12
—Y recuerda una cosa importante.
Daniela ya estaba empujando literalmente a Inés hacia la puerta.
—No.
—Si te besa, necesito detalles.
Daniela resopló.
—Buenas noches, Inés.
—Y si no te besa, también.
—¡Fuera!
Marcos soltó una carcajada mientras se colocaba la chaqueta.
—Hasta mañana, jefa.
—Hasta mañana.
—Yo sigo apostando a que te lías antes de que acabe el mes —anunció Carla.
Daniela cerró los ojos.
—¿Por qué trabajáis aquí?
—Por el drama —respondieron los tres casi al mismo tiempo.
Perfecto.
Finalmente, consiguió echarlos a todos y cerrar la puerta.
La cafetería quedó en silencio, solo quedaba recoger un par de cosas, apagar luces y bajar la persiana, y eso hizo, aunque con calma, intentando no pensar en Adri.
Llevaba tres días seguidos pensando en él, en su sonrisa, en aquella voz grave, en la cita, en cómo la miraba y en lo absurdo que era todo.
Terminó de apagar las últimas luces y salió a la calle.
La noche era fresca, octubre ya empezaba a notarse de verdad.
Se estiró para agarrar la persiana y entonces oyó una voz a su espalda.
—Hola, Dani.
Automáticamente cerró los ojos.
No, otra vez no.
Se incorporó lentamente.
—Sergi.
Él sonrió.
Era un chico atractivo, alto, moreno, de barba cuidada y, durante mucho tiempo, ella había creído que acabarían juntos, pero aquello había terminado hacía medio año y él seguía sin aceptarlo.
—¿Qué haces aquí?
—Quería hablar contigo.
—Llevas queriendo hablar conmigo seis meses.
—Porque no me escuchas.
Daniela soltó aire lentamente.
—Sergi...
—Solo cinco minutos.
—No.
—Daniela.
—No —repitió ella.
Él se acercó un paso. No de forma agresiva ni amenazante, solo insistente. Demasiado.
—Te echo de menos.
Ella cerró los ojos un segundo.
Aquella conversación ya la habían tenido muchas veces.
—Sergi, por favor…
—Solo quiero que me escuches.
—Ya te escuché.
—No me escuchaste de verdad.
Daniela se cruzó de brazos.
—Me engañaste —dijo ella al final.
Sergi bajó la mirada.
—Fue una vez.
—Y aquí seguimos, otra vez —dijo con la voz cansada.
—Ya te pedí perdón.
—Y yo ya te dije que no iba a volver contigo.
Aquello pareció dolerle, pero Daniela ya no sabía qué más hacer. Estaba cansada de aquella situación.
—No puedes seguir apareciendo aquí sin más.
—Solo quiero arreglarlo.
—No se puede arreglar.
—Claro que sí.
—No.
—¿Por qué eres tan cabezota? —preguntó Sergi, desquiciado.
Daniela puso los ojos como platos.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Yo? —respondió, molesta.
—Sí.
—¿La cabezota soy yo? ¿De verdad?
—Solo digo que…
—Increíble —lo cortó.
Sergi se pasó una mano por la cara.
—Vale. Lo he dicho mal.
—Muchísimo.
—Pero entiendes lo que quiero decir.
—No.
—Dani...
Y, justo entonces, una voz masculina los interrumpió.
—¿Todo bien?
Daniela giró la cabeza inmediatamente y sintió un pequeño vuelco en el estómago.
Adri.
Venía caminando por la calle con las manos en los bolsillos del abrigo, tranquilo y relajado, pero había visto la situación y ahora estaba allí.
Sergi también se giró y Daniela vio exactamente el momento en que ambos se evaluaron. Fue instantáneo y bastante masculino.
Madre de Dios.
Adrián se acercó despacio, sin prisa, simplemente seguro de sí mismo.
—¿Todo bien? —repitió, mirando a Daniela.
Ella asintió inmediatamente.
—Sí.
Sergi no parecía especialmente convencido.
—Estamos hablando.
—Ya veo.
La respuesta fue tranquila y educada, pero de alguna forma consiguió que Sergi pareciera un adolescente enfadado.
—Soy Sergi —dijo finalmente.
—Adri.
Se dieron la mano y Daniela habría jurado que ninguno de los dos disfrutó demasiado de la experiencia.
—Un amigo —explicó ella rápidamente.
Sergi la miró.
—¿Un amigo?
Perfecto, ya empezábamos.
Adrián ni siquiera reaccionó, seguía igual de tranquilo.
—Bueno —dijo finalmente Sergi—. No quiero molestar.
