Con las manos en la masa 13
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Adrián detuvo el coche en un semáforo y miró la hora por cuarta vez en menos de cinco minutos. Llevaba toda la semana esperando aquel domingo y eso era algo que no le ocurría desde hacía muchísimo tiempo.

Normalmente, los domingos eran para correos atrasados, llamadas, informes y alguna escapada rápida a la montaña cuando tenía suerte.

Ahora no. Ahora estaba deseando llegar a La Santa Massa. Verla por las mañanas ya no era suficiente. Le gustaba desayunar allí, hablar cinco minutos con ella y escucharla discutir con Inés. Cada vez que se marchaba sentía que le faltaba tiempo: más conversaciones, más risas con ella.

Cuando giró la esquina y vio la cafetería, una sonrisa apareció instintivamente en su cara.

Allí estaba, esperándolo, apoyada junto a la fachada.

Durante un segundo, se quedó simplemente observándola.

Estaba preciosa. Llevaba unos vaqueros ajustados, un jersey fino color rosa y un abrigo claro que contrastaba con el ambiente otoñal de Barcelona.

Se había dejado el pelo suelto y aquel cabello rubio oscuro y ondulado caía sobre sus hombros hasta rozarle el pecho.

Los ojos azules parecían enormes bajo la luz suave del mediodía.

Cuando lo vio llegar, sonrió. Aquella sonrisa era la misma que llevaba quitándole el sueño toda la semana.

Era, sin duda, la chica más bonita que había conocido en su vida, y no era solo una cuestión física; era todo: la forma de hablar, de reír, la pasión con la que defendía lo que quería y la forma en que lo trataba, como a una persona normal, no como a Adrián Valcárcel, el CEO. Solo era Adri.

Durante unos segundos volvió a planteárselo. Quizá debería decirle la verdad, hacerlo antes de que todo llegara demasiado lejos. Pero también sabía lo que ocurriría: ella lo miraría de otra manera y todo cambiaría. Y, egoístamente, no quería perder aquello. Todavía no.

Aparcó junto a la acera y bajó del coche.

Daniela sonrió inmediatamente.

—Hola.

—Hola.

Ahí estaba otra vez aquella sensación absurda en el pecho.

Adrián se acercó al lado del copiloto y le abrió la puerta. Ella se quedó parada un segundo, como siempre. Todavía parecía sorprenderle su cortesía y, sinceramente, le encantaba.

—Gracias.

—De nada.

Daniela subió al coche mientras él rodeaba el vehículo.

Cuando se sentó al volante, volvió a mirarla, y sí, seguía pensando exactamente lo mismo: era preciosa.

—¿Has comido? —preguntó mientras arrancaba.

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—He reservado mesa para comer.

Daniela sonrió.

—Claro que has reservado.

—Empiezo a sentirme juzgado.

—Porque reservas hasta para respirar.

—Eso es falso.

—No me lo creo —bromeó ella.

Aquello le arrancó una sonrisa mientras se incorporaba de nuevo a la circulación.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. El silencio no resultaba incómodo, pero él fue demasiado consciente de su presencia, de ella sentada a su lado y de todo lo que se estaba guardando.

—¿Qué tal tu día?

—Tranquilo.

—¿Eso significa poco trabajo?

—Un poco —respondió él.

—¿Cuántas reuniones llevas hoy?

—Hoy es domingo —le recordó con una sonrisa.

—Eso no responde a la pregunta.

Adrián soltó una risa.

—Solo dos.

Ella puso los ojos como platos.

—¡Es la una de la tarde!

—Lo sé.

Ella lo miró con una sonrisa.

—Eres un caso perdido.

—Probablemente.

Daniela hizo un gesto de resignación.

—Voy a acabar obligándote a descansar.

Él enarcó una ceja en su dirección.

—Suerte con eso.

—No sabes lo pesada que puedo llegar a ser.

—Empiezo a sospecharlo.

Aquello la hizo reír y otra vez él se descubrió observándola, escuchándola y disfrutando simplemente de estar allí.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Cómo va la revolución del cruasán?

—Muy bien.

—Temía esa respuesta.

—Tenemos nuevos simpatizantes.

—Dios mío —dijo él, abriendo mucho los ojos.

—Y una señora del barrio ha tejido una funda para una barra de pan.

Adrián parpadeó.

—¿Qué?

—No preguntes.

—Necesito preguntar —rio.

—Ni yo misma lo entiendo.

Volvieron a reírse y, durante unos segundos, Adrián se olvidó completamente de los abogados, las reuniones, Vanguard y el proyecto. De todo. Daniela estaba allí, a su lado, y eso era lo único que le importaba.

Daniela intentó seguir la conversación, de verdad que lo intentó, pero había un problema, un problema bastante grande: Adri iba absurdamente guapo.

Llevaba un traje azul marino impecable que parecía hecho a medida, la camisa blanca le marcaba los hombros y el pecho de una forma completamente innecesaria para la salud mental femenina y encima se había quitado la corbata. Claramente, el Universo quería verla sufrir.

Ella intentó concentrarse en la carretera, pero fracasó; luego en los edificios, también fracasó. Finalmente, acabó mirándolo otra vez…. Madre de Dios, ¡qué hombre!

—¿Qué? —preguntó él, sin apartar la vista de la carretera.

Daniela dio un pequeño respingo.

—Nada.

Adrián sonrió, el muy travieso.

—Ajá.

Maldito fuese, sabía perfectamente que la había pillado mirándolo.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella, cambiando de tema.

—Sorpresa.

—No me gustan las sorpresas.

—Mentira.

—Vale, sí me gustan —rio.

—Lo sabía.

—Pero me gusta quejarme —bromeó Daniela.

—Eso también lo sabía.

