Con las manos en la masa 11
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Adrián estaba empezando a desarrollar una adicción peligrosísima a aquella cafetería, y el problema no era el café. Era Daniela.

Levantó la vista del portátil mientras fingía leer un correo electrónico larguísimo sobre licencias urbanísticas que no le interesaba absolutamente nada en ese momento.

Daniela acababa de pasar entre las mesas riéndose de algo que había dicho un cliente.

¿Cómo podía alguien moverse tanto? Parecía incapaz de quedarse quieta más de diez segundos.

Iba de una mesa a otra con el moño medio deshecho, el delantal lleno de harina y esa energía caótica suya que convertía toda la cafetería en algo vivo.

—Niña, ¿me pones otro café? —le pidió un hombre mayor.

—Claro, pero este ya te lo cobro con jubilación incluida.

El hombre empezó a reírse y Adrián también; ya ni siquiera fingía que no la escuchaba.

Entraba allí y, automáticamente, empezaba a buscarla con la mirada.

Su móvil vibró sobre la mesa con otro correo electrónico.

REUNIÓN — SANT ANTONI REDEVELOPMENT

Abrió el mensaje automáticamente.

Más presión, más abogados y más cifras.

“Necesitamos resolver cuanto antes la situación de la cafetería…” .

Justo entonces, escuchó a Marcos gritar desde detrás de la barra.

—¡Daniela! ¡Mesa tres quiere dos “Necesito estabilidad emocional”!

Ella apareció sujetando dos platos.

—Eso lo queremos todos, Marcos.

—Habla por ti —bromeó Marcos.

Y otra vez aquella sonrisa.

Adrián levantó la vista del móvil justo cuando Daniela pasaba cerca de su mesa y ella le sonrió un segundo antes de seguir trabajando.

Aquello ya empezaba a ser un problema serio, porque le gustaba demasiado verla así: natural, real y feliz. Nada que ver con la gente de la que solía rodearse.

Su móvil volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje del director financiero.

“Los inversores preguntan por el retraso de adquisición del local” .

Adrián suspiró.

Técnicamente sí, el retraso era culpa suya. Podrían haber presionado muchísimo más, y mucho antes, pero cada vez que imaginaba a Daniela entrando en aquella cafetería vacía… simplemente no podía hacerlo.

—¿Otro café?

Levantó la vista.

Daniela estaba delante de la mesa sosteniendo la cafetera y él tardó medio segundo en responder porque acababa de fijarse otra vez en sus ojos.

—Sí, por favor.

Ella le rellenó la taza mientras lo observaba.

—Tienes cara de estar leyendo cosas horribles.

—Puede ser.

—¿Mucho trabajo?

—Demasiado.

Ella hizo una pequeña mueca compasiva.

—¿Necesitas uno de nuestros cruasanes terapéuticos?

Él le sonrió.

—Probablemente.

—Tenemos uno nuevo: “Estoy a dos emails de abandonar la civilización”.

Aquello le arrancó una risa inmediata.

—Muy específico.

—Se me ha ocurrido esta mañana —dijo, encogiéndose de hombros.

Ella volvió hacia la barra justo cuando Carla apareció prácticamente corriendo con el móvil en la mano.

—¡Daniela!

—¿Qué?

—¡El vídeo!

Daniela levantó la vista automáticamente.

—¿Qué vídeo ahora?

Carla llegó hasta la barra enseñándole el móvil, completamente emocionada.

—¡El TikTok de esta mañana!

Inés apareció inmediatamente atraída por el drama.

—¿Qué pasa?

Carla giró el móvil hacia ellas.

Era un vídeo normal de la cafetería, o eso parecía.

La cámara enfocaba: los cruasanes, la pancarta, clientes entrando… y, de fondo… Adrián sentado junto a la ventana, mirándola mientras ella hablaba con unos clientes sentados en una mesa.

Daniela abrió muchísimo los ojos.

—¡Carla!

—No lo hice aposta —se excusó.

Mentira, completa y absolutamente mentira.

Inés ya estaba leyendo comentarios en voz alta.

—“¿Quién es el hombre del traje?”. Ja, ja, ja.

Daniela se tapó media cara inmediatamente.

—Nooo.

—“El ejecutivo sexy del fondo está enamorado”.

Marcos empezó a reírse desde la cafetera exprés.

—Internet nunca falla.

—“La manera en que la mira…”.

Inés levantó la vista lentamente hacia Daniela.

—Uy.

—Dame eso ahora mismo.

Pero Carla ya seguía bajando comentarios, completamente emocionada.

—“Necesito el lore del empresario y la panadera”.

—“Ese hombre quiere pagarle la hipoteca”.

—“¿Por qué nadie habla de cómo la mira?”.

Daniela parecía querer desaparecer físicamente del planeta.

Ella levantó finalmente la vista hacia él, completamente roja. Adrián seguía con el móvil, concentrado. Luego, Daniela miró a Inés.

—No te rías.

—Internet parece tener opiniones muy fuertes.

Daniela dejó caer la cabeza sobre la barra.

—Voy a matarte, Carla —rugió.

—El pueblo quiere saber… —gritó Carla dramáticamente.

—¡El pueblo necesita trabajar! —respondió Daniela.

Inés seguía leyendo comentarios, completamente fascinada.

—“Ese hombre la mira como si quisiera casarse y desabrocharle la camisa al mismo tiempo”.

Daniela cerró los ojos lentamente.

—Voy a incendiar este local.

Adrián dio otro sorbo al café mirando hacia ella al escucharla decir aquello.

Inés empezó a doblarse de risa, apoyándose sobre la barra.

—¡Si es que ya lo dije!

—Inés, por favor —la cortó Daniela, intentando mantener la calma.

