Con las manos en la masa 14
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Cuando salieron del restaurante, el aire fresco de octubre los recibió inmediatamente.

El cielo estaba cubierto por algunas nubes dispersas, pero la lluvia había dado una tregua y Barcelona parecía especialmente bonita aquella tarde.

Daniela caminó unos pasos junto a Adrián mientras intentaba convencerse de que no acababa de comer, probablemente, la comida más cara de toda su vida.

—Todavía sigo pensando en el precio del pescado.

Adrián soltó una risa.

—Ya ha terminado.

—No para mi cuenta bancaria imaginaria.

—Tu cuenta bancaria imaginaria sobrevivirá.

Aquello volvió a hacerla sonreír.

Empezaron a caminar sin prisa por las calles de la ciudad. La gente paseaba, las terrazas estaban llenas y algunos turistas sacaban fotografías.

Por primera vez en mucho tiempo, Daniela no estaba pensando en la cafetería ni en Vanguard, ni siquiera en facturas o en proveedores. Solo caminaba, y era agradable. Muy agradable.

—¿Siempre trabajas tanto? —preguntó ella.

Adrián metió las manos en los bolsillos del abrigo.

—Bastante.

—Eso no es una respuesta.

—Sí —confirmó él.

—Mucho mejor —lo felicitó.

—¿Y tú?

—También.

Llegaron a una plaza tranquila donde varias familias paseaban entre árboles que empezaban a teñirse de tonos otoñales.

Barcelona en octubre tenía algo especial: estaba más tranquila, más acogedora, como si la ciudad se permitiera bajar el ritmo.

—¿Sabes qué me preocupa? —preguntó Daniela de pronto.

—¿Qué?

Ella se encogió ligeramente de hombros.

—Que dentro de diez años quiero seguir exactamente igual.

Adrián la miró.

—¿Igual?

—Bueno, quizá no exactamente igual, pero sí con mi cafetería. —La sonrisa de Daniela se suavizó—. Quiero seguir levantando la persiana cada mañana, ver a los vecinos, quiero seguir teniendo La Santa Massa.

La voz le salió más baja al final y Adrián sintió inmediatamente un pequeño peso en el pecho. Sabía exactamente lo que estaba diciendo y lo que estaba en juego.

Daniela siguió caminando sin darse cuenta de lo mucho que aquellas palabras acababan de afectarle.

—Puede sonar una tontería.

—No lo es.

Ella lo miró y, durante unos segundos, Adrián estuvo a punto de decirlo, de confesarle la verdad. Verla hablar así, tan ilusionada y sincera, hacía que ocultarle la verdad empezara a resultar insoportable, pero entonces ella volvió a sonreír y se quedó callado.

—¿Y tú? —preguntó Daniela—. ¿Dónde te ves dentro de diez años?

—No lo sé.

—Mentira.

—¿Por qué?

—Porque los hombres como tú siempre tienen un plan para todo.

—¿Los hombres como yo?

—Sí.

—¿Qué clase de hombre soy exactamente? —bromeó él.

Daniela fingió pensarlo.

—Ordenado.

—Correcto.

—Controlador.

—Discutible.

—Muy controlador.

—Un poco —confesó con una sonrisa.

—Y seguro que haces listas.

—Hago listas —confirmó Adrián.

—Lo sabía.

Aquello volvió a hacerlos reír. Luego, siguieron caminando sin un rumbo concreto hasta que terminó anocheciendo poco a poco sobre Barcelona. Era increíble cómo pasaban las horas cuando uno estaba a gusto.

—Así que haces listas, ¿eh?

—Muchas listas.

—Eso es preocupante.

—Las listas son eficientes.

Ella lo miró con gesto divertido.

—¿También haces listas para las vacaciones?

—Sí.

—Adri...

—¿Qué?

—No puedes planificar unas vacaciones.

Él enarcó una ceja.

—Claro que puedo.

—Ese es literalmente el concepto contrario de tomarse unas vacaciones.