Ella sonrió ante aquella respuesta.

Y cuando Daniela ya había perdido completamente la noción de hacia dónde iban...

el sedán se detuvo.

Ella levantó la vista y se quedó inmóvil.

—Adri.

—¿Sí?

—No.

—Sí.

—No —respondió ella con los ojos muy abiertos.

Él empezó a reírse. Conocía perfectamente esa reacción.

Frente a ellos se alzaba uno de los restaurantes más elegantes de Barcelona. La fachada era sofisticada, estaba rodeado de grandes cristaleras, los jardines perfectamente cuidados y una entrada que gritaba: “Aquí una botella de agua cuesta más que tu factura de internet”.

—Creo que me he vestido demasiado sencilla para este sitio.

Él soltó una carcajada.

—Estás preciosa.

Aquello no ayudó absolutamente nada.

Poco después, entraron y Daniela tuvo la sensación inmediata de estar entrando en otro mundo.

Luz cálida, madera noble, mesas perfectamente vestidas, copas brillando bajo lámparas elegantes y personal impecablemente vestido. Todo olía a lujo.

Un camarero se acercó enseguida.

—Buenas tardes.

Adrián asintió.

—Tenía una reserva a nombre de Adri.

El camarero sonrió inmediatamente.

—Por supuesto. Síganme.

Los condujo hasta una mesa junto a un enorme ventanal desde donde podía verse parte de Barcelona.

Daniela seguía mirando absolutamente todo a su alrededor, hasta que llegó el siguiente problema: Adri apartó la silla para que se sentara.

Ella se quedó parada otra vez. Nadie hacía eso, nadie.

Él vio inmediatamente su expresión y sonrió.

—Vas a tener que acostumbrarte.

Daniela lo miró genuinamente sorprendida.

—¿Perdón?

—A esto.

—No lo creo.

—Yo sí —dijo con una sonrisa.

Aquella confianza tranquila iba a acabar matándola.

Se sentó y él ocupó el asiento frente a ella.

El camarero dejó las cartas y Daniela abrió una de ellas.

Sus ojos empezaron a bajar línea por línea de precios y, cuanto más bajaba, peor era la situación. Los ojos se le iban abriendo cada vez más.

Cuando levantó la vista, encontró a Adrián con gesto divertidísimo, observándola.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Daniela…

—Nada.

—Daniela… —repitió.

Ella cerró la carta lentamente.

—Un plato de aquí cuesta lo que yo gano en medio día.

Adrián la observó y se encogió de hombros.

—Bueno.

—¿Bueno?

—¿Y qué problema hay?

Ella lo miró, compungida.

—Has perdido totalmente la cabeza —le susurró.

Aquello le arrancó una risa.

—Posiblemente —se encogió de hombros.

—Adri. Hay un pescado aquí que cuesta más que mi microondas de casa.

Él sonrió.

—¿Y?

—Que tengo apego emocional a mi microondas.

Él tuvo que apartar la mirada para no empezar a reírse demasiado.

—Prometo que sobreviviremos.

—No estoy segura.

—Yo sí.

Ella resopló y volvió a mirar la carta. Inspiró hondo y la cerró por supervivencia.

—¿Te gusta el marisco? —preguntó él.

—No.

—Respuesta rápida.

—No me gusta, de verdad, me parece sospechoso.

—¿El marisco?

—Sí.

—Interesante teoría.

—Gracias.

Él seguía sonriendo.

—¿Y el pescado?

—Eso sí.

—¿La carne?

—También.

Adrián asintió y, entonces, vio exactamente lo que estaba pasando.

Daniela no estaba escogiendo comida, estaba calculando precios, comparando salarios y sufriendo con mucha intensidad.

Así que alargó una mano muy despacio y le bajó la carta unos centímetros, con suavidad y sin apartar la vista de ella.

—Por favor…

Daniela tragó saliva.

—¿Qué?

—No mires los precios.

—Pero…

—No los mires.

Aquella sonrisa volvió a aparecer, la peligrosa, la que siempre conseguía desarmarla.

—Adri...

—No.

—Es muchísimo dinero.

—Lo sé.

—Me da vergüenza.

—No debería.

Ella se mordió ligeramente el labio, intimidada, y con aquello consiguió que él sonriera todavía más.

—Déjame invitarte, Daniela.

Daniela soltó aire porque luchar contra aquel hombre era agotador.

—Vale.

—Bien.

—Pero como me sirvan una gamba bañada en oro, me voy.

Aquello volvió a hacerlo sonreír.

—Trato hecho. —Llamó al camarero—. Tomaremos el rodaballo para dos.

Daniela lo miró perpleja.

—¿Para dos?

—Confía en mí.

Luego añadió un solomillo para compartir también y una botella de vino.

Cuando terminó de pedir, volvió a mirarla.

—Ya está.

—No sé si sentirme tranquila o secuestrada.

—Mejor tranquila.

—No estoy convencida —susurró.

—Lo estarás cuando llegue la comida.

Y, sinceramente, con aquella sonrisa de confianza que llevaba puesta, resultaba muy difícil llevarle la contraria.

La comida estaba espectacular, y eso era algo que Daniela odiaba admitir. Habría sido mucho más cómodo descubrir que los restaurantes caros eran una estafa, pero no. El rodaballo estaba increíble, el vino también y el solomillo prácticamente se deshacía solo.

—No me gusta darte la razón —admitió, cortando otro trozo de pescado.

Adrián levantó una ceja.

—Pero…

—Pero está buenísimo —confirmó ella—. Ahora entiendo por qué reservas.

—Gracias.

Él sonrió mientras daba otro sorbo al vino y Daniela siguió hablando.

—Te juro que una señora me ha parado por la calle —rio ella.

—¿Otra vez?

—Sí.