Con las manos en la masa 17
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Daniela salió prácticamente corriendo del ascensor y atravesó el vestíbulo sin mirar atrás, sin detenerse ni pensar o, al menos, intentándolo.

Pensar era precisamente el problema. Cada vez que pensaba veía su sonrisa, sus ojos, escuchaba aquella voz grave y después veía la sala de juntas, los abogados, la mesa y aquella presentación de “Adrián Valcárcel, CEO de Vanguard”.

¿Cómo había podido ser tan estúpida? ¿Cómo?

Había confiado en él, le había contado cosas que no contaba a nadie, le había dejado entrar en su vida y le había presentado prácticamente a toda su familia laboral y, mientras tanto, él sabía perfectamente quién era todo el tiempo.

La lluvia le golpeó el rostro nada más salir, pero no le importó. Al contrario, era perfecto, porque así nadie distinguiría las lágrimas.

Comenzó a caminar deprisa, casi corriendo por la acera. Necesitaba alejarse, salir de allí y coger un taxi. Necesitaba desaparecer de allí.

—¡Daniela!

Aquella voz…

El corazón le dolió inmediatamente, pero no se giró y siguió caminando más rápido.

—¡Daniela!

No, no iba a escucharlo. No iba a dejar que volviera a convencerla. No iba a volver a caer.

Aquello había sido real para ella, y no sabía qué había sido para él.

—¡Daniela, espera!

Entonces escuchó pasos corriendo detrás de ella y, unos segundos después, una mano le sujetó suavemente el brazo.

Ella se soltó inmediatamente.

—¡Déjame!

Se giró y allí estaba, completamente empapado, sin paraguas ni abrigo, con el pelo mojado, respirando ligeramente agitado por haber corrido tras ella. Parecía desesperado.

—Daniela…

Ella negó con la cabeza mientras las lágrimas seguían cayendo, mezclándose con la lluvia.

—No.

—Por favor… escúchame —suplicó él.

—No.

Adrián cerró los ojos un instante y cuando volvió a abrirlos dio un paso hacia ella.

—Lo siento. —Aquello consiguió que Daniela se quedara inmóvil. Parecía sincero—. Nunca quise engañarte.

—Claro —ironizó ella.

—Es verdad.

—¿Y qué esperabas? —La voz se le quebró—. ¿Que me pareciera romántico?

—No.

—¿Que me hiciera gracia?

—No.

—¿Que te diera las gracias?

Aquello hizo que Adrián bajara la vista unos segundos.

—No sabía cómo decírtelo —explicó con la voz entrecortada.

—Mentira.

—Es verdad.

—Tuviste semanas.

—Lo sé.

—Meses —dijo con la voz más aguda.

—Lo sé.

—Y no dijiste nada.

La lluvia seguía cayendo alrededor de ellos, cada vez más fuerte.

—He sido un idiota.

—Eso no lo discuto.

Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa triste, la primera, y desapareció inmediatamente.

—Por favor… —La miró directamente—, perdóname.

Daniela negó con la cabeza.

—¿Por qué debería hacerlo?

Hubo unos segundos de silencio.

—Porque te quiero.

Ella puso su espalda recta al escuchar aquello y lo miró fijamente. Se removió incómoda ante la mirada fija de él y apretó los labios.

—Eso no se le hace a una persona a la que se quiere —dijo ella con dolor.—. Si querías mi cafetería, podías haber usado abogados.

—Nunca he querido tu cafetería.

—¿En serio?

—Sí.

—Porque parece exactamente lo contrario —comentó ella más alto.

—No.

—Entonces explícame qué era todo esto —señaló hacia el edificio. La voz volvió a rompérsele—. Porque yo ya no entiendo nada.

Aquello pareció destrozarlo.

Durante unos segundos simplemente la observó, sin saber qué decir.

—Todo fue real. —Daniela no respondió—. Cada desayuno, cada conversación, cada paseo, cada vez que fui a verte…

—Las lágrimas volvieron a aparecer. Una parte de ella quería creerlo, y eso era precisamente lo peor—.

Todo fue real —repitió. Dio un paso más, situándose justo frente a ella—.

Estoy total y absolutamente enamorado de ti —se sinceró del todo.

El mundo se detuvo literalmente y Daniela dejó de respirar.

La lluvia desapareció, los coches y el ruido también, y solo quedaron aquellas palabras. Durante semanas había imaginado escuchar algo así. Y ahora que ocurría… era demasiado tarde.

Lo miró completamente inmóvil, con las lágrimas cayendo por sus mejillas, y Adrián volvió a decirlo sin apartar la vista ni esconderse.

—Estoy enamorado de ti, Daniela.

Aquello rompió algo dentro de ella. Sabía que estaba diciendo la verdad. Lo sabía y, precisamente por eso, dolía tanto.

Él levantó una mano y le apartó suavemente un mechón mojado de la cara. Con la otra, rodeó su cintura con cuidado, como si fuera algo frágil, y se inclinó hacia ella para besarla.

Fue un beso suave, muy suave, sin exigencias ni prisa, sin intentar convencerla de nada, solo un beso lleno de ternura y arrepentimiento, cargado de amor.

Sus labios apenas rozaron los de ella al principio, casi como una pregunta, una súplica y, durante un segundo, Daniela se quedó completamente paralizada. Aquello era exactamente como lo había imaginado… era perfecto.

Entonces recordó la sala, los abogados, las mentiras, las medias verdades y abrió los ojos de golpe, separándose, retrocediendo inmediatamente como si acabara de quemarse.

Adrián la observó con dolor, pero no intentó detenerla.

