Con las manos en la masa 13 #2
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—Empiezo a preocuparme —comentó Adrián.

—Pues deberías —bromeó.

Aquello le arrancó una pequeña sonrisa.

—¿Y qué quería?

—Apoyar la revolución.

—Dios mío —dijo él, cerrando los ojos un segundo.

—Lo digo completamente en serio. —Daniela empezó a reírse, recordándolo—. Me ha dado dos barras de pan.

—¿Qué?

—Dos barras.

—¿Como regalo?

—Como símbolo de resistencia.

Adrián tuvo que dejar la copa porque empezó a reírse.

—No, eso no ha ocurrido.

—Ha ocurrido —le confirmó ella.

—Necesito más detalles, dámelos.

—Me ha dicho: "Daniela, no te rindas. El barrio está contigo".

—Increíble —rio él.

—Y luego me dio las barras de pan.

—Me encanta Barcelona.

—A mí también.

Los dos siguieron riéndose unos segundos y, durante un instante, Adrián simplemente se quedó observándola.

La forma en que se iluminaba cuando hablaba, lo expresiva que era, lo fácil que resultaba escucharla. Con Daniela nunca parecía que estuviera manteniendo una conversación por compromiso, todo fluía naturalmente, como si se conocieran desde hacía mucho más tiempo.

Cuando las risas fueron apagándose, él apoyó un brazo sobre la mesa.

—¿Y tu familia?

Daniela levantó la vista.

—¿Mi familia?

—Sí.

—¿Esto es un interrogatorio?

—Todavía no.

—Todavía…

Ella dejó los cubiertos y se limpió la boca con la servilleta.

—Mis padres viven en Tarragona.

—¿Te llevas bien con ellos?

—Muchísimo. —Una sonrisa cálida apareció en su rostro—. Mi madre sigue llamándome para preguntarme si estoy comiendo bien.

—Eso es obligatorio para todas las madres españolas.

—Y mi padre sigue pensando que trabajo demasiado.

—También es obligatorio. ¿Tienes hermanos?

Daniela negó.

—No, soy hija única.

—Claro —confirmó él con un movimiento de cabeza.

Ella entornó los ojos.

—¿Qué significa eso exactamente?

—Nada.

—Adri…

—Nada bueno.

Daniela cogió una servilleta y amagó con lanzársela.

Él levantó las manos inmediatamente.

—Paz.

—Eso pensaba yo.

Volvieron a reírse y entonces ella señaló hacia él con el tenedor.

—Te toca.

—¿Qué?

—Tu familia.

Durante un segundo, Adrián se quedó pensativo. Normalmente no hablaba mucho de aquello, pero con Daniela era diferente.

—Mis padres viven en Madrid. Mi madre era profesora…

—¿Era?

—Está jubilada.

—¿Y tu padre?

Adrián bajó un momento la vista hacia la copa.

—Es empresario. —Daniela asintió—. Mi padre creó una empresa cuando era joven.

—¿Grande?

—Con el tiempo sí.

Daniela apoyó el codo sobre la mesa, escuchándolo con atención.

—¿Y tú siempre quisiste trabajar allí?

Adrián pensó unos segundos.

—La verdad es que sí.

—¿En serio?

—Sí.

—Eres el primer niño de la historia que responde eso.

Aquello le arrancó otra sonrisa.

—Me gustaba.

—Qué rarito.

—Gracias —bromeó Adrián.

—De nada.

Daniela siguió observándolo y él se dio cuenta de algo: le gustaba que ella lo mirara así, con interés y sin juzgar, sin calcular nada. Solo escuchándolo.

—Por eso estudié Administración y Dirección de Empresas.

—¿Para seguir con la empresa?

—Exactamente.

Ella asintió lentamente y sonrió.

—Está claro que te gusta mandar —bromeó, señalándolo con la mano.

Adrián soltó una carcajada.

—Eso no es verdad.

