16 #2
—Entonces podríamos empezar por decirnos la verdad. —La sala volvió a quedarse muda—. ¿No te parece?
—Daniela…
—¿O cómo debería llamarte? —Su voz volvió a elevarse—. ¿Adri? ¿O señor Valcárcel?
Uno de los abogados intervino otra vez.
—Señora Costa, le exijo…
—¡No vuelva a exigirme nada! —le gritó ella al abogado hecha un manojo de nervios.
—Señorita, debe tener en cuenta que…
—Basta —interrumpió Adrián al abogado, y su voz no sonaba amigable.
El abogado pareció desconcertado.
—Pero está interrumpiendo continuamente la reunión…
—Lo sé.
—Y se está dirigiendo a usted de forma inapropiada.
—Lo sé.
—Entonces…
Adrián apoyó lentamente los antebrazos sobre la mesa y su mirada se volvió peligrosamente seria.
—No volverán a corregirla ni a interrumpirla.
—Pero…
—Ni una vez más.
La sala entera contuvo el aliento. Todos sabían exactamente qué significaba aquel tono.
El abogado tragó saliva.
—La negociación debería llevarla el departamento jurídico.
—La negociación la llevará quien yo ordene.
—Es el procedimiento habitual —le recordó el abogado.
—Pues ahora ya no.
—Adrián…
—Esta negociación la llevaré yo personalmente.
—Eso no tiene sentido —comentó el abogado.
—Lo tiene para mí. —Hubo un silencio más largo e incómodo—. Así que manténganse callados como les he ordenado ya varias veces.
Nadie volvió a discutir, porque cuando Adrián Valcárcel hablaba con aquella voz, la discusión terminaba.
Al otro lado de la mesa, Daniela seguía observándolo sin comprender nada.
Aquella era, quizá, la parte más dolorosa de todas, que incluso ahora, enfadada y sintiéndose traicionada, seguía reconociendo al hombre del que se estaba enamorando.
Eso hacía muchísimo más difícil odiarlo.
Todas las piezas comenzaban a encajar y, cuanto más encajaban, más daño hacían.
Las mañanas, los desayunos, las citas, los paseos, la reserva del restaurante, las preguntas sobre Vanguard, las preguntas sobre el local, las preguntas sobre lo que quería ella, todo… absolutamente todo cobró sentido en su mente.
La sensación de traición llegó tan fuerte que casi le costó respirar.
Levantó lentamente la vista hacia él y, durante unos segundos, simplemente lo observó, como si estuviera intentando descubrir quién era realmente.
—¿Por qué lo hiciste?
La voz le salió rota, mucho más rota de lo que habría deseado.
—Daniela…
—¿Por qué?
Adrián suspiró.
—No te engañé.
Ella se mostró entre incrédula y dolida.
—Ah, ¿no? ¿Y cómo defines esto?
La sala volvió a quedarse en silencio. Adrián cerró los ojos unos segundos y, por primera vez desde que ella había entrado, parecía realmente cansado.
Sabía que aquello era indefendible, sabía exactamente cómo se veía desde fuera.
Cuando volvió a abrir los ojos, miró a los abogados, a los arquitectos y a todos los presentes.
—Déjennos solos.
Varios parpadearon, extrañados.
—Adrián…
—Ahora —exigió.
—Estamos aquí para la negociación.
—He dicho que nos dejen solos.
La voz sonó tranquila, pero nadie confundió aquello con una petición. Era una orden.
Daniela soltó una risa amarga.
—Oh, sí. —Todos giraron la cabeza hacia ella—. Lleva tiempo negociando esto personalmente.
Aquello provocó varias miradas de absoluta confusión, pues nadie parecía entender qué estaba ocurriendo. Aun así, comenzaron a levantarse, uno tras otro, recogiendo carpetas, ordenadores y documentos. Pocos segundos después, la enorme sala quedó completamente vacía, excepto por ellos dos.
Adrián se levantó y dio un paso hacia ella.
—Ni se te ocurra acercarte.
Se detuvo inmediatamente y asintió, permaneciendo a varios metros de distancia, respetando exactamente lo que ella acababa de pedir.
Volvieron a mirarse y durante unos segundos ninguno habló.
—La primera vez que fui a La Santa Massa… —Daniela se cruzó de brazos—, fui porque quería ver el local. —Ella no respondió—. Era parte del proyecto.
—Claro.
—Y entonces te vi —dijo rápidamente, bajando la vista un instante, recordándolo todo—. Y me olvidé completamente del local.
Daniela sintió un pequeño golpe en el pecho y lo odió. Seguía afectándole, incluso ahora.
—Estabas detrás de la barra, tenías harina en la mejilla y estabas discutiendo con una clienta porque quería pagar menos por una tarta.
A Daniela se le escapó una mueca, recordaba aquella discusión.
—Y sonreías… todo el tiempo.
—No cambies de tema.
—No estoy cambiando.
Adrián levantó la vista.
