18
Adrián permaneció unos segundos al otro lado de la calle, observando la cafetería La Santa Massa. La pancarta seguía colgada, orgullosa y visible desde media manzana.
MENOS CORPORACIONES,
MÁS CRUASANES.
¡QUE LE DEN A VANGUARD!
Resopló.
Aquello habría sido gracioso en cualquier otro momento, ahora no tanto.
Metió las manos en los bolsillos del abrigo y se quedó observándola.
El cielo seguía gris, pesado, aunque al menos había dejado de llover.
La gente entraba y salía del local: clientes, vecinos, repartidores… y él seguía allí parado como un adolescente que iba a declararse. Ridículo.
Había negociado compras multimillonarias y operaciones internacionales.
Había despedido a directivos y se había enfrentado a consejos de administración enteros y, aun así, aquello era peor.
Muchísimo peor. Porque nunca le había importado perder una negociación, pero sí le importaba perderla a ella.
Eso era exactamente lo que lo tenía angustiado.
Suspiró una última vez y, finalmente, cruzó la calle.
Cuando abrió la puerta, el tintineo de la campanilla resonó por el local.
Sus ojos buscaron a Daniela y los de ella lo encontraron exactamente al mismo tiempo.
Durante una fracción de segundo se miraron. Luego, Daniela resopló, giró la cabeza y siguió preparando cafés, como si él no existiera.
Adrián avanzó hacia la barra y fue entonces cuando notó algo: todo el mundo lo estaba mirando.
Inés, Marcos, Carla, incluso Toni desde el obrador… todos.
Bueno, al menos Daniela no se había guardado la historia solo para ella.
Llegó frente al mostrador y Daniela seguía ignorándolo.
—Buenos días. —Nada, ni siquiera levantó la vista—. Daniela… —Ella no reaccionaba—. Daniela.
Ella cogió una taza y habló mirando la cafetera.
—Inés.
—¿Sí?
—Atiéndelo tú.
Adrián negó inmediatamente.
—No.
Daniela levantó una ceja.
—¿No?
—No —sentenció él. Luego apoyó una mano sobre el mostrador—. Necesitamos hablar.
Ella soltó una breve carcajada, sin humor.
—Ya quedó todo bastante claro ayer.
—No quedó claro nada.
—Sí que quedó.
—No.
Daniela siguió limpiando una taza.
—Pues qué pena —ironizó ella.
—Daniela —pronunció él más lento.
—¿Qué?
Por fin levantó la vista y aquello fue peor: estaba enfadada. Y mucho.
—Necesito hablar contigo.
Ella sostuvo su mirada unos segundos y finalmente se encogió de hombros.
—Inés.
—¿Sí?
—Ya me encargo yo.
Inés miró a ambos como quien observa una bomba a punto de explotar y decidió retirarse prudentemente.
Daniela cogió una libreta y adoptó una sonrisa profesional tan falsa que casi daba miedo.
—Muy bien… ¿Qué desea para desayunar, señor Valcárcel?
Aquello le golpeó como un mazazo. No era Adri ni Adrián. Era señor Valcárcel.
Cerró los ojos un instante.
—Un café.
—Ajá.
—Y un cruasán.
—¿Cuál?
Él observó la vitrina.
—“Que le den a Vanguard”.
Daniela anotó el pedido sin inmutarse.
—Excelente elección.
—Gracias.
—Ahora se lo llevo.
Y volvió a darse la vuelta como si la conversación hubiese terminado, pero Adrián no pensaba rendirse. No esta vez.
—Necesitamos hablar —insistió él.
—Estoy trabajando.
—Cinco minutos.
—No.
—Dos.
—No.
—Uno.
—No.
—Treinta segundos.
—Que no.
Adrián suspiró y entonces sonrió ligeramente, aquella sonrisa tranquila que ella conocía tan bien.
—De acuerdo.
Daniela frunció el ceño.
—¿De acuerdo?
—Sí. Esperaré.
—¿Cómo? —preguntó ella, mirándolo de la cabeza a los pies.
—Esperaré —repitió.
Ella parpadeó.
—¿Aquí?
—Sí, aquí. Todo el día.
Daniela se cruzó de brazos.
—No hablarás en serio.
—Completamente.
—Tienes trabajo.
—Hoy no —dijo, mirándola fijamente.
—Claro que tienes trabajo. Eres el CEO de una empresa enorme.
—Lo sé.
—Tendrás reuniones.