Mentira, claramente quería, pero incluso él parecía darse cuenta de que la situación ya no era la misma.
Daniela se sorprendió cuando, por primera vez en meses, Sergi pareció quedarse sin argumentos.
Miró a Adrián, luego a ella y, finalmente, soltó aire.
—Ya hablaremos.
—No —insistió ella.
—Daniela…
—No.
Sergi negó con la cabeza, resopló y, sin decir nada más, se alejó por fin calle abajo.
Daniela observó cómo desaparecía mientras soltaba lentamente todo el aire que llevaba reteniendo dentro.
—Gracias.
Cuando volvió a girarse hacia Adrián, descubrió que seguía observando la dirección por la que se había marchado Sergi.
—¿Ese es tu ex?
—Sí.
—Entiendo.
Y la forma en que lo dijo hizo que Daniela sonriera un poco.
—¿Qué entiendes exactamente?
Adrián la miró.
—Que es persistente, tenaz.
Ella soltó una carcajada.
—Esa es una forma elegante de decirlo.
—Intento ser educado.
—Yo no.
Aquello le arrancó una sonrisa. Dios, qué guapo era cuando sonreía.
—¿Te ayudo con la persiana? —preguntó él.
—¿Has venido expresamente para ayudarme?
—Quizá —respondió, encogiéndose de hombros.
—Adri…
—¿Qué?
—Eso es un poco ridículo.
—Puede ser.
Sin esperar respuesta, agarró uno de los extremos de la persiana, como si fuera la cosa más normal del mundo.
Daniela negó con la cabeza, riéndose mientras lo ayudaba. Sinceramente, entre Sergi y Adri la comparación empezaba a ser realmente injusta.
Adrián la miró de reojo mientras terminaban de bajar la persiana.
El ruido metálico resonó por toda la calle y, por primera vez en muchos meses, Daniela sintió algo raro: alivio porque Sergi ya se había marchado y ahora mismo estaba allí con Adri. Aquello era muchísimo más agradable.
Cuando terminaron, él se incorporó y se limpió las manos.
—¿Te pasa mucho?
Daniela tardó un segundo en entender la pregunta.
—¿Lo de Sergi? —Él asintió—. A veces… demasiadas veces.
La sonrisa desapareció un poco de la cara de Adrián.
—Debe de ser incómodo.
—Muchísimo.
Caminaron unos pasos calle abajo, alejándose de la cafetería.
Las luces cálidas del barrio seguían encendidas y el aire fresco de octubre olía a pan recién hecho y a humedad.
Daniela metió las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—No es mala persona.
—Pero…
—Pero no entiende que se acabó.
Adrián asintió lentamente, como si entendiera perfectamente lo que quería decir.
—Eso es importante.
Ella lo miró.
—¿El qué?
—Saber cuándo algo ha terminado. —Daniela parpadeó, porque aquella respuesta parecía esconder algo más, pero, antes de que pudiera preguntarle nada, él volvió a sonreír—. Además…
—¿Además?
—No me ha caído demasiado bien.
Ella soltó una carcajada.
—¡Adri!
—¿Qué?
—Eso ha sonado muy celoso.
—No era mi intención.
Mentira podrida. Y él lo sabía.
Daniela sonrió divertida.
—Pues lo parecía.
—Lo tendré en cuenta para la próxima vez.
—¿La próxima vez?
—Si vuelve a aparecer.
Aquello hizo que volviera a reírse.
Siguieron caminando unos metros más y, durante unos segundos, no dijeron nada. Era un silencio agradable, de esos que aparecen cuando no necesitas llenar cada segundo hablando.
—Por cierto… —comentó él.
—¿Sí?
—Tu equipo me odia.
Daniela abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Estoy bastante seguro.
—No te odian.
—Inés sí.
Ella soltó otra carcajada.
—Inés odia a todo el mundo.
Él chasqueó la lengua.
—Eso me tranquiliza.
—Es su lenguaje del amor.
—Precioso —ironizó Adrián.
—Ya.
Adrián negó con la cabeza, sonriendo.
—Creo que hoy me ha mirado como si estuviera evaluando si soy digno de reproducirme.
Daniela casi se atragantó de la risa.
—No digas eso.
—¿No es verdad?
—Probablemente sí.
—Lo sabía —comentó, como si aquello le preocupase.
Daniela se dio cuenta de que ya estaban cerca de la parada del autobús. Probablemente, él ni siquiera tenía por qué haberla acompañado hasta allí.
—No hacía falta que vinieras.
Adrián la miró.
—Ya lo sé, pero quería verte.