—No estoy de acuerdo, unas vacaciones deben estar completamente planeadas para aprovecharlas al máximo.

Llegaron a una zona más tranquila, alejada del ruido, donde las luces de las farolas comenzaban a encenderse mientras el sol terminaba de desaparecer por el oeste.

Durante unos segundos ninguno dijo nada, simplemente caminaron juntos, uno al lado del otro.

Daniela se dio cuenta de algo: ya no quería que terminara el día, ni la tarde, ni el paseo, ni nada. Aquello era una pésima señal, porque significaba exactamente lo que llevaba semanas intentando no pensar.

Le gustaba. Adri le gustaba mucho. Demasiado.

Levantó la vista y descubrió que Adrián también la estaba mirando en silencio, aunque esta vez era diferente, mucho más intenso.

Ninguno apartó la mirada. El corazón de Daniela empezó a acelerarse y, por primera vez en toda la tarde, sintió nervios de verdad.

Aquellos ojos marrones claros seguían fijos en ella y, de pronto, el mundo pareció quedarse un poco más quieto, más pequeño y más silencioso.

Solo estaban ellos y aquella mirada. Solo aquel momento.

Daniela tragó saliva y vio cómo Adrián bajaba ligeramente la vista hacia sus labios.

¿Lo iba a hacer? Estaba completamente segura. ¡Lo iba a hacer! ¡Quería que lo hiciera!

¡Muchísimo! Llevaba días pensando en ello, en cómo sería, en cómo la besaría, en si aquella barba de dos días haría cosquillas, en si olería igual de bien de cerca.

Su cerebro acababa de abandonarla oficialmente.

Adrián dio apenas medio paso hacia ella y el corazón empezó a golpearle tan fuerte que estaba convencida de que él podía escucharlo.

Y entonces él sonrió, solo un poco, como si estuviera igual de nervioso que ella.

Aquello la desarmó todavía más. Él siempre parecía tan seguro, tan tranquilo, y descubrir que ella también conseguía alterarlo le resultó extrañamente bonito.

Durante un segundo más permanecieron así, sin moverse ni apartar la mirada. Estaba tan cerca que Daniela podía distinguir pequeñas motas doradas en sus ojos.

Una pareja apareció caminando por la acera de enfrente, hablando a voces, riéndose y rompiendo completamente el momento.

Los dos reaccionaron casi al mismo tiempo, como si despertaran de golpe.

Daniela bajó la vista inmediatamente y sintió cómo las mejillas se le calentaban. Él apretó los labios. Estaba claro que Adrián tampoco estaba exactamente tranquilo.

—Bueno… —murmuró Daniela.

—Sí…

Excelente conversación, brillante.

Ambos acabaron riéndose como dos bobalicones. Sinceramente, ninguno sabía qué decir y ambos sabían perfectamente lo que acababa de pasar, aunque ninguno lo mencionara.

Finalmente, Adrián señaló hacia donde había aparcado el coche.

—¿Te llevo a casa?

Daniela respiró hondo e intentó recuperar cierta compostura.

—Sí.

—Bien.

Caminaron hacia el aparcamiento más despacio que antes, mucho más conscientes el uno del otro. Muchísimo más. Después de aquello, todo había cambiado, aunque ninguno de los dos quisiera admitirlo todavía.

Mientras bajaban hacia donde estaba aparcado el vehículo, Daniela no pudo evitar una última mirada de reojo: Adrián seguía sonriendo y ahí tuvo la sensación de que, quizá, estaba empezando a enamorarse de verdad.

La cafetería estaba llena como casi todas las mañanas.

El olor a café recién hecho flotaba por el local mientras Daniela preparaba pedidos detrás de la barra y Marcos sacaba otra bandeja de cruasanes del horno.

Fuera, seguía colgada la famosa pancarta y, para desesperación de Daniela, algunas personas seguían haciéndose fotos con el cruasán de la peineta.

—La revolución sigue fuerte —anunció Carla desde una mesa mientras editaba un vídeo.

