16
Las puertas del ascensor se abrieron y Daniela salió.
Durante unos segundos se quedó completamente inmóvil.
Si la planta baja le había parecido impresionante, aquello era otro nivel.
Todo estaba decorado en tonos claros y elegantes, madera natural, cristal, alfombras gruesas y cuadros modernos, rodeado de enormes ventanales desde los que podía verse buena parte de Barcelona bajo aquella lluvia suave de octubre.
Aquello no parecía una oficina, parecía un hotel de lujo o un lugar donde la gente compraba islas privadas mientras desayunaba.
Perfecto, justo su ambiente.
Avanzó por el pasillo principal y, al fondo, encontró un enorme mostrador de recepción. Tras él había una mujer elegantísima con un traje beige impecable que hablaba por teléfono mientras revisaba algo en una pantalla.
La mujer levantó la vista y sonrió educadamente.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —contestó Daniela mientras se acercaba—. Soy Daniela Costa.
La recepcionista asintió inmediatamente.
—Por supuesto. —Cogió el teléfono y pulsó unos botones—. La señora Costa ya ha llegado. —Escuchó unos segundos—. Perfecto. —Colgó y volvió a sonreír—. Si es tan amable, puede esperar unos minutos.
Daniela asintió.
—Gracias.
Se dirigió hacia una zona de espera y se sentó, intentando aparentar tranquilidad. Fracasó por completo: una de sus piernas empezó a moverse sola, dando pequeños golpecitos nerviosos contra el suelo, uno tras otro. Y cuanto más intentaba detenerla, más rápido se movía.
Respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos.
No podía decepcionar a los suyos: a Inés, Marcos, Carla, Toni y a todos aquellos vecinos que llevaban semanas apoyándola; a toda esa gente que creía que podía conseguir algo.
Pero, al mismo tiempo, era consciente de la verdad.
Una verdad incómoda, de esas que llevaba días evitando mirar de frente.
Dentro de cuatro años y poco, el contrato terminaría igualmente y no se lo renovarían. Porque nadie construía un complejo multimillonario alrededor de una cafetería antigua para conservarla intacta en medio de todo aquello.
Aquello era absurdo, lo sabía, siempre lo había sabido y, aun así, sentía ganas de llorar, puesto que una parte de ella empezaba a comprender que quizá estaba librando una batalla imposible.
Miró por la ventana observando la lluvia caer sobre Barcelona y, por primera vez desde que comenzó todo, sintió un impulso enorme de rendirse.
Respiró hondo y volvió a incorporarse. No, todavía no. No pensaba rendirse sin pelear.
La voz de la recepcionista la sacó de sus pensamientos.
—Señora Costa. —Daniela levantó la cabeza, la mujer sonreía—. Si me acompaña, por favor.
Se puso en pie inmediatamente y comenzó a seguirla.
Atravesaron un pasillo largo, muy largo y silencioso. Despachos de cristal, salas de reuniones, más obras de arte moderno, más lujo y mucho más dinero invertido del que Daniela había visto junto en toda su vida, hasta que, finalmente, llegaron a la última puerta.
La recepcionista se detuvo y llamó suavemente.
—La señora Costa —anunció, abriendo la puerta. Daniela entró tragando saliva. El corazón le dio un vuelco.
La sala de juntas era enorme. Una mesa inmensa de madera oscura ocupaba prácticamente todo el centro. Había pantallas empotradas, cristaleras gigantes, sillas de cuero y varias personas ya sentadas, todas con traje y con aspecto de cobrar demasiado dinero.
Uno de los hombres se levantó inmediatamente con una sonrisa profesional y le tendió la mano para darle un apretón de manos firme.
—Buenas tardes, señora Costa.
—Buenas tardes —contestó ella.
—Soy Javier Salas, abogado de Vanguard. Gracias por acudir.
—Gracias a ustedes —contestó ella.
—Esperamos que hoy podamos encontrar una solución satisfactoria para ambas partes.
Daniela sonrió educadamente, aunque por dentro estaba pensando exactamente lo contrario.
Luego comenzaron las presentaciones. Otro abogado, un asesor, el arquitecto, un responsable financiero… todos parecían iguales con sus trajes.
Aquello la puso más nerviosa. Miraba los rostros, asentía y estrechaba las manos, pero apenas retenía los nombres, hasta que el abogado volvió a hablar.
—Y, por supuesto… —Hizo un gesto hacia la cabecera de la mesa—, nuestro consejero delegado, el CEO de Vanguard.
Daniela giró la cabeza sin prestar demasiada atención, esperando encontrarse a cualquier ejecutivo desconocido, a cualquier hombre gris con una corbata cara y, entonces, lo vio.
El tiempo se detuvo, literalmente, porque allí, de pie, con un traje impecable, estaba Adrián, su Adri, el hombre de los desayunos, de las sonrisas, de las citas, paseos y casi besos.
El corazón le dejó de funcionar o explotó. No estaba segura. Quizá ambas cosas.
Aquello no tenía ningún sentido. Ninguno. Absolutamente ninguno.
Su cerebro empezó a buscar explicaciones desesperadamente.
Quizá era una coincidencia. Sí, eso era. Había otro Adrián, muchos Adrianes. España estaba llena de Adrianes. Perfecto, problema resuelto. Pero entonces el abogado terminó la frase.
—Adrián Valcárcel, CEO de Vanguard.
El Universo decidió incendiarse.