—¡Desde el primer día! Ese hombre te mira como si quisiera empotrarte contra la nevera industrial.

Daniela se llevó ambas manos a la cara.

—¿Puedes dejar de decir esa palabra?

—No… empotrar, empotrar, empotrar…

—Calla, calla, calla…

Carla seguía deslizando comentarios, totalmente absorta.

—“La tensión sexual entre el hombre de traje y la panadera revolucionaria”, “Ese hombre tiene pinta de oler carísimo”.

Inés señaló el móvil.

—Eso sí es verdad.

—“Ella está intentando trabajar y él mirándola como si quisiera escribirle poesía erótica”.

Marcos dejó caer la cabeza sobre la cafetera exprés, riéndose.

—Internet es increíble.

Daniela intentó coger el móvil.

—Dame eso.

Pero Carla se apartó inmediatamente.

—¡No! Esto es oro.

—¡Bórralo!

—¡Nos está dando publicidad!

—¡Carla!

Ella levantó el móvil dramáticamente.

—La gente va a venir solo para ver al hombre del traje —le susurró como si fuese una estrategia secreta de marketing .

Aquello hizo que Daniela abriera muchísimo los ojos.

—Eso es todavía peor.

—¿Peor? Daniela, el vídeo tiene miles de visualizaciones.

Inés seguía completamente encantada con la situación.

—Normal. Si es que te mira fatal.

—No me mira fatal.

—Te mira en plan caliente.

Daniela dejó caer la frente sobre la barra directamente.

—Dios mío.

—Y además con sentimientos —añadió Inés—, que es más peligroso.

—¡Callaos ya!

Varias personas de la cafetería empezaron a girarse con curiosidad hacia ellas por el escándalo y Adrián, desde la mesa junto a la ventana, levantó la vista del portátil, observando el caos con ligera preocupación divertida.

Claramente no entendía nada.

Daniela señaló el móvil otra vez.

—Bórralo ya.

—Pero…

—Carla.

—Nos viene muy bien.

—¡Carla!

La universitaria resopló exageradamente.

—Eres muy aburrida para alguien con tanta tensión romántica.

—No tengo tensión romántica —dijo entre dientes.

Inés soltó una carcajada tan fuerte que casi se atragantó.

—Daniela, por favor. Ese hombre te mira como si quisiera quitarte la ropa con educación... o sin ella. La cosa es quitarte la ropa —se burló.

—Voy a tirarme por el balcón.

—Y hablando con tono elegante, además —continuó Inés, ignorándola completamente—. Algo así como: “permíteme desabrocharte esto, querida”.

Daniela emitió un quejido de absoluto sufrimiento vital.

—Borra el vídeo.

Carla acabó resoplando mientras pulsaba la pantalla.

—Vale, vale. Ya está.

—Gracias.

—Pero acabas de destruir arte.

—Acabo de salvar mi salud mental.

Inés seguía riéndose mientras Daniela intentaba reorganizar psicológicamente su existencia.

—Pues yo sigo diciendo que el hombre del traje está completamente loco por ti.

Daniela señaló la cafetera.

—¿Ves eso?

—Sí.

—Puedo meterte dentro.

Adrián seguía observándolas desde la mesa, claramente entretenido y ligeramente preocupado a partes iguales.

Daniela resopló y miró en su dirección. Encima, el muy desgraciado esbozó una sonrisa cuando ella levantó la vista y descubrió que lo estaba mirando.

Perfecto.

Justo en ese momento sonó el teléfono fijo de la cafetería. Daniela prácticamente se lanzó sobre él, agradeciendo una interrupción divina.

—La Santa Massa, dígame —contestó, todavía alterada.

Daniela aún seguía sonrojada por culpa del TikTok cuando escuchó aquella voz excesivamente formal al otro lado del teléfono. Automáticamente se le borró la sonrisa.

—Buenos días, señora Costa —dijo el hombre con aquella voz fría de abogado que claramente cobraba por arruinar mañanas ajenas—. Llamamos en representación de Vanguard Urban Developments en relación con la reunión prevista para el próximo día veintiuno.

Daniela cerró los ojos un segundo y empezó a dar pequeños golpecitos nerviosos con el pie contra el suelo.

—Sí, ya sé cuándo es la reunión.

—Simplemente queríamos confirmar su asistencia y valorar si existe alguna posibilidad de avanzar previamente en una resolución amistosa del conflicto contractual.

Madre de Dios, cómo hablaban, parecía que se alimentaban de burocracia.

—Tradúzcame eso a lenguaje humano.

—Queríamos saber si ha reconsiderado su postura respecto a la rescisión anticipada del arrendamiento.

Daniela soltó una risa seca, completamente incrédula.

—No.

—Señora Costa, insistimos en que la oferta planteada es muy favorable económicamente.

—Y yo insisto en que no quiero irme —pronunció, alzando más la voz.

—Entendemos el vínculo emocional con el local, pero jurídicamente…

—Ay, por favor —lo interrumpió ella, apoyándose sobre la barra—. Cuando alguien empieza una frase con “jurídicamente” ya sé que voy a enfadarme.

Marcos soltó una carcajada desde el fondo e Inés tuvo que taparse la boca para no reírse.

—Nuestro objetivo es evitar procedimientos innecesarios.

—Pues entonces dejen de llamarme cada dos días.

La voz del abogado se volvió todavía más seca.

—Simplemente intentamos facilitar el proceso.

—Claro, igual que un dentista facilita el sufrimiento.

Varias personas de la cafetería empezaron a mirar hacia ella, entretenidas, y entonces Adrián le prestó más atención, levantando la vista del móvil. Algo en su expresión cambió, porque reconoció enseguida el tono, el lenguaje y la forma de hablar. Sus abogados.