—Le pido, por favor, que no me siga… —Aquello lo golpeó inmediatamente—, señor Valcárcel.

Adrián cerró los ojos un instante, como si aquellas dos palabras dolieran físicamente.

—No hagas esto, por favor. Te llevo a casa, está lloviendo. —Ella no respondió, solo se giró ofreciéndole la espalda—. Daniela…

Pero ella ya se estaba alejando, paso a paso entre la lluvia, sin volver la vista atrás.

Adrián permaneció inmóvil, observándola desaparecer calle abajo, empapada y dolida, cada vez más lejos, hasta que finalmente ya no pudo verla.

Solo entonces bajó la cabeza y se pasó una mano por el rostro mojado.

—Mierda —susurró, cerrando los ojos.

Daniela no recordaba cómo había llegado a casa. Solo recordaba la lluvia, el taxi y el nudo que tenía en el pecho. Nada más.

Cuando abrió la puerta de su piso y entró, el silencio la golpeó de inmediato.

Cerró la puerta, apoyó la espalda contra la madera y cerró los ojos, suspirando, como si llevara horas conteniendo el aire.

No entendía nada, absolutamente nada.

¿Cómo había podido pasar aquello? ¿Cómo había llegado a enamorarse precisamente de él? Porque sí, ya no tenía sentido seguir negándolo, estaba enamorada de Adrián y, al mismo tiempo, lo odiaba o, al menos, quería odiarlo.

Aquello era un desastre, una combinación absurda que no sabía ni cómo procesar.

Se quitó el abrigo mojado y lo dejó caer sobre una silla, después los zapatos, las medias y, finalmente, se soltó el moño que había preparado con tanto esmero aquella tarde.

El cabello rubio cayó húmedo sobre sus hombros y fue entonces cuando sintió que las lágrimas volvían.

Qué desastre.

Se pasó ambas manos por la cara, intentando serenarse, intentando ordenar los pensamientos y entender qué demonios acababa de ocurrir.

Justo entonces, sonó el teléfono y el sonido resonó en el piso.

Abrió el bolso y sacó el móvil. Al ver la pantalla sintió otra punzada en el pecho. Adri.

Durante unos segundos simplemente observó el nombre, sin moverse, sin respirar, y después colgó.

No quería hablar con él, necesitaba pensar y entender qué sentía. Necesitaba procesar el hecho de que el hombre que le quitaba el sueño era exactamente la persona que llevaba semanas intentando echarla de su cafetería.

Se dejó caer sobre el sofá mirando al vacío.

Le atraía, muchísimo, le parecía el hombre más atractivo que había conocido jamás, el más atento, el más encantador y caballeroso y, precisamente por eso, dolía tanto. Si hubiese sido un imbécil habría sido mucho más fácil. Pero no lo era.

Recordó cómo la había mirado bajo la lluvia, recordó sus palabras: “Estoy enamorado de ti”. Y maldito fuera, había sonado sincero, muy sincero, igual que cuando la besó.

Se tapó la cara con ambas manos, gimiendo de frustración.

—¡Ahhh!

No sabía qué pensar.

Por una parte, estaba convencida de que sentía algo real, lo había visto en sus ojos, lo había sentido, pero por otra… ¿y si todo formaba parte de un plan? ¿Y si simplemente había encontrado una forma elegante de conseguir lo que quería?

Aquello no tenía sentido y, precisamente por eso, era tan desesperante, porque una parte de ella no lo creía capaz, no después de conocerlo.

Suspiró y entonces recordó otra cosa: el correo electrónico que ella había enviado por error.

Abrió los ojos de golpe.

—Madre mía...

Se dejó caer contra el respaldo del asiento.

Había escrito aquel correo, aquel maravilloso correo donde prácticamente llamaba psicópata corporativo al CEO de Vanguard y ahora resultaba que el CEO de Vanguard había estado desayunando cada mañana en su cafetería.

Perfecto, simplemente perfecto.

Se llevó una mano a la frente.

Aquello era ridículo, completamente ridículo y, aun así, si él le hubiese dicho la verdad desde el principio, quizá todo habría sido diferente. No más fácil, pero sí diferente.

Entendía perfectamente que la cafetería no iba a durar para siempre. No era una niña. Le quedaban poco más de cuatro años de contrato y lo sabía. Era una realidad dolorosa, pero real. La cuestión era qué ocurriría después.

Por primera vez desde que comenzó todo aquello comprendió algo: quizá ahora tenía una oportunidad, una oportunidad real. Porque, si algo había quedado claro aquella tarde, era que Adrián movería cielo y tierra por ella.

La cuestión era si ella quería permitírselo y, sobre todo, si podía volver a confiar en él.

Aquella era la verdadera pregunta.

El teléfono volvió a sonar.

Daniela ni siquiera necesitó mirar la pantalla. Sabía perfectamente quién era. Aun así, la miró.

Adri. Otra vez.

Suspiró y volvió a colgar sin responder, sin siquiera dudarlo.

No iba a ponérselo fácil, ni de broma. Si Adrián Valcárcel quería recuperar su confianza,

tendría que ganársela paso a paso. Esta vez no pensaba regalarle absolutamente nada.

El teléfono dejó de sonar una vez más. Daniela se acomodó en el sofá y miró hacia la ventana, donde la lluvia seguía cayendo sobre Barcelona.

Al día siguiente tendría que verlo. Estaba prácticamente segura y, por primera vez desde que lo conocía, no tenía ni idea de qué iba a decirle cuando apareciera por la puerta de La Santa Massa.