Daniela abrió la boca y no salió nada, ni una palabra. Su cerebro acababa de abandonar el edificio por completo y probablemente había saltado por una ventana.
Adrián se acercó despacio, con expresión seria y preocupada, como si supiera exactamente lo que estaba ocurriendo dentro de ella. Porque lo sabía, vaya si lo sabía.
Se detuvo frente a ella y le tendió la mano.
—Buenas tardes, Daniela.
Aquella voz. La misma voz. La misma maldita voz.
Daniela miró la mano y luego a él.
Claramente estaba teniendo una alucinación.
Eso era. Una alucinación corporativa. Aquella era la explicación más lógica.
Se había intoxicado con harina o con café.
Sí, tenía que ser eso, porque la alternativa era que el hombre que le gustaba, el hombre que apenas unas horas antes le había dicho que ella le gustaba mucho, fuera exactamente la persona que ahora intentaba echarla de su cafetería.
Aquello era tan absurdo que su cerebro se negaba a procesarlo. Simplemente se negaba por completo.
Adrián le tendió la mano, pero Daniela reaccionó de golpe, como si acabara de despertar de una pesadilla.
—¡No!
La palabra resonó por toda la sala y varios de los presentes se sobresaltaron.
Ella dio incluso un paso hacia atrás, como si necesitara distancia, como si de pronto él fuera un desconocido.
Adrián cerró los ojos un segundo, respirando hondo e intentando mantener la calma. Sabía perfectamente lo que ella estaba sintiendo.
—Daniela…
Ella negó con la cabeza.
—¡No!
—Por favor.
—¡No!
Aquello ya no parecía una reunión, parecía una ruptura, y los abogados empezaron a mirarse entre ellos sin comprender absolutamente nada. Ninguno tenía contexto ni sabía quién era Daniela para Adrián.
—Daniela —repitió él con voz tranquila—. Por favor, vamos a intentar llegar a un acuerdo que no te perjudique.
—¡No!
—Escúchame.
—¡No!
El abogado principal intervino inmediatamente.
—Señora Costa, por favor, tome asiento.
—¡No!
—Necesitamos comenzar la reunión.
—¡He dicho que no! —gritó ella.
—Señora Costa…
—¡Nooo!
Varios de los presentes se removieron incómodos.
Daniela tenía el corazón tan acelerado que apenas podía respirar. Su cerebro seguía empeñado en mostrarle dos imágenes a la vez: Adri y el CEO, el hombre que pretendía quedarse con su cafetería.
No podía encajar ambas cosas. Simplemente no podía.
—Daniela…
Aquella voz. La misma de siempre. La voz que conocía tan bien.
Levantó la vista y se encontró con los ojos de Adrián.
—Por favor, recuerda lo que te dije esta mañana.
Ella se quedó inmóvil. Sí, lo recordaba perfectamente.
“Quiero ayudarte. Jamás querría que sufrieras”.
Aquellas palabras seguían resonando dentro de ella y, por alguna razón, consiguieron atravesar un poco toda aquella rabia, todo aquel dolor.
Respiró una vez más y, finalmente, terminó sentándose a regañadientes, como si le costara físicamente hacerlo.
El abogado pareció aliviado.
—Bien, entonces podemos comenzar.
Daniela giró inmediatamente la cabeza.
—¿Qué es todo esto?
—Como ya se indicó en el burofax, se trata de una negociación para…
—No me refiero a eso. —Lo interrumpió tan rápido que el hombre parpadeó—. No me refiero a la negociación. —Miró directamente a Adrián y la sala quedó en silencio—. Me refiero a qué demonios hace aquí vuestro CEO.
La palabra salió casi como un grito. Varios de los presentes se quedaron completamente rígidos porque nadie, absolutamente nadie, le hablaba así a Adrián Valcárcel.
—Señora Costa, modérese —intervino otro abogado inmediatamente.
—¿Que me modere? —le gritó.
—Está usted hablando con…
—Sé perfectamente con quién estoy hablando.
El abogado puso su espalda recta.
—Le exijo que mantenga las formas.
—Pues exíjale a él que me diga la verdad.
Aquello provocó otro silencio, más incómodo aún.
—Por favor, tranquilícese.
—No voy a tranquilizarme.
—Señora Costa...
—¡He dicho que no!
El abogado abrió la boca, pero Adrián habló primero.
—Déjenla.
La sala entera enmudeció inmediatamente porque aquella voz no admitía discusión.
—Pero Adrián…
—He dicho que la dejen —exigió. Adrián tomó asiento lentamente, sin apartar la vista de Daniela—. Que nadie vuelva a levantarle la voz.
Aquella orden provocó que varios abogados intercambiaran miradas incómodas.
—Solo intentábamos…
—Lo sé. Sé lo que intentabais.
La respuesta fue fría.
—Pero no volverá a ocurrir.
Daniela seguía observándolo, incapaz de comprender nada. Ni siquiera sabía qué sentía exactamente. Rabia, dolor, confusión… todo al mismo tiempo.
Adrián apoyó ambas manos sobre la mesa y cuando volvió a hablar su voz se suavizó.
—Daniela. —Ella no respondió—. Mi intención es mejorar esta zona de la ciudad.
—Claro.
—Es verdad.
—Claro.
—Escúchame.
—¿Por qué iba a hacerlo? —se quejó.
Aquello le dolía y se le notaba.
—Porque jamás haría algo que te perjudicara.
Daniela soltó una carcajada, incrédula.
—¿En serio?
—Sí.