15
Daniela seguía sin entender por qué estaba tan nerviosa. Era Adri, solo Adri, el hombre que iba a desayunar cada mañana, el hombre que le abría puertas, el hombre que insistía en acompañarla hasta el autobús y el mismo que le revolucionaba el corazón cada vez que sonreía.
Quizá sí entendía por qué estaba nerviosa.
—¿Qué pasa? —preguntó ella finalmente.
Adrián jugueteó unos segundos con la cucharilla del café, como si estuviera pensando cuidadosamente qué decir.
Aquello ya era raro, muy raro.
—Recuerdo que me dijiste que hoy tenías una reunión importante.
Daniela suspiró.
—Sí.
—Con Vanguard.
—Con Vanguard —confirmó ella.
Solo pronunciar el nombre ya conseguía que le entrara dolor de cabeza.
Adrián asintió lentamente.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco.
—Normal —asintió él con la cabeza.
Durante unos segundos ninguno habló. Luego, él la miró directamente.
—¿Puedo hacer algo para ayudarte?
Daniela sonrió automáticamente. Aquello era tan él... tan atento, tan bueno.
—¿Quieres ayudarme?
—Claro que quiero ayudarte.
La forma en que lo dijo la hizo pestañear. Durante un segundo, pareció que aquella frase escondía algo más, algo que no terminaba de comprender, pero antes de que pudiera pensarlo demasiado, se echó a reír.
—Pues si puedes convencer a Vanguard de que me deje tranquila, te estaré eternamente agradecida.
Esperaba que él se riera, pero no lo hizo. Se quedó observándola, serio y pensativo.
—¿Qué es exactamente lo que quieres?
Daniela parpadeó.
—¿Cómo?
—¿Qué quieres tú?
Aquello sí que no se lo esperaba.
—Pues… —Se encogió ligeramente de hombros—, trabajar.
—¿Solo eso?
—Sí.
Adrián apoyó un brazo sobre la mesa.
—¿Y no te gustaría tener una cafetería nueva?
Ella sonrió, divertida.
—Depende.
—¿No querrías una cafetería más grande?
—Eso implica más alquiler.
—Sería más moderna.
—Por lo que tendría más gastos.
Él suspiró.
—Tendrías más espacio.
—Y más problemas.
Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.
—Siempre encuentras el lado negativo.
—Porque alguien tiene que hacerlo —apuntó y se encogió de hombros.
—Interesante teoría.
Daniela sonrió y luego bajó la vista hacia la mesa mientras su expresión se suavizaba un poco.
—Además… no es solo eso. —Adrián permaneció en silencio, esperando y escuchándola—. La Santa Massa funciona porque es La Santa Massa. —Levantó la vista—. No sé si me explico.
—Te explicas.
—Tiene su personalidad.
—Lo sé.
—Sus clientes.
—Sí.
—Su historia. —Adrián asintió despacio—. Y me da miedo perderla.
Aquella frase hizo que algo se tensara dentro de él. Por primera vez estaba escuchando exactamente lo que necesitaba escuchar, sin abogados, sin contratos y sin informes.
—¿Te han ofrecido dinero?
Ella sonrió, pero con una sombra de tristeza en su rostro.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Ciento veinte mil euros.
Adrián no reaccionó, ni siquiera pestañeó, pero Daniela sí. Para ella, seguía siendo muchísimo dinero.
—Es una buena cifra.
—Lo es.
—Muchísima gente aceptaría.
—Sí, ya lo sé. —Ella suspiró y miró alrededor de la cafetería, las mesas, los clientes, la barra… su mundo—. Pero me da miedo perderlo todo.
Aquella frase quedó suspendida entre ambos y Adrián sintió un peso extraño en el pecho. La entendía mucho más de lo que ella imaginaba.
—¿Has pensado en negociar un local con Vanguard?
Daniela levantó una ceja.
—¿Un local?
—Sí.
—La reunión es esta tarde —le recordó.
—Ya.
Ella sonrió ligeramente.