—No vuelvas a decir revolución delante de mí.

—¿Cruasán insurgente?

—Peor.

—¿Movimiento popular?

—Muchísimo peor.

Inés soltó una carcajada mientras servía dos cafés. Marcos se apuntó a la conversación.

—Yo voto por resistencia panadera —sugirió Marcos.

—Voy a despediros a todos, os lo advierto —los señaló.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque nos quieres —contestó Inés haciéndole un gesto gracioso con la cara.

Daniela resopló y siguió preparando cafés, hasta que Carla se fue a atender una mesa y Marcos desapareció hacia el obrador. Inés se acercó de inmediato y apoyó ambos codos sobre la barra.

Aquella sonrisa ya la conocía. Era la sonrisa peligrosa.

—No digas nada.

—Lo voy a decir —canturreó Inés.

—No.

Inés bajó la voz y dio unos saltitos.

—Cuéntame cositas, anda.

Daniela entornó los ojos.

—Nooo —pronunció con paciencia.

—Cuéntame cosas, va —suplicó.

—No hay cosas que contar.

—Mentirosa —la acusó. Inés se acercó un poco más—. ¿Te gusta?

Daniela tardó exactamente dos segundos en responder.

—Muchísimo.

Y en cuanto la palabra salió de su boca, se tapó la cara con ambas manos.

—Dios mío.

Inés soltó un chillido ahogado.

—¡Lo sabía!

—Baja la voz.

—¡Lo sabía! —Dio saltos con los brazos en alto.

—Inés —la reprendió, mirando de un lado a otro.

—¡Si es que es evidente!

Varias personas giraron la cabeza y Daniela señaló la cafetera.

—Como vuelvas a alzar el tono, te doy con la cafetera.

—Pero tengo razón.

Maldita fuera, la tenía.

—Es muy guapo —dijo Inés más bajito esta vez.

—Sí —acabó dándole la razón.

—Muy educado.

—También.

—Muy atento.

—Exacto.

—Y te mira como si fueras un postre —acabó riendo Inés.

Daniela dejó caer la cabeza sobre la barra.

—Por favor…

—Solo digo la verdad.

—No necesito escucharla.

—Pues la vas a escuchar igualmente. —Inés seguía sonriendo, encantada consigo misma—. Y ahora… la pregunta importante.

Daniela levantó un dedo.

—No.

—Todavía no he preguntado.

—Ya sé lo que vas a preguntar.

—¿Te ha besado?

—Sabía que ibas a preguntar eso.

—¿Te ha besado? —repitió.

—No.

—¿Seguro?

Daniela puso los ojos en blanco.

—Inééés —pronunció lentamente.

—¿Seguro? —insistió.

—Que sí.

—¿Ni un poquito?

—¿Qué significa ni un poquito?

—Yo qué sé.

Daniela acabó riéndose. Resultaba imposible no hacerlo.

—No me ha besado —acabó con sinceridad.

—¿Y por qué?

Ella se encogió de hombros.

—No lo sé.

—¿Está ciego?

—No.

—¿Enfermo?

—No.

—¿Había una emergencia nacional?

Daniela volvió a reír.

—Simplemente no ocurrió.

Inés la observó unos segundos.

—Pero casi… ¿verdad?

Daniela se quedó callada y aquello fue suficiente.

Los ojos de Inés se abrieron como platos.

—Oh, Dios mío.

—No empieces.

—Oh, Dios… mío. ¡Casi!

Daniela miró alrededor.

—Baja la voz.

—¡Casi!

Daniela terminó riéndose mientras negaba con la cabeza. Sinceramente, era imposible mantener una conversación normal con aquella mujer.

Inés apoyó una mano sobre su brazo.

—Te gusta muchísimo.

Daniela bajó la mirada un instante y sonrió tímidamente.

—Sí —confirmó.

Inés se enterneció un poco, solo un poco. Luego volvió a ser Inés.

—Pues a ver si te mete la lengua hasta la campanilla, porque creo que necesitas un buen…