14 #2
A Daniela le desquiciaron aquellas palabras y se llevó las manos a la cabeza.
—Pero ¿cómo eres tan bruta?
—Me crie con cuatro hermanos mayores —se excusó riendo, lo que provocó que Daniela resoplara—. Bueno, y en otro orden de asuntos, ¿estás preparada para esta tarde?
Ahí la sonrisa desapareció gradualmente.
Aquella era la gran tarde, la reunión con los abogados de Vanguard sobre el local.
Daniela soltó aire.
—Sí, lo estoy.
—Van a intentar convencerte.
—Lo sé.
—Van a sacar números.
—Lo sé.
—Van a sacar abogados.
—Estoy preparada.
—Van a sacar palabras raras de abogados.
—También lo sé.
—Las odio —concluyó Inés.
—Yo también —rugió Daniela, casi elevando su puño—. Pero no pienso dar mi brazo a torcer. —Lo dijo firme, rotundo y sin una sola duda—. No quiero irme, no voy a finalizar el contrato antes y no pienso ponerles las cosas fáciles.
Inés sonrió.
—Esa es mi chica.
Daniela suspiró. La verdad era que estaba nerviosa, muchísimo, pero no iba a admitirlo ni loca.
Justo entonces, Inés miró hacia la puerta principal y una sonrisa enorme apareció lentamente en su cara.
Oh, no.
Daniela conocía aquella sonrisa.
—Tu hombre del traje acaba de aparecer.
Automáticamente, se giró.
Allí estaba, acababa de entrar por la puerta con el abrigo oscuro, la camisa impecable y aquella sonrisa que aparecía siempre que la veía. Por mucho que intentara convencerse de lo contrario, sintió que toda la cafetería acababa de volverse un poco más luminosa.
Adrián acababa de cruzar la puerta cuando sus ojos fueron directamente hacia ella, como si la encontrara incluso antes de buscarla.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
—¿Cómo va la revolución?
Ella señaló la cafetería llena.
—Cada día somos más.
—Eso empieza a preocuparme —dijo, mirando la cafetería llena.
Inés ya observaba la escena como una espectadora profesional de telenovelas.
—¿Lo de siempre? —preguntó Daniela.
Adrián fingió pensarlo.
—No.
—¿No?
—Hoy quiero cambiar.
—Qué valiente.
Se acercó a la vitrina y observó los cruasanes.
—Veamos...
—Tenemos “Capitalismo crujiente”.
—Tentador.
—También hay “Consejo de Administración”.
—Peligroso.
—Y, por supuesto, “Que le den a Vanguard”.
La sonrisa de Adrián apareció inmediatamente.
—Ese. Estaba muy bueno.
—Sabía que te había gustado.
—Y un café.
—Marchando.
Cuando Daniela fue a darse la vuelta, él habló otra vez.
—Por cierto.
—¿Sí?
Adrián pareció dudar un segundo, algo raro en él.
—¿Podrías sentarte cinco minutos conmigo?
Daniela parpadeó.
—¿Ahora?
—Sí.
—Adri, mira esto. —Le señaló toda la cafetería: mesas llenas, clientes entrando y pedidos acumulándose—. No puedo.
—Serán solo cinco minutos.
—Cinco minutos son muchos minutos ahora mismo.
—Por favor.
Encima, había utilizado el “por favor”, eso era jugar sucio.
—Adri…
—Solo cinco minutos.
Inés apareció inmediatamente.
—Yo me encargo.
Daniela giró la cabeza.
—No —se negó Daniela.
—Sí —sonrió Inés y lo miró a él con una sonrisa.
Marcos, desde el obrador, levantó una mano.
—Yo también voto que vaya.
Perfecto, una rebelión dentro de su propia cafetería.
Daniela volvió a mirar a Adrián. El muy desgraciado seguía sonriendo.
—Cinco minutos —remarcó ella.
—Cinco minutos —confirmó Adrián.
—Ni uno más.
—Trato hecho.
Él se dirigió hacia su mesa y Daniela se quedó observándolo unos segundos, hasta que Inés le dio un codazo.
—¿Qué?
—¿Te va a pedir matrimonio?
Daniela casi dejó caer una taza.
—¿Estás loca?
—Yo solo digo que…
—No.
—Podría ser —dijo, alzando las manos.
—No.
—Yo lo veo —continuó Inés, asintiendo con fuerza.
—No.
—Tiene cara de querer pedirte matrimonio.
—¿Qué significa eso?
—Pues eso.
—Eso no significa nada, solo hemos tenido un par de citas, no tiene lógica lo que dices…
—Está loquito por ti.
Daniela se puso roja inmediatamente.
—No está loco por mí.
—Daniela.
—¿Qué?
—Te mira como si fueras el último cruasán de la Tierra. Y, además, uno relleno.
—Inés.
Aquello hizo que la otra estallara en carcajadas.
—Es verdad.
—Cállate —susurró Daniela.
—Te adora —continuó Inés, pestañeando repetidas veces. —Daniela resopló—. Está enamoradísimo.
—Cállate..
—¿Y si te pide vivir juntos?
—¿Te acuerdas cuando te dije que iba a tirarte la cafetera encima y me controlé?
—¿Y si te pide hijos?
—¡Inés!
Varias personas giraron la cabeza y Daniela se llevó una mano a la cara. Aquello era insoportable.
—Por favor…
—Solo estoy preparándote psicológicamente, por si acaso.
—No necesito preparación psicológica.
—La necesitas, muchísimo —susurró con los dientes apretados.
Daniela negó con la cabeza y terminó montando la bandeja. El café, el cruasán, la servilleta… e ignorar las tonterías de Inés sin conseguirlo. Por su culpa tenía el corazón acelerado.
Respiró hondo, cogió la bandeja y caminó hacia la mesa.
Miró a Adri con aquel traje negro que parecía hecho para él, la camisa azul clara resaltaba todavía más sus ojos y aquella maldita corbata... aquella corbata debería estar prohibida por ley. Era absurdamente atractivo, tan atractivo que resultaba irritante y, cuanto más se acercaba, peor era.
Llegó finalmente hasta la mesa e inspiró hondo.
—Tu desayuno.
—Gracias.
Dejó la bandeja delante de él y, cuando iba a marcharse, Adrián señaló la silla frente a él.
—Siéntate, por favor.
Daniela miró la cafetería y luego a él.
—Cinco minutos —dijo ella.
—Cinco minutos.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Ella terminó sentándose e intentando ignorar el modo en que él la observaba. Tenía la sensación de que aquella conversación iba a ser importante y no tenía ni idea de por qué.