—Y tampoco soy tonta.
Aquello le arrancó una pequeña sonrisa.
—Nunca he pensado que lo seas.
—Sé que tarde o temprano tendré que marcharme. —Aquello le dolió más de lo esperado—. Solo me quedan cuatro años y medio, bueno, ahora algo menos… y lo entiendo, pero esos de Vanguard solo piensan en el dinero.
Adrián bajó la vista hacia la taza.
—Quizá no quieran hacerte daño.
Daniela puso cara de incredulidad.
—Para ellos son solo negocios, pero yo he puesto toda mi alma y mi esfuerzo aquí. —Aquella frase golpeó directamente a Adrián. Ese era el problema, que ella tenía razón—. Y, aunque sé que algún día tendré que irme... —Miró hacia las mesas y sus clientes—, también sé que tendré que hacer algo.
La observó en silencio y, por primera vez desde que la había conocido, tuvo la sensación de que estaba a punto de perderla, porque dentro de pocas horas ella descubriría quién era él en realidad… y todo cambiaría. Todo.
—Daniela… —Inspiró hondo—, yo…
Ella levantó la vista.
—¡Jefa! —gritó Marcos desde el obrador.
—¿Qué pasa ahora?
—¡Necesito ayuda!
—¡Voy! —Daniela volvió a mirar a Adrián—. Lo siento.
Él negó suavemente.
—Yo también tengo que irme.
Ella sonrió.
—¿Mucho trabajo?
—Demasiado.
Se puso en pie y volvió a mirarla con seriedad y ternura a partes iguales.
—Solo quiero que recuerdes una cosa.
Daniela parpadeó.
—¿Qué?
—Quiero ayudarte. —La frase volvió a sonar extraña, como si escondiera algo—. Jamás querría que sufrieras.
Ella sonrió confundida y lo miró de la cabeza a los pies.
—¿Y eso a qué viene?
Adrián negó con la cabeza.
—A nada.
—Adri…
—Solo recuérdalo.
Aquello hizo que Daniela sonriera asombrada, pues seguía sin entenderlo, pero le parecía adorable.
Él cogió el abrigo y se lo puso. Dio unos pasos hacia ella hasta quedar frente a frente. Después inclinó ligeramente la cabeza y clavó la mirada en la suya.
—Me gustas mucho —le susurró.
El corazón de Daniela se detuvo literalmente durante un segundo entero.
Aquello no había sido una indirecta ni una insinuación, había sido una declaración directa y sincera, absolutamente inesperada.
Cuando levantó la vista hacia él, este seguía completamente inmóvil.
Adrián sonrió.
—Aunque eso creo que ya lo sabías.
Y, antes de que Daniela pudiera responder, se alejó de ella. Daniela lo siguió con la mirada hasta la barra, donde depositó unos billetes e ignoró completamente el cambio.
Salió por la puerta con Daniela sin poder moverse, observándolo, sin reaccionar y sin poder respirar.
Lo vio alejarse calle abajo.
Madre de Dios. Adri acababa de decirle que le gustaba y ni siquiera podía procesar correctamente aquellas palabras. Una cosa era pensarlo y otra muy diferente escucharlo.
—¡Jefa! —volvió a gritar Marcos.
Aquello la hizo reaccionar y finalmente salió corriendo hacia el obrador donde Marcos parecía necesitar ayuda.
La lluvia empezó cuando el taxi llevaba apenas cinco minutos circulando. No era una tormenta, solo una de aquellas lluvias suaves de octubre que aparecían de la nada sobre Barcelona. Aun así, el clima encajaba perfectamente con su estado de ánimo.
Estaba nerviosa, muchísimo.
Sentada en el asiento trasero, observó cómo las gotas comenzaban a deslizarse por la ventanilla mientras intentaba convencerse, sin demasiado éxito, de que todo iba a salir bien.
Quizá debería haber consultado a un abogado. La idea llevaba días rondándole la cabeza, pero al final no lo había hecho.