—Vi cómo tratabas a la gente, cómo hablabas con los vecinos, la pasión que ponías en cada cosa que hacías.
Ella apretó la mandíbula porque aquello era exactamente lo que no quería escuchar.
—Me mentiste —lo cortó ella.
La frase salió seca.
—Daniela…
—Me mentiste —insistió.
—No era mi intención.
—¿No? —Levantó ambas manos, incrédula—. ¿En serio? ¿Todo esto qué era entonces?
—Yo nunca…
—¿Era parte del plan?
—No.
—¿Conseguir que confiara en ti?
—No.
—¿Que me enamorara de ti? —Aquella frase hizo que algo cambiara en los ojos de Adrián, pero Daniela ya no podía detenerse—. ¿Era eso?
—No.
—Entonces explícamelo.
—No quería perderte.
Ella lo escudriñó con la mirada.
—¿Qué?
—Hay muy poca gente que me trate con normalidad cuando sabe quién soy.
Daniela soltó una carcajada y aquella vez sonó casi cruel.
—Claro.
—Es verdad.
—Claro.
—Daniela…
—Por eso es mejor engañar. —Aquello golpeó a Adrián más que cualquier grito—. ¿Esa es tu excusa?
—No es una excusa.
—Es horrible.
La emoción empezó a subirle por la garganta y de repente los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas. Aquello le dolía muchísimo más de lo que esperaba
—Confié en ti. —Su voz se quebró—. Y ahora me siento estúpida.
Adrián dio un paso involuntario hacia ella y volvió a detenerse, recordando inmediatamente lo que ella le había pedido.
—No eres estúpida.
—Pues me siento como una idiota.
—Daniela…
—Me has hecho creer una cosa.
—Lo sé.
—Y era otra completamente diferente.
Aquello hizo que Adrián cerrara los ojos porque no tenía forma de defenderse. Tenía totalmente razón en todo lo que decía.
—Me he equivocado. Muchas veces. —Ella no respondió—. He estado a punto de decirte la verdad decenas de veces.
—Pero no lo hiciste.
—No.
—Porque era más cómodo.
—Porque tenía miedo.
Aquello hizo que Daniela levantara la vista.
—¿Miedo?
—De perderte.
La frase quedó suspendida entre ambos, pero ya era tarde, demasiado tarde.
—¿Y qué esperas que haga ahora? —Las lágrimas comenzaron a deslizarse finalmente por sus mejillas—. ¿Qué se supone que he de hacer?
Adrián tragó saliva.
—Lo que necesites.
—No me sirve.
—Quiero arreglarlo.
—No puedes.
Dio un paso más hacia delante.
—Déjame intentarlo. —Ella apretó los labios y aquello lo destrozó, jamás la había visto llorar—. ¿Quieres un local nuevo? —Ella negó—. Te lo daré.
—No.
—¿Quieres mantener la fachada? Hablaré con los arquitectos… —Ella no se movía—. Haré lo que sea necesario.
—No lo entiendes. —Adrián se quedó callado ante aquellas palabras—. Lo único que necesitaba era que hubieras dicho la verdad y no jugaras conmigo. Solo eso.
Durante varios segundos se hizo el silencio, hasta que Daniela cogió el bolso y se puso en pie.
—Por favor, no te vayas.
—Déjame —susurró, dirigiéndose hacia la puerta.
—Escúchame.
—No.
Cuando llegó a la puerta, se giró una última vez, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón completamente roto.
—No me habrías perdido por ser el CEO. —La voz volvió a quebrársele—. Me has perdido por no confiar en mí.
Aquella frase golpeó a Adrián como un puñetazo.
Daniela abrió la puerta y salió.
Adrián permaneció inmóvil, solo, en medio de aquella enorme sala con los ojos cerrados.
Sí, había metido la pata, muchísimo, y lo peor era que entendía perfectamente por qué Daniela estaba tan enfadada. No podía culparla ni un poquito, pero también sabía otra cosa: no pensaba perderla. Ni loco.
Abrió los ojos y salió de la sala.
Los abogados seguían esperando fuera.
—¿Qué ocurre?
—¿Cómo ha ido?
—¿Hay acuerdo?
Adrián pasó junto a ellos sin responder, con paso rápido.
—¿Adrián?
—¿Qué hacemos?
Nada, ni una respuesta.
Atravesó el pasillo y llegó a los ascensores. Justo entonces, vio a Daniela dentro y las puertas comenzando a cerrarse.
—¡Daniela! —Ella levantó la vista—. ¡Espera, por favor!
Demasiado tarde, las puertas se cerraron y el ascensor desapareció.
Adrián masculló una maldición entre dientes y pulsó compulsivamente el botón.
La pantalla digital indicaba que el siguiente ascensor tardaría en llegar, y él no tenía ninguna intención de esperar.
—Joder, mierda…
Resopló, se giró y se dirigió directamente hacia la puerta de emergencia para tomar las escaleras.
Si Daniela pensaba escapar tan fácilmente, es que todavía no lo conocía tan bien como creía.