El corazón le dio un golpe tan fuerte que casi se le olvidó respirar, y encima lo había dicho como si fuera la cosa más normal del mundo, como si no acabara de provocar una pequeña explosión nuclear en su pecho.
Daniela bajó la mirada un instante y sonrió.
—Eres un peligro.
La sonrisa de Adrián se hizo un poco más amplia.
—Eso me han dicho alguna vez.
Durante un segundo se quedaron mirándose, con el ruido lejano de los coches, las luces de Barcelona y esa sensación extraña que aparecía cada vez más a menudo cuando estaban juntos: la de que había algo entre ellos, algo importante. Algo que cada día resultaba un poco más difícil de ignorar.
Daniela vio acercarse el autobús a lo lejos, ya podía distinguir las luces avanzando por la avenida.
—Bueno —dijo ella intentando sonar normal—. Mi transporte público acaba de aparecer.
Adrián miró también hacia el final de la calle.
—Todavía puedo llevarte.
Daniela sonrió.
—Adri…
—¿Qué?
—Mi casa está a cinco minutos.
—Mi coche está en el parking subterráneo de aquí al lado.
—Ya lo sé.
—Y no me cuesta nada.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—De verdad, no hace falta.
Él la observó unos durante segundos, debatiéndose entre insistir o dejarlo estar.
Aquello le gustó. No era como Sergi: no intentaba convencerla, no discutía ni la presionaba. Simplemente, esperaba.
—Gracias igualmente —añadió ella.
La expresión de Adrián se suavizó un poco.
—Vale.
—Además, si me acostumbro a que me lleven a todas partes, acabaré volviéndome insoportable…
—Eso sería difícil.
—No me conoces tan bien.
—Empiezo a conocerte.
Aquella respuesta fue completamente innecesaria.
Daniela apartó la mirada hacia la calle para disimular una sonrisa. Cada vez que aquel hombre decía algo así, le alteraba el corazón. Y eso empezaba a convertirse en un problema.
—Bueno —murmuró ella—. Nos vemos mañana.
—Por supuesto, mañana.
Adrián bajó entonces la vista hacia ella y, antes de que Daniela pudiera pensar demasiado, él tomó suavemente una de sus manos con tranquilidad, como si aquello fuera lo más natural del mundo, pero no lo era, al menos, no para ella, ya que el corazón volvió a disparársele.
—Hasta mañana, Daniela.
La forma en que pronunció su nombre le produjo un pequeño escalofrío y, antes de que pudiera responder, él se inclinó ligeramente, despacio y sin prisa, dándole tiempo para apartarse si quería, y le depositó un suave beso en la mejilla.
Fue apenas un instante, pero suficiente para que Daniela sintiera el calor de sus labios y la barba de dos días rozando ligeramente su piel.
Una caricia mínima, una cosquilla inesperada, un gesto sencillo y, sin embargo, el mundo pareció detenerse durante un segundo.
Cuando Adrián volvió a incorporarse, ella seguía completamente quieta, mirándolo, con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho.
Él seguía sujetándole la mano y, por primera vez, parecía un poco menos seguro, solo un poco, como si también estuviera esperando algo, una reacción o señal.
Daniela acabó asintiendo ligeramente, sin saber qué hacer o decir.
Una pequeña sonrisa apareció entonces en la boca de Adrián y soltó su mano despacio.
—Hasta mañana.
Ella consiguió recuperar algo parecido a la capacidad de hablar.
—Hasta mañana.
Y, entonces, Daniela empezó a alejarse lentamente.
Dio unos pasos y volvió la cabeza. Él seguía allí, observándola y sonriendo.
Cuando apareció finalmente el autobús, las puertas se abrieron y Daniela subió.
Desde la ventanilla lo vio por última vez. Solo cuando él comprobó que ella estaba ya dentro, empezó a alejarse. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y caminó hacia las escaleras que descendían al parquin subterráneo.
Daniela se quedó observándolo mientras el autobús arrancaba, hasta que desapareció escaleras abajo. Solo entonces, se dio cuenta de que seguía llevándose una mano a la mejilla, justo donde la había besado.
Todavía podía recordar la sensación, la suavidad de sus labios y la calidez, aquella barba ligeramente áspera que le había hecho cosquillas sobre la piel y el modo en que la había mirado después, como si fuera la única persona que existía en el mundo en aquel momento.
Daniela apoyó la cabeza contra el cristal de la ventanilla y sonrió sola.
Estaba empezando a gustarle de verdad y, por mucho que intentara repetirse que pertenecían a mundos distintos, que probablemente no tenían nada que ver y que aquello no tenía sentido, su corazón parecía haber decidido ignorar completamente la lógica.