En realidad, ya sabía perfectamente lo que iba a ocurrir allí. Vanguard quería que abandonara el local y ella quería quedarse. No parecía una negociación especialmente complicada de entender, solo difícil de resolver.
Suspiró y se acomodó mejor en el asiento.
Se había tomado la reunión en serio. Había cerrado la puerta de la trastienda una hora antes y se había cambiado allí mismo.
La ropa de trabajo había desaparecido, nada de harina ni delantales.
Se había vestido con una falda negra elegante que le llegaba por las rodillas, una camisa blanca de rayas finas y un abrigo claro encima con unos zapatos de tacón que normalmente solo utilizaba en ocasiones especiales.
También se había maquillado ligeramente, lo justo para verse profesional, sofisticada y segura… o al menos fingir que lo estaba.
El cabello rubio estaba recogido en un moño alto del que escapaban algunos tirabuzones rebeldes alrededor del rostro.
Inés había dicho que parecía una abogada y ella había respondido que aquello era un insulto.
Marcos casi se había atragantado de la risa.
Pensar en ellos consiguió arrancarle una pequeña sonrisa; los nervios seguían allí, muy presentes, pero no solo estaba luchando por ella, sino por ellos también.
Abrió el bolso y sacó el burofax. Volvió a leerlo por quinta vez aquel día, como si mágicamente fuera a cambiar y de pronto fuera a aparecer una línea nueva diciendo: “Olvide todo lo anterior. Hemos decidido dejarle la cafetería para siempre” .
Lamentablemente aquello no ocurrió.
Volvió a guardarlo y apoyó la cabeza contra el asiento mientras observaba cómo la lluvia seguía golpeando suavemente los cristales.
El taxi giró una última esquina y finalmente se detuvo.
—Ya hemos llegado.
Daniela levantó la vista y durante un segundo se quedó completamente quieta.
El edificio que tenía delante era enorme, de cristal y acero, con líneas modernas y elegancia corporativa por todas partes.
Aquello parecía el lugar donde la gente firmaba contratos multimillonarios mientras tomaba café que costaba más que una barra de pan. Nada que ver con La Santa Massa.
Pagó rápidamente y se colgó el bolso al hombro. Cuando abrió la puerta del taxi, una ráfaga de aire húmedo le golpeó la cara.
—Perfecto.
Justo entonces, la lluvia decidió intensificarse ligeramente. No mucho, pero lo suficiente para hacerla echar a correr en cuanto salió del taxi.
—Gracias —dijo prácticamente corriendo los pocos metros que la separaban de la entrada principal.
Los tacones resonaron sobre el pavimento mojado hasta que finalmente llegó bajo el enorme voladizo que protegía la entrada. ¡Y ella sin paraguas!
Al menos había sobrevivido… de momento.
Las puertas automáticas se abrieron delante de ella y entró.
El vestíbulo era todavía más impresionante, con techos altísimos, mármol claro e iluminación elegante.
La recepción minimalista, todo limpio, perfecto y carísimo.
Sintió que llevaba escrito “dueña de cafetería humilde” en la frente.
Se acercó a recepción e indicó su nombre. La recepcionista comprobó algo en el ordenador y le sonrió.
—La esperan en la planta diecisiete.
Diecisiete. Madre de Dios.
—Gracias.
Se dirigió hacia los ascensores y, en cuanto las puertas metálicas se abrieron, entró sin pensarlo dos veces.
Estaba sola, por suerte, porque no tenía ganas de fingir tranquilidad delante de nadie.
Pulsó el botón a la planta diecisiete y las puertas comenzaron a cerrarse lentamente.
Un largo y profundo suspiro salió de lo más profundo de su ser.
Ya no había vuelta atrás. Dentro de unos minutos estaría sentada frente a los abogados de Vanguard, defendiendo todo aquello por lo que llevaba años luchando y, aunque intentaba convencerse de que estaba preparada, la verdad era que no tenía ni idea de lo que iba a encontrarse.