaremos la situación. —Daniela negó con la cabeza—. Necesitas desahogarte, mujer.

—Ya me desahogo aquí, contigo.

—Pues más todavía.

Carla levantó una mano.

—Yo también voy.

—Traidora —pronunció Daniela entre dientes.

Inés dio una palmada.

—Entonces, está decidido.

Daniela abrió la boca y volvió a cerrarla. Sabía perfectamente que había perdido aquella batalla y, de todas formas, tampoco le vendría mal comentar con ellas la jugada y las opciones.

—Perfecto, pero no vamos a hablar de Adrián.

Inés y Carla se miraron y luego volvieron la vista hacia Daniela.

—Claro, claro.

—Por supuesto.

—Ni una palabra —las señaló con el dedo.

—Sí, sí… —ironizaron las dos a la vez.

Daniela suspiró. Aquellas dos mentían fatal.

Preparó el desayuno, montó la bandeja y, finalmente, caminó hacia la mesa donde Adrián la esperaba.

Él levantó la vista inmediatamente, como siempre.

—Tu café.

—Gracias.

Dejó el plato delante de él y, cuando iba a marcharse, su voz grave la detuvo.

—¿Cómo estás?

Daniela dudó.

—Bien.

—Mentira.

—Gracias por tu opinión.

—De nada —contestó él—. ¿Podemos hablar hoy?

Ahí estaba otra vez.

—Tengo trabajo.

—Lo sé.

—Mucho trabajo.

—Ya.

—Muchísimo trabajo —exageró ella.

—Lo sé.

—Entonces ya tienes la respuesta.

Adrián suspiró y, por primera vez, pareció realmente cansado.

—Por favor, tenemos que hablar, Daniela.

Daniela se detuvo. No sonó manipulador ni insistente, sino cansado.

Daniela suspiró y miró la cafetería, luego volvió a mirarlo y, finalmente, se cruzó de brazos.

—De acuerdo, cinco minutos.

Adrián parpadeó.

—Gracias.