Ella casi se atragantó de la risa.

—¿Perdona?

—Que no es verdad.

—Te he visto hablar por teléfono.

—Fue un caso aislado.

—No, ni hablar…

Aquello consiguió hacerlo reír todavía más.

Mientras la observaba sonriendo al otro lado de la mesa, pensó algo que empezaba a ocurrirle cada vez más a menudo: podría pasar horas allí, escuchándola hablar, sin aburrirse ni un solo segundo.

Daniela dejó finalmente los cubiertos sobre el plato y soltó un largo suspiro.

—No puedo más.

Adrián levantó la vista.

—¿No?

—Voy a necesitar que me lleven rodando hasta casa.

Aquello le arrancó una pequeña sonrisa.

—No ha sido para tanto.

Ella apoyó una mano sobre el estómago.

—Estoy llena.

—Eso es buena señal.

—Y todo estaba buenísimo.

Durante unos segundos, Daniela observó los platos casi vacíos sobre la mesa.

Todavía le parecía surrealista estar allí, en un restaurante como aquel con él. Sinceramente, si alguien le hubiera dicho un mes atrás que acabaría cenando y paseando por Barcelona con aquel hombre tan absurdamente atractivo, le habría recomendado visitar a un psicólogo.

—Gracias por traerme —dijo finalmente.

Adrián dejó el tenedor sobre el plato.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí tengo.

—No.

—Sí.

—Daniela…

Ella acabó riéndose.

—Ha sido toda una experiencia.

La sonrisa de él se suavizó un poco.

—¿Nunca habías estado en un sitio así?

Daniela negó.

—No.

—¿Ni una vez?

—Ni una vez.

—¿Y te ha gustado?

—Muchísimo. —Sus ojos azules brillaron ligeramente mientras miraba alrededor—. Aunque sigo pensando que un pescado no debería costar lo mismo que una lavadora.

Aquello volvió a hacerlo reír.

—Me alegro de haber sido yo quien te trajera por primera vez.

—Daniela levantó la vista y, por un instante, el ruido del restaurante desapareció, porque aquello había sido inesperadamente tierno.

Él sostuvo su mirada unos segundos más—.

Las cosas bonitas siempre son mejores cuando las compartes con alguien que sabe apreciarlas.

Daniela sintió cómo el corazón se le aceleraba.

Ella bajó un poco la mirada hacia la copa de vino e intentó recuperar cierta estabilidad emocional.

Y, durante unos segundos, simplemente se quedaron observándose.

—¿Te apetece un postre?

Daniela abrió muchísimo los ojos.

—¿Después de todo esto?

—Hay gente que puede.

—Esa gente está poseída.

—¿Café entonces?

Ella negó inmediatamente.

—Tampoco.

—¿Seguro?

—Como tome un café más hoy empiezo a escuchar colores y, además, creo que me explotaría el estómago.

Adrián acabó dejando también la servilleta sobre la mesa.

—Entonces nada de postre.

—Nada de postre —confirmó ella.

—Perfecto. Tengo otra idea.

Ella lo observó con curiosidad.

—¿Voy a sobrevivir?

—Probablemente. Podemos ir a dar un paseo —le ofreció.

—¿Para bajar la comida?

—Y porque me apetece seguir hablando contigo.

Lo dijo de forma tan natural que Daniela tardó un segundo en procesarla. Y, cuando lo hizo, notó otra vez aquel calor absurdo subiéndole por el pecho.

Daniela acabó sonriendo.

—Me parece bien.

—¿Sí?

—Sí.

—Perfecto.

—Aunque si me haces subir una montaña después de comer todo esto…

—Un paseo tranquilo —aclaró él.

—Más te vale —bromeó, señalándolo con la mano.

Y mientras él hacía una señal al camarero para pedir la cuenta, Daniela se descubrió pensando algo que empezaba a ocurrirle demasiado a menudo: que todavía no quería que terminara el día.