—Las he cancelado —dijo rápidamente. Aquello la dejó callada unos segundos—. Todas, tú eres más importante.
Daniela abrió la boca y volvió a cerrarla. Odiaba que dijera cosas así, sobre todo porque seguían afectándole.
—Estás loco.
—Probablemente.
Ella negó con la cabeza, incapaz de creerlo. Adrián señaló tranquilamente una de las mesas.
—Estaré allí.
—No pienso hablar contigo.
—Perfecto. —Se encogió de hombros.
—¿Perfecto?
—Sí.
—¿Y si no hablo contigo en todo el día?
—Entonces estaré todo el día callado, igual que mañana, y pasado…
Daniela se quedó mirándolo. Parecía hablar completamente en serio. Y eso era lo peor: lo conocía lo suficiente para saber que no estaba bromeando ni un poco.
Adrián retrocedió.
—Nos vemos dentro de un rato.
—No voy a ir.
Él se encogió de hombros.
—Dispongo de todo el tiempo del mundo.
Ella cerró los ojos, exasperada. Cuando volvió a abrirlos, él ya caminaba hacia su mesa favorita, la de siempre, la que ocupaba cada mañana.
Tomó asiento, sacó el móvil y esperó, como si realmente pensara quedarse allí todo el día.
Daniela lo observó unos segundos y luego resopló.
—Es imposible.
—¿Quién? —preguntó Inés.
—Él.
Inés miró hacia la mesa y sonrió.
—Pues yo creo que está enamoradísimo —le susurró.
Daniela agarró una servilleta y se la lanzó a la cabeza.
Aquella mañana prometía ser muy larga.
Adrián no se movió ni un centímetro.
A las cuatro de la tarde seguía sentado en la misma mesa, exactamente en la misma.
Daniela lo observó desde detrás de la barra mientras preparaba dos cafés con leche.
Había pedido un bocadillo para comer, un refresco, dos cafés y llevaba horas allí sentado.
Horas. La mayor parte del tiempo la pasaba trabajando con el portátil abierto delante o hablando por teléfono, porque, efectivamente, seguía siendo el CEO de una empresa enorme, aunque aparentemente había decidido dirigirla desde La Santa Massa.
—Es fortísimo.
Daniela ni siquiera tuvo que girarse, sabía perfectamente quién acababa de hablar.
—Sí.
Inés apareció a su lado secando una taza.
—Mira que los hombres hacen tonterías, pero esto… —Daniela la miró de reojo—, esto es otro nivel.
Daniela resopló y siguió preparando cafés.
—Está loco.
—Eso ya lo sabemos —bromeó Inés.
—Y es un mentiroso.
Inés dejó la taza sobre la barra.
—Vale.
Daniela la miró.
—¿Vale?
Inés se removió incómoda.
—Se comportó como un idiota…
—Gracias —confirmó Daniela.
—Un idiota integral… un idiota premium… un idiota corporativo. —Aquello le arrancó una pequeña sonrisa, pero Inés la vio y sonrió también—. Peeero…
Daniela ya sabía que venía un “pero”. Siempre había un “pero”.
—¿Qué?
—Creo que está enamorado de ti.
La sonrisa desapareció.
—No empieces.
—Lo digo en serio.
—Inés...
—Daniela. —Señaló discretamente hacia la mesa. Adrián estaba hablando por teléfono, frunciendo el ceño mientras escuchaba algo—. Ese hombre podría haberte echado hace meses. Literalmente es el dueño de toda la manzana.
Daniela suspiró.
—Lo sé.
—Podría haberse presentado con veinte abogados, enviado diez burofaxes más y, sin embargo, te invitó a desayunar… —Daniela bajó la vista—, luego a cenar, a comer… y después se declaró bajo la lluvia como en una película romántica —acabó, pestañeando diversas veces.
Daniela cerró los ojos.
—No me recuerdes eso.
—Lo siento —reaccionó rápidamente.
—No, no lo sientes.
—No, la verdad es que no —rio ella.
Aquello consiguió arrancarle otra sonrisa. Maldita fuera.
—Me mintió.
Lo dijo en voz baja, con tono de estar dolida.
Inés asintió inmediatamente.
—Sí.
—Me ocultó quién era —pronunció entre dientes.
Durante unos segundos permanecieron en silencio, hasta que Inés volvió a hablar.
—Pero intenta ponerte en su lugar…
Daniela levantó una ceja.
—Eso es bastante difícil.
