Con las manos en la masa 11 #2
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Daniela seguía con el teléfono pegado a la oreja, claramente irritada.

—Ya les he dicho que iré a la reunión. Y también les he dicho que no pienso marcharme.

—La negativa continuada podría complicar futuras negociaciones.

Ella soltó otra risa, incrédula.

—¿Eso es una amenaza elegante?

—No era nuestra intención.

—Pues ha sonado exactamente así.

Adrián ya no estaba sonriendo, aquella no había sido la orden. Él había dejado clarísimo que nada de presionar. Nada.

Daniela terminó apoyando una mano sobre la barra, completamente harta.

—Mire, tengo una cafetería llena y un cruasán revolucionario que atender, así que, si no les importa, hablamos el día veintiuno.

Y colgó directamente.

—Hijos de puta con corbata —murmuró entre dientes.

—Eso ha sido precioso —dijo Marcos, emocionado.

Daniela ya no escuchaba, porque justo entonces vio a Adrián coger el móvil. Algo en él había cambiado completamente.

Ya no parecía relajado ni divertido. Ahora imponía muchísimo.

Daniela se quedó quieta, observándolo, mientras él marcaba un número sin apartar la vista de la mesa. Cuando habló, su voz fue totalmente distinta: fría, seria y autoritaria.

—¿Qué parte exacta de “no presionéis” no se entendió?

La cafetería entera quedó prácticamente en silencio.

Madre de Dios, aquel tono daba miedo.

Daniela lo miró completamente sorprendida. No parecía el mismo hombre. Ni de lejos.

—No me importa cuál haya sido la intención —continuó él con calma peligrosa—. Esa no era la orden que di.

Escuchó la respuesta al otro lado de la línea y la mandíbula se le tensó apenas un segundo.

—No. Escúchame tú ahora. La reunión sigue adelante y, hasta entonces, no quiero más llamadas de este tipo. —Hubo unos segundos de silencio—. No estoy sugiriéndolo. Lo estoy ordenando.

Daniela sintió un breve escalofrío porque, de pronto, entendió algo: aquel hombre estaba acostumbrado a mandar.

Él seguía hablando con esa calma fría y absolutamente profesional.

—Si vuelve a ocurrir, habrá cambios en el equipo legal. ¿Está claro?

La cafetería seguía extrañamente callada.

Adrián dejó el móvil sobre la mesa lentamente y, entonces, levantó la vista directamente hacia Daniela.

Ella seguía mirándolo, completamente sorprendida.

La expresión seria de él se suavizó apenas al verla, y luego le hizo un breve gesto con la mano.

—Ven un momento.

El corazón de Daniela volvió a hacer algo extraño, aunque esta vez no exactamente por las mismas razones. Sinceramente, acababa de verlo hablar como una persona completamente distinta, y eso la había dejado un poco descolocada.

Se detuvo frente a él cruzándose ligeramente de brazos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella.

Adrián levantó la vista hacia ella.

—¿A ti qué te ha pasado?

Daniela parpadeó.

—¿Qué?

—La llamada.

Ella hizo un gesto con la mano.

—Nada importante.

—No tenía pinta de ser nada importante.

—Son abogados —se encogió de hombros.

—Lo imaginaba.

Ella tardó medio segundo en darse cuenta de aquella respuesta y resopló.

—Quieren asegurarse de que vaya a una reunión.

—¿Y?

—Y lo mismo de siempre. —Se encogió ligeramente de hombros—. Que si reconsidere mi postura, que si negociación amistosa, que si oportunidades de futuro…

—Ya.

Ella apoyó una mano sobre el respaldo de una silla cercana.

—No tiene importancia.

—Parece que sí la tiene.

Daniela sonrió un poco.

—¿Por qué te preocupa tanto?

Aquello pareció pillarlo desprevenido, aunque reaccionó rápidamente.

—Porque estabas enfadada.

Maldita sea, aquella respuesta fue demasiado sincera. Daniela apartó la mirada un instante.

—Estoy bien.

—No lo parecía.

Ella sonrió.

—¿Qué pasa? ¿Vas a ayudarme tú ahora?

La sonrisa apareció inmediatamente en la boca de Adrián y, durante una fracción de segundo, pareció casi tímido.

—Lo intentaré.

Aquello la hizo reír.

—Claro.

—No te rías —comentó él.

—Es que me hace gracia imaginarte enfrentándote a una corporación inmobiliaria gigante.

Adrián tuvo que morderse la lengua.

—Sí, sería complicado.

—¿Ves?

—Quizá podría intentarlo.

—Qué valiente —ironizó ella.

—Soy un hombre de recursos.

Daniela negó con la cabeza, todavía sonriendo, y decidió cambiar de tema.

—¿Y tú?

Él levantó una ceja.

—¿Yo qué?

—¿Qué pasaba con esa llamada?

Adrián apoyó el brazo sobre la mesa.

—A veces algunos empleados van por libre.

—Ajá.

—Y eso no me gusta.

—¿No?

—No. —La tranquilidad con la que lo dijo hizo que Daniela recordara inmediatamente el tono que había usado hacía apenas unos minutos—. Olvidan quién manda ahí.

Daniela abrió un poco más los ojos.

—Madre mía.

—¿Qué?

—Pobres empleados —rio ella.

Aquello consiguió arrancarle una sonrisa.

—No soy tan malo.

—Acabo de verte.

—Solo estaba hablando —se excusó y se encogió de hombros.

—Adri, sonabas como el villano de una película.

—Eso ha sido ofensivo —bromeó él.

—Un poco sí, disculpa.

—Gracias.

Daniela sonrió divertida.

—¿Tus empleados te tienen miedo?

—Espero que no.

—Yo sí te tendría miedo —rio.

—Mentira.

—No.

—No me crees tan intimidante.

—Acabo de verte despedir a alguien mentalmente por teléfono.

Aquello volvió a hacerlo reír y Dios… qué bien le quedaba reírse.

—Nadie ha sido despedido.

—Todavía —comentó ella.

—Todavía —repitió él.

Daniela señaló inmediatamente.

—¿Ves?

Durante unos segundos se quedaron sonriendo, cómodos, hasta que Adrián levantó la taza vacía.

—Necesito otro café.

—¿Otro?

—Sí.

Ella observó la taza.

—¿No debería ser descafeinado?

—Ni hablar.

—Tu corazón debe ir ya por libre.

—Tomo tanto café que ya ni me afecta —explicó.

Daniela soltó una carcajada y empezó a alejarse hacia la barra. Antes de llegar, se giró un segundo.

—Por cierto.

—¿Sí?

—Sí que das un poco de miedo cuando hablas por teléfono.

La sonrisa volvió lentamente a la cara de Adrián.

—Intentaré parecer menos intimidante.

—Demasiado tarde.

Ella volvió a la barra y mientras preparaba el café notó perfectamente cómo él seguía observándola.

Lo que no sabía era que Adrián ya no estaba pensando ni en abogados, ni en reuniones, ni en Vanguard. Solo estaba pensando en ella.