—Imagina que tienes que echar de su trabajo al hombre del que estás enamorada. —Aquello la golpeó. Nunca lo había pensado así. Jamás. Y, por primera vez, se quedó callada—. ¿Qué harías?
Daniela abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Eso no es una excusa.
—No, no lo es.
—Podría haberme dicho algo —continuó Daniela—. Así nos habríamos ahorrado todo esto.
—También es verdad. —Inés se apoyó sobre la barra—. Pero dime una cosa.
—¿Qué?
—¿Has pensado que dentro de cuatro años y poco igualmente nos quedamos sin cafetería?
Daniela suspiró.
—Sí, lo he pensado.
—Porque eso va a pasar.
—Lo sé.
—Nos guste o no. —Daniela resopló. Inés tenía razón—. Y si va a pasar… —Inés se encogió de hombros—. ¿No sería mejor conseguir una buena indemnización y un local nuevo?
Daniela no respondió inmediatamente. Aquello era exactamente lo que llevaba pensando desde la noche anterior. Y eso era precisamente lo que más la molestaba: Inés tenía razón.
—Ya lo sé —acabó dando su brazo a torcer.
—Ajá.
—No hace falta que me convenzas.
—Perfecto —confirmó su amiga.
—Perfecto —ironizó Daniela.
Inés sonrió y sus ojos brillaron con picardía. Mala señal.
—Entonces —dijo acercándose más—, lo que quieres es hacerlo sufrir un poquito, ¿no? —Daniela se quedó callada e Inés sonrió más. Ella intentó mantener una expresión seria, pero fracasó completamente. Aquello fue suficiente respuesta—. ¡Lo sabía!
—Baja la voz —la riñó.
—Lo estás castigando.
—No lo estoy castigando.
—Lo estás castigando muchísimo —dijo, emocionada.
Daniela miró disimuladamente hacia atrás, observando cómo él tecleaba en el ordenador con expresión concentrada.
—Se lo merece.
Inés la imitó y luego le dio un golpecito en el costado.
—Entonces te apoyo, hermana.
—¿Hermana? —rio Daniela.
—Hermana —confirmó Inés.
—Estás fatal —negó con la cabeza.
Inés le dio unas palmaditas en el hombro.
—Hazlo sufrir un poquito más. —Inés señaló otra vez hacia la mesa y le guiñó un ojo a Daniela con disimulo—. ¿Vas a hablar hoy con él?
Daniela miró hacia allí.
Adrián acababa de levantar la vista en ese momento, como si hubiese percibido que ella lo observaba. Sus miradas se encontraron, pero Daniela apartó la suya.
—De momento, no.
—Perfecto.
Inés levantó un pulgar.
—Te apoyo, hermana —repitió ella.
Y se alejó hacia otra mesa dejándola sola con sus pensamientos.
El resto de la tarde continuó exactamente igual. Él permaneció allí, trabajando, esperando y observándola de vez en cuando.
Cada cierto tiempo volvía a intentarlo.
—¿Podemos hablar ya?
—Estoy trabajando.
—Cinco minutos —suplicó Adrián.
—Estoy trabajando.
Aquello se repitió varias veces hasta que finalmente llegó la hora de cerrar.
Los últimos clientes abandonaron el local y los empleados comenzaron a subir las sillas sobre las mesas.
El silencio volvió poco a poco a La Santa Massa hasta que Adrián se puso en pie, guardó el portátil y se colocó el abrigo.
Caminó hacia la barra y Daniela fingió estar concentrada limpiando una cafetera.
—¿Puedo llevarte a casa?
Lo dijo con suavidad, sin presionar ni insistir.
Ella ni siquiera levantó la vista.
—No.
Adrián asintió, como si ya esperara aquella respuesta.
—De acuerdo. Entonces nos vemos mañana.
Daniela siguió limpiando.
—Ajá.
Aquello hizo que una pequeña sonrisa apareciera en la boca de Adrián. Aquella respuesta ya era mejor que un “no”.
—Hasta mañana, Daniela.
Ella no respondió y, unos segundos después, escuchó la puerta cerrarse.
La campanilla sonó y él desapareció.
Cuando levantó la vista, él ya no estaba. Solo entonces soltó el aire que llevaba reteniendo quién sabía cuánto tiempo y, muy en el fondo, una pequeña parte de ella ya sabía que al día siguiente volvería.
Había muchas cosas que definían a Adrián Valcárcel. Rendirse no era una de ellas.